¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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domingo, 17 de junio de 2018

Cómo se me resignificó el Día del Padre

Papá y yo
Desde que tengo memoria, el Día del Padre fue para mí una fecha agridulce. Y es que el vínculo con mi papá siempre estuvo signado por la ausencia. Tenía cuatro años cuando mis padres se separaron, cuando las leyes del divorcio apenas empezaban en Argentina y yo me sentía un "bicho raro" entre mis compañeritos de jardín y más tarde, del colegio. Y si bien mi papá nunca desapareció del todo de mi vida (y por eso hablo de memorias "agridulces" y no directamente "amargas"), siempre me hizo falta su presencia. Todavía me hace falta ahora, aunque tengo 36 años y me da bronca seguir necesitándolo después de tantos años.
Buena parte de mi vida, entre mi viejo y yo hubo un océano de por medio. 10.000 kilómetros redondeando. A veces él estaba para Día del Padre, otras veces me tenía que conformar con saludarlo por teléfono. En aquellas ocasiones en los que sí estaba en casa de mis abuelos, igualmente lo veía refugiándose detrás de una computadora porque a él nunca le gustaron las reuniones familiares (y mucho menos cuando la fecha era "comercial"). Nunca se le ocurrió preguntarnos a sus hijas, a mi hermana o a mí, la Mariana de 7, de 8, de 11 años, qué sentíamos ellas. Me costaba ver publicidades de papás e hijos pasando el tiempo juntos y compartiendo desayunos en la cama. Y tenía el ejemplo de los padres presentes de la familia, mis tíos y abuelos, para recordarme lo que a mí me faltaba. De alguna manera, no me dejé de sentir nunca bicho raro.

Pero desde hace cinco años, el Día del Padre dejó de ser una fecha agridulce. Si bien sigo acordándome de mi papá y deseando que viviera más cerca y que viera más seguido a sus nietos,  a quienes adora, ahora tengo un excelente motivo para estar contenta y festejar. Javier es un padre genial, un gran compañero que hace todo por nosotros tres, con quien nos ponemos la familia y la casa al hombro y la peleamos cada día. ¿Qué mejor ocasión para homenajearlo, por más que se trate de una fecha inventada por los comerciantes para vender regalos?
Mis hijos adoran a su papá, les ilusiona estar con él, lo reciben con un abrazo cada vez que llega a casa. ¿Por qué no hacerle unos lindos regalos y prepararle juntos el desayuno? Me emociona ver que Dani y Quiqui sí pueden crecer con un papá presente, que no solamente los quiere (sé que el mío también nos quiere) sino que está cada vez que lo necesitan, que los acompaña en el día a día, que los ayuda a crecer. Y esto hace que, por más que suene a frase hecha, todos los días sean Día del Padre en casa.

Mi árbol familiar...
Javi, más allá de todo lo que te amo como compañero, gracias por ser el papá que sos. Gracias por la "butigrúa" y por dejar que "el invasor" tenga lugar para dormir cada madrugada. Gracias por tus upas y tus cosquillas, por tus cuentos del Autito Camilo y por tus enseñanzas de guitarra. Gracias por tus Rapiditas y por tus arrocitos con carne y verduras. Gracias por ser el padre que siempre soñé para la familia que formamos. Gracias por haber soñado estos sueños conmigo. Gracias por seguir proyectando juntos.

Y pa, no sé si leerás esto (no sé si sos lector habitual de mi blog y no te voy a "manipular por la culpa" para que lo leas), sabé que te quiero mucho y que te extraño, que te sigo extrañando, y que no voy a dejar de extrañarte, siempre. Que respeto -aunque no comparto- tus decisiones de vida porque ya soy adulta. Así es, ya crecí, y también sé que ya es tarde para recuperar muchos momentos, pero que los que hemos compartido también los llevo puestos y que los valoro. Por ejemplo, aquellas vacaciones en las Canarias. O cuando vimos juntos las películas originales de Star Wars. O cuando me acompañaste por el altar el día que me casé. 

