¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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martes, 1 de enero de 2019

Pequeñísimas resoluciones, ¿grandes resultados?

Hoy, primer día del año, es un momento tan bueno como cualquier otro para trazarse un plan de acción que pueda mejorar tu vida. Ya sé, el cambio de año es una pavada si tenemos en cuenta que la Tierra sigue girando y que blah. Lo cierto es que hace varios años que vengo escribiendo mis resoluciones de año nuevo, y varias de ellas las vengo cumpliendo bastante bien. Sé que a muchas personas les pasa que las abandonan muy pronto, a mí también me pasaba, sobre todo cuando son demasiado grandes o abstractas ("escribir ficción", "mejorar mi relación con X", "cuidarme más").
El año pasado (recién pasado) me di cuenta de que a veces lo que cambia para bien la vida son cambios muy chiquitos, imperceptibles, en lugar de resoluciones enormes. Antes de pensar las de 2019, me propuse ver de qué pequeñas maneras mi vida cotidiana mejoró en 2018 con algunos cambios igualmente pequeños.

¡Salen espectaculares!
- En lugar de "comer más sano y variado", me propuse sumar determinados alimentos: empecé a desayunar copos de avena al menos dos veces por semana en lugar de pan, reemplacé el huevo frito por deliciosos huevos mollet -más sanos e igual de ricos, lo juro- y volví a incorporar brócoli en mi mesa familiar (mis hijos lo aceptan mezclado con otras cosas).
- En lugar de "cuidar mi imagen personal", decicí maquillarme todos los días para ir a trabajar, cosa que nunca antes había hecho en la vida. El look a cara lavada está bien para el sábado a la tarde, pero con 30 y largos años, ya creo que en el trabajo me hace ver un poco descuidada. Sorprendentemente, maquillarme un poco me lleva menos de cinco minutos, y pude sostenerlo todo el año.
- No cambié de trabajo ni de profesión, pero sí elaboré dos nuevas secuencias didácticas para implementar en el aula: una, con El espejo africano de Liliana Bodoc, y otra, con Odd y los gigantes de hielo, de Neil Gaiman, dos autores a quienes admiro mucho. Mis alumnos trabajaron bien, los disfrutaron, y a mí me trajo aire fresco el renovar el programa y no "tocar de oído".
- Y hablando de tocar... no, no me propuse convertirme en una gran música -ya uno en casa es suficiente- pero sí quise aprender un nuevo instrumento, me compré el tin whistle y hace varios meses que vengo practicando algunas canciones con tutoriales de YouTube.
- Como desde hacía años me costaba conciliar el sueño los domingos a la noche, decidí convertirlos en "noche de película para una". Es un rato donde elijo alguna peli que tengo ganas de ver, y aunque termine acostándome tarde, duermo la misma cantidad de horas que antes con el beneficio de que se me extiende simbólicamente el fin de semana.

¿Qué me gustaría lograr este 2019?

De la pileta no me saca nadie.
- No me propongo simplemente "sostener el ejercicio", ya que vengo haciendo natación desde hace 2 años de manera casi ininterrumpida y lo considero un objetivo bien cumplido. Para este año quiero dos pequeños cambios: uno, mejorar mi brazada de crol; dos, hacer una experiencia de nado en aguas abiertas (algo que en mi club se organiza para noviembre, tengo mucho tiempo para prepararme).
- No me propongo publicar un libro de ficción, algo que hace años está en mi lista de pendientes. Pero sí un cuento breve, nuevo, ¿tal vez un fanzine?
- No me propongo borrarme de todas las redes sociales, que me quitan mucho tiempo. Pero sí pasar menos tiempo conectada. ¿Establecer horarios "computer-free"?
- No me propongo salir solos con mi pareja una vez al mes: misión imposible destinada al fracaso. Pero sí una vez cada tres meses en lugar de una cada seis, tal vez agendar la cita previamente con mucha anticipación. ¡La primera ya la tenemos!!! Nos vamos a ver a Paul McCartney en marzo.

Y no, no me puse objetivos puntuales en los que a maternidad se refiere. Mi objetivo es seguir viendo crecer a mis hijos y tratar por mi parte de que se sientan felices y seguros. Las pequeñas acciones para lograrlo son las que vamos descubriendo juntos día a día.

