¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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martes, 9 de julio de 2019

Escribir

Hace varios meses que este blog de maternidad quedó entre paréntesis (no, claro que en la maternidad no hay paréntesis, pero en la escritura...). Y yo ni siquiera diría que me he tomado un tiempo sin escribir. Que no publique acá no quiere decir que no esté escribiendo, así como no significa que no esté maternando como antes.
Lo cierto es que estoy escribiendo más que nunca. En paralelo a mi tarea docente sigo dedicándome a la redacción freelance que también me lleva bastante tiempo. Es un trabajo que he logrado armarme por mis propios medios, que me divierte y al que le dedico mis tardes, que nos lleva de vacaciones a toda la familia o nos permite darnos algunos pequeños gustos. Pero que no me llena, digamos, espiritualmente hablando. Conversando con uno de mis amigos hace unos días le contaba que me siento como un músico sesionista, que sigue partituras a primera vista, que ejecuta con destreza su instrumento y que logra interpretar lo que le piden. Pero que extraño improvisar, tocar mis piezas favoritas y, sobre todo, componer. Desde hace años tenía ganas de retomar la escritura creativa, y hace unos meses, con ayuda de la MasterClass de Neil Gaiman, de mis amigos -con varios de los cuales comparto el gusto por escribir- y, por qué no, de mi terapia, estoy comenzando a desarrollar un proyecto propio. 
Por eso vengo menos por acá. No quiere decir que se terminen mis historias de MamiReloaded. Mis hijos siguen creciendo, mi maternidad sigue cambiando constantemente. Pero así como mis hijos están lo suficientemente grandes como para jugar solos algunos ratos y hacer planes con abuelos o compañeritos de escuela, también yo como madre me siento un poco más segura, no me aterro tanto con cada enfermedad ni con cada nuevo desafío, soporto con entereza (y algo de maquillaje) las ocasionales noches de insomnio, he recuperado algunas salidas a solas con PapiReloaded y los buenos ratos en compañía de mis amigos, y también me puedo permitir más espacios propios (incluso con los chicos acá al lado mío mientras tecleo) al no estar cien por ciento del tiempo pendiente de ellos, ni de mi propio yo-madre. Puedo encontrarme con mi yo, a secas. Y darle voz a mi yo-escritora. Lo venía necesitando.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

A mis 37

A mis 37 aprendí...

- Que no hay nada más hermoso que dormir abrazada a tus hijos... por un ratito. Y que después puedan dormir tranquilos en su cama.
- Que siempre vale la pena acompañar al amor de tu vida en sus proyectos.
- Que hay heridas que dejan cicatrices, que hay abandonos y ausencias que siguen doliendo, por más psicoanálisis que le pongamos.
- Que ser feminista no solamente no es una postura extrema, sino que es la postura más saludable para criar tanto a mi hija como a mi hijo. Que es la única postura que no se pone del lado del opresor en un mundo tan injusto.
- Que ya no tengo por qué quedarme callada y dejar que en redes sociales me incomoden personas con las que no me tomaría un café fuera de la pantalla.
Que dos personas nunca ven exactamente el mismo arco iris.
- Que alguien a quien considerabas tu amiga puede traicionarte, y esto puede lastimarte más que un exnovio.
- Que es posible que me paguen bien por estudiar y aprender cosas nuevas acerca de lo que me gusta. Que de verdad soy buena escribiendo y que no tengo que guardar la falsa modestia (¡hay tantas otras cosas que no sé hacer bien!).
- Que hay algunos grupos de alumnos que te reconcilian con la profesión docente y que te hacen dar gracias a tu suerte cada vez que te toca entrar al aula a darles clase. Que podés aprender de ellos tanto o más que ellos de vos.
- Que me cuestan las transiciones y los finales de una etapa, ya sea propia o de mis chiquitos (bah, esto ya lo sabía desde hace rato).
- Que me cuesta escribir la palabra "transiciones" :P
- Que BoJack Horseman es alto programa.
- Que el tin whistle es un gran instrumento musical y que la música popular irlandesa es bellísima.
- Que una noche sin poder conciliar el sueño no es tan grave si te la pasás escribiendo.

Feliz cumpleaños a mí :)

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Prefiero dar las gracias

A Quiquito, gracias por darme esta segunda oportunidad de maternar, por haberme convertido en una mamá mucho más relajada, que logra conectarse, disfrutar más y enojarse menos (aunque a veces igual pierda la paciencia). Gracias por tu sonrisa casi permanente, por tus dotes actorales que te hacen poner cara de loco, de enojado y hacerte el lindo, todo casi al mismo tiempo. Gracias te doy por tus largas siestas de tres horas que me permiten trabajar, descansar y ver BoJack Horseman mientras almuerzo. Gracias por tus "halaaa" cuando hablás por teléfono -de verdad o jugando. Gracias por tus canciones monosilábicas y por tu media lengua. Gracias por tus ojitos gigantes de animé que se abren con entusiasmo ante trenes, ambulancias, camiones ("¡MMamomm!") y demás parque automotor. Gracias por acariciar mi cara cuando estás dormido al lado mío. Y gracias por tu ternura.
A Dani, gracias por ser mi compañerita incondicional. Por haberme enseñado a ser mamá y -pobre- haber sido tantas veces mi conejilla de Indias y haber heredado mi ansiedad. Gracias por tus dibujos al estilo Jackson Pollock y por tus canciones en inglés con una fonética impecable (aunque no se te entienda). Gracias por las tardes en las que te tirás en mi cama con tus libritos y hacemos "fiesta de leer". Gracias por nuestro sueño compartido de viajar a Japón, y dejar a los varones comiendo pizza en calzoncillos. Gracias por tu valentía y tu inmensa sensibilidad. Gracias por tus preguntas interminables y por siempre escuchar las respuestas que intento darles. Gracias por tus abrazos y tu carita de cachorro, o de cobayo nauseoso cuando me querés pedir algo. Y gracias por tu rebeldía y tus enojos, porque también me enseñan.
A Javi, Papi Reloaded, gracias por estar acá en todas. Gracias por haberme elegido, por habernos elegido, hace casi 15 años cuando éramos dos pendejos casi sin responsabilidades y con todo por aprender. Y por seguir eligiéndome ahora. Gracias por tus miradas seductoras y por las caricias en mis manos. Gracias por tu sentido del humor y tu cara de piedra cuando me decís algo que sabés que me va a hacer reír. Gracias por insistirme para que me tome un rato para mí, para ir a la pileta o para salir con una amiga. Gracias por tu música, y también por toda la música que me hacés escuchar. Gracias por aceptarme como soy y por ayudarme a quererme a mí misma. Gracias por escucharme y valorar lo que tengo para ofrecerte. Y gracias, nunca está de más decirlo, gracias por haberme dado a nuestros dos herederos.

Vengo pasando por un período raro, de transición. De cuestionarme qué es lo que quiero para mi carrera, para mi familia, qué es lo que me puedo permitir soñar en un contexto político y económico tan adverso como el que le toca pasar a mi país. 
Estoy con la ansiedad a flor de piel y no son pocas las taquicardias ni las noches de insomnio. 
Y en esos momentos, trato de volver a enfocarme en lo importante, en estas tres personas que tengo cerca. Ellos son los que me hacen la diferencia, que me demuestran que sigue valiendo la pena pelearla día a día. Y por eso hoy quiero quejarme menos. Y prefiero darles las gracias. 

lunes, 3 de septiembre de 2018

Redescubrir(se)

Que una semana después lo pierdas
en el supermercado es otra historia.
Una tarde agarrás las agujas de tejer, que tanto te ayudan a tranquilizarte y bajar revoluciones, y le das forma, no a una bufanda para tus nenes o para Papi Reloaded, ni siquiera para tu mamá, tu mejor amiga o tu hermana (cada uno tiene ya la suya) sino a un gorrito para vos, que encima te sale bárbaro y te queda pintado.

Mi tin whistle.
Leyendo un libro sobre música, descubrís que existe un instrumento llamado tin whistle que es relativamente barato y fácil de aprender. Te pica el bichito. ¿Por qué no? Te comprás uno y empezás a aprender a tocarlo con tutoriales de Internet. No tenés más de 15 o 20 minutos diarios de práctica, pero te entusiasma y, con constancia, en pocas semanas aprendés las primeras tonadas.

Yendo a entrenar, descubrís que en el rato que hace un año a duras penas llegabas a nadar 1000 metros, estás haciendo 1500 o 1600. No solo eso, sino que también te invita un profe a una clase de entrenamiento intensivo en la pileta y, si bien terminás agotada, la sobrellevás con dignidad.

Comprás, dos, tres libros.
¡Uno solo sobre maternidad!
Tu mamá te sugiere compartir una tarde de sábado, no llevando juntas a tus hijos a un bar con juegos infantiles, sino yendo las dos solas a recorrer una feria de editores independiente de tu ciudad. Y fantaseás con retomar la escritura creativa, incluso con publicar algo alguna vez. Te llenás de direcciones útiles y pocos días después, te animás a escribirle a una editora que conociste.