Feliz Día del Padre.

sábado, 28 de octubre de 2017

Querer darles lo mejor

Me lo dijo alguien que fue padre poco antes de que yo fuera madre: "vas a ver que cuando nazca tu hijo, vas a querer darle todo lo mejor". Lo dicen las publicidades de mayonesa, de leche de fórmula, de productos de limpieza. Es una de esas frases hechas que aparecen en los foros y en los libros sobre maternidad y que repetimos sin cuestionarnos demasiado si son ciertas o no.
No se asusten, no me voy a poner en rebelde y sostener que NO, que a los hijos NO hay que darles lo mejor, de lo mediocre es más que suficiente para que se vayan acostumbrando a este mundo de mierda difícil... Yo también creo que, como mamás, como papás, tenemos que intentar darles lo mejor de nosotros.

Lo que pasa es que:
1) No todos tenemos la misma idea de qué significa lo mejor. 
2) Lo que sabemos o pensamos que sería lo mejor a veces no es lo posible. 
3) Nuestros hijos pueden no estar de acuerdo con nuestro criterio.
y 4) Lo que a veces es, de verdad, lo mejor para nuestros hijos, no es lo mejor para nosotros. Y acá la maternidad y la paternidad pueden ponerse complicadas.

1) Empecé citando a ese papá conocido mío porque, justamente, muchas veces las ideas que él y yo podemos tener de crianza difieren de manera drástica. No me pasa solo con esta persona: ocurre con tantos otros padres y madres con los que uno se cruza en la vida, así como con otros podemos coincidir en mucho -y esto no implica que necesariamente tengamos razón. Las ideas que tenemos sobre qué necesitan nuestros hijos, cómo criarlos para el mundo, cómo hacerlos felices y cómo formarlos para que sean buenas personas no siempre coinciden, más allá de que todos estemos de acuerdo en el amor que sentimos hacia ellos. 
¡Obvio! Existen diferentes estilos de crianza y una puede identificarse más o menos con uno u otro. Hay distintas formas de manejar ciertas situaciones, desde la alimentación hasta los límites, pasando por los juguetes que elegimos (o no) comprar, la manera en la que festejamos los cumpleaños y la escuela en la que los inscribimos. Y yo que creía tener las cosas muy claras antes de ser mamá. Algunos criterios pude respetarlos con mis hijos; en otras cosas, la vida me dio vuelta como una media y terminé haciendo lo contrario de lo que hubiera pensado. Hoy de lo único que estoy segura es de que no existen recetas perfectas y universales que funcionen con todos los chicos ni para todas las familias.
Porque además, lo que te sirve para un hijo, puede que no te funcione con el siguiente. Ya expuse hace unas semanas que es imposible tratar a dos hijos por igual simplemente porque uno la segunda vuelta no es la misma persona que solía ser.
Esto en principio no tendría que ser un problema si hay respeto y aceptación de que se pueden tener diferentes criterios. ¿Qué pasa si mi mejor amiga solo alimenta a sus hijos con comida orgánica, y yo cada tanto a los míos les preparo panchos? No debería pasar nada. El problema surge cuando juzgamos a otros (a otras mamás, sobre todo) muy duramente. O nos juzgan. Otro problema mayor es cuando la persona con la que diferimos respecto a cómo criar mejor a nuestros hijos es... el otro progenitor.

2) Puede que todos estemos de acuerdo en que la lactancia materna es el alimento más saludable y completo para un bebé. Una mujer que ha tenido problemas para dar el pecho puede estar de acuerdo con esta afirmación, y para lo único que le sirve es para sentirse culpable por no "dar lo mejor". A mí me pasa con el tema del jardín maternal: entiendo que mi bebé de un año se enferma con mucha frecuencia, en gran medida, porque está muy expuesto a los virus de sus compañeritos -a quienes él mismo contagia, a su vez. Tal vez lo mejor no sea que los bebés vayan desde tan chiquitos a una guardería, sino que se queden en casa. Esa alternativa no la tuve ni la tengo. Entonces, acá se trata de aceptar que "lo mejor" se convierta en "lo mejor posible".

