¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Cinco años: maternidad de madera

Malísimo el título, pero lo importante es destacar lo importante de esta fecha: hoy hace cinco años que me convertí en mamá. Hoy Dani vivió un día precioso junto a nosotros y sus abuelos y tía, sopló sus velitas, abrió preciosos paquetes y recibió muchísimos mensajes de familiares y amigos. Además aprovechamos la fecha para decorar la casa con adornos navideños. Y ahora espera con ansiedad, dentro de unos días, la fiesta prometida con todos sus compañeritos del jardín.
Pero esta vez quiero escribir sobre lo que para mí significa esta fecha. Desde hace cinco años, vivo los cumpleaños de mis hijos con más intensidad que cualquier otro día -ni qué decir de mis propios cumpleaños, que por ser algunos días más tarde que los de ella, pasan medio desapercibidos. Espero yo también estas fechas con entusiasmo, y verlos disfrutar a ellos representa todo para mí. Pero también es un día importante en lo personal, porque convertirme en mamá me cambió la vida para siempre, en todo sentido, y más profundamente de lo que me hubiera imaginado. 
No es fácil. A veces todavía puedo sentir un poco de nostalgia por mi vida anterior, extrañar las salidas en pareja y poder ver los estrenos en el cine, las largas juntadas con mis amigos sin mirar el reloj ni sentir que le estoy sacando horas al sueño... ay, el sueño, poder dormir algunas horas de corrido, despertarme después de las 6 y media de la mañana, especialmente si es feriado o domingo (Quiqui, gordo, te estoy hablando a vos). 
Cuando mi mamá me ofreció sacar esta foto frente
al "Monumento a la madre" le dije "yo
justamente no merezco ningún monumento..."
Peor aún, a veces siento que no puedo. Que mamá "no da más". Que no aguanto otro fin de semana en la guardia de la clínica porque el gordo cayó con algo que pescó en el jardín maternal. Que voy a prenderle fuego al auto si se rompe una vez más. Que en cualquier momento el cuerpo me dice "basta" y caigo comatosa durante un año y medio, para recuperar todo el sueño atrasado. Que no sirvo para esto, que lo hago todo mal.
Pero por suerte esta horrible sensación no dura. La mayor parte del tiempo siento que ser mamá es todo. Todo lo que hice bien en la vida. Toda mi huella, mi legado. Que el mundo es un lugar más lindo porque mis hijos están en él, y no solo para mí y para su papá: las muchas manifestaciones de afecto que mis chiquitos despiertan a diario, las amistades que Dani se supo ganar, la ternura que generan en quienes los conocen, me hacen saber que ellos dos alegran muchas vidas, no solamente las de sus padres. 
Y respecto al cansancio -que también está incrementado por la época del año, como nos pasa a todos- me doy cuenta de que mamá siempre tiene más para dar. Se me pueden agotar la paciencia, la energía, la imaginación, la escucha, la tolerancia... pero el amor, eso sí que no se agota. De eso sí siempre queda algo más para dar. Y del amor este tan incondicional que las mamás sentimos por nuestros hijos vuelven a resurgir, cual ave Fénix entre sus cenizas, la paciencia, la energía, la imaginación y todo lo demás. Porque nuestros hijos nos necesitan. Y porque nosotras también los necesitamos a ellos, los necesitamos felices y bien.

Dani, te doy las gracias por enseñarme día a día a ser mamá. Por ser mi compañerita. Por las gelatinas y las galletitas que cocinamos juntas. Por los cuentos, los besos y abrazos y las oraciones a la hora de irte a dormir. Por las carcajadas que le arrancás a tu hermano. Por tu picardía, tu inocencia y tu curiosidad.
Aunque hoy no sea tu cumpleaños, Quiqui, a vos también te doy las gracias por esta segunda oportunidad de aprender, de seguir aprendiendo. De ejercitar en esta etapa más que nunca la atención y la paciencia. Por tu brillo en la mirada, por tu cabecita apoyada en mi hombro cuando te abrazo, por escucharte decir "mamá" y buscarme con tus bracitos levantados hacia arriba.