Una noche cualquiera te encontrás yendo al teatro con una amiga que te hiciste en el trabajo. Ven una obra rara que les vuela la cabeza, la comentan a la salida. En casa, tu marido se ocupa de que los chicos estén bien bañados, cenados y dormidos para cuando llegás a casa, y te espera con un plato caliente que comés con gusto frente a la tele.

Una mañana, en la plaza del barrio donde siempre llevás a tus hijos a jugar están dando un curso gratuito de RCP. Decidís tomarte un rato para hacerlo, una vez más turnándote con el padre para cuidar a los chicos, y salís del mismo sintiéndote que tendrías que haberlo hecho hace mucho tiempo.
Y no solo porque sos mamá sino porque te pasás
el día rodeada de otras personas que también respiran.
Una semana laboralmente lenta, decidís invertir ese tiempo en actualizar tu currículum y abrirte un perfil laboral en una red social. De paso, te registrás en cuanto portal de trabajo freelance se te ocurre. Y revisás por primera vez en años tu producción, pensando en armar un portfolio para vender tus servicios de redacción freelance con todo el material que ya tenés. Todo eso, mientras tu hijo duerme la siesta. En pocos días, conseguís nuevos contactos y lo que podría ser al menos, una punta de trabajo nueva.

Esa misma semana recibís, como todas las semanas, correos electrónicos invitándote a actividades académicas. En lugar de mandarlos directamente a la papelera de reciclaje, los mirás. Encontrás una invitación a un debate sobre lenguaje inclusivo en el Instituto de Lingüística que alguna vez supiste frecuentar. Y te proponés asistir. Y vas. Y tomás apuntes. Y recordás el placer que era aprender algo nuevo, seguir el razonamiento de otras personas, con el que podés estar de acuerdo o no, pero que definitivamente te hace pensar. Recordás mandar un mensaje a casa para avisar que vas a llegar a la hora de la cena. Y está todo bien. 

Con cosas así, te das cuenta de que tu hijo menor ya pronto va a cumplir dos años. Y que si bien ser mamá sigue siendo esencial en tu vida y que es uno de los roles que más te gusta desempeñar, no es el único. Que cada día más, podés darte el permiso de reencontrarte con quien eras antes, con tus espacios propios. Y de encontrar otros nuevos.

Hay tiempo para todo. Tal vez sea poco. Pero está bueno aprovecharlo.

jueves, 2 de agosto de 2018

Top 5 de frases para el olvido que me tocó escuchar siendo madre

Opinar es gratis. Es más, hay gente que piensa que si se queda callada, le van a cobrar por NO opinar... ¿no es así? ¿Y por qué les cuesta tanto ahorrarse ciertos comentarios hirientes, ofensivos o directamente, ridículos, frente a una embarazada o una mamá? Lo cierto es que a todas las madres que conozco (1) les ha pasado de escuchar toneladas de recomendaciones, sugerencias, consejos, críticas, reproches, etc. referidos a su manera de criar. ¿Las peores? Aquellas que vienen de gente sin hijos y las provenientes de desconocidos.
Hoy una amiga publicó un interesante artículo en relación a las críticas que recibe la lactancia materna. Me inspiró para recopilar mi propio top 5 de frases que me tocó recibir durante mi maternidad:

5) "¿Estás tejiendo? No tenés que hacerlo embarazada. Se le va a enredar el cordón al bebé", dicho por una desconocida en el colectivo. Parece ser que es un mito muy extendido en algunos países. De más está decir que tejer en el embarazo es fabuloso. Pero no me faltó la sugerencia de una persona muy cercana de "consultarlo antes con el médico". ¡Ja!
4) "Este cuello [uterino] está horrible". Palabras textuales de mi ginecóloga en la semana 39 de embarazo. Se refería, claro, a que todavía estaba cerrado, sin dilatación, y parecía que faltaba una eternidad para el parto -FYI dilaté naturalmente 10 centímetros 4 días después. De cualquier manera, ¿tenés que usar precisamente ese adjetivo? 
3) "¿Cómo que es nena? ¡Pero si no tiene aritos!" Y sus múltiples variantes. Debí haberle respondido: "uy, menos mal que usted me avisa, señora, y yo asignándole un género porque nació con vagina, ahora me doy cuenta de que hasta que elle misme no lo decida, es une bebé". Mirá cómo me vengo a dar cuenta de que, en lugar de una desconocida metida, era una feminista de la cuarta ola avant la lettre
2) "No te quejes. Es tu decisión estar cansada. Siempre tenés la opción de ponerte tapones en los oídos, cerrar la puerta y dejarla llorar." Mi propio padre, por teléfono a 10.000 kilómetros de distancia, cuando tuve el descaro de decirle que no daba más después de tantas noches sin dormir... con mi bebita de un mes. No se le puede pedir que esté al tanto de las tendencias de criar con apego o que cite a Rosa Jové, decididamente. Pero ¿tampoco empatía con una puérpera con baby blues y privación del sueño?
1) "Ay, pero mirá qué machona", otra desconocida cuestionando a mi hija con tono despectivo, esta vez con la nena ya de cuatro años, que salía del colegio despeinada y con las rodillas sucias después de educación física. Solo atiné a abrazar a Dani, decirle "vamos, no escuches, mi amor". Me arrepiento de no haber agarrado a esa infeliz de los pelos. 

Adivina, adivinador... ¿qué tienen en común las 5 frases? ¡Adivinaron! Todas ellas se refieren a mi primera maternidad. Desde que soy mamá por segunda vez, no digo que no haya habido frases negativas, malintencionadas, agresivas o ridículas, pero sí estoy convencida de que las filtro mejor porque, ¿saben qué? no registré ni una.

¿Cuáles fueron las peores frases que te tocó escuchar referidas a tu manera de ser madre?


(1) Padres varones, no es por hacerlos a un lado, pero no sé de ninguno que haya sido afectado por comentaritis compulsiva en su entorno. De ser así, ¿me lo cuentan?

viernes, 13 de julio de 2018

5 consejos para mamás primerizas

Soy una mamá "segundiza" y esto ha cambiado mucho mi forma de tomarme la maternidad. ¡Créanme que este blog sería muy distinto si lo hubiera escrito solamente con Dani en el mundo! Y no, no es que ahora que tengo dos niñ@s la tenga "re-clara" -porque día a día van surgiendo nuevas dudas, dilemas y cuestiones relacionadas con las etapas de crecimiento que les toque transitar. Pero me hubiera gustado, hace cinco años, tener alguna mamá amiga con un poco de experiencia que compartiera conmigo lo que le había tocado vivir. No fue el caso. 
Esta vez me toca a mí, que tengo dos amigas cercanas estrenándose en esto de la maternidad, que puedo invitarlas a leer estas viejas entradas con la esperanza de que se sientan acompañadas:

Este almohadón vale su peso en sonrisas.
Para pedirles a los reyes: artículos que facilitan la maternidad Capaz que ya te compraste todo, capaz que estás armando una lista de regalos, o dudando en si aniquilás tu tarjeta de crédito en MercadoLibre. ¿Valdrá la pena? Acá te cuento sobre los imprescindibles y los que son una pérdida de guita.


¿Se puede disfrutar del puerperio? Una etapa que desconocías hasta que te toca atravesarla. De la que se habla poco, donde a veces las demás personas te miran mal por quejarte. ¿No deberías ser la más feliz del mundo?

¡No sé qué hacer con mi bebé! Es hermoso, adorable, no me canso de mirarlo... ¿o sí? Ahora que estamos en casa todo el día cuidando al pequeño dormilón... ¿qué hacemos?

Ah, ahora SÍ dormís, ¿no?
Brotes de crecimiento -o cómo mi adorable bebito se transformó en el niño sanguijuela: ¿Por qué de repente un bebé de 3semanas, mes y medio, o 3 meses, se pone más demandante, pegote y llorón? ¿Es que estás produciendo menos leche? Nada de eso, amiga. Se trata de los poco conocidos brotes de crecimiento. Acá te cuento cómo lidié con ellos.

Instrucciones para dormir al bebé: No, obviamente que leer esto tampoco les va a servir de nada. Pero tal vez se sienten un poco acompañadas -y, ojalá, las hace sonreír después de una noche de mierda difícil.

Y un último consejo, aunque suene a frase hecha: el tiempo vuela. ¡Disfrútenlos a cada momento!


Este post va escrito (bah, recopilado) con mucho amor para Flor y para Mili, para Ceci y para René.

lunes, 28 de mayo de 2018

Lo bueno de que los hijos se enfermen

Necesito comenzar aclarando (y agradeciendo) que mis hijos tienen una salud de fierro. Incluso Quiqui, si definimos "salud" como la capacidad de recuperarse rápidamente y sin secuelas de las  distintas enfermedades. No puedo imaginarme que una mamá o un papá que están acompañando a sus hijitxs peleando contra una verdadera amenaza para sus vidas puedan sentir que hay nada bueno en ello. Crecí en un hogar con una hermanita que padecía una enfermedad crónica. Con las verdaderas enfermedades, con los accidentes graves, con que la vida de un hijo corra peligro, no puedo meterme a opinar.
Así que de ahora en más, sepan que cuando hablo de tener hijos enfermos, me refiero a esas enfermedades comunes que en algún momento les toca sortear a todos los chicos. Y que nos toca atravesar a tod@s en nuestro aprendizaje de la maternidad o la paternidad.

