¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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lunes, 25 de marzo de 2019

Salir a flote

Mmmh... ¿Demasiado literal?
A mi familia y a mí nos toca atravesar un tiempo de cambios. Muchas de estas transformaciones son positivas, tienen que ver con el paso del tiempo y el crecimiento de mis hijos. Algunas resultan dolorosas. Pero todas ellas, todos los cambios, a mí siempre me han costado mucho. Soy una persona estructurada y que se tambalea con facilidad. Tal vez por eso este verano que pasó fue para mí un punto de inflexión en muchos sentidos, una crisis existencial (¿ya cuenta como crisis de la mitad de la vida a los 37 años?) de la que recién ahora siento que empiezo a salir.
Mis hijos empiezan una etapa nueva. Dani comenzó primer grado, con muchísimo entusiasmo y alegría (¡qué bueno!), sigue yendo doble turno y está feliz aunque cansada. Y Quiqui dejó atrás aquel jardín maternal donde tanto me costó enviarlo al principio y donde lo cuidaron muy bien, para comenzar el jardín de infantes en una larga -y si me preguntan a mí, bastante innecesaria- adaptación. Están más grandes los dos. Definitivamente ya no tenemos bebés en casa. Si bien a media lengua, hasta Quiqui conversa con nosotros, nos cuenta historias y "lee" sus libros. Y si bien yo disfruto muchísimo de verlos crecer, es inevitable que de a ratos me invada una pequeña nostalgia por esas épocas que pasaron y que ya no van a volver.

En lo laboral, estoy emprendiendo nuevas búsquedas. Me acordé de que alguna vez fui a la uiniversidad y obtuve mi título de Letras, y me gustaría volver a pasar por congresos y otros cursos. Quiero seguir aprendiendo. Quiero crecer profesionalmente. Pero por ahora, no vengo teniendo novedades. Solo sigo lanzando propuestas y esperando que alguna dé resultados.

En fin, que por un tiempo creí que este blog naufragaba indefectiblemente. Pasé por una crisis personal muy profunda, creo que aún la estoy atravesando, pero empecé a salir. Vengo buscando(me). Vengo lanzando botellas al mar, esperando que la marea me devuelva otra cosa, algo que todavía no sé qué podrá ser. Vengo preguntándome muchas cosas, y respondiendo como puedo. 

Y hoy es un momento tan bueno como cualquier otro para retomar la escritura. 
Otra botella al mar, esperando que alguien la recoja, tal vez en algún tiempo, en una playa muy lejana.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Edipito

Hay un varón alto, de ojos café y escasa cabellera que me mira con devoción. Que quiere dormirse a mi lado cada noche, y que se aferra a mi abrazo para no soltarlo. Cada vez que me ve, me hace saber que sí, que soy la mujer de su vida, que no hay otra tan hermosa ni tan perfecta como yo, y que me va a amar con toda su alma hasta el fin de los tiempos. Y que nada ni nadie podrá interponerse nunca entre nosotros.

Estoy hablando, claro, de mi hijo de dos años.
Lo único quele gusta más que su mamá
son los autos y otros vehículos.
No se me despega, es normal verlo agarrado de mi falda, se sube a upa mío cuando estamos viendo tele o cuando comemos -y ay de mí si quiero cortar la comida tranquila, ¡la sugerencia de sentarse en una silla a mi lado le resulta casi ofensiva! Por la calle ya no usa cochecito, pero muchas veces es difícil convencerlo de que camine porque quiere que lo lleve en brazos -y yo, yo sola, jamás el padre. Cuando finalmente lo convencemos, me dice "NANO" y me agarra de la mano. Llora desesperadamente cuando se da cuenta de que algunas mañanas no seré yo la encargada de llevarlo al jardín, o algunas noches cuando no me toca llevarlo a dormir (nos turnamos con el papá). Por estos días, Quiqui parece estar en pleno auge del conocido Complejo de Edipo. Está "mamero" y "pegote" en criollo, vamos. 

A Dani y a PapiReloaded a veces los desconcierta. Dani me reclama también "¡Pero si vos te sentaste con él en el desayuno! Ahora te toca conmigo". Y el pobre padre lo tolera con mucha paciencia, pero reconoce sentirse un poco rechazado, y que con Dani no le tocó pasarlo. 
Yo, por un lado, a veces me siento abrumada con el nivel de demanda permanente de este chiquito mío, sobre todo de noche. Ya veníamos durmiendo mejor y de nuevo volvió a despertarse seguido. Y cuando va el padre, le arma tremendo escandalete.
Pero, por otro lado, me encanta sentirme tan especial para él, tan querida y tan necesitada. Sé que es una etapa pasajera, que dentro de unos añitos mamá será esa señora ya medio vieja que lo avergüenza  delante de sus amigos cuando lo pasa a buscar por el cole. En el mejor de los casos, seré esa mamá todavía linda que genera comentarios inadecuados por parte de sus amigos, pero de cualquier manera le voy a dar vergüenza... 
Mejor disfrutarlo ahora que se pone contento como nadie al verme llegar. Mejor juego mucho con él ahora que sí quiere jugar conmigo. Cuando juegue en línea al Fortnight 7.0 dentro de unos años con sus amigos de la Generación Alfa, le voy a parecer de la prehistoria.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Prefiero dar las gracias

