¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

jueves, 20 de julio de 2017

Con una ayudita de mis amigos

"¿Nunca un post sobre tus amigxs?"la pregunta vino de parte de Lucas, padrino de Quiqui, a quien más que un amigo considero un hermano que me dio la vida. "Porque el mío es un blog de maternidad", le contesto. "Ah, o sea que para vos la maternidad es algo totalmente escindido de la amistad!", me tira. Me quedo pensando. 
La verdad es que sí, le digo. 
Me digo. 
Tiene razón, aunque es una verdad que me resulta por lo demás incómoda.

Lo cierto es que para mí, los amigos siempre fueron muy importantes. Tanto como la familia. Y, desde que soy mamá, paso muchísimo tiempo menos con ellos. A algunos los dejé de ver del todo. A otros los veo, pero con menos frecuencia. Y con la inmensa mayoría, siento que no me sale compartir gran parte de mi vida, que pasa por ser mamá y por criar a Dani y a Quiqui. Así como con mis hijos tampoco comparto (todavía) cosas como mi gusto por determinadas series, mi pasión por la lectura o mis juegos de rol, muchas veces siento que mi mundo de mamá es algo que puedo compartir poco y nada con mis amistades.

En realidad, habría que aclarar. Una cosa es mi relación con mis amigas mamás, otra cosa con mis mamás amigas (no, no son lo mismo) y otra muy distinta, la amistad con mis amigos sin hijos (que, por esas cosas de la vida, son amplia mayoría).
Mis amigas mamás son dos, son las únicas de mi círculo de amistades que también tienen hijos de edades similares a los míos. Las adoro, podemos hablar de todos nuestros avatares como madres. Muchas veces reunirnos nos sirve como catarsis, para sentir que estamos menos solas, que a todas nos pasa lo mismo. Una de ellas vive muy lejos y no nos vemos tan seguido. Ella es quien cree que "los amigos sin hijos se pudren de nosotras, nos volvemos monotemáticas y aburridas". A esta altura creo que tiene razón. La otra vive cerca y es una de las personas con quien más me siento acompañada en el oficio de ser mamá.
Mis mamás amigas son esas mujeres que conocí ya siendo madre, son compañeras de trabajo o mamás de compañeritos de Dani con quienes me llevo muy bien y puedo socializar -hijos de por medio. Puede que en un futuro las considere amigas a secas, así nomás. El tiempo lo dirá. 
Y además, están todos mis otros amigos, los que no tienen hijos, a los que sigo adorando como siempre. Adoro compartir ratos con ellos cuando mi marido puede quedarse un poco con los chicos, me encanta que vengan a casa aunque Dani acapare la atención y pretenda someterlos a todos a largas sesiones de juegos de la oca o lotería de animales. A ellos es a quienes más extraño, en cantidad de tiempo que compartíamos y en el que compartimos en la actualidad.

Ojo, de ninguna manera responsabilizo de esto a mis amigos. Todos ellos son muy cariñosos con mis hijos, siempre están dispuestos a adaptarse a mis horarios, que son muy diferentes a los de ellos (y a los que yo solía tener), se interesan por mis cosas y las de los chicos. No por no tener hijos son "antiniños" (que en otros círculos de amigos sé que los hay), y si alguno lo fuera, lo disimula muy bien. Simplemente, no puedo evitar, al estar con ellos, retrotraerme a mi "antigua yo", dejar un poco de lado a la mamá.
Lo que, en realidad, ¡es bastante saludable! Desde que me convertí en mamá, y más aún desde que soy mamá por partida doble, siento que la maternidad arrasó en mi vida como si se tratara de un huracán, que se lleva puesto todo y que deja las cosas patas para arriba. No veo que a ninguno de mis amigos le moleste eso de mí, pero sí reconozco que no sé muy bien cómo explicarles que no me siento la misma persona, que me siento cambiada, transformada... ¿Ejemplo? A mi hijita la pongo en el celular para que les grabe un audio hermoso a sus compañeritos de jardín expresando cariño y dulzura. A mis amigos les sigo mandando otro tipo de mensajes.
Como este.























El tema es que, finalmente, conversar con mis amigos, juntarme a jugar rol o a ir al cine, hasta tomar unos mates en casa mientras mis hijos revolotean alrededor y yo pretendo hacer de cuenta que no me roban la atención... en este momento me parecen "escapadas" de mi ser como madre. Siento como si, por un ratito, pudiera ser simplemente Mariana, como antes. Visitar mi antigua vida, cosa que a veces me produce muchísima nostalgia. Y por eso, supongo, me da un poco de culpa: culpa por extrañar cómo era mi vida sin mis hijos, culpa por quitarles algo de mi tiempo y de mi energía.
Hablando de energía, ¡tengo poca! Y sé que la amistad no puede cargarse sobre un solo costado: no puedo someter a mis amigos a largas sesiones de quejas (eh, para eso están los blogs, guiño guiño). Y reconozco que tengo menos disposición para escuchar y para acompañar. Solo lo que mis hijos me dejan de sobra, que no es demasiado.
También me veo menos por la razón de que muchas de las amistades son compartidas con mi marido. Nos encantaba salir de a 4 o de a 6 con otras parejas. Y ahora, por una vez que conseguimos dejar a los chicos con alguien (habrán sido unas... ¿dos veces en el último año?) privilegiamos salir solos.
La lotería de animales NO ES NEGOCIABLE.
Sé que también nos vemos menos con nuestros amigos a los 35 que a los 20 por las responsabilidades propias de la vida de cada uno -los hijos, principalmente, en mi caso, pero también mi escritura, sus carreras académicas, nuestros respectivos trabajos, nuestras parejas, nuestras familias de origen a quienes a veces ahora toca cuidar... Sé que son muy pocos aquellos de mis amigos que siguen saliendo hasta las 3 o 4 de la mañana los fines de semana, que la edad nos afecta a todos. Y no es que me gustaría volver a esa vida permanentemente... aunque sí de vez en cuando. Y no puedo: ahora soy con mis hijos. No hay vuelta atrás.
Entonces, ahí está: la escisión entre "Mariana mamá" y "Mariana, a secas" la que ellos conocen. Al menos, para mí, la maternidad y la amistad no resultan tan sencillas de compatibilizar cuando siento que necesariamente una le roba momentos y espacios a la otra.

¿Será permanente esta sensación de estar partida al medio? ¿O será algo propio de las que tenemos hijos chiquitos, a los que cuesta dejar al cuidado de otras personas, y todo volverá a acomodarse dentro de unos años?
Quiero pensar que, cuando el "huracán maternidad" se convierta en una lluvia apacible de primavera, mis amigos seguirán allí, en algún lado, esperándome para volver a pasar juntos largas tardes sin que yo esté pendiente del reloj, para ir al cine sin ponerse de acuerdo 17 fines de semana antes, para compartir unos mates y charlar sobre la actualidad del país, nuestro propósito en la vida y, obviamente, sobre los últimos capítulos de Game of Thrones...