Ya he hablado en otra ocasión de que cuidar a mis niños cuando están enfermos es una de las cosas que hago peor. Siento que me falla la paciencia, que me desespero por verlos mal pero que a la vez, me irrita toda la situación, me pongo quejosa, me peleo más con mi marido, me angustio por tener que faltar al trabajo... en fin, creo que no soy la mejor madre en estos días ni mucho menos. En ese sentido, ser madre por segunda vez me ha dotado de algunas herramientas porque lo cierto es que mi hijito menor se ha enfermado con mucha frecuencia, sobre todo desde que asiste al jardín maternal. Pasó por todas las "-itis" que me acuerde... dos bronquiolitis, faringitis varias, otitis, conjuntivitis, neumonitis (¡en las vacaciones de verano!), dos gastroenteritis... justamente por estos días está cursando la segunda. Fiebres indeterminadas, tos, mocos, más una alergia al pescado que en su momento confundimos con una eruptiva (las únicas de las que viene zafando hasta ahora, toco madera).
Esperando que le haga efecto el inyectable.
El sábado pasado tuvimos que llevarlo a una guardia porque se puso mal, pero mal de golpe, y terminó vomitando todo ahí mismo, en la sala de espera. Hasta que no comprobaron que el inyectable funcionaba y que el gordo toleraba los líquidos, no me lo dejaron traer a casa -lo bien que hicieron, ya sé que la deshidratación en nenes chiquitos puede ser muy seria. Y acá estamos desde entonces. De a ratos le sube fiebre, de a ratos mejora y come con apetito las comiditas de dieta que le preparo: por suerte adora el arroz y la manzana rallada. De a ratos lo veo un poco más contento, con ganas de jugar, pero después se convierte en una suerte de koala de 12 kilos que se me cuelga encima lloriqueando y no me deja ni para que yo pueda ir al baño.
Me pone triste verlo apagado, molesto o chinchudo. Sufro pensando que él sufre. Me siento culpable por no poder dedicarme un poco más a Dani, que se lo viene bancando como una duquesa. Y también por dejar de ir a trabajar tantos días.
En esas estamos. Y quiero creer que, una vez más, esto va a pasar pronto. Que es cuestión de unos días más. Que no es grave. Otros papás y mamás no pueden decir lo mismo.

Entonces, en este panorama, ¿qué carajo podría haber de bueno? ¿Existe alguna ventaja en que nuestros hijos se enfermen? No sé si exactamente se pueden llamar ventajas, pero mientras espero que Quiqui se cure y nuestra vida cotidiana vuelva a su caótica normalidad, se me ocurre tratar de enfocarme en lo siguiente:
- Es bueno que, estando un hijo enfermo, yo pueda proporcionarle ese soporte emocional -¡y físico!- que tanto reclama. Si lo reclama es porque lo necesita, ni más ni menos. Si pasamos 5 horas en una clínica esperando que el gordo tolere líquidos y dos de esas horas pudo estar durmiendo, es porque yo lo tenía en brazos.
- Es bueno que las enfermedades comunes y benignas de los niños los fortalezcan, y esto se nota en el hecho de que cuanto más grandes, menos se enferman y menos días están enfermos cuando les toca.
- También es bueno que nos fortalezcan a nosotros, sus padres. La enfermedad de un hijo nos ayuda a aceptar las cosas que no podemos cambiar a la vez que a dar cuerpo y alma para mejorar lo que sí se puede. Nos ayudan a posponer nuestras propias necesidades y a darnos cuenta del profundo e incondicional amor que sentimos hacia esas criaturas, si podemos amarlos incluso en la convalecencia, cuando más insoportables se ponen...
- Lo mejor de que los hijos se enfermen es -obvio- que después se curen. Y cuando se curan, los valoramos más que nunca: su sonrisa después de que pasó el pinchazo, las ganas de jugar, de correr por la casa y de escalar muebles, su buen apetito, las siestas que ahora sí vuelven a dormir de corrido, las peleas entre hermanos o las cenas familiares compartidas.

Espero que pronto se pasen estos días y que esta enfermedad del gordo sea solo una anécdota más para su larga listita de -itis.
Mientras tanto, escribo.
Mientras tanto, aprendo.

lunes, 7 de mayo de 2018

Sobre lo incondicional del amor

No es secreto que me encanta leer sobre maternidad: libros, artículos, foros, otros blogs... A esta altura del partido, son pocos los textos que me sorprenden o me dicen algo muy diferente de lo que haya podido aprender de mi propia experiencia, pero de todas maneras, leer a otras madres -y a otros padres- me hace sentir acompañada. Es como una charla de café con amigxs con hijos. 
Ya sé, es la clase de libro que mi yo cínica de 20 años
se hubiera pateado a sí misma por leer...
Y bien, hace poco leí un libro que me gustó mucho, y que me dejó pensando. Hace casi un mes que lo terminé, y creo que estoy en condiciones de afirmar que este libro en particular -que no es ni por casualidad el mejor escrito o el más apasionante que haya leído- me cambió el modo de vivir una parte muy importante de mi maternidad.
El tema central sobre el que giraba el libro era el amor incondicional. Su tesis, que nuestros hijos necesitan que los amemos así, sin condiciones. Que les permitamos ser lo que elijan ser. Que los acompañemos, sabiendo que se trata de su historia, no de la nuestra. "No se trata sobre vos", le dijo a la autora su hijo Raiden. Y ella a lo largo del libro nos recuerda constantemente esa frase, y cómo la marcó.

Hasta acá nada nuevo bajo el sol, ¿cierto?

Bueno, para mí no tan cierto. Me entré a preguntar si realmente soy capaz de dar a mis hijos esta clase de amor, el amor incondicional. Y si es así, si se los estoy demostrando. Spoiler alert, comprobé con un poco de esfuerzo que la respuesta a la primera pregunta es que sí. Pero con asombro, con dolor y con una sensación creciente de urgencia, que la respuesta a la segunda pregunta es que no, no lo demuestro lo suficiente.
Comencé por preguntarme si de verdad los amo incondicionalmente a ellos, a Dani y a Quiqui. Es fácil amarlos cuando los veo sentaditos en el sillón del living viendo la tele, ella dándole un beso y un abrazo a su hermanito y diciéndole "vos sos mi Pocoyó". Es fácil amarlos cuando se quedan dormidos y tienen esa expresión en sus caritas tan idéntica a cuando eran bebés. Es fácil amarlos cuando con su papá salimos los cuatro de paseo y los vemos correr detrás de una pelota, muertos de risa. En cambio, no es tan sencillo amarlos cuando, después de pasarme una hora en la cocina, Dani me dice "¿sabés lo que es esta comida? ¿vos conocés la palabra as-que-te?", o cuando Quiqui se tira al suelo haciendo un berrinche y cuando trato de alzarlo en brazos, me revolea los anteojos de los que todavía no pagué la primera cuota... e imagino que no será fácil amarlos cuando atraviesen la adolescencia y tomen decisiones equivocadas. O cuando sean adultos y voten a la derecha, en fin. Amarlos en esas circunstancias puede que sea difícil, pero no amarlos o dejarlos de amar... no me cabe duda, es directamente imposible.

Por ahora vamos bien. Los amo sin condiciones. Ahora, ¿se los sé transmitir?

Me toca muy de cerca el tema, porque a mí me llevó muchos años sentir que mis padres me amaban incondicionalmente. No quiero decir que ellos no lo hayan sentido o que no lo hubieran expresado, pero por mucho tiempo yo fui la hija mayor de manual de psicología: seria, responsable, buena alumna, obediente... ¿Me sentía amada? Sospecho que no todo lo que hubiera necesitado. Cuando tenía 16 años salió en una sesión de terapia una idea que tenía mucho peso en mí: es cierto que mi mamá y mi papá me amaban por ser su hija, pero además me tenían que amar más aún por ser buena y no dar problemas. Me llevó bastante análisis desechar esta idea absurda y admitir que los padres aman a los hijos por ser hijos -y punto.
¿No aprendí nada de mi propia experiencia? Capaz que no lo suficiente. De alguna manera, me da la sensación de que Dani creció igual que yo: ella también es una nena mayor bien de manual. Y hace poco, de nuevo a partir de la lectura del libro de Amber Brogly del que hablé más arriba, tuve con mi chiquita de 5 años una conversación que me sacudió bastante los cimientos. Fue así. Yo comencé diciéndole que trato de ser la mejor mamá posible, aunque a veces me equivoco, y ella me dijo "pero mami, ¡vos nunca te equivocás!". Tarjeta amarilla: veo que transmito esa imagen inalcanzable de supermadre que no soy ni quiero ser. Siguiendo con la charla le digo que siempre la quiero, y que siempre la voy a querer. Y ella me responde: "bueno, no siempre, cuando me porto mal no, me querés cuando me porto bien". Tarjeta roja, definitivamente no estoy logrando transmitirle el amor por lo que ella es sino por lo que ella hace -o peor, que hace bien.

Se me parte el alma. Comprendo que tengo que hacer algunos cambios de inmediato. Lo estoy intentando desde entonces.