¡Muy feliz año para todos!

sábado, 15 de diciembre de 2018

Los mejores libros de 2018

¡No, Netflix no pudo aniquilar mi voracidad lectora! Igual que hice el año pasado, en esta entrada voy a recopilar algunas de las lecturas que hicieron de mi año un mejor año. Este 2018 mis lecturas tendieron a seguir ciertos recorridos -feminismo, principalmente, pero también revisité algunos clásicos, como mi amor por Japón, y recogí la posta de la literatura para jóvenes adultos de la mano de mis alumnes. Aquí les dejo mis principales recomendados, recordándoles que el único criterio de este "ranking" es enumerar libros de los que disfruté mucho, sin pretensiones de orden ni sin que sean necesariamente novedades editoriales.

Mala feminista, de Roxane Gay: Este fue definitivamente el año en el que abracé al feminismo, lo adopté como bandera y decidí identificarme como tal de una vez y para siempre. Tardé en hacerlo porque en realidad hasta hace poco no comprendía bien el significado y los alcances del término. Este libro de divertidos ensayos de la escritora haitiana-americana Roxane Gay me ayudó a comprenderlo. Yo también me siento una "feminista imperfecta" a veces, pero prefiero ser imperfecta y aún así, feminista al fin.

Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie: Siguiendo por mi recorrido de lecturas, este breve texto -que se aprecia mejor como conferencia- terminó de convencerme de la importancia de abrazar esta política, de que ser feminista es necesario en un mundo tan injusto y desigual, y de que también los hombres pueden identificarse como tales si hacen un poquito de esfuerzo por ponerse en el lugar del otro.

Así es la música, de John Powell: Otra temática que me atravesó en 2008 fue mi redescubrimiento de la música como material de investigación y exploración. A partir de este excelente texto de divulgación, escrito por un compositor que es además físico, pude escuchar una enorme cantidad de piezas muy variadas comprendiéndolas mejor. Y lo que es más importante, me inspiró para aprender a tocar yo también un nuevo instrumento, mi querido tin whistle irlandés.

Los desposeídos, de Ursula K. LeGuin: Al feminismo no solo se llega a través de ensayos. Esta increíble novela, considerada la obra maestra de la aclamada escritora estadounidense, cuenta una historia impresionante de un científico que se exilia a una civilización que su pueblo abandonó hace siglos. La novela se cuestiona sobre temáticas tales como el capitalismo y el socialismo, los roles de género, las relaciones de pareja y la ecología. Todo, escrito con un lenguaje lleno de poesía y belleza.

Botchan, de Natsume Soseki: Una de mis pasiones desde hace años es la literatura japonesa. Esta divertida novela relata las experiencias del escritor japonés cuando ejerció como docente en una ciudad provinciana. El relato está lleno de humor, descripciones de los alumnos que no pudieron sino hacerme sonreir, y ciertas dosis justas de ternura.

Hojas que caen sobre otras hojas, de Miguel Sardegna: ¿Puede un libro escrito por un argentino transportarnos también a la cultura japonesa? Si alguien puede, ese es Miguel Sardegna, quien en este puñado de cuentos recrea con maestría el ritmo narrativo de sus admirados autores nipones. Textos breves, bellos, sencillos y ricos al mismo tiempo.

Cartas de amor a los muertos, de Ava Dellaira: Una novelita juvenil que me recomendaron mis alumnas de séptimo grado. No digo que sea una obra maestra, pero está bien escrita, narrando de manera epistolar la triste historia de una adolescente que intenta atravesar el duelo por la trágica muerte de su hermana y para eso, se inspira escribiendo cartas a estrellas que murieron en la flor de la juventud, como Kurt Cobain, River Phoenix o Judy Garland.

Fun Home, de Alison Bechdel: No puede faltar en mis lecturas una buena dosis de novelas gráficas. Y di con este por casualidad, porque me encargaron su análisis para un trabajo. Es una historia conmovedora sobre una hija, su padre, y las cosas que entre ellos no llegaron a decirse. Una novela sobre la autoaceptación, la homosexualidad, la muerte y, sobre todo, la literatura.

Elisa, la rosa inesperada, de Liliana Bodoc: Este año se llevó a una de mis escritoras preferidas, de quien no solo conservo hermosas lecturas sino que también supo ser mi maestra en un inolvidable taller literario. Liliana inspiraba con su grandeza y con su humildad, y creo que si soy la docente que soy se lo debo en buena medida a su influencia. Me produjo muchísima tristeza su muerte, pero aproveché el impulso para recorrer obras literarias suyas que todavía no había leído. Esta es la última novela que escribió, poco tiempo antes de partir.

