¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

viernes, 13 de julio de 2018

5 consejos para mamás primerizas

Soy una mamá "segundiza" y esto ha cambiado mucho mi forma de tomarme la maternidad. ¡Créanme que este blog sería muy distinto si lo hubiera escrito solamente con Dani en el mundo! Y no, no es que ahora que tengo dos niñ@s la tenga "re-clara" -porque día a día van surgiendo nuevas dudas, dilemas y cuestiones relacionadas con las etapas de crecimiento que les toque transitar. Pero me hubiera gustado, hace cinco años, tener alguna mamá amiga con un poco de experiencia que compartiera conmigo lo que le había tocado vivir. No fue el caso. 
Esta vez me toca a mí, que tengo dos amigas cercanas estrenándose en esto de la maternidad, que puedo invitarlas a leer estas viejas entradas con la esperanza de que se sientan acompañadas:

Este almohadón vale su peso en sonrisas.
Para pedirles a los reyes: artículos que facilitan la maternidad Capaz que ya te compraste todo, capaz que estás armando una lista de regalos, o dudando en si aniquilás tu tarjeta de crédito en MercadoLibre. ¿Valdrá la pena? Acá te cuento sobre los imprescindibles y los que son una pérdida de guita.


¿Se puede disfrutar del puerperio? Una etapa que desconocías hasta que te toca atravesarla. De la que se habla poco, donde a veces las demás personas te miran mal por quejarte. ¿No deberías ser la más feliz del mundo?

¡No sé qué hacer con mi bebé! Es hermoso, adorable, no me canso de mirarlo... ¿o sí? Ahora que estamos en casa todo el día cuidando al pequeño dormilón... ¿qué hacemos?

Ah, ahora SÍ dormís, ¿no?
Brotes de crecimiento -o cómo mi adorable bebito se transformó en el niño sanguijuela: ¿Por qué de repente un bebé de 3semanas, mes y medio, o 3 meses, se pone más demandante, pegote y llorón? ¿Es que estás produciendo menos leche? Nada de eso, amiga. Se trata de los poco conocidos brotes de crecimiento. Acá te cuento cómo lidié con ellos.

Instrucciones para dormir al bebé: No, obviamente que leer esto tampoco les va a servir de nada. Pero tal vez se sienten un poco acompañadas -y, ojalá, las hace sonreír después de una noche de mierda difícil.

Y un último consejo, aunque suene a frase hecha: el tiempo vuela. ¡Disfrútenlos a cada momento!


Este post va escrito (bah, recopilado) con mucho amor para Flor y para Mili, para Ceci y para René.

domingo, 17 de junio de 2018

Cómo se me resignificó el Día del Padre

Papá y yo
Desde que tengo memoria, el Día del Padre fue para mí una fecha agridulce. Y es que el vínculo con mi papá siempre estuvo signado por la ausencia. Tenía cuatro años cuando mis padres se separaron, cuando las leyes del divorcio apenas empezaban en Argentina y yo me sentía un "bicho raro" entre mis compañeritos de jardín y más tarde, del colegio. Y si bien mi papá nunca desapareció del todo de mi vida (y por eso hablo de memorias "agridulces" y no directamente "amargas"), siempre me hizo falta su presencia. Todavía me hace falta ahora, aunque tengo 36 años y me da bronca seguir necesitándolo después de tantos años.
Buena parte de mi vida, entre mi viejo y yo hubo un océano de por medio. 10.000 kilómetros redondeando. A veces él estaba para Día del Padre, otras veces me tenía que conformar con saludarlo por teléfono. En aquellas ocasiones en los que sí estaba en casa de mis abuelos, igualmente lo veía refugiándose detrás de una computadora porque a él nunca le gustaron las reuniones familiares (y mucho menos cuando la fecha era "comercial"). Nunca se le ocurrió preguntarnos a sus hijas, a mi hermana o a mí, la Mariana de 7, de 8, de 11 años, qué sentíamos ellas. Me costaba ver publicidades de papás e hijos pasando el tiempo juntos y compartiendo desayunos en la cama. Y tenía el ejemplo de los padres presentes de la familia, mis tíos y abuelos, para recordarme lo que a mí me faltaba. De alguna manera, no me dejé de sentir nunca bicho raro.

