¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

domingo, 17 de junio de 2018

Cómo se me resignificó el Día del Padre

Papá y yo
Desde que tengo memoria, el Día del Padre fue para mí una fecha agridulce. Y es que el vínculo con mi papá siempre estuvo signado por la ausencia. Tenía cuatro años cuando mis padres se separaron, cuando las leyes del divorcio apenas empezaban en Argentina y yo me sentía un "bicho raro" entre mis compañeritos de jardín y más tarde, del colegio. Y si bien mi papá nunca desapareció del todo de mi vida (y por eso hablo de memorias "agridulces" y no directamente "amargas"), siempre me hizo falta su presencia. Todavía me hace falta ahora, aunque tengo 36 años y me da bronca seguir necesitándolo después de tantos años.
Buena parte de mi vida, entre mi viejo y yo hubo un océano de por medio. 10.000 kilómetros redondeando. A veces él estaba para Día del Padre, otras veces me tenía que conformar con saludarlo por teléfono. En aquellas ocasiones en los que sí estaba en casa de mis abuelos, igualmente lo veía refugiándose detrás de una computadora porque a él nunca le gustaron las reuniones familiares (y mucho menos cuando la fecha era "comercial"). Nunca se le ocurrió preguntarnos a sus hijas, a mi hermana o a mí, la Mariana de 7, de 8, de 11 años, qué sentíamos ellas. Me costaba ver publicidades de papás e hijos pasando el tiempo juntos y compartiendo desayunos en la cama. Y tenía el ejemplo de los padres presentes de la familia, mis tíos y abuelos, para recordarme lo que a mí me faltaba. De alguna manera, no me dejé de sentir nunca bicho raro.

Pero desde hace cinco años, el Día del Padre dejó de ser una fecha agridulce. Si bien sigo acordándome de mi papá y deseando que viviera más cerca y que viera más seguido a sus nietos,  a quienes adora, ahora tengo un excelente motivo para estar contenta y festejar. Javier es un padre genial, un gran compañero que hace todo por nosotros tres, con quien nos ponemos la familia y la casa al hombro y la peleamos cada día. ¿Qué mejor ocasión para homenajearlo, por más que se trate de una fecha inventada por los comerciantes para vender regalos?
Mis hijos adoran a su papá, les ilusiona estar con él, lo reciben con un abrazo cada vez que llega a casa. ¿Por qué no hacerle unos lindos regalos y prepararle juntos el desayuno? Me emociona ver que Dani y Quiqui sí pueden crecer con un papá presente, que no solamente los quiere (sé que el mío también nos quiere) sino que está cada vez que lo necesitan, que los acompaña en el día a día, que los ayuda a crecer. Y esto hace que, por más que suene a frase hecha, todos los días sean Día del Padre en casa.

Mi árbol familiar...
Javi, más allá de todo lo que te amo como compañero, gracias por ser el papá que sos. Gracias por la "butigrúa" y por dejar que "el invasor" tenga lugar para dormir cada madrugada. Gracias por tus upas y tus cosquillas, por tus cuentos del Osito Camilo y por tus enseñanzas de guitarra. Gracias por tus Rapiditas y por tus arrocitos con carne y verduras. Gracias por ser el padre que siempre soñé para la familia que formamos. Gracias por haber soñado estos sueños conmigo. Gracias por seguir proyectando juntos.

Y pa, no sé si leerás esto (no sé si sos lector habitual de mi blog y no te voy a "manipular por la culpa" para que lo leas), sabé que te quiero mucho y que te extraño, que te sigo extrañando, y que no voy a dejar de extrañarte, siempre. Que respeto -aunque no comparto- tus decisiones de vida porque ya soy adulta. Así es, ya crecí, y también sé que ya es tarde para recuperar muchos momentos, pero que los que hemos compartido también los llevo puestos y que los valoro. Por ejemplo, aquellas vacaciones en las Canarias. O cuando vimos juntos las películas originales de Star Wars. O cuando me acompañaste por el altar el día que me casé. 

Feliz Día del Padre.

miércoles, 13 de junio de 2018

La condena social

Encontré esa imagen en Twitter, a propósito por el debate por el aborto legal en mi país. 