domingo, 9 de julio de 2017

Tus segundos 9 meses

Cuando mi bebé cumplió su primer mes, me alegré de que ya no calificara como "recién nacido", de que si le hubiera subido fiebre por cualquier cosa ya no se hubiera ligado una internación. Cuando cumplió los 6 meses, me puso contenta que ya pudiera comer y que tuviera medio año (a Dani hasta le hicimos una pequeña fiestita, pero con Quiqui no se dio, es el segundo, bueh). 
Y mañana, mi chiquito cumple 9 meses. Me parece un número importante: significa que ya vivió tanto tiempo fuera de mi panza como dentro de ella. 
Acá tenía solo 4 días
y sonreía dormido.
Laura Gutman, una autora con la que me peleo bastante, dice que puede considerarse este tiempo como una "gestación extrauterina": "Recién a los nueve meses de edad [el bebé] tiene un desarrollo similar al de otros mamíferos a pocos días de haber nacido"(1). Hasta ese momento, dice, lo que hay entre el bebé y su mamá es una fusión. El bebé debería estar a upa de su mamá prácticamente todo el día: dormir con ella, ser alimentado a demanda, que se le hable, se lo mire exclusivamente...
Reconozco que con Quiqui no pude estar tanto o tan exclusivamente como yo hubiera querido. Tuvo que comenzar el jardín maternal a los 5 meses y desde que nació, comparte mi atención con su hermanita mayor, que por estos días está más celosa que cuando el gordo nació. Pero sí soy una mamá bastante apegada, y creo que en cierto sentido Quiqui viene siendo un privilegiado: esta segunda vez, con él, no me cuestioné dar la teta a demanda, colechar en algunas -varias- oportunidades o portear. 
Siento que todo lo que NO pude conectarme con mi bebé durante el embarazo (que viví con bastante estrés, principalmente porque hubo dos mudanzas en esos meses) sí logré vincularme en estos segundos 9 meses. Lo entiendo mucho más de lo que conseguía entender a su hermanita. Estoy más tranquila cuando llora o cuando se enferma. Me afecta el sueño perdido (claro que sí) pero bastante menos que en mi primera maternidad. Quiqui es afortunado porque su hermana mayor en muchas cosas allanó el camino para que su primera infancia sea más fácil.
Y recién está empezando
a vivir sus primera aventuras...
En estos 9 meses disfruté muchísimo de verlo crecer, de convertirse en un recién nacido panchito y dormilón que sonreía en sueños a ser un gordo morfable que escala los muebles, quiere caminar ya mismo y contempla embelesado a Dani y todas sus payasadas. Gatea por toda la casa y nos sigue a todas partes como un perrito. Se ríe a carcajadas y juega a esconderse y a derribar torres de cubos gritando como un pajarito. Siente con intensidad todas las emociones: la alegría, sobre todo, pero también el enojo y la frustración... por estos días, está en pleno desarrollo de la angustia de separación, y me lo demuestra cuando nos reencontramos después de haber pasado cada uno en su colegio toda la mañana.
Me llena de orgullo verlo convertido en un bebote que come sus comidas, que puede dormirse con el papá además de conmigo y pasar buena parte de la noche en su cunita, en el dormitorio que comparte con su hermana mayor. Y me derrito ante sus intentos por hablar (que, calculo, en menos de lo que me imagine darán sus frutos).
Agradezco que en estos segundos 9 meses pude vincularme con este hijo y amarlo como se merece, disfrutar de este período de "fusión mamá-bebé" y darle la suficiente confianza como para que, de a poco, vayamos comenzando un despegue. Él quiere explorar el mundo. Yo tengo que hacer ahora el esfuerzo para poder soltarlo y dejarlo crecer. ¡Aún sabiendo que no va a ser un bebé por mucho tiempo más!

Te amo tanto, hijo... ¡Gracias por cada día que nos toca compartir!

(1) Gutman, L. La maternidad y el encuentro con la propia sombra. Editorial Del Nuevo Extremo: Buenos Aires, 2012. Página 109.

viernes, 23 de junio de 2017

Papá en el parto, ¿sí o no?

Hace muy poquito leí un artículo que me impactó. Me quedé con la boca abierta cuando vi que su tesis principal es que los hombres NO pertenecen a la sala de partos, no deberían estar presentes en el nacimiento de sus hijos, y que esta moda que lleva poco más de 40 años atenta contra el desarrollo natural del parto y lleva a más intervenciones médicas innecesarias.
Michael Odent
"Qué machista el autor", es lo primero que pensé. "Claro, que la mujer se arregle sola, total es su problema, ¿no?". Pero no iba por ahí el artículo. Debí haberlo sospechado cuando vi quién era el autor: Michael Odent, destacado obstetra francés, uno de los mayores defensores del parto natural y humanizado.
Al contrario. A medida de que avanzaba en mi lectura, tuve que reconocer que, tal vez, haya algo de razón en lo que postula (mal que les pese a los papás que quieren sentirse parte, que están verdaderamente comprometidos con su paternidad desde el embarazo y que por nada del mundo se perderían ese primer llanto del bebé).

El artículo es muy extenso y lo encontré en inglés. Pueden leerlo acá. Pero les resumo las ideas principales para ver si seguimos el razonamiento:

- Siempre, los protagonistas del parto son la mamá y el bebé. El hombre tiene poco y nada que aportar en esa escena y hasta, por el contrario, puede obstaculizar más que otra cosa.
- Hasta los años 70, el parto era cosa de mujeres: la mamá, la comadrona, a lo sumo alguna parienta mujer que pueda ayudar. En esa década comenzaron a aparecer mujeres que solicitaban la ayuda del marido, coincidiendo con la hospitalización del parto, que fue trasladado del ámbito doméstico al médico. Claro -pienso yo- si voy a estar rodeada de médicos desconocidos, anestesistas, instrumentadoras y demás personal mirando mis partes íntimas, el marido o la pareja viene a funcionar como protección o refugio frente a esa sensación de desnudez, de vulnerabilidad...
No es precisamente parir en cuclillas al lado del río...
- Si bien se insistió por aquellos años en las supuestas ventajas que tiene para la familia la presencia del padre en el parto, ninguna de esas ventajas ha sido debidamente comprobada por ningún estudio. Esto no lo sabía. Una ventaja que se me ocurre es que, con papá en la sala de partos, nadie separa al bebé de ambos padres una vez que ha nacido. Pero los defensores del parto humanizado sostienen que, en principio, no habría por qué separarlo de la mamá en primer lugar.
- Con excepción de nosotras, ninguna hembra animal da a luz con el macho presente. Y la mujer durante el parto debe conectarse con su parte más primitiva y mamífera, dejando de lado la parte "pensante" del cerebro. Cosa que no puede hacer si está su pareja al lado preguntándole cómo se siente, si necesita algo, aún si está intentando ayudar. Es cierto que nadie te puede ayudar. Es un camino que recorremos solas, por más personas que tengamos atendiéndonos.
- El padre durante el parto no puede evitar segregar adrenalina, al estar ansioso por más que intente disimularlo con su mejor sonrisa. Esta descarga hormonal es "contagiosa" y por lo tanto genera que también la mujer produzca la hormona, que interfiere con la producción de oxitocina que es la otra hormona, la buena, la que permite que el parto avance. Inconscientemente, al transmitirle su nerviosismo, el hombre estaría impidiendo que la mujer se relaje: "He estado con muchas mujeres que luchan por dar a luz con su pareja al lado. Y en el momento en que él deja el cuarto, el bebé llega. Después, dicen que fue "mala suerte" que él no estuviera en el momento en que nació el hijo". Acá, mientras iba leyendo, me quedé helada, porque el autor parecía describir a la perfección lo que fue mi segundo parto. ¿Puede ser que tenga razón?
- La mujer también debe continuar relajada junto con su bebé en la última fase, cuando expulsa la placenta, y el hecho de que el hombre trate de tocar al nuevo bebé no hace sino interferir, una vez más.
- El autor enumera también razones concernientes al padre, que tienen que ver con la posibilidad de desarrollar también los hombres depresión posparto si se involucran demasiado, así como que pierdan atracción sexual por su pareja luego de haber estado presentes en el nacimiento. Gracias a Dios esto no nos tocó a nosotros, no conozco a nadie al que le haya pasado (pero bueno, calculo que tampoco es algo que uno discutiría abiertamente con sus amigos "desde que vi a mi mujer parir, no la toco ni con un palo"... mmmh, no).

Cada vez más mujeres eligen recurrir a las doulas.
Por supuesto que no se puede esperar que cualquier mujer dé a luz sola. ¿Qué propone el obstetra? Que nos acompañemos entre nosotras. Fortalecer el rol de la doula, o acompañante de partos. Recurrir a nuestras madres, hermanas, amigas, todas ellas acompañantes mucho más idóneas que el papá del bebé.
No sé todavía si termino de estar de acuerdo con esta tesis. Me siento mal por aquellos papás que no se limitaron a concebir, sino que han vivido todo el embarazo participando, acompañando y ayudando, y que de repente se ven privados de formar parte del nacimiento.
Pero sí creo que el parto es nuestro, de las mujeres. Que, en todo caso, toda mujer que va a dar a luz debería decidir, sabiendo de antemano cómo puede afectarla la presencia del padre, si quiere que él esté acompañándola o no. Apropiarnos de nuestro parto significa que nadie decida por nosotras, ni los médicos, ni la sociedad, ni las costumbres... ni siquiera nuestra pareja. Ya habrá tiempo, en todo caso, para que papá y bebé forjen ese apego fundamental.

¿Qué piensan? ¿Les parece lo mejor que el papá esté en la sala de partos? ¿Cómo fue cuando nacieron sus hijos?

viernes, 16 de junio de 2017

Tener hijitos ¡es muy divertido!

Una foto hermosa que subió a Instagram una mamá conocida, y una frase que escribió ("nadie habla de lo divertido que es tener hijitx") me sirvieron como disparadores para reflexionar. Leo varios blogs de maternidad, y si bien es cierto que a veces publicamos anécdotas graciosas de nuestros retoños, también es verdad que la función predominante del género blog de maternidad suele ser el desahogo, la queja, la cantinela... y reconozco que no soy la excepción.