¿Cómo condicionamos el amor hacia los hijos? De muchas maneras, pero creo que por mi parte lo hago con las expectativas: espero mucho de ellos, y se los hago notar. "Esta nena es brillante con los números", "este chico va a ser músico como el padre". Aunque se trate de afirmaciones que yo considero positivas, ¿qué pasa si no coinciden con lo que mis hijos esperan de ellos mismos? ¿No los estoy condicionando a ser como yo espero que sean?
Por otro lado, si bien los chicos necesitan límites, creo que estoy equivocándome en la manera de marcarlos. Soy demasiado dura con ellos a veces. Si bien puede que les esté proporcionando pautas correctas y útiles, me doy cuenta de que no les estoy dando suficiente ternura y contención. Tengo que ser un poco más cariñosa, un poco más expresiva, un poco -un mucho- más paciente y comprensiva. No es un equilibrio fácil. 

Pero no me cabe duda de que es fundamental. En definitiva, el amor hacia los hijos, si no es incondicional, no es verdaderamente amor. Y sí, yo sé que los amo sin condiciones.
De un tiempo a esta parte, he decidido que no tengo ninguna tarea más importante de asegurarme de que ellos lo sepan también.

domingo, 1 de abril de 2018

Mis problemas con la edad bisagra

Mi hijo menor, con un año y medio, ha dejado atrás la etapa del bebito indefenso sin entrar aún en la del nene independiente que vaya al baño solo, se quede a dormir en lo de los abuelos y haga planes en casa de amigos. Está terrible. Todavía no habla y hace tremendos berrinches cuando no consigue hacerse entender -pocas veces- o cuando sí se hace entender pero no consigue lo que quiere -muchas, muchas veces. No tiene la más mínima noción del peligro, lo que me hace tener que vigilarlo permanentemente. A veces, tampoco esto sirve para nada. Como cuando delante de mí se paró en una silla y en una fracción de segundo, se apoyó en el respaldo y se fue de cara al suelo. Ojo ensangrentado, guardia de urgencias, taquicardia (mía). Dos semanas después, yo todavía tenía pánico de sacarlo a jugar a la plaza.
Un segundo de descuido y...
No la estoy pasando bien. A veces siento que me quedo sin resto. Que no doy más. Que quiero que crezca de una maldita vez. Que hable, y no como un Pokemon. Que entienda que la ley de gravedad se cumple indefectiblemente. Que las cosas calientes lastiman, que las cosas puntiagudas pinchan. Que las cosas filosas, ¿a que no saben? sí, cortan. Y que mamá no siempre tiene tiempo ni ganas de hacerle upa.

Me siento muy egoísta. Pero extraño mucho, muchísimo, mi independencia. Poder salir sola con mi marido, poder ir al cine... Igual tengo que admitir que bastantes cosas mejoraron de un tiempo a esta parte. Por ejemplo, algunas noches el gordo consigue dormirse de corrido, y en su habitación, durante 8 o 9 horas. Eso es una mejora drástica comparada con los meses y meses de dormir en tandas de una hora y media o dos. 

Está clarísimo. El problema no es Quiqui. Quiqui es un saludable nene de casi un año y medio, está pegote y demandante, no sabe jugar solo aún, y lo que le pasa es completamente normal. Lo peor es que YO no me soporto. No me gusto como madre. No me gusto para nada en esta etapa. Me siento una porquería. Pierdo la paciencia con facilidad, a veces le grito, y siempre termino sintiéndome fatal. Y no es la primera vez. Me pasó algo muy parecido con Dani cuando ella tenía esta edad bisagra. Evidentemente, no soy buena con los chicos chiquitos. Puedo criar a un bebé de teta, y me llevo bárbaro con una nena en edad preescolar que conversa, hace preguntas y juega juegos de mesa. Me cuesta demasiado sobrellevar el día a día con un enano kamikaze que todavía carece del más mínimo autocontrol. Pero, ¿quién debería poder lidiar con la situación, mi hijo o yo? 
Lo sé: le estoy fallando. Estoy fallando.

Todos me dicen que hay que disfrutar de cada momento de la infancia de nuestr@s hij@s, que se pasa demasiado rápido. Y lo estoy viviendo en carne propia con Dani, que ahora que va doble turno al cole pasa más tiempo fuera de casa que en ella. ¿Por qué no puedo aprender de mi propia experiencia esta vez? ¿Por qué no me sale aprovechar esta época de la vida de mi chiquito, disfrutar de sus últimos balbuceos y de sus aprendizajes? ¿Por qué tampoco para esto me sirve ser una mami reloaded? 

martes, 6 de marzo de 2018

A ser feminista también se aprende

Nadie llega a ser madre sabiéndolo. Aún con más de cinco años de experiencia, me considero una aprendiz. Sin ir muy lejos, un rato antes de sentarme a escribir esta entrada, estuve en la guardia pediátrica con Quiqui, que se acababa de caer de una silla delante de mis narices, se abrió un párpado y se le puso todo el ojito morado. Y yo estuve ahí. Y no lo pude proteger ni atajar. Y ahora, aunque sé que está bien, tengo que lidiar con la culpa de verlo convertido en el Rocky Balboa de la salita de deambuladores.
Es que la maternidad es un aprendizaje que nunca se completa. Que creemos que será fácil, que llenamos de imaginarios "yo nunca-nunca" que después nos causan gracia. Desde chiquitas crecemos con una construcción mental imaginaria de la madre perfecta -a veces, proyectamos esa perfección en la madre real que nos tocó en suerte, hasta que llegamos a la adolescencia y nos despachamos con que mamá es un ser humano imperfecto más. Absorbemos lo que una madre debería llegar a ser a través de las publicidades, la televisión, los estereotipos... la realidad que nos llega después es una pared con la que nos chocamos y terminamos abolladas.
Y no es casualidad que empiece hablando de maternidad para llegar al tema que me interesa hoy, que es el feminismo. De hecho, la presión por ser madres perfectas (o la presión por ser madres, punto), el ideal de madre todopoderosa que puede atajar todo (hasta la caída de un chiquito inquieto de 17 meses contra el suelo), la imagen de mujer multitasking que puede con la familia, la carrera, la casa y mantiene un físico espléndido, todo junto... también son trampas del patriarcado para someternos. Para hacernos sentir que nada de lo que hagamos alcanza. Para que, ocupadas en competir y en criticarnos a nosotras mismas, no reparemos en un sistema que nos somete.

Ya lo dije en alguna ocasión, no considero que la lucha sea entre varones por un lado y mujeres por el otro. Voces expertas pueden explicar mucho mejor que yo por qué el feminismo implica también una libertad para los hombres (1). La lucha es entre los defensores de un antiguo orden y los que creemos en la necesidad de instaurar uno nuevo. Lamentablemente, en el primer bando se cuentan muchas, muchísimas mujeres. Son tantas las que sostienen que el feminismo no las representa porque ellas creen en la igualdad, o porque tienen un hijo varón al que quieren con toda el alma... ¡Y yo también, alguna vez, fui una de ellas! Me da bastante vergüenza admitirlo, pero puedo recordarme adolescente, cuestionando a mi hermana por usar maquillaje y ropa ajustada y después quejarse de que le gritaran cosas por la calle. O asociando la palabra "feminista" con algo negativo, por ignorancia, creyendo que se refería a "machismo" a la inversa, incluso al escribir un texto a propósito del Día Internacional de la Mujer. O usando expresiones cotidianas sin darme cuenta, del estilo "mi marido ayuda en casa".

A ser madre se aprende. A ser feminista, también. Desde unos años a esta parte, cuando comenzó el movimiento #NiUnaMenos pero sobre todo desde que me enteré de que iba a ser madre de un hijo varón, comencé a interiorizarme más sobre el tema. A leer sobre el feminismo, a tratar de comprender de qué se trata. A construir argumentos que me permitan justificar con solidez mi visión y mi postura. Pero sobre todo, a tratar de estar más atenta a los micromachismos de la vida cotidiana, a combatirlos y a denunciarlos. Sobre todo cuando vienen -ay- de mi parte. Sigo aprendiendo. Y la mejor manera que encuentro de aprender a ser feminista es leyendo (2), viendo videos, charlando con otr@s feministas, participando, yendo a las marchas.
Tengo 36 años. No soy una feminista perfecta ni mucho menos. Ni tengo todo re-claro. Ni coincido cien por ciento con todos los reclamos del colectivo, que se caracteriza por su pluralidad. Pero hoy sí puedo decir que tengo una postura tomada. Que me interesa criar hija e hijo feministas por igual. Que quiero despertar estas inquietudes en mis alumnos y en personas de mi entorno. 

Y que no puedo dejar pasar un 8 de marzo sin escribir unas palabras al respecto.


(1) A propósito, los invito a dedicarle 30 minutos de su día a esta conferencia imperdible de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie.