Y perdón por las veces en las que les fallo, en las que no puedo, en las que no les devuelvo la sonrisa o no tengo paciencia para decirles las cosas de mejor manera. Prometo seguir aprendiendo junto a ustedes. Compréndanme: llevo solo cinco años en este oficio, me queda mucho por mejorar. 
Pero tengo todo mi futuro por delante para seguir haciéndolo. 

Soy, desde hace cinco años y para toda mi vida, mamá.

jueves, 9 de noviembre de 2017

¡Sus horas ya no siempre son las mías!

Fue una revelación repentina que tuve este mediodía, cuando me di cuenta de que, en 48 horas, mi hija tenía programa para almorzar en lo de una amiguita un día, con una de sus abuelas al día siguiente, quedarse a dormir esa misma noche con la otra abuela, y además un cumpleaños el sábado a la tarde. De repente las horas sin ella se me hicieron largas y la extrañé. No es la primera vez que Dani pasa una noche fuera de casa o hace una reunión de juegos, pero sí es la primera vez en que todos esos planes le vienen orquestados por otros, o los orquesta ella, y no soy yo la que hace malabares para conseguir que alguien "me la cuide" un rato, para conseguir algunas horitas libres. Tiene casi cinco años y cada vez tiene más vida social, más vida propia.
Esta misma semana, Dani fue con su sala de jardín a visitar el edificio de preescolar y de primaria, donde yo trabajo y donde ella asistirá el año que viene: "voy a visitar el cole de mamá", decía, hasta que yo le expliqué que ya no era solo el cole mío, que pronto iba a ser su cole. Por mi parte, procuré ni cruzármela por los pasillos, quiero que se apropie de ese espacio sin que yo interfiera. 
Con los amigos de su edad ya forman un mundo aparte.
El año que viene, en preescolar, va a haber varios mediodías como el de hoy, en el que ella no almuerce conmigo en casa sino que se quede en la escuela, con sus amigos. Y ya en primaria, cuando el doble turno sea cosa de todos los días, va a pasar cada vez menos horas en casa. Va a tener cada vez más planes de ella. Va a depender cada vez menos de mí y de su papá para divertirse, para pasar el tiempo, para aprender cosas nuevas...
Y acá estoy yo... De pronto se me vienen imágenes vertiginosas de un futuro no muy lejano, de Dani saliendo sola de la escuela, yendo a estudiar a casa de sus compañeros, haciendo sus propios planes para el fin de semana, pasando menos tiempo en casa y quizá viajando sola cuando vaya al secundario... ya sé que faltan años, pero no demasiados. Este lustro de maternidad que ya viví ahora me parece que se hubiera pasado volando.

Quiero que quede claro: me parece bien que esto pase. Está buenísimo que crezca. Y no tengo problemas en permitirle conquistar estos tiempos y estos espacios.
Pero también ¡me parece raro!
Y lo que me resulta raro es que me pasé buena parte de los primeros años con mi hija ansiando mis espacios, mis tiempos, buscando recuperar algunas horas libres para dedicarme a lo que me gustaba hacer a mí antes de ser mamá. Sentía que todas mis horas eran de ella y para ella. Y ahora, cuando de pronto tengo algunos ratos, ¡no sé muy bien qué hacer con ellos!
Es cierto, tengo al más chiquito, que por ahora me mantiene ocupada maternando, pero él también va a crecer. Me doy cuenta con asombro de que en cuatro o cinco años más, todas mis tardes serán como la de hoy. Ocupada escribiendo, corrigiendo trabajos de mis alumnos, viendo algo de televisión y descansando un rato, mientras espero que mis hijos vuelvan a casa para estar un rato con ellos. 
No es ninguna novedad, nos lo dicen todos, que hay que aprovechar cada ratito de la infancia de nuestros chicos, porque esta etapa se va para no volver. Hoy me doy cuenta con un poquito de nostalgia que Dani está cerrando la que fue su primera infancia. Que ya es una nena más grande y lo sabe. Y me hace saber que lo sabe: "mami, me parece más importante estar con mis amigos que con papá y con vos"... AUCH.
Nada, eso. Tengo que dejarla crecer y saber que su independencia es señal de que en estos cinco años supimos transmitirle confianza en sí misma y seguridad. Y para los momentos en los que me pica el bichito de la melancolía, como consuelo me queda escucharla decir, cuando planificamos sus salidas: "igual más tarde ustedes me vienen a buscar, ¿no?"