Por eso hoy sí quiero hablar de lo divertido que es maternar.
Porque ser mamá puede ser desafiante, cansador y todo lo que quieran, pero las recompensas ¡son incomparables!

"¿Quién necesita un manual de estimulación
cuando hay una hermana mayor en casa?"
Una de las cosas que más me divierte es escuchar hablar a los chicos. Hasta hace algún tiempo, llevaba un cuadernito con las frases que Dani iba diciendo, desde sus primeras palabras hasta las reflexiones cuando nació su hermanito. Confieso que en la actualidad ya no anoto nada, ¡y eso que se la pasa hablando! Pero es porque suelta una tras otra joyita, ¡y no me da tiempo a anotarlas! Por ejemplo, se dio cuenta de que tanto al papá como a mí nos encanta responder sus preguntas. Entonces empieza diciendo: "Mami, tengo una MUY BUENA, PERO MUY BUENA pregunta" y suelta cosas que dan para discutir y charlar largo rato, como "¿Por qué tenemos que bañarnos?" "¿Por qué nos gusta pintar?" "¿Quién inventó las casas?". Siguen largas ¡y divertidas! conversaciones.
¡Amo la hora de la comida!
Otra cosa cada vez más divertida es ver y escuchar interactuar a los hermanitos. Las caras de asombro y maravilla que pone Quiqui ante las payasadas de su hermana, por ejemplo. Hace un par de sábados, me despertaron las vocecitas de mis hijos desde su cuarto: el gordo en la cuna hacía sonidos y Dani dialogaba con él, "¿Te despertaste, gordo? Mamá y papá están durmiendo, ¡pero estás con tu hermana mayor! Mirá, tengo un libro que se llama "Mayor y menor", son dos hermanos, ¿ves?..." (ruido de hojas). Estuvieron largo rato jugando solitos mientras mi marido y yo hacíamos fiaca y sonreíamos escuchándolos.
Me divierte jugar juegos de mesa con Dani. Me divierte cocinar (¡siempre me gustó!) y ahora más porque tengo que pensar menúes aptos para un bebé de 8 meses, y trato de hacerlos lo más variados y ricos posible. Dani a veces cocina conmigo... ¡aunque después no quiera probar lo que preparamos! Me divierte mucho poder ir a la plaza si el día está lindo -reconozco que soy mejor mamá "de exteriores" que "de interiores". Me divierte verlos fascinados con mi gata (aunque a ella no le divierte NADAAAA el acoso de mis niños). Me divierte quedar empapada cuando lo baño a Quiqui porque a él le encanta chapotear y salpicar lo más lejos posible.
Lo más lindo de ser mamá es cuando estamos los cuatro juntos, bailamos escuchando cualquier música, agarramos el auto y nos vamos a algún lindo lugar al aire libre, o pensamos planes que nos puedan gustar a todos. No se me hubiera ocurrido ver un show de química en un museo, sacar entradas para una obra de teatro para bebés, subirme a la calesita, sacarme una foto con Mafalda en pleno San Telmo, disfrazarme de Batman o de vaquera, diseñar collares o volver a coleccionar figuritas si no fuera por Dani y por Quiqui.
Sin palabras :)

Es cierto que cuando te convertís en mamá no siempre te queda tiempo para las cosas que antes solían divertirte. Pero la verdad es que casi no extraño esas cosas. Tengo suficiente diversión en casa con mis chiquis. 

¿Y a ustedes? ¿Qué parte de ser mamás o papás les resulta más divertida?

viernes, 26 de mayo de 2017

Normalidad, bendita normalidad

Dos semanas sin escribir en el blog, dos semanas con hijos enfermos en casa. ¿Coincidencia? Nah, ya conté lo mala madre que soy con las enfermedades, cómo sacan lo peor de mí, de qué me iba a poner a hablar si todo mi ser estaba pendiente de que mi bebé de siete meses mejorara de su primera enfermedad, una horrible bronquiolitis (dentro de todo leve, por suerte). Y por estos días, cuando el gordito ya estaba convalesciente, cayó Dani -de nuevo en menos de un mes- con otitis.
Primero cayó Quiqui. Su primera vez enfermito.

No. Prefiero hablar ahora de lo mucho que se extraña la normalidad. Y de cómo no valoramos ciertas cosas hasta que nos faltan. Dicen los mayores que lo que importa es la salud. Cómo no la valoramos hasta que no la tenemos. En el caso de mi familia, tenemos que ser agradecidos de que solamente faltó por dos semanas.

Dos semanas encerrados en casa. Dos semanas sin plaza ni amigos, ni paseos al aire libre. Sin (casi) ver a nadie, más que a los abuelos y a la tía que se dieron alguna vuelta. Y no solo los chicos: los adultos también nos sentimos aislados. Hoy nada me pone más feliz que mirar por la ventana y ver que hay sol, y pensar que en un rato puedo ir con mis dos chiquitos recuperados a dar una vuelta por el barrio.
Dos semanas escuchando el coro nocturno de tocecitas. De no dormir de corrido más de una hora y media o dos (con suerte). De tener que encender la luz a la noche para poder hacerle el paff al bebé y de escucharlo llorar a gritos a las cinco de la mañana, rogando que su hermana mayor no se despertara también (a veces lo hacía). Hoy me parece una maravilla que mi bebé solo se despierte una vez de noche para tomar la teta, y que tranquilito se vuelva a quedar dormido.
Mis dos tesoros convalecientes. Hermosos pero ¡qué laburo!
Dos semanas faltando intermitentemente a mi trabajo, porque con el papá nos turnábamos para cuidar a los nenes. Justificativos médicos para que no nos descuenten los días, preparar actividades de antemano para la persona que me iba a cubrir, ver cómo se me acumulaban los pendientes y las correcciones. Hoy valoré más que nunca estar tranquila en mi aula con mis alumnos, dando la clase que tenía pensada y cumpliendo con mi tarea. Adoro mi trabajo. Adoro poder estar. Pero, bueno, a veces las prioridades cambian...

En fin, es la época del año, las enfermedades en los jardines de infantes florecen... me pregunto cuánto durará nuestra precaria normalidad. Mientras tanto, a disfrutarla.

domingo, 14 de mayo de 2017

Pequeñas reflexiones sobre el microcosmos familiar

La familia, todos lo sabemos, es la primera instancia de socialización para los niños. El tema es hasta qué punto lo sabemos hasta que nos toca vivirlo de manera directa. Ayer pensaba en esto cuando íbamos en el auto, y se escuchaban las carcajadas de mi hijo de siete meses ante las payasadas de su hermana mayor. Mi marido y yo nos mirábamos como desconcertados, porque como ellos iban atrás y además el gordo de espaldas, no entendíamos qué estaban haciendo para que él se riera. Pero aunque los hubiéramos visto, nos hubiéramos perdido de algo: ellos dos ya tienen sus códigos de hermanos, de los cuales papá y mamá quedamos indefectiblemente afuera. 
Ayer fue un día muy especial en nuestro microcosmos, porque finalmente mudamos la cunita de Quiqui al cuarto de Dani, que está feliz y entusiasmada de por fin compartir el dormitorio con su hermanito. Papi reloaded y yo recuperamos un poco de intimidad, yo aproveché para redecorar un poco nuestro propio dormitorio para reapropiarnos de él. En casa quedaron delimitados físicamente, ahora, el mundo de los grandes, y el mundo de los chicos.
A veces en broma los llamo "los hermanitos Macana"
pero se portan re-bien juntos...
Y siento que con esto hay una razón más para alegrarme de ser mamá por partida doble. Dani está menos sola que antes. No porque vaya a jugar mucho con su hermano, que al llevarse 4 años no sé cuánto tiempo llegarán a compartir juegos. Pero precisamente por esto de no ser más "la tercera en discordia" en una pareja, sino una integrante de un grupo, el grupo de los chicos. Mi marido me decía que le sorprende y le fascina verlos interactuar a los hermanos, que él, al ser hijo único, se perdió de vivir esta pequeña sociedad familiar.
Yo también me la perdí, aunque por otras razones. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía la edad que ahora tiene Dani, 4 años. Y mamá, mi hermana y yo formamos otro tipo de microcosmos. Uno donde mamá era la única adulta a cargo, donde la figura paterna estuvo siempre signada por la ausencia -incluso cuando nos visitaba, sabiendo como sabíamos que se iba a volver a ir tarde o temprano-, donde mi hermana y yo no supimos (no pudimos, más bien) construir un vínculo de cariño y complicidad sin sufrir de tremendos celos y competencia, que yo crecí pensando que eran los normales entre hermanos y ahora me doy cuenta de que podrían haber sido diferentes, más suaves, menos importantes al lado del afecto que nos teníamos -y que hoy, de adultas, afortunadamente y poniendo mucho de parte de cada una, hemos logrado recuperar.
Nos peleábamos muchísimo, pero igual fuimos
 muy compañeras de juego.
Me quedé pensando en algo que siempre me dice mi mamá, que por suerte cada generación hace las cosas un poco mejor que la anterior (siempre y cuando haya trabajado en mejorarse a sí mismo y en reconocer sus propios errores, limitaciones y carencias). Mi mamá hizo lo mejor que pudo para sacarnos adelante. Los papás de mi marido hicieron lo propio. Y nosotros hoy tenemos la fortuna de construir esta pequeña sociedad de cuatro, donde grandes y chicos tenemos nuestro propio lugar. ¿Cometemos errores? Seguro, y muchos. Quiero pensar que, el día de mañana, cuando mis hijos formen sus propias familias, podrán aprender de nosotros y hacer todo un poquito mejor.

