¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

martes, 31 de enero de 2017

El delicado equilibrio entre estimular y sobreestimular

Soy docente, y desde que comencé a trabajar en colegios primarios siempre observé con preocupación la tendencia de tantos padres a sobrecargar a sus hijos con agendas que hasta para un adulto serían abrumadoras: colegio doble turno, con horas extra para practicar un instrumento, fútbol martes y jueves, clases de apoyo de inglés o de matemática, y los sábados, club todo el día... ¿Y cuándo juegan? ¿Cuándo tienen tiempo para no hacer nada?

No quisiera repetir lo mismo con mis hijos. Y, sin embargo, a veces temo caer en la sobreestimulación. En exigirles demasiadas cosas, demasiado pronto, demasiado bien.

Lo observo en Dani. Ahora que está de vacaciones, y que este año no pudimos pagarle una colonia, se lo pasa en casa con nosotros y se aburre. Entonces, quiere hacer las cosas que nos ve hacer a nosotros: me pongo a leer en mi Kindle y ella me lo pide, le descargo un libro con dibujos para chicos, y ahí va ella a toquetear las opciones del menú y termina comprando en Amazon una novela de 13 dólares que ni me interesa... También quiere usar mi celular, y si bien lo maneja bastante bien (la pantalla táctil que a mí tanto me costó dominar a ella le parece un juguete), a veces se manda macanas como borrar mi galería de fotos. Y tengo en claro que nada de lo que haga con estos dispositivos es culpa suya, sino mía por no supervisarla mejor.
Pero, ¿debería tener que supervisarla? ¿No sería preferible que, con 4 años, todavía no tenga acceso a tanta pantallita?

Por otro lado, ella se muere por aprender cosas nuevas. Es fanática de los números, y ya practica sumas y restas con sus deditos. Me pregunta: "Cuando mi hermanito cumpla 7 años, ¿yo cuántos voy a tener?" y cosas así. Y en estas semanas de vacaciones, comenzó a sentarse frente al teclado y su papá a enseñarle, de a poquito, algunos rudimentos de música. Él es músico y me parece normal y hasta sano que Dani se interese por lo que hace papá. Por suerte, mi marido tiene en claro que no debe exigirle más de lo que ella quiera hacer, y que si se aburre, basta, seguimos otro día.

Clase de música con papá.
Otra cosa que me pide aprender es... ¡el ajedrez! Hacía años que no me sentaba a jugarlo, y con el pedido de mi hijita se me vinieron a la cabeza muchos recuerdos, memorias de mi abuelo ajedrecista, de mi abuela enseñándome a mover las piezas, de las primeras partidas que jugamos con mi ahora marido cuando empezamos a salir (¡y cómo me ganaba siempre!), en fin, el ajedrez me parece algo hermoso para compartir también con Dani pero ¡qué difícil es! Y ¿cómo comenzar siquiera a enseñarle? ¿No es algo para más adelante? Pruebo mostrarle cómo se mueven las piezas, le cuento que el rey es la más importante, que la tiene que proteger porque mi reina lo está amenazando.... y ella toma la pieza del tablero y la esconde, precavida y tan inocente, entre sus manitos...
(En realidad, hace años que tiene contacto con
el teclado, ahora que lo pienso).

En fin, estas ideas me vienen rondando, no encuentro una respuesta clara porque tampoco me interesa privar a Dani de todo aquello que despierta su preciosa curiosidad, Me encanta que tenga tantas, pero tantas inquietudes, y disfruto escuchando sus preguntas y sus planteos, pero no quisiera hacer de ella una adulta en miniatura y restarle tiempo de infancia por sobreestimularla. Desde que era bebé que yo estaba tan apurada por verla crecer, y ahora quisiera dejarla disfrutar de la edad que tiene y que no se saltee ninguna etapa.

Así como Quiqui por estos días disfruta tendiéndome las manitos para que lo eleve hasta la posición de sentado -y se divierte mirando las cosas desde esa perspectiva- pero tengo que bajarlo pronto porque a los pocos segundos se le cae la cabecita (todavía no tiene fuerza para sostenerla), así debo esforzarme por encontrar ese delicado equilibrio entre la estimulación y la sobreexigencia. Siempre fui tan exigente conmigo misma, ¿cómo hacer para no serlo también con mis hijos?

1 comentario:

  1. Yo creo que la palabra clave es "contacto", hay que dejar que los niños tengan contacto (esto es, conocimiento superficial) con lo que les llame la atención. Están en la edad en que están descubriendo cómo funciona el mundo y ese contacto un poco de flor en flor, como de mariposa, es parte de ese viaje de conocimiento. Poco a poco irá descriminando y descubriendo qué es lo suyo, qué es en lo que quiere profundizar, pero de momento está bien, incluso diría que es necesario, ese ir de una cosa a otra superficialmente.

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