Tan cerca en todo momento siempre, de Joyce Carol Oates: Uno de los últimos libros que leí este año, y uno de los que más me impactó. Cuatro nouvelles que exploran los límites de las relaciones humanas: ¿es posible seguir hablando de amor cuando duele, cuando hay maltrato, cuando nos priva de la libertad de ser quienes somos? Leer este libro después de haber recorrido todos los títulos sobre feminismo (algunos mencionados más arriba) me ayudó a entenderlo y a valorarlo de otra manera. 

¿Conocían los títulos que tanto me gustaron? Aprovechen los comentarios para sugerirme nuevas lecturas para 2019, aunque ya tengo una enorme pila de libros por leer esperando que empiecen mis vacaciones.

lunes, 7 de mayo de 2018

Sobre lo incondicional del amor

No es secreto que me encanta leer sobre maternidad: libros, artículos, foros, otros blogs... A esta altura del partido, son pocos los textos que me sorprenden o me dicen algo muy diferente de lo que haya podido aprender de mi propia experiencia, pero de todas maneras, leer a otras madres -y a otros padres- me hace sentir acompañada. Es como una charla de café con amigxs con hijos. 
Ya sé, es la clase de libro que mi yo cínica de 20 años
se hubiera pateado a sí misma por leer...
Y bien, hace poco leí un libro que me gustó mucho, y que me dejó pensando. Hace casi un mes que lo terminé, y creo que estoy en condiciones de afirmar que este libro en particular -que no es ni por casualidad el mejor escrito o el más apasionante que haya leído- me cambió el modo de vivir una parte muy importante de mi maternidad.
El tema central sobre el que giraba el libro era el amor incondicional. Su tesis, que nuestros hijos necesitan que los amemos así, sin condiciones. Que les permitamos ser lo que elijan ser. Que los acompañemos, sabiendo que se trata de su historia, no de la nuestra. "No se trata sobre vos", le dijo a la autora su hijo Raiden. Y ella a lo largo del libro nos recuerda constantemente esa frase, y cómo la marcó.

Hasta acá nada nuevo bajo el sol, ¿cierto?

Bueno, para mí no tan cierto. Me entré a preguntar si realmente soy capaz de dar a mis hijos esta clase de amor, el amor incondicional. Y si es así, si se los estoy demostrando. Spoiler alert, comprobé con un poco de esfuerzo que la respuesta a la primera pregunta es que sí. Pero con asombro, con dolor y con una sensación creciente de urgencia, que la respuesta a la segunda pregunta es que no, no lo demuestro lo suficiente.
Comencé por preguntarme si de verdad los amo incondicionalmente a ellos, a Dani y a Quiqui. Es fácil amarlos cuando los veo sentaditos en el sillón del living viendo la tele, ella dándole un beso y un abrazo a su hermanito y diciéndole "vos sos mi Pocoyó". Es fácil amarlos cuando se quedan dormidos y tienen esa expresión en sus caritas tan idéntica a cuando eran bebés. Es fácil amarlos cuando con su papá salimos los cuatro de paseo y los vemos correr detrás de una pelota, muertos de risa. En cambio, no es tan sencillo amarlos cuando, después de pasarme una hora en la cocina, Dani me dice "¿sabés lo que es esta comida? ¿vos conocés la palabra as-que-te?", o cuando Quiqui se tira al suelo haciendo un berrinche y cuando trato de alzarlo en brazos, me revolea los anteojos de los que todavía no pagué la primera cuota... e imagino que no será fácil amarlos cuando atraviesen la adolescencia y tomen decisiones equivocadas. O cuando sean adultos y voten a la derecha, en fin. Amarlos en esas circunstancias puede que sea difícil, pero no amarlos o dejarlos de amar... no me cabe duda, es directamente imposible.

Por ahora vamos bien. Los amo sin condiciones. Ahora, ¿se los sé transmitir?