3) Acá se juega el tema de los límites. Por citar un ejemplo, puede que mi hija crea que lo mejor que le puede pasar esa tarde es pasarse 3 horas mirando Peppa Pig. Yo sé que lo mejor es limitarle la televisión y sacarla a dar una vuelta al aire libre. Y sé que también es bueno para ella crecer con límites claros. Pero antes de llegar a la plaza, puede que me ligue un llanto y un "mala mami" (después la pasa bárbaro en las hamacas, claro).
El problema es cuando los padres estamos tan cerrados en lo que creemos que nuestros hijos necesitan que no nos paramos a escucharlos y a estar atentos a las necesidades que ellos mismos nos están expresando. Puede que a veces creamos que trabajar muchas horas para tener más dinero y comprar esos pasajes para ir a Disney, para pagar la mejor prepaga o para comprarles zapatillas con luces sea darles lo mejor a nuestros hijos. Pero, ¿qué pasa con las horas, días, meses, que dejamos de sentarnos a jugar con ellos por estar demasiado obsesionados con el trabajo? ¿Qué pasa cuando vienen a mostrarnos un dibujo que hicieron, o a contarnos algo que les pasó en el colegio, y nosotros no les prestamos atención por estar con la cabeza en otra parte?

4) Durante siglos la maternidad se apoyó en el paradigma de la madre abnegada que se saca la comida de la boca con tal de alimentar a sus retoños. La maternidad y el sacrificio fueron usados como sinónimos. Hoy en día por suerte, feminismo mediante, nos animamos a cuestionar esta representación. Y sí, a veces las necesidades de nuestros hijos chocan con las nuestras. Se me ocurre un ejemplo chiquitito: mi hijo de un año se queda dormido -después de un largo rato de llanto- con la cabeza apoyada en mi brazo. Pesa mucho, la mano se me está durmiendo. ¿Saco el brazo, arriesgándome a que se despierte, justo ahora que está tan cómodo?
Volviendo al caso de la lactancia, hay mujeres que tienen leche, sí, pero que no se sienten cómodas amamantando. Que les duele, que les molesta. ¿De verdad es lo mejor para el bebé tener una mamá que le da el pecho angustiada, molesta, solo por culpa? ¿No es preferible alcanzar un equilibrio y tener una alimentación con fórmula pero en manos de personas que se sienten felices y a gusto con este método?
Otro ejemplo. Puede que lo mejor para mis hijos sea tenerme a la hora de dormir todas y cada una de las noches leyéndoles un cuento. La rutina es muy importante para los chicos, y así descansan mucho mejor. Pero alguna vez puede que yo decida salir a comer afuera con mi marido y los deje con otra persona (no pasa seguido, pero espero que cuando crezcan sea más frecuente).
Son estas situaciones que nos hacen cuestionar qué es realmente lo mejor. Por supuesto, no puedo sentirme bien si sé que mis hijos están mal: si mi bebé está con fiebre, no se me ocurre privilegiar mi necesidad de dormir en lugar de desvelarme poniéndole paños fríos en la frente. Si mi hija está llorando porque se peleó con un amiguito no me molesta interrumpir la lectura de una novela justo en la mejor parte. Pero cada vez estoy más convencida de que no puedo ser buena mamá si no estoy bien, primero, conmigo misma. Y esto necesariamente implica que a veces haya que hacer algunas concesiones.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero, ¿qué es lo mejor? Lo mejor, ¿es lo mejor posible? ¿Qué necesitan de verdad nuestros hijos y qué creen que necesitan? ¿Qué necesidades nuestras estamos dispuestos a dejar de lado, y cuáles en cambio son irrenunciables? ¿Verdad que no es fácil?

viernes, 23 de junio de 2017

Papá en el parto, ¿sí o no?