A Quiquito, gracias por darme esta segunda oportunidad de maternar, por haberme convertido en una mamá mucho más relajada, que logra conectarse, disfrutar más y enojarse menos (aunque a veces igual pierda la paciencia). Gracias por tu sonrisa casi permanente, por tus dotes actorales que te hacen poner cara de loco, de enojado y hacerte el lindo, todo casi al mismo tiempo. Gracias te doy por tus largas siestas de tres horas que me permiten trabajar, descansar y ver BoJack Horseman mientras almuerzo. Gracias por tus "halaaa" cuando hablás por teléfono -de verdad o jugando. Gracias por tus canciones monosilábicas y por tu media lengua. Gracias por tus ojitos gigantes de animé que se abren con entusiasmo ante trenes, ambulancias, camiones ("¡MMamomm!") y demás parque automotor. Gracias por acariciar mi cara cuando estás dormido al lado mío. Y gracias por tu ternura.
A Dani, gracias por ser mi compañerita incondicional. Por haberme enseñado a ser mamá y -pobre- haber sido tantas veces mi conejilla de Indias y haber heredado mi ansiedad. Gracias por tus dibujos al estilo Jackson Pollock y por tus canciones en inglés con una fonética impecable (aunque no se te entienda). Gracias por las tardes en las que te tirás en mi cama con tus libritos y hacemos "fiesta de leer". Gracias por nuestro sueño compartido de viajar a Japón, y dejar a los varones comiendo pizza en calzoncillos. Gracias por tu valentía y tu inmensa sensibilidad. Gracias por tus preguntas interminables y por siempre escuchar las respuestas que intento darles. Gracias por tus abrazos y tu carita de cachorro, o de cobayo nauseoso cuando me querés pedir algo. Y gracias por tu rebeldía y tus enojos, porque también me enseñan.
A Javi, Papi Reloaded, gracias por estar acá en todas. Gracias por haberme elegido, por habernos elegido, hace casi 15 años cuando éramos dos pendejos casi sin responsabilidades y con todo por aprender. Y por seguir eligiéndome ahora. Gracias por tus miradas seductoras y por las caricias en mis manos. Gracias por tu sentido del humor y tu cara de piedra cuando me decís algo que sabés que me va a hacer reír. Gracias por insistirme para que me tome un rato para mí, para ir a la pileta o para salir con una amiga. Gracias por tu música, y también por toda la música que me hacés escuchar. Gracias por aceptarme como soy y por ayudarme a quererme a mí misma. Gracias por escucharme y valorar lo que tengo para ofrecerte. Y gracias, nunca está de más decirlo, gracias por haberme dado a nuestros dos herederos.

Vengo pasando por un período raro, de transición. De cuestionarme qué es lo que quiero para mi carrera, para mi familia, qué es lo que me puedo permitir soñar en un contexto político y económico tan adverso como el que le toca pasar a mi país. 
Estoy con la ansiedad a flor de piel y no son pocas las taquicardias ni las noches de insomnio. 
Y en esos momentos, trato de volver a enfocarme en lo importante, en estas tres personas que tengo cerca. Ellos son los que me hacen la diferencia, que me demuestran que sigue valiendo la pena pelearla día a día. Y por eso hoy quiero quejarme menos. Y prefiero darles las gracias. 

jueves, 9 de noviembre de 2017

¡Sus horas ya no siempre son las mías!

Fue una revelación repentina que tuve este mediodía, cuando me di cuenta de que, en 48 horas, mi hija tenía programa para almorzar en lo de una amiguita un día, con una de sus abuelas al día siguiente, quedarse a dormir esa misma noche con la otra abuela, y además un cumpleaños el sábado a la tarde. De repente las horas sin ella se me hicieron largas y la extrañé. No es la primera vez que Dani pasa una noche fuera de casa o hace una reunión de juegos, pero sí es la primera vez en que todos esos planes le vienen orquestados por otros, o los orquesta ella, y no soy yo la que hace malabares para conseguir que alguien "me la cuide" un rato, para conseguir algunas horitas libres. Tiene casi cinco años y cada vez tiene más vida social, más vida propia.
Esta misma semana, Dani fue con su sala de jardín a visitar el edificio de preescolar y de primaria, donde yo trabajo y donde ella asistirá el año que viene: "voy a visitar el cole de mamá", decía, hasta que yo le expliqué que ya no era solo el cole mío, que pronto iba a ser su cole. Por mi parte, procuré ni cruzármela por los pasillos, quiero que se apropie de ese espacio sin que yo interfiera. 
Con los amigos de su edad ya forman un mundo aparte.
El año que viene, en preescolar, va a haber varios mediodías como el de hoy, en el que ella no almuerce conmigo en casa sino que se quede en la escuela, con sus amigos. Y ya en primaria, cuando el doble turno sea cosa de todos los días, va a pasar cada vez menos horas en casa. Va a tener cada vez más planes de ella. Va a depender cada vez menos de mí y de su papá para divertirse, para pasar el tiempo, para aprender cosas nuevas...
Y acá estoy yo... De pronto se me vienen imágenes vertiginosas de un futuro no muy lejano, de Dani saliendo sola de la escuela, yendo a estudiar a casa de sus compañeros, haciendo sus propios planes para el fin de semana, pasando menos tiempo en casa y quizá viajando sola cuando vaya al secundario... ya sé que faltan años, pero no demasiados. Este lustro de maternidad que ya viví ahora me parece que se hubiera pasado volando.