martes, 9 de mayo de 2017

Lo esencial

Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía: “lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible…"
Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: “Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme… ” Y lo sentí más frágil aún. 
(Antoine de Saint Exupéry)
Quiero decir que creo que mis hijos son hermosos. No soy nada original, ¿qué madre no lo piensa? Dani es una belleza de nena con sus cachetes con hoyuelo, sus ojos color avellana y su flequillito rebelde. Quiqui, cuando nació, no me pareció particularmente lindo, pero con el correr de los meses se ha convertido en uno de esos bebés de publicidad de pañales. Me paran por la calle para admirarlo varias veces al día. Y cuando lo ven sonreír, se desviven en elogios.
Pero nada de esto importa cuando una es mamá. 
Lo que más me emociona de mi princesa mayor es su picardía, su curiosidad, sus maneras de demostrarme una y otra vez todo lo que me quiere. Su amor por los animales y por las plantas, su energía inagotable que la lleva a correr, saltar, patinar, caerse y levantarse una y otra vez. Su manito agarrada a la mía cuando hay que cruzar la calle. Sus preguntas sobre la vida, la naturaleza, la muerte, el paso del tiempo, el futuro y el pasado. Su complicidad con el papá, cómo se convierte en su debilidad y logra hacerlo bailar o cantar con ella, cosas que rara vez he logrado yo con él. Su risa fresca y espontánea. Su capacidad para ponerse triste y emocionarse con películas, que me hace acordar tanto a mí... 
Lo que más me emociona de mi principito menor es su alegría casi permanente. Su mirada de asombro ante un juguete con luces, un pajarito que pasa volando o una música determinada. Su necesidad constante de cariño, besos, abrazos, caricias, contacto físico. Cómo se queda dormido a mi lado, acurrucadito. Sus ojitos cerrándose lentamente mientras toma la teta. El gesto de su manito alzándose para tocarme la cara. Las pataditas de entusiasmo que pega al aire cuando ve que su papá o yo lo vamos a alzar en brazos. Sus carcajadas cristalinas. Sus expresiones, tan claras, de enojo cuando algo no le sale bien. Sus ganas de crecer y de hacer todo lo que hace su admirada hermana mayor...
Lo leí en un libro muy bello cuando era chica, un libro que ahora trabajo con mis alumnos año tras año. Y lo descubro día a día junto a mis hijos, me apropio de la frase como si fuera una verdad recién descubierta por mí: y es que lo esencial es, sin dudas, invisible a los ojos.

lunes, 1 de mayo de 2017

Mamá poderosa, mamá impotente

Dicen que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y más allá de que atribuyamos esa frase a Voltaire o al Hombre Araña, es muy cierta cuando de la maternidad se trata. Nada te hace sentir tan poderosa como la capacidad de engendrar, gestar y traer al mundo una vida. Nada te hace sentir tan vulnerable, desamparada e insegura como tener que sostener y criar a un bebé indefenso al que de repente te ponen entre tus brazos.

Ser mamá es sentirte poderosa. Por ejemplo:
- Cuando Dani me dice "reina" y mira todo lo que hago con admiración: "las reinas cocinan muy bien, como vos, mamá", "las reinas saben lavar la ropa y ordenar la casa" (sí, justamente, me la imagino a Máxima doblando las camisas del rey Guillermo...).
- Cuando alguno de mis hijos llora, y basta con un abrazo sanador para tranquilizarlo.
- Cuando Quiqui, pese a que está hecho un torito de ocho kilos y medio que ya come de todo y que aprendió a tomar la mamadera en el jardín, sigue buscando mi pecho para dormirse, y siento en el hueco de mi brazo todo su calor.
- Cuando Dani me da la mano para cruzar la calle y confía plenamente en mí.
- Cuando me dice que cuando sea grande, también quiere ser mamá, y sé que lo dice porque me mira y quiere ser como yo cuando crezca.
- Cuando Quiqui se despierta al lado mío (nos hemos resignado a un colecho parcial para poder dormir los tres hasta la mañana), me mira con esa sonrisa plena y parece que me diera las gracias por un nuevo día de vida...

Y ser mamá también es sentir el peor de los miedos, el de la impotencia, el no poder proteger a tus hijos, el no poder prever lo que vendrá. En estos días, con la humanidad que parece al borde de una tercera guerra mundial, mi peor miedo es que mis hijos crezcan en un mundo devastado por la violencia. O el miedo que me quita el aire: que no tengan oportunidad de crecer. 
O sin ir tan lejos, siento miedo cuando nos enteramos de crímenes atroces contra las mujeres que sacuden a diario mi país, como el de Araceli o el de Micaela, que me hacen temer por el día en que mi hija camine sola por la calle. Que hasta me hacen temer no ser capaz de educar a un varón en un mundo machista sin convertirlo, a su vez, en un machista. 
Y los miedos chiquitos, los problemas de salud cotidianos con los que lidiamos, en los cuales hay que mantenerse firme, segura y tranquila para a su vez, transmitirles eso a los chicos.

Ser mamá es oscilar entre saberse poderosa y sentir que no tenemos el control sobre nada. A veces cuesta mantener un equilibrio saludable.
Pero es justamente de lo que se trata.

sábado, 8 de abril de 2017

Sur, depresión posparto y después

"Mamá, tengo miedo de quedarme sola", "Soñé que estaba con vos, y que te ibas, y yo me quedaba sola", "Tuve un sueño feo, soñé que estaba sola". Una constante: el peor miedo de mi chiquita de 4 años. Me dirán que es un temor normal en los niños de su edad, que no hay que darle demasiada importancia, que todos los chicos tienen pesadillas (o alegan tenerlas, para que venga algún grande a consolarlos).
Pero en el caso de ese miedo de Dani, el miedo a la soledad (y, puntualmente, a que yo la deje sola) me llena de culpas. Tal vez haya aparecido coincidiendo con el nacimiento de su hermanito, y el consecuente desplazamiento que le tocó vivir. Pero a mí me hace acordar a otra cosa.

Hoy no puedo imaginarme la vida sin ella.
Y no me da nostalgia recordar mi vida
antes de ser mamá.
Cuando Dani nació, no la pasé nada bien. Me costó muchísimo adaptarme a mi nueva realidad como mamá. Todavía hoy me duele perder algunos amigos, con quienes cada vez comparto menos tiempo porque vivimos en realidades tan diferentes. Todavía me cuesta aceptar que mi familia de origen no está tan presente como me gustaría. Todavía extraño acostarme tarde y disfrutar de trasnochar viendo películas o leyendo. Pero cuatro años atrás, fue como chocarme contra una pared: nada de ser mamá era como lo había imaginado.
Las largas, larguísimas noches de privación de sueño, lo que me costó darle el pecho al principio, la pérdida (al principio total) de vida social e intimidad de pareja, todo me hizo tambalear. Sentía que había perdido todo lo que me hacía feliz en la vida. Y ser mamá me pesaba mucho. Con mucha culpa, había momentos en los que me cuestionaba haber tomado la decisión correcta, y eso que sabía que no había vuelta atrás. 

Mirándolo en retrospectiva, creo que tuve depresión posparto, o al menos un principio de depresión. Fue justamente el pediatra de Dani quien, viéndome muy angustiada cuando ella ya tenía seis o siete meses, me aconsejó comentarlo con mi médico. "Pedí ayuda", me dijo, "no dejes que esta sensación se instale porque sino cada vez es peor". Le hice caso. Fui a terapia. Y fui saliendo adelante. 
Con Quiqui, esta segunda vuelta, no me pasó. Este blog lo vivo justamente como una celebración de mi segunda oportunidad de ser mamá, de haber aprendido, de ser mejor como mamá de dos de lo que fui como mamá de una.