Me toca muy de cerca el tema, porque a mí me llevó muchos años sentir que mis padres me amaban incondicionalmente. No quiero decir que ellos no lo hayan sentido o que no lo hubieran expresado, pero por mucho tiempo yo fui la hija mayor de manual de psicología: seria, responsable, buena alumna, obediente... ¿Me sentía amada? Sospecho que no todo lo que hubiera necesitado. Cuando tenía 16 años salió en una sesión de terapia una idea que tenía mucho peso en mí: es cierto que mi mamá y mi papá me amaban por ser su hija, pero además me tenían que amar más aún por ser buena y no dar problemas. Me llevó bastante análisis desechar esta idea absurda y admitir que los padres aman a los hijos por ser hijos -y punto.
¿No aprendí nada de mi propia experiencia? Capaz que no lo suficiente. De alguna manera, me da la sensación de que Dani creció igual que yo: ella también es una nena mayor bien de manual. Y hace poco, de nuevo a partir de la lectura del libro de Amber Brogly del que hablé más arriba, tuve con mi chiquita de 5 años una conversación que me sacudió bastante los cimientos. Fue así. Yo comencé diciéndole que trato de ser la mejor mamá posible, aunque a veces me equivoco, y ella me dijo "pero mami, ¡vos nunca te equivocás!". Tarjeta amarilla: veo que transmito esa imagen inalcanzable de supermadre que no soy ni quiero ser. Siguiendo con la charla le digo que siempre la quiero, y que siempre la voy a querer. Y ella me responde: "bueno, no siempre, cuando me porto mal no, me querés cuando me porto bien". Tarjeta roja, definitivamente no estoy logrando transmitirle el amor por lo que ella es sino por lo que ella hace -o peor, que hace bien.

Se me parte el alma. Comprendo que tengo que hacer algunos cambios de inmediato. Lo estoy intentando desde entonces.

¿Cómo condicionamos el amor hacia los hijos? De muchas maneras, pero creo que por mi parte lo hago con las expectativas: espero mucho de ellos, y se los hago notar. "Esta nena es brillante con los números", "este chico va a ser músico como el padre". Aunque se trate de afirmaciones que yo considero positivas, ¿qué pasa si no coinciden con lo que mis hijos esperan de ellos mismos? ¿No los estoy condicionando a ser como yo espero que sean?
Por otro lado, si bien los chicos necesitan límites, creo que estoy equivocándome en la manera de marcarlos. Soy demasiado dura con ellos a veces. Si bien puede que les esté proporcionando pautas correctas y útiles, me doy cuenta de que no les estoy dando suficiente ternura y contención. Tengo que ser un poco más cariñosa, un poco más expresiva, un poco -un mucho- más paciente y comprensiva. No es un equilibrio fácil. 

Pero no me cabe duda de que es fundamental. En definitiva, el amor hacia los hijos, si no es incondicional, no es verdaderamente amor. Y sí, yo sé que los amo sin condiciones.
De un tiempo a esta parte, he decidido que no tengo ninguna tarea más importante de asegurarme de que ellos lo sepan también.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Los mejores libros de 2017

Antes de ser mamá, vengo siendo profesora de Lengua y Literatura. Antes de eso, estudié Letras. Y antes, muchísimo antes de ser estudiante, me convertí en una lectora apasionada. Desde que tengo más o menos la edad de Dani, los libros son una parte esencial de mi vida. Hoy en día, que estoy ocupada criando a mis hijos y muchas veces siento que tengo pocos espacios para mí, la lectura diaria es un espacio al que no he renunciado. Puedo perder ratos de sueño, que no dejo de leer al menos unas páginas. Incluso en las primeras semanas de puerperio con ambos hijos, mientras me acostumbraba a los ritmos de la teta, nada impidió que un libro fuera mi lugar perfecto.

Por esta vez, no voy a hablar de mi maternidad. Voy a dedicar esta entrada a reseñar brevemente los mejores títulos que me tocó leer en este año que se termina, en caso de que alguien esté buscando recomendaciones para poner debajo del arbolito de Navidad. Aclaro: no son libros necesariamente nuevos ni mucho menos, sino que los leí por primera vez en 2017. Y el único criterio para elaborar este ranking es mi gusto personal. Bueno, qué quieren, después de todo este es mi blog...

La chica del tren, de Paula Hawkins: Empecemos con una lectura livianita para pasar un buen rato. O, mejor dicho, para angustiarse y dejarse atrapar por las páginas de esta vertiginosa novela policial. Destaco a la protagonista -alcohólica, recientemente divorciada, desocupada y deprimida- con la que pese a todo es imposible no identificarse.