Quiero que quede claro: me parece bien que esto pase. Está buenísimo que crezca. Y no tengo problemas en permitirle conquistar estos tiempos y estos espacios.
Pero también ¡me parece raro!
Y lo que me resulta raro es que me pasé buena parte de los primeros años con mi hija ansiando mis espacios, mis tiempos, buscando recuperar algunas horas libres para dedicarme a lo que me gustaba hacer a mí antes de ser mamá. Sentía que todas mis horas eran de ella y para ella. Y ahora, cuando de pronto tengo algunos ratos, ¡no sé muy bien qué hacer con ellos!
Es cierto, tengo al más chiquito, que por ahora me mantiene ocupada maternando, pero él también va a crecer. Me doy cuenta con asombro de que en cuatro o cinco años más, todas mis tardes serán como la de hoy. Ocupada escribiendo, corrigiendo trabajos de mis alumnos, viendo algo de televisión y descansando un rato, mientras espero que mis hijos vuelvan a casa para estar un rato con ellos. 
No es ninguna novedad, nos lo dicen todos, que hay que aprovechar cada ratito de la infancia de nuestros chicos, porque esta etapa se va para no volver. Hoy me doy cuenta con un poquito de nostalgia que Dani está cerrando la que fue su primera infancia. Que ya es una nena más grande y lo sabe. Y me hace saber que lo sabe: "mami, me parece más importante estar con mis amigos que con papá y con vos"... AUCH.
Nada, eso. Tengo que dejarla crecer y saber que su independencia es señal de que en estos cinco años supimos transmitirle confianza en sí misma y seguridad. Y para los momentos en los que me pica el bichito de la melancolía, como consuelo me queda escucharla decir, cuando planificamos sus salidas: "igual más tarde ustedes me vienen a buscar, ¿no?"

domingo, 15 de octubre de 2017

¿Cuándo dejan de ser bebés?

Esta semana que pasó, mi pequeño Quiqui cumplió un año. Sé que suena a frase hecha, pero no puedo dejar de escribirla: pasó volando. La ficha me cayó, cosa curiosa, cuando me apareció su foto de recién nacido entre mis recuerdos del Facebook. Estoy acostumbrada a ver fotos de Dani de bebé, pero que ya salga él, que todavía me parece tan novedoso, ¡eso fue una sorpresa!
En cualquier momento nos pide las llaves del auto.
Una página de maternidad a la que visito con frecuencia, Babycenter, esta semana dejó de designarlo como mi "bebé" y ya habla de "tu hijo de un año". Esto no es casualidad: en inglés a esta edad ya empiezan a designarlos con una palabra diferente, toddler, que se traduce a veces como "tentetieso" (horrible, lo sé). Quiqui está en esa edad en la que con pasitos tambaleantes, y todavía tomado de la mano o agarrándose de un mueble, comienza a explorar el mundo. Pero no me cabe duda de que sigue siendo un bebé. Toma la teta con voracidad, se despierta de noche, llora bastante cuando quiere decirnos algo, todavía no aprende a hablar...
¿Cuándo exactamente dejan de ser bebés? ¿Es este pasaje algo marcado por algún hito, como dejar los pañales? Dani los dejó bastante grande, casi a los tres. Por entonces ya hablaba muy claramente, no usaba más chupete, comía las mismas comidas que nosotros, iba al jardín y algunas veces se había quedado a dormir en lo de la abuela. Claramente dejó de ser bebé antes. Lo que no sé es cuándo.
Tenía dos años: su pelo largo dice "nena" pero
sus cachetes morfables siguen siendo de bebé...
Mi propia mamá me cuenta que yo al año ya hablaba. Que la gente se quedaba mirándome asombrada porque por mi cabecita pelada todavía parecía muy chiquita, pero de pronto me escuchaban parlotear y tenían enfrente a una enana de edad indescifrable. No es el caso de Quiqui, peladito y con balbuceos bien de bebé.
Hay madres que no quieren que sus hijos menores dejen esta edad nunca, porque les da nostalgia. No es mi caso. Adoro a los bebés, pero los nenes chiquitos también me parecen adorables, y son un poco más fáciles. Mi relación con Dani mejoró drásticamente cuando ella aprendió a decirme lo que le pasaba. Y si bien disfruté más de este primer año en mi segunda maternidad, una parte mía dice "ya está, ya fue suficiente". Visité una exposición el otro día donde vendían una inmensa cantidad de merchandising para mamás y bebés, y me di cuenta de que Quiqui y yo ya no somos público. De que no necesitamos ni un nuevo cochecito, ni sillas especiales, ni muebles pequeños, que mucha de la ropa de bebé ya no viene en talles para mi chiquito tamaño jumbo, que sé que muchos de esos productos para la maternidad son inútiles y no facilitan nada. O son muy bonitos, pero prescindibles. O son muy necesarios en los primeros meses, pero esa etapa ya la pasamos. Y no creo que me toque volver a pasarla.
Ser mamá de estos dos bebés me marcó definitivamente. Es una etapa que, no aún, pero pronto, va a cerrarse. No importa. Lo viví, me lo llevo puesto.
Y lo más importante: sigo siendo mamá. Lo seré toda la vida.