sábado, 28 de octubre de 2017

Querer darles lo mejor

Me lo dijo alguien que fue padre poco antes de que yo fuera madre: "vas a ver que cuando nazca tu hijo, vas a querer darle todo lo mejor". Lo dicen las publicidades de mayonesa, de leche de fórmula, de productos de limpieza. Es una de esas frases hechas que aparecen en los foros y en los libros sobre maternidad y que repetimos sin cuestionarnos demasiado si son ciertas o no.
No se asusten, no me voy a poner en rebelde y sostener que NO, que a los hijos NO hay que darles lo mejor, de lo mediocre es más que suficiente para que se vayan acostumbrando a este mundo de mierda difícil... Yo también creo que, como mamás, como papás, tenemos que intentar darles lo mejor de nosotros.

Lo que pasa es que:
1) No todos tenemos la misma idea de qué significa lo mejor. 
2) Lo que sabemos o pensamos que sería lo mejor a veces no es lo posible. 
3) Nuestros hijos pueden no estar de acuerdo con nuestro criterio.
y 4) Lo que a veces es, de verdad, lo mejor para nuestros hijos, no es lo mejor para nosotros. Y acá la maternidad y la paternidad pueden ponerse complicadas.

1) Empecé citando a ese papá conocido mío porque, justamente, muchas veces las ideas que él y yo podemos tener de crianza difieren de manera drástica. No me pasa solo con esta persona: ocurre con tantos otros padres y madres con los que uno se cruza en la vida, así como con otros podemos coincidir en mucho -y esto no implica que necesariamente tengamos razón. Las ideas que tenemos sobre qué necesitan nuestros hijos, cómo criarlos para el mundo, cómo hacerlos felices y cómo formarlos para que sean buenas personas no siempre coinciden, más allá de que todos estemos de acuerdo en el amor que sentimos hacia ellos. 
¡Obvio! Existen diferentes estilos de crianza y una puede identificarse más o menos con uno u otro. Hay distintas formas de manejar ciertas situaciones, desde la alimentación hasta los límites, pasando por los juguetes que elegimos (o no) comprar, la manera en la que festejamos los cumpleaños y la escuela en la que los inscribimos. Y yo que creía tener las cosas muy claras antes de ser mamá. Algunos criterios pude respetarlos con mis hijos; en otras cosas, la vida me dio vuelta como una media y terminé haciendo lo contrario de lo que hubiera pensado. Hoy de lo único que estoy segura es de que no existen recetas perfectas y universales que funcionen con todos los chicos ni para todas las familias.
Porque además, lo que te sirve para un hijo, puede que no te funcione con el siguiente. Ya expuse hace unas semanas que es imposible tratar a dos hijos por igual simplemente porque uno la segunda vuelta no es la misma persona que solía ser.
Esto en principio no tendría que ser un problema si hay respeto y aceptación de que se pueden tener diferentes criterios. ¿Qué pasa si mi mejor amiga solo alimenta a sus hijos con comida orgánica, y yo cada tanto a los míos les preparo panchos? No debería pasar nada. El problema surge cuando juzgamos a otros (a otras mamás, sobre todo) muy duramente. O nos juzgan. Otro problema mayor es cuando la persona con la que diferimos respecto a cómo criar mejor a nuestros hijos es... el otro progenitor.