Hace muy poquito leí un artículo que me impactó. Me quedé con la boca abierta cuando vi que su tesis principal es que los hombres NO pertenecen a la sala de partos, no deberían estar presentes en el nacimiento de sus hijos, y que esta moda que lleva poco más de 40 años atenta contra el desarrollo natural del parto y lleva a más intervenciones médicas innecesarias.
Michael Odent
"Qué machista el autor", es lo primero que pensé. "Claro, que la mujer se arregle sola, total es su problema, ¿no?". Pero no iba por ahí el artículo. Debí haberlo sospechado cuando vi quién era el autor: Michael Odent, destacado obstetra francés, uno de los mayores defensores del parto natural y humanizado.
Al contrario. A medida de que avanzaba en mi lectura, tuve que reconocer que, tal vez, haya algo de razón en lo que postula (mal que les pese a los papás que quieren sentirse parte, que están verdaderamente comprometidos con su paternidad desde el embarazo y que por nada del mundo se perderían ese primer llanto del bebé).

El artículo es muy extenso y lo encontré en inglés. Pueden leerlo acá. Pero les resumo las ideas principales para ver si seguimos el razonamiento:

- Siempre, los protagonistas del parto son la mamá y el bebé. El hombre tiene poco y nada que aportar en esa escena y hasta, por el contrario, puede obstaculizar más que otra cosa.
- Hasta los años 70, el parto era cosa de mujeres: la mamá, la comadrona, a lo sumo alguna parienta mujer que pueda ayudar. En esa década comenzaron a aparecer mujeres que solicitaban la ayuda del marido, coincidiendo con la hospitalización del parto, que fue trasladado del ámbito doméstico al médico. Claro -pienso yo- si voy a estar rodeada de médicos desconocidos, anestesistas, instrumentadoras y demás personal mirando mis partes íntimas, el marido o la pareja viene a funcionar como protección o refugio frente a esa sensación de desnudez, de vulnerabilidad...
No es precisamente parir en cuclillas al lado del río...
- Si bien se insistió por aquellos años en las supuestas ventajas que tiene para la familia la presencia del padre en el parto, ninguna de esas ventajas ha sido debidamente comprobada por ningún estudio. Esto no lo sabía. Una ventaja que se me ocurre es que, con papá en la sala de partos, nadie separa al bebé de ambos padres una vez que ha nacido. Pero los defensores del parto humanizado sostienen que, en principio, no habría por qué separarlo de la mamá en primer lugar.
- Con excepción de nosotras, ninguna hembra animal da a luz con el macho presente. Y la mujer durante el parto debe conectarse con su parte más primitiva y mamífera, dejando de lado la parte "pensante" del cerebro. Cosa que no puede hacer si está su pareja al lado preguntándole cómo se siente, si necesita algo, aún si está intentando ayudar. Es cierto que nadie te puede ayudar. Es un camino que recorremos solas, por más personas que tengamos atendiéndonos.
- El padre durante el parto no puede evitar segregar adrenalina, al estar ansioso por más que intente disimularlo con su mejor sonrisa. Esta descarga hormonal es "contagiosa" y por lo tanto genera que también la mujer produzca la hormona, que interfiere con la producción de oxitocina que es la otra hormona, la buena, la que permite que el parto avance. Inconscientemente, al transmitirle su nerviosismo, el hombre estaría impidiendo que la mujer se relaje: "He estado con muchas mujeres que luchan por dar a luz con su pareja al lado. Y en el momento en que él deja el cuarto, el bebé llega. Después, dicen que fue "mala suerte" que él no estuviera en el momento en que nació el hijo". Acá, mientras iba leyendo, me quedé helada, porque el autor parecía describir a la perfección lo que fue mi segundo parto. ¿Puede ser que tenga razón?
- La mujer también debe continuar relajada junto con su bebé en la última fase, cuando expulsa la placenta, y el hecho de que el hombre trate de tocar al nuevo bebé no hace sino interferir, una vez más.
- El autor enumera también razones concernientes al padre, que tienen que ver con la posibilidad de desarrollar también los hombres depresión posparto si se involucran demasiado, así como que pierdan atracción sexual por su pareja luego de haber estado presentes en el nacimiento. Gracias a Dios esto no nos tocó a nosotros, no conozco a nadie al que le haya pasado (pero bueno, calculo que tampoco es algo que uno discutiría abiertamente con sus amigos "desde que vi a mi mujer parir, no la toco ni con un palo"... mmmh, no).