viernes, 24 de febrero de 2017

Largos (y espantosos) días de verano

Hablé de lo lindo de las vacaciones en la ciudad en otro post. Hoy vengo a desquitarme porque hace cuatro días que lo venimos pasando bastante mal. La crisis energética de mi país nos tocó de cerca esta vez: desde el lunes a la noche hasta el jueves que mi departamento no tuvo luz. Ni luz, ni agua, en un décimo piso, con temperaturas que rozaban los 40°, ninguna mamá puede permanecer tranquila con una nena de 4 años y un bebé de meses. Por suerte pudimos irnos a la casa de mi mamá, que no será muy fresca que digamos (mi mamá es muy friolenta) pero sí tiene heladera funcionando, tele (¡gracias a la tele por una vez!) y se pueden enchufar un par de ventiladores.
Las temperaturas agobiantes (que siguen, y seguirán por varios días) son otro enemigo de la maternidad y la paternidad felices. En mi caso, por lo menos, es así. El calor extremo me pone en evidencia todo aquello que me gustaría poder darles a mis hijos y no puedo: un poco de aire libre, un patiecito en casa donde poder inflarles al menos una piletita para que se refresquen, o poder pagar vacaciones más largas junto al mar, en un hotel con aire acondicionado. O poder pagarles una colonia recreativa en un club, para que al menos todas las tardes tengan pileta y otros chicos con quienes jugar. O incluso poder sacarlos a pasear y a tomar helados todos los días, cosa que nuestro estrecho presupuesto no permite.
Y no se enojen, sé que no es algo grave. Al contrario. Me pongo por un rato en la piel de aquellas mujeres que son madres en situaciones extremas: la pobreza, un país en guerra, la violencia, una epidemia de enfermedades, y me siento muy culpable por quejarme del calor y de los cortes de luz. Lo nuestro es solamente algo transitorio. Cómo será ser madre en una situación tan terrible de la que no se pueda salir. Apenas puedo intuir esa sensación de impotencia y de desamparo. Y ese deseo de que tus hijos salgan del aprieto, como sea. Incluso si no podés salir vos.

En fin, a la vez, la sensación de gratitud porque uno no está solo, porque vivimos rodeados de familiares y de amigos siempre dispuestos a ayudar, a ofrecer una mano. Mi mamá principalmente, que nos cedió su casa todos estos días (y no es la primera vez que lo hace). Pero también otras personas de la familia, amigos que nos escriben para saber cómo sigue todo y ofrecen su casa si la necesitamos, hasta las noticias se solidarizaron con nuestro edificio y salieron a mostrar lo que pasaba. Pero, claro, somos un caso más entre los cientos de miles de argentinos que padecen la baja del servicio. Y este no es un blog para hablar de política porque seguramente haya mucho que discutir al respecto.
Estos días muchas veces quise esconderme bajo la tierra, putear a gritos a la compañía de luz, largarme a llorar a mares. ¿Y saben lo que hice? Traté de mantenerme serena. Suspiré y seguí con los reclamos por vía tradicional, mientras trataba de alegrar a mi hija con la perspectiva de minivacaciones en casa de su abuela Lala (cosa que a ella le encanta). Los saqué a la plaza a las 9 de la mañana para aprovechar las horas en las que la temperatura no era tan peligrosa. Di la teta al bebé a cada rato para evitar que se deshidratara. Traté de animar a mi marido que cada mañana se tenía que ir a trabajar y cada tarde a casa a darle de comer a la gata y a seguir persiguiendo a la compañía de electricidad. Y practiqué la espera, cosa que a mí por ser ansiosa siempre me cuesta el triple.