Pero desde hace cinco años, el Día del Padre dejó de ser una fecha agridulce. Si bien sigo acordándome de mi papá y deseando que viviera más cerca y que viera más seguido a sus nietos,  a quienes adora, ahora tengo un excelente motivo para estar contenta y festejar. Javier es un padre genial, un gran compañero que hace todo por nosotros tres, con quien nos ponemos la familia y la casa al hombro y la peleamos cada día. ¿Qué mejor ocasión para homenajearlo, por más que se trate de una fecha inventada por los comerciantes para vender regalos?
Mis hijos adoran a su papá, les ilusiona estar con él, lo reciben con un abrazo cada vez que llega a casa. ¿Por qué no hacerle unos lindos regalos y prepararle juntos el desayuno? Me emociona ver que Dani y Quiqui sí pueden crecer con un papá presente, que no solamente los quiere (sé que el mío también nos quiere) sino que está cada vez que lo necesitan, que los acompaña en el día a día, que los ayuda a crecer. Y esto hace que, por más que suene a frase hecha, todos los días sean Día del Padre en casa.

Mi árbol familiar...
Javi, más allá de todo lo que te amo como compañero, gracias por ser el papá que sos. Gracias por la "butigrúa" y por dejar que "el invasor" tenga lugar para dormir cada madrugada. Gracias por tus upas y tus cosquillas, por tus cuentos del Autito Camilo y por tus enseñanzas de guitarra. Gracias por tus Rapiditas y por tus arrocitos con carne y verduras. Gracias por ser el padre que siempre soñé para la familia que formamos. Gracias por haber soñado estos sueños conmigo. Gracias por seguir proyectando juntos.

Y pa, no sé si leerás esto (no sé si sos lector habitual de mi blog y no te voy a "manipular por la culpa" para que lo leas), sabé que te quiero mucho y que te extraño, que te sigo extrañando, y que no voy a dejar de extrañarte, siempre. Que respeto -aunque no comparto- tus decisiones de vida porque ya soy adulta. Así es, ya crecí, y también sé que ya es tarde para recuperar muchos momentos, pero que los que hemos compartido también los llevo puestos y que los valoro. Por ejemplo, aquellas vacaciones en las Canarias. O cuando vimos juntos las películas originales de Star Wars. O cuando me acompañaste por el altar el día que me casé. 

Feliz Día del Padre.

miércoles, 13 de junio de 2018

La condena social

Encontré esa imagen en Twitter, a propósito por el debate por el aborto legal en mi país. 

Yo le agregaría algunos más (perdón que no sepa dibujar):

- "Yo tengo hijos y también trabajo afuera" ---> ¡Abandónica! ¿Cómo podés permitir que otros los críen por vos? Después no te quejes si les lavan la cabeza...
- "Yo soy madre a tiempo completo" ---> ¡Vaga! ¿Qué hacés todo el día? Dejá de rascarte y andá a laburar.
- "Tengo una familia numerosa" ---> Qué inconsciente... como si sobraran recursos en el planeta, ¿es que no sabés cuidarte? ¿No tenés un hobby?
- "Yo me quedé con un solo hijo" ---> ¡Pobrecito! ¿Y lo vas a dejar así, solito?
- "Fui madre soltera por elección" ---> Ah, qué te creés, ¿que tener hijos es un pasatiempo? ¿Quién sos para negarle a ese chico la posibilidad de tener un padre?
- "El padre me dejó, fui madre soltera, ahora formé pareja" ---> ¿Y no estarás descuidando a tu hijo? ¡No vayas a meter a cualquiera en tu casa!
- "Quiero ser madre y no puedo, recurro a un tratamiento" ---> Tal vez no le digan nada, pero pensarán "Peeero... con la cantidad de chicos que hay que esperan ser adoptados..."

¿Hasta cuándo?

lunes, 28 de mayo de 2018

Lo bueno de que los hijos se enfermen

Necesito comenzar aclarando (y agradeciendo) que mis hijos tienen una salud de fierro. Incluso Quiqui, si definimos "salud" como la capacidad de recuperarse rápidamente y sin secuelas de las  distintas enfermedades. No puedo imaginarme que una mamá o un papá que están acompañando a sus hijitxs peleando contra una verdadera amenaza para sus vidas puedan sentir que hay nada bueno en ello. Crecí en un hogar con una hermanita que padecía una enfermedad crónica. Con las verdaderas enfermedades, con los accidentes graves, con que la vida de un hijo corra peligro, no puedo meterme a opinar.
Así que de ahora en más, sepan que cuando hablo de tener hijos enfermos, me refiero a esas enfermedades comunes que en algún momento les toca sortear a todos los chicos. Y que nos toca atravesar a tod@s en nuestro aprendizaje de la maternidad o la paternidad.