Pero siento culpa y tristeza cuando pienso que una de mis fantasías en la peor época era escaparme de todo: armar un bolso, tomarme un micro rumbo a cualquier parte, irme a vivir al sur, qué sé yo, y dejar a Dani, dejarla con el papá y con la abuela paterna quienes -yo sentía- iban a saber cuidarla mejor que yo. Sé ahora que es un pensamiento característico de las mujeres con depresión posparto, así como el sentirse incapaces como mamás. Irme lejos. Huir. Dejarla. 
Y después me arrepentía, claro. ¿Dejarla, como hizo mi papá conmigo? Eso nunca. No quiero que a ella le toque sufrir lo que yo sufrí. Y volvía a sacar fuerzas para seguir con el día a día. Aunque tardé mucho tiempo (más de un año) en verdaderamente abrazar la maternidad, en aceptar que mi vida había cambiado para siempre y que estaba bien que fuera así. En decidir que no hay ningún otro lugar del mundo para mí más que junto a ella, junto a mis hijos.
Hoy, cuatro años después, creo que Dani todavía rememora (desde su subconsciente) esos momentos difíciles. Qué le habré transmitido. Cuánto daño le habré causado sin haberlo podido evitar.

"Quedate tranquila, mi amor, acá estoy".

lunes, 27 de marzo de 2017

Mi biblioteca de maternidad

Amo leer. Fui lectora desde mucho antes de ser madre. Y lo seguiré siendo toda mi vida.

Desde el día en que supe que estaba embarazada de Dani  decidimos buscar el primer embarazo, me puse a leer todo lo que cayó entre mis manos acerca del tema. Acerca del embarazo, la maternidad, la crianza de niños, la lactancia o temas más particulares, como las técnicas para masajear un bebé, el yoga en el embarazo o recetas de cocina para bebés y niños. Algunos libros me los compré, otros me los regalaron. Muchos quedaron olvidados en los avatares de la maternidad real. La mayoría los regalé o los vendí antes de mi segundo embarazo, porque no me pareció que ameritaran una segunda lectura. Sin embargo, algunos pocos los conservo todavía en mi biblioteca, ya sea porque me siguen resultando útiles (son los menos), porque le pueden servir a alguna persona querida en un futuro cercano, o bien porque les tengo cariño por lo que significaron en su momento. Aquí comparto algunos de los libros que me ayudaron, de una u otra forma, en los años que llevo siendo mamá.

Larousse del Embarazo: Me compré este bodoque de quichicientos veintinosecuántos kilos la misma semana en la que hicimos nuestra consulta prenatal (pasarían varios meses hasta que el test de embarazo diera positivo). Es un compendio muy extenso y completo sobre la concepción, el embarazo, todo lo que te espera en cuanto síntomas y demás, y el primer año del bebé (estadía en la maternidad en adelante). También hay capítulos sobre la visión del padre. Más allá de que descreo del futuro de las enciclopedias en papel, esta la voy a guardar toda la vida ya que las páginas de atrás venían en blanco para que una registrara su diario de embarazo, y así lo hice con Dani, semana a semana. Un recuerdo que atesoraré toda la vida.
Yoga, embarazo y plenitud, de David Lifar: Me lo regaló una compañera de trabajo cuando le conté que estaba haciendo yoga para embarazadas. Es un librito ameno y sencillo, ideal para acompañarte en la práctica (pero que obviamente no suple las clases de yoga).

Voices from the woumb,de Einat L.K:  No encontré traducción. Es un librito que me bajé gratis para leer en el Kindle cuando estaba embarazada de Quiqui, en parte porque sentía algo de culpa por ese segundo embarazo que me estaba pasando casi desapercibido. Es un librito de esos del embarazo semana a semana, con la particularidad de que está narrado por el propio bebé. Me ayudaba a reconectarme un poco con esa vida que crecía en mi interior y a la que le dediqué mucho menos lecturas que a la de su hermana mayor.

La maternidad y el encuentro con la propia sombra, de Laura Gutman: Me pasa algo raro con este libro. Me peleo constantemente con la autora, algunas de sus ideas me parecen neomachistas, como que el bebé debe vivir "atado" al cuerpo de su madre durante por lo menos 9 meses más (¿y el trabajo? ¿Y el sexo? ¿Y las salidas al cine? ¿Todo puede esperar? ¿Por cuánto tiempo? ¿Y la depresión postparto?). Solo se puede seguir su doctrina si sos una mujer de clase alta que se puede permitir estar sin trabajar. Y sin embargo... algunas de las cosas que dice en este libro me quedaron resonando. Como esas sesiones de terapia que te pegan unos días después. Por algo no lo tiré, qué sé yo.

Guía (inútil) para madres primerizas, 1 y 2, de Ingrid Beck y Paula Rodríguez: Dos manuales antiayuda que se toman la maternidad con soda (o con jugo de limón, por lo ácidas). Y es que son libros que no pretenden resolver ninguno de tus dilemas, más que uno: saber qué contestarle a cualquiera que venga con consejitos, planteos, críticas o interrogatorios a tu manera de ser madre. Para vivir la experiencia con un poco de humor y sentirse menos sola en la angustia del puerperio o en los avatares de la crianza.


El sueño del bebé sin lágrimas, de Elizabeth Pantley: Este SÍ que me ayudó, me dio respuestas y hasta me sugirió cosas que pude poner en práctica. Esta autora brinda consejos, tácticas, estrategias y soluciones para ayudar a tus bebés a dormir más y mejor (y, por ende, descansar también nosotras). Yo, que no quise saber nada con Estivill y su método de dejar llorar a los chicos, pero que tampoco me resigné con Rosa Jove a que se me instalen en la cama y que duerman colgados de mi teta hasta los dos o tres años, encontré en este libro un equilibrio espectacular, porque no propone una solución mágica sino que da un repertorio variado donde cada una elige lo que mejor se adapte a la familia que le tocó. De la misma autora leí también uno específico sobre siestas y otro sobre el sueño del bebé recién nacido, que NO, no lo ayuda a dormir de corrido porque eso no es posible, pero sí te ayuda a entenderlo mejor y a que ese tiempo se haga más llevadero.

¿Conocían alguno de los libros de mi lista? ¿Leyeron / están leyendo algún libro sobre maternidad? ¿Cuál me recomendarían?

jueves, 23 de marzo de 2017

007. Licencia para maternar.

En pocos días vuelvo al trabajo. Estoy a punto de concluir mi licencia por maternidad. Y me siento muy agradecida. Soy una privilegiada por haber podido disfrutar tanto tiempo en casa con mi bebé. En mi país, la mayoría de las empleadas tiene apenas 45 días antes del parto y 45 días después, si es que quiere cobrar. Yo, por ser docente, fui beneficiaria de una licencia mucho más larga: sumada a los días de verano, estuve más de cinco meses con Quiqui, además de las 6 semanas previas. Ahora que se está terminando, me doy cuenta de que fue una época hermosa que siempre voy a recordar.

Sí, aumenté bastante...
No empecé esta licencia con demasiadas expectativas, en el sentido que, al tener ya una nena a mi cuidado, sabía que no iba a servirme demasiado para descansar. De hecho, las primeras semanas, cuando Quiqui seguía creciendo en mi panza (y yo alcanzaba el peso récord de... 80 kilos), sentía que me lo pasaba yendo y viniendo del jardín a casa y de casa al jardín. El trayecto de 7 cuadras se me empezó a hacer difícil y los últimos días ya íbamos ¡en colectivo! Durante la jornada simple de jardín de mi chiquita mayor, aprovechaba y me tiraba en la cama a leer un rato, o a ver La Niñera por decimosexta vez, o a comer, porque no solo con un bebé se consigue subir 20 kilos de peso en menos de 9 meses...

Quiqui nació unos pocos días antes de la fecha prevista, y las primeras semanas casi no salí de casa porque nos tocó un octubre frío y lluvioso. Fundamental la ayuda de Papi Reloaded y de los abuelos para sostener a Dani mientras yo me recuperaba después del parto. El puerperio nunca es fácil por la cantidad de cambios hormonales, los dolores, la falta de sueño, etc. pero como ya conté en su momento, lo pude disfrutar bastante. Me tocó un bebé dormilón y que llora bastante poco. Mi rutina volvió a incluir la ida y la vuelta al jardín, pero ahora con cochecito y bebé incluidos. Cuando Dani estaba en el jardín, Quiqui y yo paseábamos, me tomaba un helado mientras él dormía en el cochecito, o volvíamos a casa y escuchábamos música celta mientras compartíamos largos ratos de teta y de mimos.