Estos dias largos, calurosos y difíciles me confirman una verdad que hace rato vengo intuyendo: ser mamá te hace querer ser mejor persona de lo que sos. Aunque a veces no te salga.

martes, 31 de enero de 2017

El delicado equilibrio entre estimular y sobreestimular

Soy docente, y desde que comencé a trabajar en colegios primarios siempre observé con preocupación la tendencia de tantos padres a sobrecargar a sus hijos con agendas que hasta para un adulto serían abrumadoras: colegio doble turno, con horas extra para practicar un instrumento, fútbol martes y jueves, clases de apoyo de inglés o de matemática, y los sábados, club todo el día... ¿Y cuándo juegan? ¿Cuándo tienen tiempo para no hacer nada?

No quisiera repetir lo mismo con mis hijos. Y, sin embargo, a veces temo caer en la sobreestimulación. En exigirles demasiadas cosas, demasiado pronto, demasiado bien.

Lo observo en Dani. Ahora que está de vacaciones, y que este año no pudimos pagarle una colonia, se lo pasa en casa con nosotros y se aburre. Entonces, quiere hacer las cosas que nos ve hacer a nosotros: me pongo a leer en mi Kindle y ella me lo pide, le descargo un libro con dibujos para chicos, y ahí va ella a toquetear las opciones del menú y termina comprando en Amazon una novela de 13 dólares que ni me interesa... También quiere usar mi celular, y si bien lo maneja bastante bien (la pantalla táctil que a mí tanto me costó dominar a ella le parece un juguete), a veces se manda macanas como borrar mi galería de fotos. Y tengo en claro que nada de lo que haga con estos dispositivos es culpa suya, sino mía por no supervisarla mejor.
Pero, ¿debería tener que supervisarla? ¿No sería preferible que, con 4 años, todavía no tenga acceso a tanta pantallita?

Por otro lado, ella se muere por aprender cosas nuevas. Es fanática de los números, y ya practica sumas y restas con sus deditos. Me pregunta: "Cuando mi hermanito cumpla 7 años, ¿yo cuántos voy a tener?" y cosas así. Y en estas semanas de vacaciones, comenzó a sentarse frente al teclado y su papá a enseñarle, de a poquito, algunos rudimentos de música. Él es músico y me parece normal y hasta sano que Dani se interese por lo que hace papá. Por suerte, mi marido tiene en claro que no debe exigirle más de lo que ella quiera hacer, y que si se aburre, basta, seguimos otro día.

Clase de música con papá.
Otra cosa que me pide aprender es... ¡el ajedrez! Hacía años que no me sentaba a jugarlo, y con el pedido de mi hijita se me vinieron a la cabeza muchos recuerdos, memorias de mi abuelo ajedrecista, de mi abuela enseñándome a mover las piezas, de las primeras partidas que jugamos con mi ahora marido cuando empezamos a salir (¡y cómo me ganaba siempre!), en fin, el ajedrez me parece algo hermoso para compartir también con Dani pero ¡qué difícil es! Y ¿cómo comenzar siquiera a enseñarle? ¿No es algo para más adelante? Pruebo mostrarle cómo se mueven las piezas, le cuento que el rey es la más importante, que la tiene que proteger porque mi reina lo está amenazando.... y ella toma la pieza del tablero y la esconde, precavida y tan inocente, entre sus manitos...
(En realidad, hace años que tiene contacto con
el teclado, ahora que lo pienso).

En fin, estas ideas me vienen rondando, no encuentro una respuesta clara porque tampoco me interesa privar a Dani de todo aquello que despierta su preciosa curiosidad, Me encanta que tenga tantas, pero tantas inquietudes, y disfruto escuchando sus preguntas y sus planteos, pero no quisiera hacer de ella una adulta en miniatura y restarle tiempo de infancia por sobreestimularla. Desde que era bebé que yo estaba tan apurada por verla crecer, y ahora quisiera dejarla disfrutar de la edad que tiene y que no se saltee ninguna etapa.

Así como Quiqui por estos días disfruta tendiéndome las manitos para que lo eleve hasta la posición de sentado -y se divierte mirando las cosas desde esa perspectiva- pero tengo que bajarlo pronto porque a los pocos segundos se le cae la cabecita (todavía no tiene fuerza para sostenerla), así debo esforzarme por encontrar ese delicado equilibrio entre la estimulación y la sobreexigencia. Siempre fui tan exigente conmigo misma, ¿cómo hacer para no serlo también con mis hijos?

martes, 24 de enero de 2017

De un día para el otro

Es un lugar común (al que nos tienen acostumbradas los abuelos, las tías y la gente mayor en general) el decir "pero, ¡qué rápido crece este chico!", "qué grande que está", "cambian de la noche a la mañana", etc. Y bueno, hoy vengo a dar testimonio fehaciente de ese lugar común. Cuando los hijos son bebés, el hecho de verlos a diario a veces hace que perdamos perspectiva de lo rápido que crecen. Hasta que notamos que la ropita les va más chica, o que aprendieron a hacer algo nuevo.

Y esos cambios sí que se dan de un día para el otro. Literalmente.