Yo le agregaría algunos más (perdón que no sepa dibujar):

- "Yo tengo hijos y también trabajo afuera" ---> ¡Abandónica! ¿Cómo podés permitir que otros los críen por vos? Después no te quejes si les lavan la cabeza...
- "Yo soy madre a tiempo completo" ---> ¡Vaga! ¿Qué hacés todo el día? Dejá de rascarte y andá a laburar.
- "Tengo una familia numerosa" ---> Qué inconsciente... como si sobraran recursos en el planeta, ¿es que no sabés cuidarte? ¿No tenés un hobby?
- "Yo me quedé con un solo hijo" ---> ¡Pobrecito! ¿Y lo vas a dejar así, solito?
- "Fui madre soltera por elección" ---> Ah, qué te creés, ¿que tener hijos es un pasatiempo? ¿Quién sos para negarle a ese chico la posibilidad de tener un padre?
- "El padre me dejó, fui madre soltera, ahora formé pareja" ---> ¿Y no estarás descuidando a tu hijo? ¡No vayas a meter a cualquiera en tu casa!
- "Quiero ser madre y no puedo, recurro a un tratamiento" ---> Tal vez no le digan nada, pero pensarán "Peeero... con la cantidad de chicos que hay que esperan ser adoptados..."

¿Hasta cuándo?

lunes, 28 de mayo de 2018

Lo bueno de que los hijos se enfermen

Necesito comenzar aclarando (y agradeciendo) que mis hijos tienen una salud de fierro. Incluso Quiqui, si definimos "salud" como la capacidad de recuperarse rápidamente y sin secuelas de las  distintas enfermedades. No puedo imaginarme que una mamá o un papá que están acompañando a sus hijitxs peleando contra una verdadera amenaza para sus vidas puedan sentir que hay nada bueno en ello. Crecí en un hogar con una hermanita que padecía una enfermedad crónica. Con las verdaderas enfermedades, con los accidentes graves, con que la vida de un hijo corra peligro, no puedo meterme a opinar.
Así que de ahora en más, sepan que cuando hablo de tener hijos enfermos, me refiero a esas enfermedades comunes que en algún momento les toca sortear a todos los chicos. Y que nos toca atravesar a tod@s en nuestro aprendizaje de la maternidad o la paternidad.

Ya he hablado en otra ocasión de que cuidar a mis niños cuando están enfermos es una de las cosas que hago peor. Siento que me falla la paciencia, que me desespero por verlos mal pero que a la vez, me irrita toda la situación, me pongo quejosa, me peleo más con mi marido, me angustio por tener que faltar al trabajo... en fin, creo que no soy la mejor madre en estos días ni mucho menos. En ese sentido, ser madre por segunda vez me ha dotado de algunas herramientas porque lo cierto es que mi hijito menor se ha enfermado con mucha frecuencia, sobre todo desde que asiste al jardín maternal. Pasó por todas las "-itis" que me acuerde... dos bronquiolitis, faringitis varias, otitis, conjuntivitis, neumonitis (¡en las vacaciones de verano!), dos gastroenteritis... justamente por estos días está cursando la segunda. Fiebres indeterminadas, tos, mocos, más una alergia al pescado que en su momento confundimos con una eruptiva (las únicas de las que viene zafando hasta ahora, toco madera).
Esperando que le haga efecto el inyectable.
El sábado pasado tuvimos que llevarlo a una guardia porque se puso mal, pero mal de golpe, y terminó vomitando todo ahí mismo, en la sala de espera. Hasta que no comprobaron que el inyectable funcionaba y que el gordo toleraba los líquidos, no me lo dejaron traer a casa -lo bien que hicieron, ya sé que la deshidratación en nenes chiquitos puede ser muy seria. Y acá estamos desde entonces. De a ratos le sube fiebre, de a ratos mejora y come con apetito las comiditas de dieta que le preparo: por suerte adora el arroz y la manzana rallada. De a ratos lo veo un poco más contento, con ganas de jugar, pero después se convierte en una suerte de koala de 12 kilos que se me cuelga encima lloriqueando y no me deja ni para que yo pueda ir al baño.
Me pone triste verlo apagado, molesto o chinchudo. Sufro pensando que él sufre. Me siento culpable por no poder dedicarme un poco más a Dani, que se lo viene bancando como una duquesa. Y también por dejar de ir a trabajar tantos días.
En esas estamos. Y quiero creer que, una vez más, esto va a pasar pronto. Que es cuestión de unos días más. Que no es grave. Otros papás y mamás no pueden decir lo mismo.