2) Puede que todos estemos de acuerdo en que la lactancia materna es el alimento más saludable y completo para un bebé. Una mujer que ha tenido problemas para dar el pecho puede estar de acuerdo con esta afirmación, y para lo único que le sirve es para sentirse culpable por no "dar lo mejor". A mí me pasa con el tema del jardín maternal: entiendo que mi bebé de un año se enferma con mucha frecuencia, en gran medida, porque está muy expuesto a los virus de sus compañeritos -a quienes él mismo contagia, a su vez. Tal vez lo mejor no sea que los bebés vayan desde tan chiquitos a una guardería, sino que se queden en casa. Esa alternativa no la tuve ni la tengo. Entonces, acá se trata de aceptar que "lo mejor" se convierta en "lo mejor posible".

3) Acá se juega el tema de los límites. Por citar un ejemplo, puede que mi hija crea que lo mejor que le puede pasar esa tarde es pasarse 3 horas mirando Peppa Pig. Yo sé que lo mejor es limitarle la televisión y sacarla a dar una vuelta al aire libre. Y sé que también es bueno para ella crecer con límites claros. Pero antes de llegar a la plaza, puede que me ligue un llanto y un "mala mami" (después la pasa bárbaro en las hamacas, claro).
El problema es cuando los padres estamos tan cerrados en lo que creemos que nuestros hijos necesitan que no nos paramos a escucharlos y a estar atentos a las necesidades que ellos mismos nos están expresando. Puede que a veces creamos que trabajar muchas horas para tener más dinero y comprar esos pasajes para ir a Disney, para pagar la mejor prepaga o para comprarles zapatillas con luces sea darles lo mejor a nuestros hijos. Pero, ¿qué pasa con las horas, días, meses, que dejamos de sentarnos a jugar con ellos por estar demasiado obsesionados con el trabajo? ¿Qué pasa cuando vienen a mostrarnos un dibujo que hicieron, o a contarnos algo que les pasó en el colegio, y nosotros no les prestamos atención por estar con la cabeza en otra parte?

4) Durante siglos la maternidad se apoyó en el paradigma de la madre abnegada que se saca la comida de la boca con tal de alimentar a sus retoños. La maternidad y el sacrificio fueron usados como sinónimos. Hoy en día por suerte, feminismo mediante, nos animamos a cuestionar esta representación. Y sí, a veces las necesidades de nuestros hijos chocan con las nuestras. Se me ocurre un ejemplo chiquitito: mi hijo de un año se queda dormido -después de un largo rato de llanto- con la cabeza apoyada en mi brazo. Pesa mucho, la mano se me está durmiendo. ¿Saco el brazo, arriesgándome a que se despierte, justo ahora que está tan cómodo?
Volviendo al caso de la lactancia, hay mujeres que tienen leche, sí, pero que no se sienten cómodas amamantando. Que les duele, que les molesta. ¿De verdad es lo mejor para el bebé tener una mamá que le da el pecho angustiada, molesta, solo por culpa? ¿No es preferible alcanzar un equilibrio y tener una alimentación con fórmula pero en manos de personas que se sienten felices y a gusto con este método?
Otro ejemplo. Puede que lo mejor para mis hijos sea tenerme a la hora de dormir todas y cada una de las noches leyéndoles un cuento. La rutina es muy importante para los chicos, y así descansan mucho mejor. Pero alguna vez puede que yo decida salir a comer afuera con mi marido y los deje con otra persona (no pasa seguido, pero espero que cuando crezcan sea más frecuente).
Son estas situaciones que nos hacen cuestionar qué es realmente lo mejor. Por supuesto, no puedo sentirme bien si sé que mis hijos están mal: si mi bebé está con fiebre, no se me ocurre privilegiar mi necesidad de dormir en lugar de desvelarme poniéndole paños fríos en la frente. Si mi hija está llorando porque se peleó con un amiguito no me molesta interrumpir la lectura de una novela justo en la mejor parte. Pero cada vez estoy más convencida de que no puedo ser buena mamá si no estoy bien, primero, conmigo misma. Y esto necesariamente implica que a veces haya que hacer algunas concesiones.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero, ¿qué es lo mejor? Lo mejor, ¿es lo mejor posible? ¿Qué necesitan de verdad nuestros hijos y qué creen que necesitan? ¿Qué necesidades nuestras estamos dispuestos a dejar de lado, y cuáles en cambio son irrenunciables? ¿Verdad que no es fácil?