Cada vez más mujeres eligen recurrir a las doulas.
Por supuesto que no se puede esperar que cualquier mujer dé a luz sola. ¿Qué propone el obstetra? Que nos acompañemos entre nosotras. Fortalecer el rol de la doula, o acompañante de partos. Recurrir a nuestras madres, hermanas, amigas, todas ellas acompañantes mucho más idóneas que el papá del bebé.
No sé todavía si termino de estar de acuerdo con esta tesis. Me siento mal por aquellos papás que no se limitaron a concebir, sino que han vivido todo el embarazo participando, acompañando y ayudando, y que de repente se ven privados de formar parte del nacimiento.
Pero sí creo que el parto es nuestro, de las mujeres. Que, en todo caso, toda mujer que va a dar a luz debería decidir, sabiendo de antemano cómo puede afectarla la presencia del padre, si quiere que él esté acompañándola o no. Apropiarnos de nuestro parto significa que nadie decida por nosotras, ni los médicos, ni la sociedad, ni las costumbres... ni siquiera nuestra pareja. Ya habrá tiempo, en todo caso, para que papá y bebé forjen ese apego fundamental.

¿Qué piensan? ¿Les parece lo mejor que el papá esté en la sala de partos? ¿Cómo fue cuando nacieron sus hijos?

martes, 14 de febrero de 2017

Redefiniendo el amor (a propósito de San Valentín)

Para mí, el amor es un viaje.

Ya he pasado casi 13 años viajando junto al amor de mi vida. Nos conocimos siendo dos jóvenes de 22 y recorrimos la veintena y media treintena codo a codo. Hemos compartido aprendizajes, como el irnos a vivir solos, fuera de la casa paterna (materna, en mi caso) y después, la convivencia. Lo que a muchas parejas les cuesta el romance, en nosotros funcionó intensificando aún más el amor, las ganas de crecer juntos, el deseo. Claro que no pueden faltar las preocupaciones -como el dinero, obvio-, las discusiones o las diferencias que se acentúan. Pero nada de eso nos detuvo.
Compañeros en el viaje más importante de todos.
Durante cuatro años compartimos salidas, cine, recomendaciones de libros y de música, helados, comer afuera, recitales, fiestas, amistades, fuimos "novios" en el sentido habitual de la palabra. Después encontramos que viajar juntos nos apasionaba, recorrimos el país, soñamos con pasar más tiempo uno al lado del otro y decidimos convivir. Unos años después, justamente en un viaje por el norte argentino, él me propuso casamiento, y formalizamos la relación frente al mundo (no que nos hiciera falta, pero fue lindo hacerlo y sentirnos aún más parte de la familia del otro).
Pudimos tomarnos más de un avión, conocer hermosos lugares a la par que seguíamos conociéndonos.

Y poco tiempo después, la llegada de Dani nos transformó la vida para siempre.

Convertirnos en padres, definitivamente, fue una revolución y sí que puso a prueba el amor de pareja, mucho más que la convivencia o que los papeles. El nacimiento de un hijo es lo que te marca un antes y un después. Por momentos, dejás de sentir que formás parte de una pareja, y ambos parecen integrar un equipo abocado a la eterna tarea de criar al bebé. Se pierde la intimidad, se desdibujan los momentos románticos en esa niebla de noches mal dormidas, vómitos, pañales, vacunas y teta a cualquier hora. No por nada son muchas las parejas que se separan después de ser padres. Es una prueba de fuego, que si bien en nuestro caso sirvió, a la larga, para fortalecernos, no fue nada sencillo.