Ya he hablado en otra ocasión de que cuidar a mis niños cuando están enfermos es una de las cosas que hago peor. Siento que me falla la paciencia, que me desespero por verlos mal pero que a la vez, me irrita toda la situación, me pongo quejosa, me peleo más con mi marido, me angustio por tener que faltar al trabajo... en fin, creo que no soy la mejor madre en estos días ni mucho menos. En ese sentido, ser madre por segunda vez me ha dotado de algunas herramientas porque lo cierto es que mi hijito menor se ha enfermado con mucha frecuencia, sobre todo desde que asiste al jardín maternal. Pasó por todas las "-itis" que me acuerde... dos bronquiolitis, faringitis varias, otitis, conjuntivitis, neumonitis (¡en las vacaciones de verano!), dos gastroenteritis... justamente por estos días está cursando la segunda. Fiebres indeterminadas, tos, mocos, más una alergia al pescado que en su momento confundimos con una eruptiva (las únicas de las que viene zafando hasta ahora, toco madera).
Esperando que le haga efecto el inyectable.
El sábado pasado tuvimos que llevarlo a una guardia porque se puso mal, pero mal de golpe, y terminó vomitando todo ahí mismo, en la sala de espera. Hasta que no comprobaron que el inyectable funcionaba y que el gordo toleraba los líquidos, no me lo dejaron traer a casa -lo bien que hicieron, ya sé que la deshidratación en nenes chiquitos puede ser muy seria. Y acá estamos desde entonces. De a ratos le sube fiebre, de a ratos mejora y come con apetito las comiditas de dieta que le preparo: por suerte adora el arroz y la manzana rallada. De a ratos lo veo un poco más contento, con ganas de jugar, pero después se convierte en una suerte de koala de 12 kilos que se me cuelga encima lloriqueando y no me deja ni para que yo pueda ir al baño.
Me pone triste verlo apagado, molesto o chinchudo. Sufro pensando que él sufre. Me siento culpable por no poder dedicarme un poco más a Dani, que se lo viene bancando como una duquesa. Y también por dejar de ir a trabajar tantos días.
En esas estamos. Y quiero creer que, una vez más, esto va a pasar pronto. Que es cuestión de unos días más. Que no es grave. Otros papás y mamás no pueden decir lo mismo.

Entonces, en este panorama, ¿qué carajo podría haber de bueno? ¿Existe alguna ventaja en que nuestros hijos se enfermen? No sé si exactamente se pueden llamar ventajas, pero mientras espero que Quiqui se cure y nuestra vida cotidiana vuelva a su caótica normalidad, se me ocurre tratar de enfocarme en lo siguiente:
- Es bueno que, estando un hijo enfermo, yo pueda proporcionarle ese soporte emocional -¡y físico!- que tanto reclama. Si lo reclama es porque lo necesita, ni más ni menos. Si pasamos 5 horas en una clínica esperando que el gordo tolere líquidos y dos de esas horas pudo estar durmiendo, es porque yo lo tenía en brazos.
- Es bueno que las enfermedades comunes y benignas de los niños los fortalezcan, y esto se nota en el hecho de que cuanto más grandes, menos se enferman y menos días están enfermos cuando les toca.
- También es bueno que nos fortalezcan a nosotros, sus padres. La enfermedad de un hijo nos ayuda a aceptar las cosas que no podemos cambiar a la vez que a dar cuerpo y alma para mejorar lo que sí se puede. Nos ayudan a posponer nuestras propias necesidades y a darnos cuenta del profundo e incondicional amor que sentimos hacia esas criaturas, si podemos amarlos incluso en la convalecencia, cuando más insoportables se ponen...
- Lo mejor de que los hijos se enfermen es -obvio- que después se curen. Y cuando se curan, los valoramos más que nunca: su sonrisa después de que pasó el pinchazo, las ganas de jugar, de correr por la casa y de escalar muebles, su buen apetito, las siestas que ahora sí vuelven a dormir de corrido, las peleas entre hermanos o las cenas familiares compartidas.

Espero que pronto se pasen estos días y que esta enfermedad del gordo sea solo una anécdota más para su larga listita de -itis.
Mientras tanto, escribo.
Mientras tanto, aprendo.