¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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lunes, 29 de enero de 2018

Mis buenas experiencias con el destete

Primero, no creo que haya recetas perfectas para ser mamá. Y si las hubiera, yo no las tengo. En algún momento de mi vida sí creí que había maneras "correctas" y maneras "equivocadas" de vivir el embarazo, el parto o la crianza. Claro, ¡me refiero a antes de tener hijos! Ahora soy más de pensar que hay determinadas cuestiones en las que cada mamá, cada familia, hace lo que puede, lo que le sale, y que lo que es mejor para unos no lo es necesariamente para otros. Ni siquiera lo que te valió para un hijo te vale para el otro.
Segundo, yo, como mamá, no me considero un ejemplo a seguir... por lo menos, no más que otras mamás. Me mando muchas cagadas Cometo algunos errores... pero bueno, de nuevo, como cualquier otra mamá.
Dani con su carita de "vení que te muerdo"... más o
menos en la época de su destete. ¿Casualidad?
Hechas estas dos salvedades, sí creo que podemos aprender unas de otras y que, si en algo me fue bien, compartir mi experiencia puede ser una manera de ayudar a otras mujeres que estén pasando por lo mismo. Si es que deciden que a ellas y a sus hijos podría servirles lo que a mí me sirvió, que también puede que no sea así. En fin, para qué dar más vueltas: amé mis dos experiencias con la lactancia y, en especial, mis dos destetes fueron muy satisfactorios. Escucho y leo que para muchas mamás no es así, que les cuesta muchísimo dejar de darles el pecho a sus hijos, que les trae problemas, dolores (no solo de cabeza), que piden ayuda... Y por eso hoy decido dejar estas recomendaciones -lo que me funcionó a mí, de nuevo, no son máximas universales- por si a alguien le vienen bien. 
  • La lactancia no es lineal: Esta recomendación va para quienes están pensando en destetar a un bebé muy chiquito o directamente ni dar el pecho porque les resulta doloroso o muy incómodo, porque creen que no tienen suficiente leche o porque el bebé les demanda a cada rato y no quieren esclavizarse. Nadie puede obligarte a dar la teta contra tu voluntad ni pienso llenarte de culpas porque decidas dar fórmula, por cierto. Solo me dirijo a las que sí quieren a toda costa dar la teta y se sienten frustradas. Y lo único que puedo decir es que no siempre es como los primeros días. Paciencia. Puede que al principio te duela muchísimo, o que el bebé tome poco. El cuerpo es sabio, se va regulando. El bebé aprende a prenderse y a succionar sin lastimarte. Las tomas no siempre son caóticas como con un recién nacido. Ojo, que también pasa al revés: existen los brotes de crecimiento, etapas en las que tu tranquilo bebito de repente se queda con hambre y demanda más y más... yo no los manejé igual con mis dos hijos. Recién con el segundo aprendí a tener paciencia. De cualquier manera, así como pasa con el sueño del bebé, en la lactancia no es todo prolijito, progresivo o lineal, sino que hay idas, vueltas, crisis, y momentos donde solo hay que hacer la plancha y disfrutar.
  • Dejar de a poco: Ya pensando en destetar, todos acuerdan en que no hay que largar la teta de un día para el otro, porque no es bueno ni para el bebé ni para tu cuerpo. En mi caso, ambos hijos aprendieron a tomar la mamadera mientras aún lactaban (y no, no se confundieron ni eligieron la comodidad de la mamadera al calorcito del pecho materno). Es más, poder darles mamadera me sirvió para continuar más tranquila con la lactancia, sabiendo que era mi decisión y no una necesidad de vida o muerte. Cuando empiezan a comer más comida, van pidiendo menos teta, y si (como me pasaba a mí) sos de las que no quieren dar la teta por muchos años, es la oportunidad para reducir un poco más las tomas.
  • Hacerle caso a lo que sentís: Estamos muy acostumbradas a escuchar críticas y consejos de otras madres, que cuestionan nuestras decisiones. Capaz que algunas de ustedes mientras me leen dicen "pobre bebito de 15 meses, ¿cómo esta desalmada lo destetó ya??? ¿No sabe que la OMS recomienda que la lactancia materna dure por lo menos DOS AÑOS????" A la hora de destetar a mis hijos, me ayudó saltearme olímpicamente las críticas -de uno y otro bando, también está la que opina que un bebé que ya tiene dientes no debería seguir mamando, así tenga solo 6 meses. El destete se produjo, en ambos casos, cuando me sentí cómoda con la idea y cuando sentí que el vínculo con mis hijos era tan fuerte que el afecto no pasaba primordialmente por la teta.
  • Escuchar a tu cuerpo: Esto vale más por mi segundo destete. Llegó un momento en que mis propios pechos me pidieron parar. Me dieron un susto grande y me di cuenta de que era un buen momento para decir "basta". Aún así, desde que tomé la decisión hasta que la concreté pasaron un par de meses, para permitir que el destete fuera gradual y respetuoso con mi hijo. Bueno, yo pude permitirme esa decisión, hay otras mamás que tienen que destetar de un día para el otro por motivos médicos. Y también está bien: si no cuidás vos misma de tu propio cuerpo, nadie lo hará.
  • Elegir bien el momento: En realidad, este consejo es más bien cuándo NO destetar. De nuevo, en la medida de lo posible. A veces las circunstancias nos superan. Pero en mi caso, me sirvió que el destete fuera en vacaciones, estando mucho en casa con mis chiquitos, que ninguno estuviera enfermo, que no hubiera otros grandes cambios a la vista, que no estuvieran dejando el chupete o los pañales, etc.
  • Soltar y dejar crecer: Cuando desteté a mi primera hija, fue casi sin proponérmelo. Ella tomaba solamente a la noche antes de dormir. Una noche se salteó la toma. Al día siguiente tuve terapia, y le comenté a mi psicóloga que si en las siguientes dos o tres noches no aceptaba el pecho, iba a sacárselo. "¿Por qué vas a ofrecérselo esta noche, o las próximas dos o tres noches, si ella ya no lo quiso? ¿No estabas considerando destetarla?", me dijo. Era cierto, ella ya no necesitaba la teta, me necesitaba a mí, a su mamá. Fue toda una revelación. Igual el destete implicó cierto duelo, cierta nostalgia por esos momentos de intimidad y cercanía con tu bebé que ya no volverán. Hay que permitirse este proceso, agradecer haber vivido una linda lactancia. Y aceptar que ya pasó. Miro a mi nene que ya está más grande, que ya va corriendo a la cocina y señala la heladera pidiendo la mamadera que toma como desayuno. A upa la toma, eso sí. Y está bien. Lo acepto. Crecimos los dos.
Aunque voy a extrañar a mi chanchito... :´ )
¿Qué opinan de mis recomendaciones? ¿Pondrían en práctica alguna? ¿Qué les funcionó a ustedes? Después me cuentan.