Emma, de Jane Austen: Todos los años trato de leer alguna novela o libro considerado clásico. Esta vez le tocó a la autora inglesa que me encanta por su fino sentido del humor, ironía y caracterización de ese mundito de personajes. Pero además, este libro me divirtió mucho porque me hizo acordar a la película de mi adolescencia, Clueless, que después me enteré, está directamente basada en la novela.

Neverwhere, de Neil Gaiman: Este para mí fue el último autor en ingresar a mi top 5 de escritores preferidos. Y si bien la mayor parte de su obra la leí entre 2015 y 2016, este año le tocó a esta novela de fantasía que mezcla personajes provenientes de otros libros, misterio, vueltas de tuerca, diálogos exquisitos y descripciones muy vívidas. No se compara con Sandman, su obra maestra, pero siempre está bueno volver a Gaiman y a sus mundos.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss: Y si hablamos de fantasía, cabe mencionar a este autor, al que le dediqué un par de meses porque sus novelas son larguísimas. Es una historia de aprendizaje, magia y fantasía, que me recordó a otros autores a los que en su momento disfruté mucho más (como Tolkien, Ursula LeGuin e incluso J. K. Rowling) pero que me entretuvo bastante. Lo peor en su contra: aún no sale la tercera y última parte. Y para estar esperando, ya tengo bastante con Los vientos de invierno de GRRM.

Fables: March of the wooden soldiers, de Bill Willingham, Mark Buckingham, P. Craig Russell y Steve Leialoha: No fue un año donde me abocara especialmente a la novela gráfica, pero sí disfruté de este cuarto volumen de una de mis series preferidas. Para quienes aún no conozcan Fables, se trata de una historia donde los personajes de los clásicos cuentos de hadas han perdido sus dominios en una guerra, y se han exiliado a la ciudad de Nueva York, donde se hacen pasar por seres humanos.

La magia del orden, de Marie Kondo: No todo es ficción en mis mundos de lectura. Este librito me gustó mucho porque me dio tips concretos que pude aplicar a ordenar mi casa y me confirmó algo que vengo presintiendo desde hace tiempo, y es que uno vive más tranquilo (y sí, se podría decir que es más feliz) cuando tiene menos cosas.

Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez: Si tuviera que elegir un libro solo para recomendar de todos los que leí este año, elegiría este, de cuentos de terror de esta escritora argentina que fue traducido y publicado en varios países. Hacía tiempo que no me tocaba experimentar una verdadera sensación de miedo al ir leyendo. Cuentos perturbadores, oscuros, y sin embargo, con una belleza ineludible.

No me llames Tami, por Eugenia Alcatena, Melisa Martí y Florencia Miranda: Siguiendo con el terror, este libro combina un homenaje al género con el toque nostalgioso de los ochenta debido a su formato Elige tu propia aventura. Tuve el privilegio de ser una de las primeras en leerlo cuando solo estaba en formato blog. Ideal para mi generación de lectores.

El cuento de la criada, de Margaret Atwood: La novela de 2017 para mí, aunque hace más de 30 años que fue publicada por primera vez. Un relato distópico que muestra una sociedad totalitaria donde las mujeres nos hemos convertido solamente en portadoras de un útero. La protagonista ya no tiene nada propio, ni su nombre, ni puede escribir puesto que está prohibido. Simplemente puede hablar para sí misma, contar este cuento con la esperanza de que alguien lo escuche. Se puso muy de moda (y, sí, yo llegué a él) gracias a la serie homónima que arrasó con los Emmy.

Ready player one, de Ernest Cline: Termino el año con esta novela de ciencia ficción que pronto llegará a los cines de las manos de Steven Spielberg. ¿Quién más podría adaptar este inmenso homenaje a la cultura popular de los años 80, desde referencias a la música, al cine y la televisión y, sobre todo, a los videojuegos?