Pasó el verano, con lo bueno y lo malo, y de a poco el año fue arrancando. Primero volvió a trabajar mi marido, y tuve un par de semanas sola con los chicos, medio largas, donde hacía demasiado calor para salir a la plaza. Después, Dani volvió al jardín, que le hace tanto bien y al que extrañó tanto, y Quiqui y yo recuperamos ratitos a solas. Pero también a él le tocó comenzar su adaptación al maternal -cosa que resultó más fácil para el bebé de lo que me imaginaba, pero a mí me costó varias lágrimas y buenas dosis de culpa. En estos días aproveché esos ratos a solas para ir a nadar o para escribir. Y ya me estoy haciendo la idea de volver a trabajar.

Souvenirs que prepararon
mis alumnos para mi despedida
Sé que va a ser un nuevo reajuste. Me va a pesar volver a levantarme de la cama antes de que salga el sol, a veces sin haber dormido mucho durante la noche. Pero disfruto mucho de mi profesión, me hace bien vincularme con mis alumnos y adoro la literatura. ¿Cómo no va a ser bueno para mí? Me viene a la memoria la última vez que estuve con los chicos, me organizaron un precioso Baby Shower junto con la directora del cole, me hicieron regalitos, me dijeron lo mucho que me iban a extrañar... y por feliz que fue esta etapa de mi licencia, sé que la etapa que viene ahora también va a ser linda. Mi lugar de trabajo es mi espacio propio, tengo excelentes compañeros, siento que puedo ser yo misma, y que si de a ratos extraño a mis pichones voy a estar contenida -o demasiado ocupada para dejarme llevar por la nostalgia.

Y que volver a pasar algunas horas por día sin mis hijos, es la mejor receta para disfrutar más las horas que sí paso junto a ellos, cuidándolos y viéndolos crecer vertiginosamente rápido.

domingo, 12 de marzo de 2017

"La adaptación a la guardería es para vos"

Si somos tan felices juntos...
Así de claro me lo explicó la directora del jardín maternal al que mañana comienza a asistir Quiqui. Con cinco meses recién cumplidos, y con una madre pronta a terminar su licencia por maternidad, a mi chiquito no le queda más remedio que despegarse de mis brazos e ir a pasar algunas horas diarias a este lugar. El jardín es precioso, limpito, seguro. Las aulas tienen calefacción y no va a pasar demasiado calor en verano. La directora y la maestra me resultaron amorosas y comprensivas. El proyecto pedagógico es copado. El costo es alto, sí, pero no más que en cualquier otro jardín maternal. Todo está en regla y sé que mi gordo se va a adaptar bien y pasar sus mañanas tranquilo y bien cuidado.

Y no me importa nada. 
Tengo un nudo en la garganta y ganas de llorar a gritos. 
No quiero dejarlo, a mi bebé. 
Siento que no es la mejor opción, es la única. 
Y me duele. Y me va a hacer mucha falta. Y no puedo imaginarme estar cinco horas dando clase en mi colegio sin ver su carita y su sonrisa de encías. Y se me estruja el corazón de pensar que va a llorar y que no voy a estar ahí para consolarlo con mis canciones, mi upa y mi teta.

La lactancia es otro motivo de mi crisis. Le falta aún un mes para empezar a comer. Hubiera deseado en el alma poder cumplir los seis meses de teta exclusiva, pero el ordeñe con el sacaleche no se me da. La pediatra me dijo que no me haga problema, que si tiene hambre va a tomar mamadera (por ahora no la quiere) y que no le va a hacer ningún efecto empezar a complementar con fórmula. Pero de todas maneras me da culpa, siento que me faltó tan poquito para el éxito, para haberlo acompañado en todo este tramo hasta que esté en condiciones de comer.

Será poco feminista lo que digo hoy, no quiero ser incoherente, pero me gustaría tanto poder dedicarme sólo a cuidar a mi bebé por las mañanas, no tener que salir a trabajar, no tener que despegarme tan pronto de él. Lo veo tan chiquito todavía... Y de nada me sirve ser mamá reloaded esta vez. Porque así como hay cosas que me joroban menos con mi segundo hijo, me hago menos problema, tengo menos mambos... esto me duele igual que con Dani. A ella al menos la dejábamos en casa, con personas de confianza que nos ayudaban. Ahora con Quiqui no contamos con esa ayuda, evaluamos varias posibilidades pero los números no nos cierran y el jardín maternal es la única alternativa por ahora.
¿Cómo no lo van a querer?
Así que encima tengo que fumarme comentarios de desconocidos -¡y hasta de familiares!- que me dicen cosas como "no, ¿cómo lo vas a dejar desde tan chiquito? Comprate un kilo de asado menos por mes y dejá de trabajar" (claro, porque yo trabajo por amor al arte, no para pagar las cuentas). O "¿que te cobran CUÁNTO???? Si lo van a dejar tirado en la cuna toda la mañana sin llevarle el apunte...". O "uh, lo que pasa que en el jardín está lleno de pestes, se la va a pasar enfermo". CULPA CULPA CULPA SENTIRME UNA IDIOTA MÁS CULPA!!!!

Mañana empezamos. Vamos a ir un ratito nomás, para que lo conozcan. Supongo que no va a tener problema, es un gordito feliz y simpático, con sonrisita de costado al mejor estilo Harrison Ford. Lo van a amar. Mientras, se supone que tengo que estar tranquila para transmitirle seguridad a él. "Si vos te adaptás, él se va a adaptar también". Si la culpa ocupara lugar, yo tendría que estar alquilando depósitos a esta altura. 

Estoy triste. Quiero que todo esto se pase pronto. Quiero que el gordo esté adaptado, volver a conectarme con mi trabajo en el colegio, con mis alumnos y con los libros que compartimos. No sé si este año lo podré disfrutar, voy a intentarlo. Trataré de aprovechar al máximo el tiempo que paso criando a mis hijos. Dicen que soy una afortunada por trabajar solo medio día fuera de casa. Tal vez así sea. 

Una vez por semana, por si acaso, comencé a comprar un numerito de la lotería. Una puede permitirse soñar.

miércoles, 8 de marzo de 2017

8 de marzo #YoParo #VivasNosQueremos

No nos digan "feliz día". Hoy es todo menos un día feliz. Hoy es un día de sabor amargo, de grito desde el fondo de la garganta, de ropa negra, de dolor y de lucha. Hoy es el Día Internacional de la Mujer. 

Escribí sobre esta fecha hace ya muchos años, siendo una adolescente bastante ingenua y muy enojada. Si quieren léanlo, pero no me enorgullece mucho. Hay tantas cosas que reformularía de aquel artículo. La principal de ellas, hoy no considero que el feminismo sea un pecado, sino la única postura posible a tomar en una sociedad patriarcal donde no es posible mantenerse neutral, ya que si una no se pone del lado del oprimido, está del lado del opresor. 
Lo que sí me gusta al releerlo es que de unos años a esta parte, dejó de ser un día de flores, bombones y piropos, y cada vez más mujeres -y algunos hombres- comienzan a abrazar su verdadera esencia: la reivindicación de la mujer trabajadora, la lucha que está tan lejos de terminar por la igualdad de derechos. En ese momento escribí que ojalá no hubiera que festejarlo. 

Hoy cada vez son menos los que lo consideran un festejo, y sí una conmemoración. Pero hay que seguir insistiendo.

Mientras siga habiendo una mujer asesinada por su género cada 18 horas en mi país, mientras haya violaciones, maltrato físico y psicológico que tantas aún no se animan a denunciar...

Mientras sigamos ganando menos que los hombres por los mismos empleos, y seamos mayoría en los trabajos precarizados y minoría en los jerárquicos...

Mientras el acoso callejero continúe, e incluso haya mujeres que hayan elegido como presidente a un tipo capaz de sostener públicamente que "a todas las mujeres nos gustan los piropos (...) por más que estén acompañados de una grosería como qué buen culo tenés"...

Mientras las tareas domésticas y el cuidado de los hijos y los mayores sigan recayendo en su mayoría sobre nosotras, nos estresen y nos frustren, y ni siquiera se los reconozca como trabajo...

Mientras las empresas sigan pretendiendo banalizar nuestra lucha ofreciendo en marzo promociones, descuentos y regalitos, como si una vez al año se nos "premiara" por haber nacido mujeres y el consumo de ropa, de maquillaje y de productos de belleza no fuera otro recurso del patriarcado capitalista para hacernos sentir mal con quienes somos y seguir sometiéndonos bajo su yugo...

Mientras las mujeres trans y las homosexuales deban seguir soportando las peores formas de maltrato y de discriminación...

Hay que seguir insistiendo.
Hay que seguir marchando.