De a poco, se vuelve. Se vuelve a compartir momentitos (robados al sueño) de acurrucarse a ver series en el sillón primero, de abrazarse con pasión después. Se vuelve a salir, con ayuda de las abuelas en lo posible. Se vuelve al cafecito a solas primero, a cenar afuera después, al cine eventualmente. A la escapada en pareja... supongo que se vuelve, todavía no se nos dio. Pero fíjense cómo es que las cosas se acomodan que unos años después, nos convertimos en reincidentes.

Hoy, 14 de febrero, hace justo un año que nos enteramos de que Quiqui formaría parte de nuestra vida. El gordo ya tiene cuatro meses. Y si bien aún no duerme toda la noche ni lo dejamos con nadie, esta noche de los enamorados nos podemos permitir una cena romántica cuando los chicos se duerman.

Visitando el Jardín Japonés
y soñando con el futuro viaje.
Pero lo más importante de este día de San Valentín es que por fin caigo en la cuenta de que el amor, lo que entiendo por amor profundo, verdadero y eterno, se ha redefinido para mí. Ya no tengo un solo amor de mi vida: tengo tres. Mi compañero, mi pareja, mi marido, por supuesto, no me imagino un día en el futuro en el cual él no esté conmigo. 
Pero también mi enana mayor, Dani, contestadora, rebelde, cariñosa, curiosa, divertida, con quien tenemos pensado viajar juntas a Japón alguna vez, ella también es mi amor. 
Otro viaje que recién empieza.
Y mi chiquito Quiqui, descubriendo el mundo, viajando por ahora más entre mis brazos que fuera de ellos, el hecho de que lo ame hace menos tiempo no significa que ese amor sea menos intenso.

De ellos tres me siento profundamente enamorada. Son mis compañeros de viaje, de ese viaje único que hacemos todos nosotros a bordo del planeta Tierra, y que nos sorprende incluso cuando no tenemos la oportunidad de alejarnos demasiado de casa. 
Así que hoy tengo tres motivos para sentirme agradecida, amada y para celebrar el amor, el viaje más importante de todos, más allá de la fecha comercial. 

¡Feliz día para mis tres amores! Brindo por nosotros.

lunes, 6 de febrero de 2017

Tetas

Sí, hoy quiero hablar de las tetas.

Están en boca de todos últimamente (y no, por más que este sea un blog de maternidad no hablo solo de los bebés). Hace pocos días, en Argentina fue noticia un procedimiento policial en una playa, en el que se desplegaron ¡20 agentes! todo por unas chicas que habían decidido tomar sol en topless. El hecho, que por mi parte no puedo calificar más que de exagerado y ridículo, recibió repercusiones en todos los medios. Muchísimos hablaron de los motivos detrás del accionar de las mujeres. Muchos menos saltaron a preguntarse qué deberían haber estado haciendo esos veinte policías mientras se preocupaban porque las chicas se taparan o se fueran de la playa.
Foto tomada de la nota del diario La Nación.

Además de las agresiones del personal policial en cuestión, de los insultos de otras mujeres en la playa o de hombres que decían "no podés estar en tetas, loca" o cosas así de suavecitas, las mujeres en cuestión debieron soportar más insultos y denigraciones en los medios de comunicación, en especial en los comentarios de los lectores. Que se lo buscaron, que con eso quieren "provocar", que es una "agresión", etc. 

Todo por haber expuesto sus pechos al sol. Probablemente, para disfrutar de un buen bronceado. Como hacen tantas mujeres de diferentes culturas, estas chicas no sintieron que haya de qué avergonzarse.

Pero las tetas asustan. Interpelan. Provocan reacciones. Y no todas agradables.

Son el emblema de la femineidad. Su función biológica en nuestro cuerpo es clarísima: alimentar a nuestros cachorros. Y sin embargo, occidente ha hecho de ellas algo con tanta carga sexual como los órganos genitales (no faltaron, a propósito del episodio de Necochea, hombres que sin entender nada dijeran cosas como "si ellas se ponen en tetas nosotros tendríamos que mostrar el pene"). Como si fuesen lo mismo. Como si, cada vez que algún exhibicionista decide apoyar a una mujer en el colectivo o mostrar lo suyo delante de una nena de escuela primaria hubiera ¡qué digo 20! ¿2 policías alertas, al menos?