¿Leyeron alguno de estos títulos? Si pueden, déjenme en sus comentarios alguna sugerencia para arrancar con todo mis lecturas de 2018.



domingo, 9 de julio de 2017

Tus segundos 9 meses

Cuando mi bebé cumplió su primer mes, me alegré de que ya no calificara como "recién nacido", de que si le hubiera subido fiebre por cualquier cosa ya no se hubiera ligado una internación. Cuando cumplió los 6 meses, me puso contenta que ya pudiera comer y que tuviera medio año (a Dani hasta le hicimos una pequeña fiestita, pero con Quiqui no se dio, es el segundo, bueh). 
Y mañana, mi chiquito cumple 9 meses. Me parece un número importante: significa que ya vivió tanto tiempo fuera de mi panza como dentro de ella. 
Acá tenía solo 4 días
y sonreía dormido.
Laura Gutman, una autora con la que me peleo bastante, dice que puede considerarse este tiempo como una "gestación extrauterina": "Recién a los nueve meses de edad [el bebé] tiene un desarrollo similar al de otros mamíferos a pocos días de haber nacido"(1). Hasta ese momento, dice, lo que hay entre el bebé y su mamá es una fusión. El bebé debería estar a upa de su mamá prácticamente todo el día: dormir con ella, ser alimentado a demanda, que se le hable, se lo mire exclusivamente...
Reconozco que con Quiqui no pude estar tanto o tan exclusivamente como yo hubiera querido. Tuvo que comenzar el jardín maternal a los 5 meses y desde que nació, comparte mi atención con su hermanita mayor, que por estos días está más celosa que cuando el gordo nació. Pero sí soy una mamá bastante apegada, y creo que en cierto sentido Quiqui viene siendo un privilegiado: esta segunda vez, con él, no me cuestioné dar la teta a demanda, colechar en algunas -varias- oportunidades o portear. 
Siento que todo lo que NO pude conectarme con mi bebé durante el embarazo (que viví con bastante estrés, principalmente porque hubo dos mudanzas en esos meses) sí logré vincularme en estos segundos 9 meses. Lo entiendo mucho más de lo que conseguía entender a su hermanita. Estoy más tranquila cuando llora o cuando se enferma. Me afecta el sueño perdido (claro que sí) pero bastante menos que en mi primera maternidad. Quiqui es afortunado porque su hermana mayor en muchas cosas allanó el camino para que su primera infancia sea más fácil.
Y recién está empezando
a vivir sus primera aventuras...
En estos 9 meses disfruté muchísimo de verlo crecer, de convertirse en un recién nacido panchito y dormilón que sonreía en sueños a ser un gordo morfable que escala los muebles, quiere caminar ya mismo y contempla embelesado a Dani y todas sus payasadas. Gatea por toda la casa y nos sigue a todas partes como un perrito. Se ríe a carcajadas y juega a esconderse y a derribar torres de cubos gritando como un pajarito. Siente con intensidad todas las emociones: la alegría, sobre todo, pero también el enojo y la frustración... por estos días, está en pleno desarrollo de la angustia de separación, y me lo demuestra cuando nos reencontramos después de haber pasado cada uno en su colegio toda la mañana.
Me llena de orgullo verlo convertido en un bebote que come sus comidas, que puede dormirse con el papá además de conmigo y pasar buena parte de la noche en su cunita, en el dormitorio que comparte con su hermana mayor. Y me derrito ante sus intentos por hablar (que, calculo, en menos de lo que me imagine darán sus frutos).
Agradezco que en estos segundos 9 meses pude vincularme con este hijo y amarlo como se merece, disfrutar de este período de "fusión mamá-bebé" y darle la suficiente confianza como para que, de a poco, vayamos comenzando un despegue. Él quiere explorar el mundo. Yo tengo que hacer ahora el esfuerzo para poder soltarlo y dejarlo crecer. ¡Aún sabiendo que no va a ser un bebé por mucho tiempo más!

Te amo tanto, hijo... ¡Gracias por cada día que nos toca compartir!

(1) Gutman, L. La maternidad y el encuentro con la propia sombra. Editorial Del Nuevo Extremo: Buenos Aires, 2012. Página 109.

lunes, 27 de marzo de 2017

Mi biblioteca de maternidad

Amo leer. Fui lectora desde mucho antes de ser madre. Y lo seguiré siendo toda mi vida.

Desde el día en que supe que estaba embarazada de Dani  decidimos buscar el primer embarazo, me puse a leer todo lo que cayó entre mis manos acerca del tema. Acerca del embarazo, la maternidad, la crianza de niños, la lactancia o temas más particulares, como las técnicas para masajear un bebé, el yoga en el embarazo o recetas de cocina para bebés y niños. Algunos libros me los compré, otros me los regalaron. Muchos quedaron olvidados en los avatares de la maternidad real. La mayoría los regalé o los vendí antes de mi segundo embarazo, porque no me pareció que ameritaran una segunda lectura. Sin embargo, algunos pocos los conservo todavía en mi biblioteca, ya sea porque me siguen resultando útiles (son los menos), porque le pueden servir a alguna persona querida en un futuro cercano, o bien porque les tengo cariño por lo que significaron en su momento. Aquí comparto algunos de los libros que me ayudaron, de una u otra forma, en los años que llevo siendo mamá.