En el caso de Dani, tengo patente el recuerdo de un día en que el cambio se dio de un mediodía a una tarde, siesta de por medio. Dani tendría cerca de 8 meses. Esa misma semana, uno o dos días antes de lo que voy a contar, había aprendido a gatear, bah, en realidad lo suyo era más bien reptar, se apoyaba con los codos y se arrastraba haciendo "cuerpo a tierra", era muy cómica. Pues bien, hasta ese momento, todo su repertorio de sonidos lo constituían las vocales "aaahhh", "ooooh" en diferentes entonaciones. Es más, yo, madre primeriza ansiosa, me preguntaba por qué todavía no balbuceaba, si -de acuerdo con los fatídicos libritos- el silabeo es algo que comienza alrededor de los 3 meses. Bueno, lo que pasó fue que esa tarde (era miércoles, no me olvido), cuando Dani se despertó de la siesta, se despachó de golpe con "tatatá", "dada", "nananana", ¡todo de una! Me dejó helada. A mí y al papá, que esa noche llegó tarde y la vio al día siguiente, y me mandó un mensaje de texto a mi celu con las silabitas. :)

A ver, entiendo que los chicos crezcan, lo que me sorprende es lo repentino de los cambios. Como si su cerebro de repente hubiera conectado las neuronas exactas para permitirle esa nueva adquisición. Los cambios no siempre se dan tan drásticos, me parece. Por ejemplo, no recuerdo bien cuándo fue que dijo "mamá" por primera vez, porque en ese momento la pronunciación no era lo suficientemente clara. A medida que pasaban los días, el sonido se fue definiendo y, por contexto, nos dimos cuenta de que sí, de que yo era definitivamente su primera palabra. Y ahí sí, un babero (para la madre).
Antes de largarse sola, tuvo
mucho tiempo de práctica.

Sí recuerdo la fecha exacta (5 de marzo de 2014) en que mi beba mayor comenzó a caminar. Venía caminando agarrada de las manos, o sosteniéndose del cochecito. Y ese mediodía dio esos primeros pasitos sola, en casa de su abuela paterna, delante del papá y de mí, y nos miró como diciendo "¿Vieron? Al final me animé". Y ya no la paró nadie. 
Lagrimeé ese día. Las primeras veces de los hijos son así. Emocionan porque uno los ve crecer. Y diría que hasta dan un poquitito de nostalgia porque uno comienza a despedirse del bebé chiquito que fueron y que ya no son, ni van a volver a ser.

Hoy la "sinapsis" le tocó a Quiqui. Después de haber estado un poco molesto los últimos días -despertándose más seguido por las noches, protestando a los gritos sin razón aparente, quejándose después de estar un rato en determinada posición- esta tarde logró darse vuelta y ponerse panza abajo por sus propios medios. Todavía le cuesta sacar el brazo que le queda bajo el cuerpo, pero hay que ver su expresión de felicidad frente al descubrimiento de su nueva capacidad, y su cara cuando observa el mundo que lo rodea desde un nuevo ángulo. Y, por si esto fuera poco, esta misma noche, del mismo día, se rió a carcajadas por primera vez.

Cada vez que podemos, lo dejamos en
el piso para que practique moverse solo.
Miro las fotos de hace poco más de tres semanas en Colonia y pienso que los abuelos, que siguen de vacaciones, no van a poder reconocerlo cuando lo vuelvan a ver la semana que viene. ¡Es otro bebé! Apenas podemos creerlo nosotros cómo cambió. 

Así, de un día para el otro.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Mamá re-cargada

Cuando decidí darle a mi blog un nombre, lo primero que pensé fue en "mami recargada", en el sentido de que se recargan las baterías, o que se vuelve a llenar una botellita de agua para seguir tomando, pero finalmente me decidí por el término en inglés. Y no, no solamente por la película Matrix (la segunda parte no me gustó nada) sino porque me pareció que el término extranjero no tiene la connotación negativa que puede tener en español (al menos, el español argentino que hablo) re-cargada, como sobrepasada, demasiado cargada, abrumada, etc. 
Ser mamá de dos, en principio, ha sido una manera de redoblar mi alegría por ser mamá, de sentirme más segura. Ya sea por la experiencia previa o bien por procurar hacer algunas cosas distintas, como conté cuando hablé de mis primeras veces con dos hijos, me siento mejor mamá por serlo por partida doble.
Cara de "mami re-cargada" necesita sus espacios...
Pero hay días en que debo admitir que sí me siento recargada. En el sentido de re-cargada. Recontra.