(2) Un libro que me sirvió mucho para conocer más del tema es Bad feminist, de la escritora haitiana-estadounidense Roxane Gay. Se puede conseguir traducido pero cuesta bastante, es mejor bajárselo para leer en el Kindle.

jueves, 1 de marzo de 2018

Doble escolaridad: del "yo nunca-nunca" a la mejor opción

Llega marzo, y con el final del calor con un lorca más insoportable que en febrero volvemos todos a las aulas. Hoy empecé como maestra un nuevo ciclo lectivo, lo que siempre me trae alegría y un entusiasmo renovado porque me encanta estar con mis alumnos y compartir el día a día, más allá de que la coyuntura política insista en despreciar y en menospreciar nuestra labor.
Literalmente, ¡me dio la
espalda todo el tiempo!
Pero hoy no quiero hablar de mí, hoy quiero hablar de mi hija mayor que empezó su preescolar. Hoy fue un día feliz, verla sonreír y abrazarse con sus amigos -con los que viene acompañándose desde salita de 2. Escuchar sus intervenciones en voz alta (y qué caudal de voz tiene la peque) durante la formación en el patio. Sonreír pensando en que mal no le vendría media pastillita de Rivotril mezclada con el Nesquick para que baje un cambio. Sacarle fotos en las que no salió mirando a la cámara porque ni para eso me dio bola.

Y, a la vez, no deja de ser un día agridulce. Tengo esa sensación de lo rápido que se pasa el tiempo y cómo se escurre su infancia entre mis días. Si ya venía sintiendo esto de que sus horas dejaron de pertenecerme, ahora que va a concurrir doble turno al jardín, menos que menos. Saco la cuenta y veo que, quitando el desayuno y la caminata al cole, vamos a pasar separadas el doble de horas de las que la voy a tener en casa. Y un poquitito se me estruja el corazón. "Qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti...."
Allá por la prehistoria, lo que desde mi punto de vista es cualquier momento previo a convertirme en madre, siempre sostuve que "yo nunca-nunca" mandaría a mis hijos a doble escolaridad. Será porque el único año que yo cursé con esta modalidad -cuando tenía 12 años- fue una verdadera pesadilla. En mi caso, lo terrible no fue la jornada larga en sí, sino ser nueva en el último año de primaria, hallarme entre una jauría de feroces preadolescentes que se maquillaban, besaban en la boca a sus noviecitos e iban a bailar mientras yo venía de un verano de paseos en bicicleta y -glup- todavía jugar a las Barbies... Pero bueno, el hecho de pasar tantas horas en la escuela a merced de estas criaturas impiadosas no ayudó. Como sea, me dije que si un día tenía hijos, iba a ser para pasar mucho tiempo con ellos, y no para "sacármelos de encima" mandándolos tanto tiempo al cole.
Crecí, hice un secundario de jornada prolongada pero no doble, y fue genial. Aún sin asistir a colegio bilingüe, aprendí inglés y computación, lo que reforzó mi convicción de que realmente no es imprescindible el colegio del jumper y el escudito verde para tener futuro en la vida. Crecí, conseguí trabajo en un jardín carísimo bilingüe, vi a chicos de la edad que ahora tiene mi hija sufriendo estrés por tener que dar exámenes de ingreso (!) para conseguir vacante en uno de esos colegios exclusivos de zona norte, y me juré y me repetí una vez más que no, que "nunca-nunca" iba a inscribir a un hijo mío en un doble turno.
Y viene la vida, y vienen tus hijos, y vienen los tiempos que corren, y todo se conjuga para tirar de culo tus convicciones. En mi caso, tanto mi marido como yo nos dimos cuenta de que el doble turno es la mejor alternativa por varios motivos. 
- Por un lado, porque la propia manera de ser de Dani hace que las tardes con nosotros se le estén haciendo chicle: no hay mucho espacio en casa para desplegar la imaginación jugando sola, duerme pocas horas (no hace siesta desde los tres años y medio), ocupa su tiempo con televisión o computadora, se aburre hasta que finalmente Quiqui despierta y los podemos llevar un rato a la plaza. 
- Por otro lado, la infancia de Dani no es la mía: no hay jardín de la abuela ni de casa, no hay veredas donde ir a andar en bicicleta, no hay una hermana de la misma edad con la que jugar sino un hermanito chiquito que necesita silencio a la hora de la siesta. Sí hay un espacio lúdico y de aprendizaje lleno de chicos con los que pasar el día aprendiendo y descubriendo nuevas experiencias. 
- Finalmente, también ayuda haber encontrado el colegio. Yo trabajo ahí desde hace años, me gusta tanto la institución que decidí elegirla también como escuela para mi hija. Ni nombre en inglés, escudito verde ni jumper. Sí hay un buen nivel de inglés (pero no más carga horaria que de castellano), club, pileta de natación, taller de yoga, ajedrez toda la primaria, teatro y un clima de familiaridad, compañerismo y contención. Un grupo de padres con el cual me siento cómoda y en el que ya he encontrado amigas nuevas. Maestras muy distintas entre sí, pero todas amorosas, dedicadas y a las cuales mi hija adora año tras año. 
Solo se dio vuelta para decirme
"chaaaau, mami!!!"

Entonces, estoy segura de que en el caso de Dani, ir a preescolar mañana y tarde va a ser la mejor opción, y no solo en el sentido de lo mejor posible, sino realmente lo que ella más quiere y lo que le va a resultar más enriquecedor. De todas maneras, estamos abiertos a escucharla. Si la notamos muy cansada o pierde el entusiasmo pronto, todavía se puede recalcular. Pero, conociéndola como la conozco, lo dudo mucho. Creo que el ofrecerle ir solo algunas veces por semana, o volver a comer a casa determinados mediodías, responde más a mi necesidad que a la de ella. Sé que la voy a extrañar a mi chiquita grande.
Mientras tanto, el gordo gana algunas horas de exclusividad que le van a venir bárbaras. Hijito menor que le sigue el trote a la hermana grande, está buenísimo que pueda estar algunos ratos solo conmigo, comer a su ritmo, ir a jugar a la plaza a juegos de su tamaño y no a las trampas mortales que explora cuando vamos con la acróbata de cinco años. Y creo que puede ser una buena oportunidad para compartir esos momentos con mi chiquito chico.

¿Qué opinan de la escolaridad doble turno? ¿Responde más a una necesidad de los chicos, o de nosotros los padres? ¿Y hay algún "yo nunca-nunca" que hayan dicho como madres o padres del cual después se hayan arrepentido?

domingo, 31 de diciembre de 2017

Pequeño homenaje a mi abuela, una madre que me enseñó a ser madre

Hoy se termina el año, y como todos los 31 de diciembre, además de los clásicos replanteos y objetivos para el año próximo, dedicaré buena parte del día a recordar con amor y con nostalgia a mi abuela paterna, María. Los 31 de diciembre eran, además de Fin de Año, su cumpleaños. Y aunque hace nueve años que ya no está en este plano terrenal, sigue tan presente en mis sueños y en mi memoria. Hoy me resulta imposible no rememorar todos los festejos de Año Nuevo de mi infancia junto a ella.
Este año le dediqué estas palabras el día del aniversario de su muerte:

Nueve años de extrañarte cada día. Nueve años de pasar frente a esas plantas de florcitas celestes pegajosas y recordarte con ellas enredadas en el pelo. Nueve años del que fue el día más triste de mi vida.

Te sueño, te recuerdo como si hubiéramos hablado ayer por teléfono por última vez. Le hablo a mi hija de vos y se me estruja el corazón porque no te llegó a conocer. Les hablo a mis alumnos de vos y sonrío, pero todavía siento ganas de llorar porque no estás. Hoy justo celebraron en el cole la fiesta de los inmigrantes, ¡cómo no pensar en vos y en todas esas historias que me contaste alguna vez!
Me hacés muchísima falta, abuela María!!! Me gustaría contarte tantas cosas, pedirte tantos consejos (y recetas de cocina), saber tu punto de vista sobre tantos temas, hacerte tantas preguntas que no te llegué a hacer.

Te quiero tanto!!!
Recuerdo con mucho cariño miles de momentos de mi niñez y mi adolescencia compartidos con ella: las tardes en la pileta del jardín de su casa junto con mis primas y mi hermana, las meriendas con las que me recibía cuando volvíamos del colegio (que, a pedido de mi hermanita, a veces incluían platos extraños como sopa de fideos cabello de ángel... a las cinco de la tarde!), los juegos que hacíamos en su casa. Pero hoy no extraño mi infancia. Hoy la revivo de a ratos viendo jugar a mis chiquitos. Hoy, como cada día, extraño muchísimo a mi abuela María. 
Y siento que buena parte de lo que soy como mamá lo aprendí viéndola a ella. Y que, si a veces me pesa la soledad y necesito con desesperación recurrir a alguien mayor en busca de consejo y de experiencia, su voz sería precisamente la que necesitaría escuchar. A veces se me cruza su imagen y vuelvo a escucharla contándome tal o cual anécdota de cuando le tocó criar a mi papá y a mis tíos. Y mucho más, me acuerdo de sus cuidados, de su ternura, de la rutina a la hora de dormir cuando nos quedábamos en su casa, de las oraciones con las que rezaba y de su voz cantando en ruso palabras que yo no entendía. Cómo me hubiera gustado que mis hijos también la conocieran. Pero algo de ella les llega, estoy segura, en la mamá que yo soy.