Larousse del Embarazo: Me compré este bodoque de quichicientos veintinosecuántos kilos la misma semana en la que hicimos nuestra consulta prenatal (pasarían varios meses hasta que el test de embarazo diera positivo). Es un compendio muy extenso y completo sobre la concepción, el embarazo, todo lo que te espera en cuanto síntomas y demás, y el primer año del bebé (estadía en la maternidad en adelante). También hay capítulos sobre la visión del padre. Más allá de que descreo del futuro de las enciclopedias en papel, esta la voy a guardar toda la vida ya que las páginas de atrás venían en blanco para que una registrara su diario de embarazo, y así lo hice con Dani, semana a semana. Un recuerdo que atesoraré toda la vida.
Yoga, embarazo y plenitud, de David Lifar: Me lo regaló una compañera de trabajo cuando le conté que estaba haciendo yoga para embarazadas. Es un librito ameno y sencillo, ideal para acompañarte en la práctica (pero que obviamente no suple las clases de yoga).

Voices from the woumb,de Einat L.K:  No encontré traducción. Es un librito que me bajé gratis para leer en el Kindle cuando estaba embarazada de Quiqui, en parte porque sentía algo de culpa por ese segundo embarazo que me estaba pasando casi desapercibido. Es un librito de esos del embarazo semana a semana, con la particularidad de que está narrado por el propio bebé. Me ayudaba a reconectarme un poco con esa vida que crecía en mi interior y a la que le dediqué mucho menos lecturas que a la de su hermana mayor.

La maternidad y el encuentro con la propia sombra, de Laura Gutman: Me pasa algo raro con este libro. Me peleo constantemente con la autora, algunas de sus ideas me parecen neomachistas, como que el bebé debe vivir "atado" al cuerpo de su madre durante por lo menos 9 meses más (¿y el trabajo? ¿Y el sexo? ¿Y las salidas al cine? ¿Todo puede esperar? ¿Por cuánto tiempo? ¿Y la depresión postparto?). Solo se puede seguir su doctrina si sos una mujer de clase alta que se puede permitir estar sin trabajar. Y sin embargo... algunas de las cosas que dice en este libro me quedaron resonando. Como esas sesiones de terapia que te pegan unos días después. Por algo no lo tiré, qué sé yo.

Guía (inútil) para madres primerizas, 1 y 2, de Ingrid Beck y Paula Rodríguez: Dos manuales antiayuda que se toman la maternidad con soda (o con jugo de limón, por lo ácidas). Y es que son libros que no pretenden resolver ninguno de tus dilemas, más que uno: saber qué contestarle a cualquiera que venga con consejitos, planteos, críticas o interrogatorios a tu manera de ser madre. Para vivir la experiencia con un poco de humor y sentirse menos sola en la angustia del puerperio o en los avatares de la crianza.


El sueño del bebé sin lágrimas, de Elizabeth Pantley: Este SÍ que me ayudó, me dio respuestas y hasta me sugirió cosas que pude poner en práctica. Esta autora brinda consejos, tácticas, estrategias y soluciones para ayudar a tus bebés a dormir más y mejor (y, por ende, descansar también nosotras). Yo, que no quise saber nada con Estivill y su método de dejar llorar a los chicos, pero que tampoco me resigné con Rosa Jove a que se me instalen en la cama y que duerman colgados de mi teta hasta los dos o tres años, encontré en este libro un equilibrio espectacular, porque no propone una solución mágica sino que da un repertorio variado donde cada una elige lo que mejor se adapte a la familia que le tocó. De la misma autora leí también uno específico sobre siestas y otro sobre el sueño del bebé recién nacido, que NO, no lo ayuda a dormir de corrido porque eso no es posible, pero sí te ayuda a entenderlo mejor y a que ese tiempo se haga más llevadero.

¿Conocían alguno de los libros de mi lista? ¿Leyeron / están leyendo algún libro sobre maternidad? ¿Cuál me recomendarían?