Las mujeres no agredimos físicamente con nuestras tetas. Tampoco lo estaban haciendo las chicas de la playa. La queja de los bañistas era por "impudicia", "exhibicionismo", "atentado a la moral". La misma queja hubiera sufrido alguien de la época victoriana por dejar ver, no sé, los tobillos.

El problema no es si las tetas se deben mostrar u ocultar. Las tetas son, las tetas están. Nadie en esa playa veía un seno por primera vez. El problema es que cuando las tetas se muestran en un show televisivo que lidera el rating, que es todo menos un show de baile, conducido por un tipo misógino que cosifica a la mujer, entonces está buenísimo. Cuando las tetas están en función de ser juguetes del varón, todo bien. Obvio, siempre y cuando sean un par grande, prolijito, siliconado. No vale mostrar tetas caídas. Ni estriadas. Ni desparejas. No vale mostrar tetas reales. No vale mostrarlas cuando la que quiere disfrutarlas es la propia mujer (recibiendo, en este caso, la caricia del sol). ¿Que las veían los chicos? Para ellos, la teta es lo más natural del mundo. O debería serlo. Los que la desnaturalizamos somos los adultos.

Ni las mamás en plena función maternante nos salvamos. Hace unos meses, unas agentes de policía quisieron detener a una chica que amamantaba a su bebé en una plaza en San Isidro. Las repercusiones fueron enormes ("teteadas" solidarias, comentarios en apoyo de la chica en su mayoría). Claro que acá los pechos cumplen la función alimentaria, y entonces son menos los que se alzan en su contra. Pero que los hay, los hay. Más cuando el amamantado ya no es un bebito pequeño sino un nene algo mayorcito, que "ya podría comer un choripán, qué necesidad de estar dándole la teta delante de todo el mundo....". Como si las tetas fueran de interés nacional, y no solamente de la mamá y -al menos momentáneamente- del niño interesado.

(Reconozco que yo misma, hace unos años, cuando amamantaba a Dani en un lugar público, me tapaba y sentía cierto pudor. Con Quiqui (casi) no. Cada vez menos. Todavía un poquito. Pero estoy tratando de superarlo).

Creo que asistimos, desde el fenómeno #NiUnaMenos, ahora vigente también a nivel internacional como lo demostró la marcha de las mujeres en protesta contra Trump, a una revolución feminista. Una nueva revolución feminista debería decir, para no menospreciar las luchas y las conquistas de las mujeres en el pasado. Y, como en toda revolución, cuando un grupo hasta ahora oprimido comienza a alzarse, el grupo opresor aprieta más fuerte. Y además de anécdotas como lo de la playa de Necochea o la plaza en San Isidro, vemos crímenes cada vez más aberrantes hacia las mujeres. ¿Será que hay mayor visibilización de la violencia de género que antes? ¿O se estará recrudeciendo? El patriarcado amenazado, defendiéndose con uñas y dientes.

Por si hace falta quiero aclarar que con dos grupos no me refiero a hombres por un lado y mujeres por el otro. Hablo de una ideología de género patriarcal por un lado, y una ideología feminista cada vez más consciente por el otro. De la última también forman parte cada vez más hombres, sobre todo los jóvenes, que son quienes seguramente encontrarán su lugar en una sociedad igualitaria que les permitirá mostrar a pleno su sensibilidad, ejercer la paternidad con compromiso y amor, elegir su orientación sexual con mayor libertad y trabajar y vestirse como quieran. De mi parte, haré todo para que mis dos hijos formen parte de este grupo.
Y de la vieja ideología patriarcal, que creo que está destinada a caer (aunque antes, como perro viejo, muerda, desgarre y lastime), lamentablemente no solo forman parte los hombres machistas que crecieron con "coronita", sino tantas mujeres... como las que señalaban a las chicas en la playa, como las policías que quisieron detener a la mamá, como las que siguen comentando que no hay por qué "provocar" a los varones (¿no será que los varones deben dejar de sexualizar y objetivar a las mujeres?), como las que miran el Bailando... y hablan mal de tal o cuál chica... Y esto me preocupa más. A veces todavía pareciera que somos nuestras propias enemigas en lugar de aliadas.