Esta noche brindo por ella, claro, brindo por todos los recuerdos compartidos, brindo por otras mamás que también me enseñan (como mi propia mamá, una abuela que mis hijos disfrutan como yo disfruté de la mía), brindo por mi compañero de todo este viaje y, por supuesto, por mis dos pollitos.

¡Feliz 2018 para ustedes que me están leyendo!

martes, 19 de diciembre de 2017

Cumpleaños y replanteo de resoluciones

En este blog he hablado de los cumpleaños de mi hija mayor, del de mi Quiqui, hasta del de su papá, pero el mío como que pasa desapercibido. Como me ocurre en la vida fuera de la pantalla, desde que soy mamá ya mucho que no le doy bola. ¿Será porque después de los 30 dejó de entusiasmarme soplar las velitas? No, creo que en realidad es porque llego tan cansada a esta época que no tengo ganas de ponerme a organizar grandes planes, en especial cuando hace una semana atrás estábamos festejando el de Dani y dentro de una semana más, estaremos en plena Navidad.
¡Me la paso soplando velitas!
Pero esta fecha no me pasa desapercibida. No me da lo mismo estar cumpliendo los 36. Me gusta mucho que sea mi cumpleaños aún cuando no tenga demasiadas ganas de planificar un gran festejo. Me entusiasma que vengan mis amigos y mi familia a visitarme. Y me pega bastante descubrir que ya pasó otro año, que ya tengo que añadir el "todavía" a la frase "soy joven". Dani lo soltó la otra vez en un almuerzo: "Mami, papi, ¿están empezando a hacerse viejitos?"

Esta vez se me ocurrió revisar aquella lista de resoluciones que armé hace casi un año y me doy cuenta de que el tiempo no pasó en vano: algunas las cumplí al pie de la letra, otras no tanto, otras para nada, pero me sirvieron para aprender y para tratar de mejorar la puntería cuando haga falta. Por ejemplo...

FAMILIA: Juego bastante con mis hijos (aunque no me pongo el reloj con eso de los 30 minutos diarios). Descubrí que un buen momento es cuando el papá da sus clases particulares de los viernes. Me encierro con los nenes en su cuarto y no tengo nada más que hacer que verlos jugar y compartir sus juegos. No hicimos tantos paseos especiales como me hubiera gustado, pero ahí el que nos falló este año fue nuestro viejo autito... y aún así, pudimos hacer algunos lindos. Lo que todavía no consigo es leerle un libro entero al gordo: ¡lo manotea antes! 
PAREJA: Salimos solos una vez al mes  por semestre. Y no, no es fácil todavía encontrar ratos para nosotros. Este año funcionamos más que nunca como team mom&dad. Estamos los dos agotados por la falta de sueño y la falta de plata. Creo que la buena noticia es que seguimos casados. Si no nos divorciamos hasta ahora, creo que somos irrompibles, ja.
TRABAJO: Excelente. Creo que fue el mejor año de mi vida en lo laboral. Cumplí con todos y cada uno de mis objetivos. Solo necesitaría ganar más plata.
AMIGOS: Igual que los ratos de juego con mis hijos, no cumplí con la frecuencia aunque creo que sí con la calidad. 
SALUD Y BELLEZA: Otro objetivo logrado fue el de sostener la natación durante todo el año. ¡Estoy orgullosa de haberme propuesto mantener el ejercicio y no haberlo dejado! Me encanta ir a nadar, es un rato para mí. Además, recuperé mi peso de antes de quedar embarazada... y comiendo chocotortas, debo decir. Así como puedo sostener la actividad física, para las dietas no tengo ninguna voluntad. Prefiero entrenar más y seguir comiendo lo que me gusta. Y ya no me siento una mamá zaparrastrosa.
VOCACIÓN: De nuevo, la escritura profesional se come a la escritura por placer. No hubo taller literario este año... aunque sí pude seguir escribiendo en este espacio, y eso también vale.

Todavía no me tracé objetivos muy claros para 2018. Pero estoy más que contenta con los objetivos que sí pude cumplir antes de mis 36. 

Y ahora sí, ¡feliz cumple para esta Mami Reloaded! ;)

viernes, 8 de diciembre de 2017

Cinco años: maternidad de madera

Malísimo el título, pero lo importante es destacar lo importante de esta fecha: hoy hace cinco años que me convertí en mamá. Hoy Dani vivió un día precioso junto a nosotros y sus abuelos y tía, sopló sus velitas, abrió preciosos paquetes y recibió muchísimos mensajes de familiares y amigos. Además aprovechamos la fecha para decorar la casa con adornos navideños. Y ahora espera con ansiedad, dentro de unos días, la fiesta prometida con todos sus compañeritos del jardín.
Pero esta vez quiero escribir sobre lo que para mí significa esta fecha. Desde hace cinco años, vivo los cumpleaños de mis hijos con más intensidad que cualquier otro día -ni qué decir de mis propios cumpleaños, que por ser algunos días más tarde que los de ella, pasan medio desapercibidos. Espero yo también estas fechas con entusiasmo, y verlos disfrutar a ellos representa todo para mí. Pero también es un día importante en lo personal, porque convertirme en mamá me cambió la vida para siempre, en todo sentido, y más profundamente de lo que me hubiera imaginado. 
No es fácil. A veces todavía puedo sentir un poco de nostalgia por mi vida anterior, extrañar las salidas en pareja y poder ver los estrenos en el cine, las largas juntadas con mis amigos sin mirar el reloj ni sentir que le estoy sacando horas al sueño... ay, el sueño, poder dormir algunas horas de corrido, despertarme después de las 6 y media de la mañana, especialmente si es feriado o domingo (Quiqui, gordo, te estoy hablando a vos). 
Cuando mi mamá me ofreció sacar esta foto frente
al "Monumento a la madre" le dije "yo
justamente no merezco ningún monumento..."
Peor aún, a veces siento que no puedo. Que mamá "no da más". Que no aguanto otro fin de semana en la guardia de la clínica porque el gordo cayó con algo que pescó en el jardín maternal. Que voy a prenderle fuego al auto si se rompe una vez más. Que en cualquier momento el cuerpo me dice "basta" y caigo comatosa durante un año y medio, para recuperar todo el sueño atrasado. Que no sirvo para esto, que lo hago todo mal.
Pero por suerte esta horrible sensación no dura. La mayor parte del tiempo siento que ser mamá es todo. Todo lo que hice bien en la vida. Toda mi huella, mi legado. Que el mundo es un lugar más lindo porque mis hijos están en él, y no solo para mí y para su papá: las muchas manifestaciones de afecto que mis chiquitos despiertan a diario, las amistades que Dani se supo ganar, la ternura que generan en quienes los conocen, me hacen saber que ellos dos alegran muchas vidas, no solamente las de sus padres. 
Y respecto al cansancio -que también está incrementado por la época del año, como nos pasa a todos- me doy cuenta de que mamá siempre tiene más para dar. Se me pueden agotar la paciencia, la energía, la imaginación, la escucha, la tolerancia... pero el amor, eso sí que no se agota. De eso sí siempre queda algo más para dar. Y del amor este tan incondicional que las mamás sentimos por nuestros hijos vuelven a resurgir, cual ave Fénix entre sus cenizas, la paciencia, la energía, la imaginación y todo lo demás. Porque nuestros hijos nos necesitan. Y porque nosotras también los necesitamos a ellos, los necesitamos felices y bien.

Dani, te doy las gracias por enseñarme día a día a ser mamá. Por ser mi compañerita. Por las gelatinas y las galletitas que cocinamos juntas. Por los cuentos, los besos y abrazos y las oraciones a la hora de irte a dormir. Por las carcajadas que le arrancás a tu hermano. Por tu picardía, tu inocencia y tu curiosidad.
Aunque hoy no sea tu cumpleaños, Quiqui, a vos también te doy las gracias por esta segunda oportunidad de aprender, de seguir aprendiendo. De ejercitar en esta etapa más que nunca la atención y la paciencia. Por tu brillo en la mirada, por tu cabecita apoyada en mi hombro cuando te abrazo, por escucharte decir "mamá" y buscarme con tus bracitos levantados hacia arriba.

Y perdón por las veces en las que les fallo, en las que no puedo, en las que no les devuelvo la sonrisa o no tengo paciencia para decirles las cosas de mejor manera. Prometo seguir aprendiendo junto a ustedes. Compréndanme: llevo solo cinco años en este oficio, me queda mucho por mejorar. 
Pero tengo todo mi futuro por delante para seguir haciéndolo. 

Soy, desde hace cinco años y para toda mi vida, mamá.

sábado, 28 de octubre de 2017

Querer darles lo mejor

Me lo dijo alguien que fue padre poco antes de que yo fuera madre: "vas a ver que cuando nazca tu hijo, vas a querer darle todo lo mejor". Lo dicen las publicidades de mayonesa, de leche de fórmula, de productos de limpieza. Es una de esas frases hechas que aparecen en los foros y en los libros sobre maternidad y que repetimos sin cuestionarnos demasiado si son ciertas o no.
No se asusten, no me voy a poner en rebelde y sostener que NO, que a los hijos NO hay que darles lo mejor, de lo mediocre es más que suficiente para que se vayan acostumbrando a este mundo de mierda difícil... Yo también creo que, como mamás, como papás, tenemos que intentar darles lo mejor de nosotros.