Reconozco que a veces me hace ruido conciliar mi faceta feminista con mi maternidad. Este último es un rol que tantas mujeres aún hoy asumen forzadas, sin deseo, por presiones sociales, por mandatos... 

Como mamá, me encantaría decir "yo paro", pero no puedo dejar de hacer mis actividades todo el día (menos dar la teta cuando es el único alimento de mi bebé). Y aún así, tengo que seguir siendo feminista y tengo que expresarme, al menos por este medio.
Tengo que hacerlo porque quiero que mi hija pueda irse de viaje sola a cualquier parte del mundo, sin preocuparse de si va a volver o no. Quiero que pueda salir a la calle vestida como se le dé la gana, o tomar sol en topless si le gusta. Quiero que pueda trabajar en cualquier profesión, donde le paguen basándose en su capacidad y no en su género. Quiero que jamás una pareja le levante la mano, pero que si lo llega a sufrir pueda romperle el brazo con una patada de tae kwon do y llevarlo arrastrándose hasta la comisaría más cercana sabiendo que no va a salir libre esa misma noche, ni por muchas otras noches. Quiero que, si algún día es madre ella también, lo sea por deseo y no por imposición.
Quiero que mi hijo pueda jugar con muñecas o disfrazarse de Elsa de Frozen si tiene ganas. Que pueda llorar si está triste o abrazar y dar besos a su papá y a sus amigos sin que se le cuestione su orientación sexual (y que se le respete su orientación sea cual sea, de paso). Quiero que tenga amigas mujeres y que no esté tratando de seducirlas, sino de aprender de ellas. Quiero que, si algún día tiene una pareja, la considere un igual, no alguien a quien proteger ni a quien mandar.
Quiero que ambos crezcan en un mundo donde esta fecha se recuerde la lucha de tantas mujeres que nos precedieron, sí, pero ya no sea necesario reclamar nada.

Mientras tanto, hay que seguir insistiendo.
Hay que seguir marchando.

viernes, 24 de febrero de 2017

Largos (y espantosos) días de verano

Hablé de lo lindo de las vacaciones en la ciudad en otro post. Hoy vengo a desquitarme porque hace cuatro días que lo venimos pasando bastante mal. La crisis energética de mi país nos tocó de cerca esta vez: desde el lunes a la noche hasta el jueves que mi departamento no tuvo luz. Ni luz, ni agua, en un décimo piso, con temperaturas que rozaban los 40°, ninguna mamá puede permanecer tranquila con una nena de 4 años y un bebé de meses. Por suerte pudimos irnos a la casa de mi mamá, que no será muy fresca que digamos (mi mamá es muy friolenta) pero sí tiene heladera funcionando, tele (¡gracias a la tele por una vez!) y se pueden enchufar un par de ventiladores.
Las temperaturas agobiantes (que siguen, y seguirán por varios días) son otro enemigo de la maternidad y la paternidad felices. En mi caso, por lo menos, es así. El calor extremo me pone en evidencia todo aquello que me gustaría poder darles a mis hijos y no puedo: un poco de aire libre, un patiecito en casa donde poder inflarles al menos una piletita para que se refresquen, o poder pagar vacaciones más largas junto al mar, en un hotel con aire acondicionado. O poder pagarles una colonia recreativa en un club, para que al menos todas las tardes tengan pileta y otros chicos con quienes jugar. O incluso poder sacarlos a pasear y a tomar helados todos los días, cosa que nuestro estrecho presupuesto no permite.
Y no se enojen, sé que no es algo grave. Al contrario. Me pongo por un rato en la piel de aquellas mujeres que son madres en situaciones extremas: la pobreza, un país en guerra, la violencia, una epidemia de enfermedades, y me siento muy culpable por quejarme del calor y de los cortes de luz. Lo nuestro es solamente algo transitorio. Cómo será ser madre en una situación tan terrible de la que no se pueda salir. Apenas puedo intuir esa sensación de impotencia y de desamparo. Y ese deseo de que tus hijos salgan del aprieto, como sea. Incluso si no podés salir vos.

En fin, a la vez, la sensación de gratitud porque uno no está solo, porque vivimos rodeados de familiares y de amigos siempre dispuestos a ayudar, a ofrecer una mano. Mi mamá principalmente, que nos cedió su casa todos estos días (y no es la primera vez que lo hace). Pero también otras personas de la familia, amigos que nos escriben para saber cómo sigue todo y ofrecen su casa si la necesitamos, hasta las noticias se solidarizaron con nuestro edificio y salieron a mostrar lo que pasaba. Pero, claro, somos un caso más entre los cientos de miles de argentinos que padecen la baja del servicio. Y este no es un blog para hablar de política porque seguramente haya mucho que discutir al respecto.
Estos días muchas veces quise esconderme bajo la tierra, putear a gritos a la compañía de luz, largarme a llorar a mares. ¿Y saben lo que hice? Traté de mantenerme serena. Suspiré y seguí con los reclamos por vía tradicional, mientras trataba de alegrar a mi hija con la perspectiva de minivacaciones en casa de su abuela Lala (cosa que a ella le encanta). Los saqué a la plaza a las 9 de la mañana para aprovechar las horas en las que la temperatura no era tan peligrosa. Di la teta al bebé a cada rato para evitar que se deshidratara. Traté de animar a mi marido que cada mañana se tenía que ir a trabajar y cada tarde a casa a darle de comer a la gata y a seguir persiguiendo a la compañía de electricidad. Y practiqué la espera, cosa que a mí por ser ansiosa siempre me cuesta el triple.

Estos dias largos, calurosos y difíciles me confirman una verdad que hace rato vengo intuyendo: ser mamá te hace querer ser mejor persona de lo que sos. Aunque a veces no te salga.

martes, 14 de febrero de 2017

Redefiniendo el amor (a propósito de San Valentín)

Para mí, el amor es un viaje.

Ya he pasado casi 13 años viajando junto al amor de mi vida. Nos conocimos siendo dos jóvenes de 22 y recorrimos la veintena y media treintena codo a codo. Hemos compartido aprendizajes, como el irnos a vivir solos, fuera de la casa paterna (materna, en mi caso) y después, la convivencia. Lo que a muchas parejas les cuesta el romance, en nosotros funcionó intensificando aún más el amor, las ganas de crecer juntos, el deseo. Claro que no pueden faltar las preocupaciones -como el dinero, obvio-, las discusiones o las diferencias que se acentúan. Pero nada de eso nos detuvo.
Compañeros en el viaje más importante de todos.
Durante cuatro años compartimos salidas, cine, recomendaciones de libros y de música, helados, comer afuera, recitales, fiestas, amistades, fuimos "novios" en el sentido habitual de la palabra. Después encontramos que viajar juntos nos apasionaba, recorrimos el país, soñamos con pasar más tiempo uno al lado del otro y decidimos convivir. Unos años después, justamente en un viaje por el norte argentino, él me propuso casamiento, y formalizamos la relación frente al mundo (no que nos hiciera falta, pero fue lindo hacerlo y sentirnos aún más parte de la familia del otro).
Pudimos tomarnos más de un avión, conocer hermosos lugares a la par que seguíamos conociéndonos.

Y poco tiempo después, la llegada de Dani nos transformó la vida para siempre.

Convertirnos en padres, definitivamente, fue una revolución y sí que puso a prueba el amor de pareja, mucho más que la convivencia o que los papeles. El nacimiento de un hijo es lo que te marca un antes y un después. Por momentos, dejás de sentir que formás parte de una pareja, y ambos parecen integrar un equipo abocado a la eterna tarea de criar al bebé. Se pierde la intimidad, se desdibujan los momentos románticos en esa niebla de noches mal dormidas, vómitos, pañales, vacunas y teta a cualquier hora. No por nada son muchas las parejas que se separan después de ser padres. Es una prueba de fuego, que si bien en nuestro caso sirvió, a la larga, para fortalecernos, no fue nada sencillo.

De a poco, se vuelve. Se vuelve a compartir momentitos (robados al sueño) de acurrucarse a ver series en el sillón primero, de abrazarse con pasión después. Se vuelve a salir, con ayuda de las abuelas en lo posible. Se vuelve al cafecito a solas primero, a cenar afuera después, al cine eventualmente. A la escapada en pareja... supongo que se vuelve, todavía no se nos dio. Pero fíjense cómo es que las cosas se acomodan que unos años después, nos convertimos en reincidentes.

Hoy, 14 de febrero, hace justo un año que nos enteramos de que Quiqui formaría parte de nuestra vida. El gordo ya tiene cuatro meses. Y si bien aún no duerme toda la noche ni lo dejamos con nadie, esta noche de los enamorados nos podemos permitir una cena romántica cuando los chicos se duerman.