Esta fue una semana difícil. Y no, no tanto por las noches interrumpidas por mi bebé, que todavía no tiene dos meses. Más que nada, es Dani, mi hija mayor, la que me satura por momentos. Está muy celosa de su hermanito, que cada vez está más adorable. Cuando nació, en ella predominaba la alegría y la ternura hacia el nuevo bebé que los celos. Pero ahora que los desconocidos me paran por la calle para alabar al bebé, ahora que él sonríe y pasa más ratos despiertos, ella siente como nunca que ha perdido el estrellato. Y nos lo hace notar. 
Lo peor es que se porta terrible cuando estamos los cuatro juntos, con su papá, y cuando más siento que tendríamos que disfrutar del tiempo en familia, nos lo pasamos los dos retándola y volviéndonos locos para arreglar todo lo que el huracán Dani va dejando en su camino de destrucción... 
Y yo entiendo que ella necesita más que nunca saberse amada, comprendida... que debería armarme de paciencia y darle dosis extra de abrazos en lugar de gritarle que no se toca el ventilador, que no se les tiran ramas a los autos, que no se le pega a mamá o que la comida es para comer y no para jugar... Pero a veces la situación me sobrepasa. Esta semana, por ejemplo, se complicó más de la cuenta porque Dani se pescó una conjuntivitis, yo me la contagié, y ya expliqué que no soy buena con los temas de salud, ni míos ni de mis hijos.

Mientras tanto, con Quiqui también me ocurre que, al estar más grande y más vivo que antes, me demanda más esfuerzo: quiere dormirse solamente conmigo y no con su papá, o sea que, además de la teta, ahora siento que soy la encargada de que descanse. Pareciera que depende de mí para todo. 
Y si a esto se le suma que mi marido viene de unas semanas muy ocupadas en su estudio y su trabajo, no es de extrañar que me sienta sobrecargada. El no contar con espacios propios más que la maternidad, el no salir sola a la calle siquiera a dar una vuelta manzana porque soy la única disponible 24x7 para cuidarlos a ambos chicos, el que encima mi hija mayor esté tan difícil y se la tome conmigo (¡como debe ser! No quisiera que se desquitara con el bebé), todo esto me deja agobiada.
Extraño juntarme con mis amigos. Esta semana me puse de muy mal humor porque se organizó una mega salida para ir a ver Doctor Strange y me la perdí. Extraño el cine. Extraño mis clases de yoga. Hasta extraño mi trabajo a veces. Sé que terminaré por volver a cada una de estas actividades de acá a un tiempo, pero por ahora a veces siento que soy mamá, y nada más. ¡Y es duro!

Hoy, sábado, hicimos algo al respecto. Hablé con el papá, le dije que prefería ir YO a hacer las compras, que él se quedara con los chicos. Y hubo algo más: Quiqui tomó en brazos de su papá su primera mamadera (de mi leche). Se la tomó con ganas, como el gordito que es. Esto me dejó un poco más tranquila, saber que puedo llegar a salir y que él se alimente igual en mi ausencia. Y Dani se puso muy contenta cuando le dije: "al cumple de tu amiguita la semana que viene te llevo yo, yo sola, y papi se queda cuidando a tu hermanito. Nos merecemos una salida de chicas".
Y necesitamos reconectarnos, volver a sentir lo lindo que es pasar el tiempo juntas.
Y yo, apreciar lo maravilloso de tener dos hijos y recuperar paciencia para esperar el reencuentro con las otras partes de mi vida que ahora aparecen ausentes o desdibujadas.


viernes, 25 de noviembre de 2016

De sueño, siestas, despertares y terrores

Si Martin Luther King hubiera sido una madre (Martina, ponele) no hubiera dicho "tengo un sueño" sino simplemente "tengo sueño", o "tengo un sueño bárbaro". Malísimo el chiste, ya lo sé, pero qué pretenden de mis pobres neuronas después de una noche típica con un bebé de un mes y medio... y si a eso se le suma que no es el único niño del hogar, hagan la cuenta de cuánto hace que no paso una noche de descanso como la gente.

Duerme sin problemas (aunque con ruidos de chanchito)
En fin, en realidad no tengo de qué quejarme con Quiqui. Desde que lo trajimos a casa (¡dos! días de vida) duerme más de noche que de día, como si hubiera venido con reloj biológico preprogramado de fábrica. Es dormilón, siestero y pancho. Después de tomar la teta, se vuelve a dormir. Aún así, mis buenas noches con él consisten en un par de tandas de dos horas y media y, con suerte, una horita más de yapa. Lo entiendo, es chiquito y tiene que comer, esto significa: mamá-teta no tiene que dormir. Pero mi peor cansancio no se lo atribuyo a tener un bebé. Tiene que ver con nuestro ritmo de vida que es el que no nos deja descansar. Las redes sociales, el celular, la tele, todo le roba horas al sueño. Y a las ocho menos cuarto de la mañana puede que mi hijo esté durmiendo como un bendito pero el despertador para llevar a la nena mayor al jardín suena igual. No importa si anoche dormí solo 5 horas. O 4. O nada. Y tengo que estar agradecida por mi licencia por maternidad privilegiadamente larga que me permite tirarme a hacer una siestita a la tarde.