domingo, 15 de octubre de 2017

¿Cuándo dejan de ser bebés?

Esta semana que pasó, mi pequeño Quiqui cumplió un año. Sé que suena a frase hecha, pero no puedo dejar de escribirla: pasó volando. La ficha me cayó, cosa curiosa, cuando me apareció su foto de recién nacido entre mis recuerdos del Facebook. Estoy acostumbrada a ver fotos de Dani de bebé, pero que ya salga él, que todavía me parece tan novedoso, ¡eso fue una sorpresa!
En cualquier momento nos pide las llaves del auto.
Una página de maternidad a la que visito con frecuencia, Babycenter, esta semana dejó de designarlo como mi "bebé" y ya habla de "tu hijo de un año". Esto no es casualidad: en inglés a esta edad ya empiezan a designarlos con una palabra diferente, toddler, que se traduce a veces como "tentetieso" (horrible, lo sé). Quiqui está en esa edad en la que con pasitos tambaleantes, y todavía tomado de la mano o agarrándose de un mueble, comienza a explorar el mundo. Pero no me cabe duda de que sigue siendo un bebé. Toma la teta con voracidad, se despierta de noche, llora bastante cuando quiere decirnos algo, todavía no aprende a hablar...
¿Cuándo exactamente dejan de ser bebés? ¿Es este pasaje algo marcado por algún hito, como dejar los pañales? Dani los dejó bastante grande, casi a los tres. Por entonces ya hablaba muy claramente, no usaba más chupete, comía las mismas comidas que nosotros, iba al jardín y algunas veces se había quedado a dormir en lo de la abuela. Claramente dejó de ser bebé antes. Lo que no sé es cuándo.
Tenía dos años: su pelo largo dice "nena" pero
sus cachetes morfables siguen siendo de bebé...
Mi propia mamá me cuenta que yo al año ya hablaba. Que la gente se quedaba mirándome asombrada porque por mi cabecita pelada todavía parecía muy chiquita, pero de pronto me escuchaban parlotear y tenían enfrente a una enana de edad indescifrable. No es el caso de Quiqui, peladito y con balbuceos bien de bebé.
Hay madres que no quieren que sus hijos menores dejen esta edad nunca, porque les da nostalgia. No es mi caso. Adoro a los bebés, pero los nenes chiquitos también me parecen adorables, y son un poco más fáciles. Mi relación con Dani mejoró drásticamente cuando ella aprendió a decirme lo que le pasaba. Y si bien disfruté más de este primer año en mi segunda maternidad, una parte mía dice "ya está, ya fue suficiente". Visité una exposición el otro día donde vendían una inmensa cantidad de merchandising para mamás y bebés, y me di cuenta de que Quiqui y yo ya no somos público. De que no necesitamos ni un nuevo cochecito, ni sillas especiales, ni muebles pequeños, que mucha de la ropa de bebé ya no viene en talles para mi chiquito tamaño jumbo, que sé que muchos de esos productos para la maternidad son inútiles y no facilitan nada. O son muy bonitos, pero prescindibles. O son muy necesarios en los primeros meses, pero esa etapa ya la pasamos. Y no creo que me toque volver a pasarla.
Ser mamá de estos dos bebés me marcó definitivamente. Es una etapa que, no aún, pero pronto, va a cerrarse. No importa. Lo viví, me lo llevo puesto.
Y lo más importante: sigo siendo mamá. Lo seré toda la vida.