Lo que pasa es que:
1) No todos tenemos la misma idea de qué significa lo mejor. 
2) Lo que sabemos o pensamos que sería lo mejor a veces no es lo posible. 
3) Nuestros hijos pueden no estar de acuerdo con nuestro criterio.
y 4) Lo que a veces es, de verdad, lo mejor para nuestros hijos, no es lo mejor para nosotros. Y acá la maternidad y la paternidad pueden ponerse complicadas.

1) Empecé citando a ese papá conocido mío porque, justamente, muchas veces las ideas que él y yo podemos tener de crianza difieren de manera drástica. No me pasa solo con esta persona: ocurre con tantos otros padres y madres con los que uno se cruza en la vida, así como con otros podemos coincidir en mucho -y esto no implica que necesariamente tengamos razón. Las ideas que tenemos sobre qué necesitan nuestros hijos, cómo criarlos para el mundo, cómo hacerlos felices y cómo formarlos para que sean buenas personas no siempre coinciden, más allá de que todos estemos de acuerdo en el amor que sentimos hacia ellos. 
¡Obvio! Existen diferentes estilos de crianza y una puede identificarse más o menos con uno u otro. Hay distintas formas de manejar ciertas situaciones, desde la alimentación hasta los límites, pasando por los juguetes que elegimos (o no) comprar, la manera en la que festejamos los cumpleaños y la escuela en la que los inscribimos. Y yo que creía tener las cosas muy claras antes de ser mamá. Algunos criterios pude respetarlos con mis hijos; en otras cosas, la vida me dio vuelta como una media y terminé haciendo lo contrario de lo que hubiera pensado. Hoy de lo único que estoy segura es de que no existen recetas perfectas y universales que funcionen con todos los chicos ni para todas las familias.
Porque además, lo que te sirve para un hijo, puede que no te funcione con el siguiente. Ya expuse hace unas semanas que es imposible tratar a dos hijos por igual simplemente porque uno la segunda vuelta no es la misma persona que solía ser.
Esto en principio no tendría que ser un problema si hay respeto y aceptación de que se pueden tener diferentes criterios. ¿Qué pasa si mi mejor amiga solo alimenta a sus hijos con comida orgánica, y yo cada tanto a los míos les preparo panchos? No debería pasar nada. El problema surge cuando juzgamos a otros (a otras mamás, sobre todo) muy duramente. O nos juzgan. Otro problema mayor es cuando la persona con la que diferimos respecto a cómo criar mejor a nuestros hijos es... el otro progenitor.

2) Puede que todos estemos de acuerdo en que la lactancia materna es el alimento más saludable y completo para un bebé. Una mujer que ha tenido problemas para dar el pecho puede estar de acuerdo con esta afirmación, y para lo único que le sirve es para sentirse culpable por no "dar lo mejor". A mí me pasa con el tema del jardín maternal: entiendo que mi bebé de un año se enferma con mucha frecuencia, en gran medida, porque está muy expuesto a los virus de sus compañeritos -a quienes él mismo contagia, a su vez. Tal vez lo mejor no sea que los bebés vayan desde tan chiquitos a una guardería, sino que se queden en casa. Esa alternativa no la tuve ni la tengo. Entonces, acá se trata de aceptar que "lo mejor" se convierta en "lo mejor posible".

3) Acá se juega el tema de los límites. Por citar un ejemplo, puede que mi hija crea que lo mejor que le puede pasar esa tarde es pasarse 3 horas mirando Peppa Pig. Yo sé que lo mejor es limitarle la televisión y sacarla a dar una vuelta al aire libre. Y sé que también es bueno para ella crecer con límites claros. Pero antes de llegar a la plaza, puede que me ligue un llanto y un "mala mami" (después la pasa bárbaro en las hamacas, claro).
El problema es cuando los padres estamos tan cerrados en lo que creemos que nuestros hijos necesitan que no nos paramos a escucharlos y a estar atentos a las necesidades que ellos mismos nos están expresando. Puede que a veces creamos que trabajar muchas horas para tener más dinero y comprar esos pasajes para ir a Disney, para pagar la mejor prepaga o para comprarles zapatillas con luces sea darles lo mejor a nuestros hijos. Pero, ¿qué pasa con las horas, días, meses, que dejamos de sentarnos a jugar con ellos por estar demasiado obsesionados con el trabajo? ¿Qué pasa cuando vienen a mostrarnos un dibujo que hicieron, o a contarnos algo que les pasó en el colegio, y nosotros no les prestamos atención por estar con la cabeza en otra parte?

4) Durante siglos la maternidad se apoyó en el paradigma de la madre abnegada que se saca la comida de la boca con tal de alimentar a sus retoños. La maternidad y el sacrificio fueron usados como sinónimos. Hoy en día por suerte, feminismo mediante, nos animamos a cuestionar esta representación. Y sí, a veces las necesidades de nuestros hijos chocan con las nuestras. Se me ocurre un ejemplo chiquitito: mi hijo de un año se queda dormido -después de un largo rato de llanto- con la cabeza apoyada en mi brazo. Pesa mucho, la mano se me está durmiendo. ¿Saco el brazo, arriesgándome a que se despierte, justo ahora que está tan cómodo?
Volviendo al caso de la lactancia, hay mujeres que tienen leche, sí, pero que no se sienten cómodas amamantando. Que les duele, que les molesta. ¿De verdad es lo mejor para el bebé tener una mamá que le da el pecho angustiada, molesta, solo por culpa? ¿No es preferible alcanzar un equilibrio y tener una alimentación con fórmula pero en manos de personas que se sienten felices y a gusto con este método?
Otro ejemplo. Puede que lo mejor para mis hijos sea tenerme a la hora de dormir todas y cada una de las noches leyéndoles un cuento. La rutina es muy importante para los chicos, y así descansan mucho mejor. Pero alguna vez puede que yo decida salir a comer afuera con mi marido y los deje con otra persona (no pasa seguido, pero espero que cuando crezcan sea más frecuente).
Son estas situaciones que nos hacen cuestionar qué es realmente lo mejor. Por supuesto, no puedo sentirme bien si sé que mis hijos están mal: si mi bebé está con fiebre, no se me ocurre privilegiar mi necesidad de dormir en lugar de desvelarme poniéndole paños fríos en la frente. Si mi hija está llorando porque se peleó con un amiguito no me molesta interrumpir la lectura de una novela justo en la mejor parte. Pero cada vez estoy más convencida de que no puedo ser buena mamá si no estoy bien, primero, conmigo misma. Y esto necesariamente implica que a veces haya que hacer algunas concesiones.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero, ¿qué es lo mejor? Lo mejor, ¿es lo mejor posible? ¿Qué necesitan de verdad nuestros hijos y qué creen que necesitan? ¿Qué necesidades nuestras estamos dispuestos a dejar de lado, y cuáles en cambio son irrenunciables? ¿Verdad que no es fácil?

martes, 26 de septiembre de 2017

A los hijos no se los trata igual

Este mediodía, conversando con la abuela paterna de mis hijos opinábamos sobre detalles de la fiesta de cumpleaños de Quiqui, que ya se viene. Mi suegra insistía en que tengo que preparar un souvenir igual al que hice para el primer año de Dani. "Si ella lo tuvo, él también tiene que tener su recuerdo. A los dos tenés que darles lo mismo". Tal vez en esto tenga razón, no me cuesta nada preparar un imán conmemorativo del primer año de Quiqui, como en su momento hice el de Dani. Ponele que lo haga, siquiera para dejarla contenta a la abuela, que tanto nos ayuda con la fiestita.

Pero de cualquier manera, me quedé pensando y llegué a una conclusión, que va más allá de la fiesta de cumpleaños.
Los dos son mis hijos, pero creo que ellos no tienen
exactamente la misma mamá... (suena la música de Twilight Zone)
Es esta: no es posible darles lo mismo al primero que al segundo hijo. No podemos ofrecerles la misma vida. No sé bien qué ocurrirá en el caso de los padres de mellizos, pero cuando hay un hijo mayor y otro menor, es imposible sortear el factor tiempo.

Por más que lo intentemos, por más que nos esforcemos por ser justos, por más que los amemos a los dos por igual (que es otra frase que suena a verdad absoluta hasta que descubrimos que en realidad es una pelotudez ingenuidad, el amor no siempre se siente con la misma intensidad, que puede ser que uno no tenga un hijo favorito, pero sí momentos favoritos con cada hijo).
Sencillamente, no somos la misma persona con uno que con el otro. No soy la misma como mamá de Quiqui que la que fui como mamá de Dani. Esto no necesariamente es algo malo. Pero sí es ineludiblemente verdadero.

Pasábamos largos ratos jugando
(incluso cuando yo no tenía ganas...)
Con Dani tuve dedicación absoluta. Estaba pendiente de sus logros, de sus expresiones faciales, de sus gestos, de sus necesidades (o de lo que yo interpretaba como necesidades) casi a cada instante. Me preocupaba por estimularla, porque se desarrollara bien como solamente podía hacerlo con el sostén de una madre presente y dedicada (¿autoexigente, yoooo?). Hicimos taller de masaje shantala y asistimos a grupos de crianza. Con todo, no logré disfrutar demasiado de mi primera maternidad, aunque creo que, dentro de todo, ella sí disfrutó de su primera infancia. Me sentía desbordada por la responsabilidad y la sensación de que los días no se pasaban más. 