Una de las que fue sus últimas siestitas... Ahora prefiere jugar.
Dani, en cambio, siempre fue de dormir poco y mal. Prácticamente no supe lo que era dormir una noche de corrido hasta que ella tuvo dos años y medio. Hasta consultamos con una psicóloga infantil para que nos asesorara. Por suerte, con algunos cambios en su rutina y mucha firmeza (eso sí, sin lágrimas a la hora de dormir, no creo en Estivill), conseguimos que durmiera mucho mejor. Pero este año también dejó las siestas. Y está bárbara con una noche de 9 horas y media, 10 horas, cuando a su edad algunos nenes duermen por lo menos eso más las dos de siesta obligada.

Anoche fue mi hija mayor la que me dio una nueva (y fea) sorpresa relacionada con el sueño. Acabábamos de apagar la luz cuando nos sacudió el alma con un grito de angustia. Fuimos a ver qué le pasaba y la vimos llorando a gritos, muy angustiada, y no nos decía qué le pasaba. Se agitaba, pegaba patadas, y parecía que no nos registraba. Y es que, de hecho, no lo hacía: ahora sabemos que lo que te tocó pasar a Dani fue un terror nocturno, episodio que a veces se confunde con una pesadilla pero del que los chicos no tienen memoria al día siguiente. Estuvimos varios minutos tratando de calmarla hasta que al fin reaccionó y pudo seguir durmiendo. A nosotros nos costó todavía un rato largo volver a relajarnos. 

Lo que pude investigar de los terrores nocturnos es que tienen que ver con la inmadurez del sistema nervioso de los chicos y una alteración de sus ciclos de sueño. Son más raros que las pesadillas, pero en principio benignos y no tienen consecuencias para su salud. No les tocan a todos los chicos: son más frecuentes entre los 4 y los 12 años, y en niños con padres con antecedentes de terrores nocturnos o de sonambulismo (yo tuve algún que otro episodio de caminar dormida de chica). Y suelen ocurrir cuando los nenes se van a dormir muy agitados, o cuando están atravesando alguna situación de estrés. Y este año fue complicado para Dani, con mudanza y hermanito...

En fin, viéndola agitada en sueños, y después cuando se despertó y le dijimos de volver a dormir, ella me tomó la mano y me dijo "contigo" (porque se le pegó el español neutro), me di cuenta de qué chiquita es ella también todavía, de cuánto me sigue necesitando, y de cuántas noches difíciles me quedan atravesar aún hasta que mis hijos crezcan. Y no se puede saltear ninguna etapa. No hay maternidad reloaded que valga en este caso.

sábado, 5 de noviembre de 2016

¡No sé qué hacer con mi bebé!

Me pasó cuando Dani era chiquita y me pasa ahora: hay momentos en los que no sé muy bien cómo relacionarme con mi bebé recién nacido. Disfruto muchísimo de darle la teta, de bañarlo y de tenerlo dormido en mis brazos. Exprimo al máximo cada segundo libre que me deja cuando está dormido en su cuna. Me encanta pasear con él en el cochecito y ver su carita mezcla de asombro y desconcierto. Y si bien no es lo que más me gusta, sé que hacer en el momento en que tiene los pañales sucios.

No. El problema (?) son justamente esos momentos en los que no le pasa nada de todo eso. Está despierto, tranquilo, no tiene hambre o acaba de terminar de comer, y empieza a mirarme con esa carita de "bueno, mami, ¡entreteneme!". Me agarra el ataque de ¿y ahora qué hago? Es recién nacido: todavía no sonríe, no puede agarrar juguetes, no sostiene la cabeza, no se sienta... ¿cómo jugar con él? ¿Cómo estimularlo sin sobreestimularlo? Lo alzo, lo cambio de posición, lo paseo en brazos... ¿y después?
"Bueno, ¿y ahora qué, vieja?"
Los manuales dicen que hay que hablarle, contarle lo que hacemos... pero me cuesta hacerlo con alguien que no me responde, que se supone que me entiende pero todavía no me entiende. Le canto, de a ratitos, pero no me fluye tan natural por ahora. Lo acaricio, le doy palmaditas, pero mucho más no me sale. No me fluye.

Con mi hija mayor descubrí los mayores placeres de ser mamá a partir de que empezó a hablar: hubo definitivamente un antes y un después en mi relación con ella, no porque la quiera más sino porque me resulta más fácil relacionarme con ella. Soy por naturaleza una persona muy verbal, y los primeros dos años la maternidad se me hizo muy difícil, creo ahora, por no poder compartir el lenguaje con mi bebé. Y por algo habrá sido que mi hija salió charleta como yo (mi marido dice que incluso me supera). 
Mi secretaria.

Bueno, nuevamente, para esta primera etapa con Quiqui me viene fantástico ser mamá recargada: la tengo a mi pequeña ayudante al lado para entretener a su hermanito, para jugar con él, para "hacerle payasadas" y llenar esos ratitos breves de vigilia del bebé donde se muere de ganas de comerse al mundo con los ojos. Esos momentos que se irán extendiendo a medida que necesite dormir menos, y que se irán haciendo de a poco más fáciles también para mí que, me doy cuenta, me resulta más fácil ser mamá de nenes pequeños que de bebés.