Entonces, en este panorama, ¿qué carajo podría haber de bueno? ¿Existe alguna ventaja en que nuestros hijos se enfermen? No sé si exactamente se pueden llamar ventajas, pero mientras espero que Quiqui se cure y nuestra vida cotidiana vuelva a su caótica normalidad, se me ocurre tratar de enfocarme en lo siguiente:
- Es bueno que, estando un hijo enfermo, yo pueda proporcionarle ese soporte emocional -¡y físico!- que tanto reclama. Si lo reclama es porque lo necesita, ni más ni menos. Si pasamos 5 horas en una clínica esperando que el gordo tolere líquidos y dos de esas horas pudo estar durmiendo, es porque yo lo tenía en brazos.
- Es bueno que las enfermedades comunes y benignas de los niños los fortalezcan, y esto se nota en el hecho de que cuanto más grandes, menos se enferman y menos días están enfermos cuando les toca.
- También es bueno que nos fortalezcan a nosotros, sus padres. La enfermedad de un hijo nos ayuda a aceptar las cosas que no podemos cambiar a la vez que a dar cuerpo y alma para mejorar lo que sí se puede. Nos ayudan a posponer nuestras propias necesidades y a darnos cuenta del profundo e incondicional amor que sentimos hacia esas criaturas, si podemos amarlos incluso en la convalecencia, cuando más insoportables se ponen...
- Lo mejor de que los hijos se enfermen es -obvio- que después se curen. Y cuando se curan, los valoramos más que nunca: su sonrisa después de que pasó el pinchazo, las ganas de jugar, de correr por la casa y de escalar muebles, su buen apetito, las siestas que ahora sí vuelven a dormir de corrido, las peleas entre hermanos o las cenas familiares compartidas.

Espero que pronto se pasen estos días y que esta enfermedad del gordo sea solo una anécdota más para su larga listita de -itis.
Mientras tanto, escribo.
Mientras tanto, aprendo.

lunes, 7 de mayo de 2018

Sobre lo incondicional del amor

No es secreto que me encanta leer sobre maternidad: libros, artículos, foros, otros blogs... A esta altura del partido, son pocos los textos que me sorprenden o me dicen algo muy diferente de lo que haya podido aprender de mi propia experiencia, pero de todas maneras, leer a otras madres -y a otros padres- me hace sentir acompañada. Es como una charla de café con amigxs con hijos. 
Ya sé, es la clase de libro que mi yo cínica de 20 años
se hubiera pateado a sí misma por leer...
Y bien, hace poco leí un libro que me gustó mucho, y que me dejó pensando. Hace casi un mes que lo terminé, y creo que estoy en condiciones de afirmar que este libro en particular -que no es ni por casualidad el mejor escrito o el más apasionante que haya leído- me cambió el modo de vivir una parte muy importante de mi maternidad.
El tema central sobre el que giraba el libro era el amor incondicional. Su tesis, que nuestros hijos necesitan que los amemos así, sin condiciones. Que les permitamos ser lo que elijan ser. Que los acompañemos, sabiendo que se trata de su historia, no de la nuestra. "No se trata sobre vos", le dijo a la autora su hijo Raiden. Y ella a lo largo del libro nos recuerda constantemente esa frase, y cómo la marcó.

Hasta acá nada nuevo bajo el sol, ¿cierto?