Visitando el Jardín Japonés
y soñando con el futuro viaje.
Pero lo más importante de este día de San Valentín es que por fin caigo en la cuenta de que el amor, lo que entiendo por amor profundo, verdadero y eterno, se ha redefinido para mí. Ya no tengo un solo amor de mi vida: tengo tres. Mi compañero, mi pareja, mi marido, por supuesto, no me imagino un día en el futuro en el cual él no esté conmigo. 
Pero también mi enana mayor, Dani, contestadora, rebelde, cariñosa, curiosa, divertida, con quien tenemos pensado viajar juntas a Japón alguna vez, ella también es mi amor. 
Otro viaje que recién empieza.
Y mi chiquito Quiqui, descubriendo el mundo, viajando por ahora más entre mis brazos que fuera de ellos, el hecho de que lo ame hace menos tiempo no significa que ese amor sea menos intenso.

De ellos tres me siento profundamente enamorada. Son mis compañeros de viaje, de ese viaje único que hacemos todos nosotros a bordo del planeta Tierra, y que nos sorprende incluso cuando no tenemos la oportunidad de alejarnos demasiado de casa. 
Así que hoy tengo tres motivos para sentirme agradecida, amada y para celebrar el amor, el viaje más importante de todos, más allá de la fecha comercial. 

¡Feliz día para mis tres amores! Brindo por nosotros.

lunes, 6 de febrero de 2017

Tetas

Sí, hoy quiero hablar de las tetas.

Están en boca de todos últimamente (y no, por más que este sea un blog de maternidad no hablo solo de los bebés). Hace pocos días, en Argentina fue noticia un procedimiento policial en una playa, en el que se desplegaron ¡20 agentes! todo por unas chicas que habían decidido tomar sol en topless. El hecho, que por mi parte no puedo calificar más que de exagerado y ridículo, recibió repercusiones en todos los medios. Muchísimos hablaron de los motivos detrás del accionar de las mujeres. Muchos menos saltaron a preguntarse qué deberían haber estado haciendo esos veinte policías mientras se preocupaban porque las chicas se taparan o se fueran de la playa.
Foto tomada de la nota del diario La Nación.

Además de las agresiones del personal policial en cuestión, de los insultos de otras mujeres en la playa o de hombres que decían "no podés estar en tetas, loca" o cosas así de suavecitas, las mujeres en cuestión debieron soportar más insultos y denigraciones en los medios de comunicación, en especial en los comentarios de los lectores. Que se lo buscaron, que con eso quieren "provocar", que es una "agresión", etc. 

Todo por haber expuesto sus pechos al sol. Probablemente, para disfrutar de un buen bronceado. Como hacen tantas mujeres de diferentes culturas, estas chicas no sintieron que haya de qué avergonzarse.

Pero las tetas asustan. Interpelan. Provocan reacciones. Y no todas agradables.

Son el emblema de la femineidad. Su función biológica en nuestro cuerpo es clarísima: alimentar a nuestros cachorros. Y sin embargo, occidente ha hecho de ellas algo con tanta carga sexual como los órganos genitales (no faltaron, a propósito del episodio de Necochea, hombres que sin entender nada dijeran cosas como "si ellas se ponen en tetas nosotros tendríamos que mostrar el pene"). Como si fuesen lo mismo. Como si, cada vez que algún exhibicionista decide apoyar a una mujer en el colectivo o mostrar lo suyo delante de una nena de escuela primaria hubiera ¡qué digo 20! ¿2 policías alertas, al menos?

Las mujeres no agredimos físicamente con nuestras tetas. Tampoco lo estaban haciendo las chicas de la playa. La queja de los bañistas era por "impudicia", "exhibicionismo", "atentado a la moral". La misma queja hubiera sufrido alguien de la época victoriana por dejar ver, no sé, los tobillos.

El problema no es si las tetas se deben mostrar u ocultar. Las tetas son, las tetas están. Nadie en esa playa veía un seno por primera vez. El problema es que cuando las tetas se muestran en un show televisivo que lidera el rating, que es todo menos un show de baile, conducido por un tipo misógino que cosifica a la mujer, entonces está buenísimo. Cuando las tetas están en función de ser juguetes del varón, todo bien. Obvio, siempre y cuando sean un par grande, prolijito, siliconado. No vale mostrar tetas caídas. Ni estriadas. Ni desparejas. No vale mostrar tetas reales. No vale mostrarlas cuando la que quiere disfrutarlas es la propia mujer (recibiendo, en este caso, la caricia del sol). ¿Que las veían los chicos? Para ellos, la teta es lo más natural del mundo. O debería serlo. Los que la desnaturalizamos somos los adultos.

Ni las mamás en plena función maternante nos salvamos. Hace unos meses, unas agentes de policía quisieron detener a una chica que amamantaba a su bebé en una plaza en San Isidro. Las repercusiones fueron enormes ("teteadas" solidarias, comentarios en apoyo de la chica en su mayoría). Claro que acá los pechos cumplen la función alimentaria, y entonces son menos los que se alzan en su contra. Pero que los hay, los hay. Más cuando el amamantado ya no es un bebito pequeño sino un nene algo mayorcito, que "ya podría comer un choripán, qué necesidad de estar dándole la teta delante de todo el mundo....". Como si las tetas fueran de interés nacional, y no solamente de la mamá y -al menos momentáneamente- del niño interesado.

(Reconozco que yo misma, hace unos años, cuando amamantaba a Dani en un lugar público, me tapaba y sentía cierto pudor. Con Quiqui (casi) no. Cada vez menos. Todavía un poquito. Pero estoy tratando de superarlo).

Creo que asistimos, desde el fenómeno #NiUnaMenos, ahora vigente también a nivel internacional como lo demostró la marcha de las mujeres en protesta contra Trump, a una revolución feminista. Una nueva revolución feminista debería decir, para no menospreciar las luchas y las conquistas de las mujeres en el pasado. Y, como en toda revolución, cuando un grupo hasta ahora oprimido comienza a alzarse, el grupo opresor aprieta más fuerte. Y además de anécdotas como lo de la playa de Necochea o la plaza en San Isidro, vemos crímenes cada vez más aberrantes hacia las mujeres. ¿Será que hay mayor visibilización de la violencia de género que antes? ¿O se estará recrudeciendo? El patriarcado amenazado, defendiéndose con uñas y dientes.

Por si hace falta quiero aclarar que con dos grupos no me refiero a hombres por un lado y mujeres por el otro. Hablo de una ideología de género patriarcal por un lado, y una ideología feminista cada vez más consciente por el otro. De la última también forman parte cada vez más hombres, sobre todo los jóvenes, que son quienes seguramente encontrarán su lugar en una sociedad igualitaria que les permitirá mostrar a pleno su sensibilidad, ejercer la paternidad con compromiso y amor, elegir su orientación sexual con mayor libertad y trabajar y vestirse como quieran. De mi parte, haré todo para que mis dos hijos formen parte de este grupo.
Y de la vieja ideología patriarcal, que creo que está destinada a caer (aunque antes, como perro viejo, muerda, desgarre y lastime), lamentablemente no solo forman parte los hombres machistas que crecieron con "coronita", sino tantas mujeres... como las que señalaban a las chicas en la playa, como las policías que quisieron detener a la mamá, como las que siguen comentando que no hay por qué "provocar" a los varones (¿no será que los varones deben dejar de sexualizar y objetivar a las mujeres?), como las que miran el Bailando... y hablan mal de tal o cuál chica... Y esto me preocupa más. A veces todavía pareciera que somos nuestras propias enemigas en lugar de aliadas.

Comencemos por aceptarnos entre nosotras si queremos ser plenamente aceptadas.
Las tetas son cosa de cada una. Tus tetas son tuyas. No de la opinión pública.

¿Tenemos que salir a la calle a mostrarlas para hacernos oír? Sí. O no. Como cada una quiera, si con ello no daña a nadie.

Pero no callemos. No nos guardemos. Que no nos asusten. Que no nos dé miedo ser tildadas de "feminazis". Que no temamos perder nuestra esencia femenina: al contrario, abracemos esa esencia, sintamos cómo nos hermana. Incluso con las que no piensan igual que nosotras. Las que somos madres, las que no quisieran serlo jamás, las que aman a otras mujeres, las que preferirían seguir siendo siempre amas de casa, las que salen con muchos hombres, las que prefieren la abstinencia, las que se operan para verse jóvenes, las que deciden dar mamadera, las que cobran por mostrar o prestar su cuerpo, las que militan, las que dicen descreer de toda ideología.

Vos. Yo. Nosotras.