Con Quiqui desde el primer momento supe que todo pasa. Incluso ahora, que me pesan las noches mal dormidas (se acabaron los primeros meses donde descansaba y dejaba descansar). Sé que en algún momento va a crecer, a madurar y a dormir de corrido. Intento no preocuparme, salvo aquellos días en los que el sueño acumulado se convierte en una vincha de hierro sobre mi cabeza. De cualquier manera, me sorprende lo rápido que se pasó su primer año, que lo cumple en dos semanas. No me quedó más remedio que mandarlo al jardín maternal desde los 5 meses, y poco a poco fui sintiendo menos culpa por eso. A veces puedo pasar (al menos, a ojos de madres de hijos únicos) como una descuidada que lo deja gatear en arena mojada, puede estar una noche sin llamar al pediatra frente a la fiebre, lo observa trepar al sillón del living sin miedo a que se rompa la cabeza, o con un poquito de miedo, pero un mucho de resignación.
Dormir la siesta: uno de nuestros (escasos)
momentos de exclusividad.
Dani se acostumbró desde chiquita a escucharme cantar y a que le leyéramos toda clase de cuentos. Las pocas veces que intenté leerle al gordo, me di por vencida en cuanto empezó a chupetear los libros. Quiqui tampoco tiene una mamá que pase horas del día jugando con él. Pero tampoco padece una madre deprimida y se ha ligado muchos, muchísimos menos retos y desbordes. Pasó más días enfermo en su primer año que Dani en sus primeros tres años. Pero duerme parte de las noches en cama de mamá y papá, cuando con su hermana mayor no nos permitimos el colecho por miedo a que "se acostumbrara". Quiqui pasa menos tiempo a upa porque siempre estoy más ocupada. Pero disfrutó del porteo en fular durante sus primeros meses.

¿Soy mejor madre de Quiqui que lo que lo fui de Dani cuando ella era bebé? ¿Soy peor? Creería que disfruto también más de mi hija mayor ahora, que ya no tiene mi mirada constante. A veces siento que soy mejor como madre de nena que de bebé. No sé. De lo que estoy segura es que soy distinta ahora que antes. A Dani y a Quiqui les tocan vivencias diferentes. En todo caso, si bien no me cabe duda de que ambos necesitarán terapia algún día, creo que será por distintos motivos ☺

Puede que Dani crezca con mucha presión por haberle puesto en su momento un exceso de atención, o que sufra por haberla perdido. Y puede que Quiqui no tenga la atención absoluta de sus padres casi nunca. Que se pegue algún golpe más en la frente -que parece un mapa. Que llore y proteste airado cuando lo dejamos un minuto en la cuna para hacer la comida, o ¡para ir al baño! Pero tiene un premio: una hermana mayor hermosa, que juega con él, lo llena de mimos, lo hace reír y hasta ayuda a cuidarlo de a ratos. Si eso no suma puntos para que su infancia también sea feliz, ¿entonces qué?

"¡Qué susto! Menos mal que voy
con mi hermana mayor..."

domingo, 30 de julio de 2017

Mis no-vacaciones como mamá

Hasta hace unos años, para mí las vacaciones significaban, ante todo, no tener que cumplir horarios: poder dormir hasta la hora que quería, salir hasta tarde o quedarme leyendo hasta que me vencía el sueño, hacer una maratón de series con mi pareja, salir a comer afuera, ir al cine, ni pensar en las responsabilidades... si había que hacer algo en la casa (pongamos, un arreglo de plomería) decíamos "no, esta semana no, que estamos de vacaciones, mejor la semana que viene...". A veces, hasta me aburría de estar sin hacer nada y adelantaba trabajo (!) para mi regreso. En fin, las vacaciones eran el momento de no tener que afrontar responsabilidades.

Y, claro, me convertí en mamá.
Y, claro, aprendí que las mamás no tenemos vacaciones. No, por lo menos, de ser madres.

Ellos sí descansaron (a veces).
Este año, por primera vez con dos hijitos en casa las 24 horas, me di cuenta de que hasta trabajé más que yendo al colegio. Las vacaciones no se sintieron como mías, sino de mis hijos. Los paseos que armamos los pensamos en función a ellos, a sus edades e intereses. Y, bueno, no faltó la enfermedad de turno (Quiqui repitió la bronquiolitis). ¿Dormir? Solo de a ratos, entre nebulizaciones, baños para bajar la fiebre y toses. Y todo se complicó porque nos quedamos sin el auto, que nos dejó a pata por primera vez en estos años. ¿Conclusión? No me alcanzaban las horas del día -ni de la noche- para maternar. 

Pero, a diferencia de lo que hubiera pensado si alguien me lo contaba antes de tener hijos, no fue algo malo. Es una etapa diferente. Se la puede disfrutar siempre y cuando uno no espere que sea algo que no es. Si mis expectativas hubieran estado puestas en largas noches durmiendo, en salidas a solas con mi pareja, en paseos en auto sin horario determinado (¡o fecha!) de regreso... bueno, lo cierto es que estas "no vacaciones" hubieran sido sumamente frustrantes.
Por cierto, los días de lluvia y de frío que me los pasé encerrada en casa cuidando al enano, sabiendo que medio aguinaldo se nos iba en arreglar al auto que tanta falta nos hubiera hecho justo ahora, sin salir más que para hacer las compras... bueno, digamos que extrañé el "descanso" de ir a trabajar y, al menos, cruzar cuatro palabras con otros adultos. Nos quedamos con las ganas de hacer una breve escapada y de disfrutar de más días al aire libre. Lo bueno es que Quiqui se repuso bastante rápido.
En cambio, estas son algunas de las cosas que nos propusimos hacer y que sí pudimos cumplir:

Descubriendo dinosaurios con sus primos.
- Hacer lindos paseos con los chicos: un museo de ciencias naturales, la Feria del Libro, ir a comer afuera los cuatro, cine, mucha plaza y calesita cuando el tiempo y los virus nos lo permitieron... Dani también tuvo un cumpleaños y una invitación a jugar para no extrañar tanto a los amiguitos del jardín.
¡Nada tan divertido
como cocinar juntas!
- Pasar tiempo en casa: Tanto el papá como yo acordamos en que no queríamos que 14 días de vacaciones se transformaran en 14 planes. No hay plata ni cuerpo que aguante. Creemos que estar en casa, jugar, cocinar juntos y hasta aburrirse un poco forman parte de las necesidades de los chicos de 4 años, como Dani. Y cumplimos. En ese sentido, la enfermedad de Quiqui no nos dejó mucha alternativa -aunque por suerte fueron solo algunos días. ¿Y saben qué? A Dani casi no la vi aburrirse: sí la vi dibujar, hacer collages, inventar juegos, ver películas, cocinar galletitas, disfrazarse y bailar.
Una tarde con la abuela
se convierte en un paseo más.
- La importancia de la familia extendida: Algunos días el plan simplemente consistió en visitar a alguno de todos sus abuelos. Dani se quedó a dormir una noche con mi mamá y no sé cuál de las dos lo pasó mejor. También vinieron a visitarnos su tía y su madrina. ¡Solamente el ver una cara querida diferente a la de mamá o papá a ella ya le hace una tarde!
Ver a mis amigos: Pude disfrutar de algunos ratos compartidos con amigos, y también Javi. Por ahí todavía no logramos disfrutar de los encuentros en grupo, pero cada uno tuvo sus espacios y momentos gracias a la ayuda del otro.
- Arreglar la casa: En este momento, cambiar el sillón del living por uno nuevo, o reorganizar el cuarto de los chicos para que tengan más lugar para jugar, no es algo que sea vivido como una tarea u obligación, sino como una inversión en vivir un poquito más cómodos. Así que esto fue un proyecto que nos pusimos para las vacaciones, y que también pudimos cumplir. Las vacaciones se van, la casa arregladita se queda.

Hermosos.
Pero, por sobre todas las cosas, procuré empaparme de estos momentos con nuestros hijos chiquitos. Si ya de a ratos Dani quería estar con sus amigos, no puedo dejar de pensar que de acá a unos años va a haber que sobornarlos para que acepten pasar algunos ratos con nosotros. Por ahora, Papi Reloaded y esta que escribe somos sus ídolos incondicionales, dependen de nosotros para todo y aunque de a ratos esto sea agobiante, también es halagador.

Mañana vuelvo al trabajo. También mi marido. Mañana, Dani y Quiqui vuelven a sus respectivos jardines de infantes. Las no-vacaciones se terminan. ¿Descansé? No sé si es la palabra correcta. ¿Disfruté? Creo que sí. Bastante. Todo lo que pude. Pienso que ver disfrutar a mis hijos, compartir con ellos estos momentos y pasar ratos de a cuatro en casa tal vez sea todo lo que necesitaba para recargar las pilas y empezar bien esta segunda mitad del año.