Bueno, para mí no tan cierto. Me entré a preguntar si realmente soy capaz de dar a mis hijos esta clase de amor, el amor incondicional. Y si es así, si se los estoy demostrando. Spoiler alert, comprobé con un poco de esfuerzo que la respuesta a la primera pregunta es que sí. Pero con asombro, con dolor y con una sensación creciente de urgencia, que la respuesta a la segunda pregunta es que no, no lo demuestro lo suficiente.
Comencé por preguntarme si de verdad los amo incondicionalmente a ellos, a Dani y a Quiqui. Es fácil amarlos cuando los veo sentaditos en el sillón del living viendo la tele, ella dándole un beso y un abrazo a su hermanito y diciéndole "vos sos mi Pocoyó". Es fácil amarlos cuando se quedan dormidos y tienen esa expresión en sus caritas tan idéntica a cuando eran bebés. Es fácil amarlos cuando con su papá salimos los cuatro de paseo y los vemos correr detrás de una pelota, muertos de risa. En cambio, no es tan sencillo amarlos cuando, después de pasarme una hora en la cocina, Dani me dice "¿sabés lo que es esta comida? ¿vos conocés la palabra as-que-te?", o cuando Quiqui se tira al suelo haciendo un berrinche y cuando trato de alzarlo en brazos, me revolea los anteojos de los que todavía no pagué la primera cuota... e imagino que no será fácil amarlos cuando atraviesen la adolescencia y tomen decisiones equivocadas. O cuando sean adultos y voten a la derecha, en fin. Amarlos en esas circunstancias puede que sea difícil, pero no amarlos o dejarlos de amar... no me cabe duda, es directamente imposible.

Por ahora vamos bien. Los amo sin condiciones. Ahora, ¿se los sé transmitir?

Me toca muy de cerca el tema, porque a mí me llevó muchos años sentir que mis padres me amaban incondicionalmente. No quiero decir que ellos no lo hayan sentido o que no lo hubieran expresado, pero por mucho tiempo yo fui la hija mayor de manual de psicología: seria, responsable, buena alumna, obediente... ¿Me sentía amada? Sospecho que no todo lo que hubiera necesitado. Cuando tenía 16 años salió en una sesión de terapia una idea que tenía mucho peso en mí: es cierto que mi mamá y mi papá me amaban por ser su hija, pero además me tenían que amar más aún por ser buena y no dar problemas. Me llevó bastante análisis desechar esta idea absurda y admitir que los padres aman a los hijos por ser hijos -y punto.
¿No aprendí nada de mi propia experiencia? Capaz que no lo suficiente. De alguna manera, me da la sensación de que Dani creció igual que yo: ella también es una nena mayor bien de manual. Y hace poco, de nuevo a partir de la lectura del libro de Amber Brogly del que hablé más arriba, tuve con mi chiquita de 5 años una conversación que me sacudió bastante los cimientos. Fue así. Yo comencé diciéndole que trato de ser la mejor mamá posible, aunque a veces me equivoco, y ella me dijo "pero mami, ¡vos nunca te equivocás!". Tarjeta amarilla: veo que transmito esa imagen inalcanzable de supermadre que no soy ni quiero ser. Siguiendo con la charla le digo que siempre la quiero, y que siempre la voy a querer. Y ella me responde: "bueno, no siempre, cuando me porto mal no, me querés cuando me porto bien". Tarjeta roja, definitivamente no estoy logrando transmitirle el amor por lo que ella es sino por lo que ella hace -o peor, que hace bien.

Se me parte el alma. Comprendo que tengo que hacer algunos cambios de inmediato. Lo estoy intentando desde entonces.

¿Cómo condicionamos el amor hacia los hijos? De muchas maneras, pero creo que por mi parte lo hago con las expectativas: espero mucho de ellos, y se los hago notar. "Esta nena es brillante con los números", "este chico va a ser músico como el padre". Aunque se trate de afirmaciones que yo considero positivas, ¿qué pasa si no coinciden con lo que mis hijos esperan de ellos mismos? ¿No los estoy condicionando a ser como yo espero que sean?
Por otro lado, si bien los chicos necesitan límites, creo que estoy equivocándome en la manera de marcarlos. Soy demasiado dura con ellos a veces. Si bien puede que les esté proporcionando pautas correctas y útiles, me doy cuenta de que no les estoy dando suficiente ternura y contención. Tengo que ser un poco más cariñosa, un poco más expresiva, un poco -un mucho- más paciente y comprensiva. No es un equilibrio fácil. 

Pero no me cabe duda de que es fundamental. En definitiva, el amor hacia los hijos, si no es incondicional, no es verdaderamente amor. Y sí, yo sé que los amo sin condiciones.
De un tiempo a esta parte, he decidido que no tengo ninguna tarea más importante de asegurarme de que ellos lo sepan también.