Comencemos por aceptarnos entre nosotras si queremos ser plenamente aceptadas.
Las tetas son cosa de cada una. Tus tetas son tuyas. No de la opinión pública.

¿Tenemos que salir a la calle a mostrarlas para hacernos oír? Sí. O no. Como cada una quiera, si con ello no daña a nadie.

Pero no callemos. No nos guardemos. Que no nos asusten. Que no nos dé miedo ser tildadas de "feminazis". Que no temamos perder nuestra esencia femenina: al contrario, abracemos esa esencia, sintamos cómo nos hermana. Incluso con las que no piensan igual que nosotras. Las que somos madres, las que no quisieran serlo jamás, las que aman a otras mujeres, las que preferirían seguir siendo siempre amas de casa, las que salen con muchos hombres, las que prefieren la abstinencia, las que se operan para verse jóvenes, las que deciden dar mamadera, las que cobran por mostrar o prestar su cuerpo, las que militan, las que dicen descreer de toda ideología.

Vos. Yo. Nosotras.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Papi Reloaded

Hoy está cumpliendo 35 años la persona más importante para mí (sí, bueno, junto a Dani y Quiqui, pero sin él no existirían mis hijos para el caso). Mi compañero de aventuras, de viajes, de lecturas y de maratones seriéfilas. Alguien a quien cada día elijo desde hace doce años y medio y sin el cual me resulta imposible imaginar cómo sería mi vida. Con él compartimos un sentido del humor muy parecido, nos entendemos con miradas cómplices y también discutimos sanamente de vez en cuando. Y nuestra relación no ha hecho más que crecer desde que, hace casi cuatro años, emprendimos juntos el camino (a veces accidentado) por la paternidad y la maternidad.

Como papá, lo veo disfrutar enormemente de la compañía de nuestros hijos. Se le iluminan los ojos cuando ve las primeras sonrisas de Quiqui, y se le escapan carcajadas ante los retruques de Dani (incluso cuando estamos de acuerdo en que no le podemos dejar pasar una porque esta pibita todo nos lo negocia). Le divierte jugar "bruto" arrojándola por el aire y tirándose juntos al piso. Toca la guitarra para ellos y canta aunque no le guste cantar. Inventa cuentos del autito Camilo a la hora de dormir. Los baña, los cambia y hasta está aprendiendo a peinar a Dani aunque él mismo no necesita ningún peine desde hace años.

También es nuestro guardián, siempre atento a que estemos seguros, a que lleguemos bien a casa y pendiente de nosotros cuando él no está. Porque Papi Reloaded hace de todo: trabaja, estudia, toca música, entrena... y además es un gran amo de casa atento a buscar buenos precios y a encargarse de que la cena esté lista a la hora de comer (aunque a veces se le haga tarde). Y de él tengo tanto que aprender... marca claramente los límites y a la vez, me ayuda a mí cuando no sé manejar alguna situación o cuando me siento desbordada. Juega en el cuarto de Dani los fines de semana para que yo pueda dormir otro ratito y siempre me deja una taza de café lista a la mañana antes de irse a trabajar. Y aunque a veces necesita pasar ratos encerrado en su mundo y en silencio, siento que lo conozco mejor que a nadie y que cada día que pasa me siento más afortunada por tenerlo de compañero en esta increíble aventura que emprendemos a diario.

Y la increíble buena suerte que tienen Dani y Quiqui por tener a este papá.

¡Te amo! ¡Feliz cumpleaños, mi amor!