sábado, 28 de octubre de 2017

Querer darles lo mejor

Me lo dijo alguien que fue padre poco antes de que yo fuera madre: "vas a ver que cuando nazca tu hijo, vas a querer darle todo lo mejor". Lo dicen las publicidades de mayonesa, de leche de fórmula, de productos de limpieza. Es una de esas frases hechas que aparecen en los foros y en los libros sobre maternidad y que repetimos sin cuestionarnos demasiado si son ciertas o no.
No se asusten, no me voy a poner en rebelde y sostener que NO, que a los hijos NO hay que darles lo mejor, de lo mediocre es más que suficiente para que se vayan acostumbrando a este mundo de mierda difícil... Yo también creo que, como mamás, como papás, tenemos que intentar darles lo mejor de nosotros.

Lo que pasa es que:
1) No todos tenemos la misma idea de qué significa lo mejor. 
2) Lo que sabemos o pensamos que sería lo mejor a veces no es lo posible. 
3) Nuestros hijos pueden no estar de acuerdo con nuestro criterio.
y 4) Lo que a veces es, de verdad, lo mejor para nuestros hijos, no es lo mejor para nosotros. Y acá la maternidad y la paternidad pueden ponerse complicadas.

1) Empecé citando a ese papá conocido mío porque, justamente, muchas veces las ideas que él y yo podemos tener de crianza difieren de manera drástica. No me pasa solo con esta persona: ocurre con tantos otros padres y madres con los que uno se cruza en la vida, así como con otros podemos coincidir en mucho -y esto no implica que necesariamente tengamos razón. Las ideas que tenemos sobre qué necesitan nuestros hijos, cómo criarlos para el mundo, cómo hacerlos felices y cómo formarlos para que sean buenas personas no siempre coinciden, más allá de que todos estemos de acuerdo en el amor que sentimos hacia ellos. 
¡Obvio! Existen diferentes estilos de crianza y una puede identificarse más o menos con uno u otro. Hay distintas formas de manejar ciertas situaciones, desde la alimentación hasta los límites, pasando por los juguetes que elegimos (o no) comprar, la manera en la que festejamos los cumpleaños y la escuela en la que los inscribimos. Y yo que creía tener las cosas muy claras antes de ser mamá. Algunos criterios pude respetarlos con mis hijos; en otras cosas, la vida me dio vuelta como una media y terminé haciendo lo contrario de lo que hubiera pensado. Hoy de lo único que estoy segura es de que no existen recetas perfectas y universales que funcionen con todos los chicos ni para todas las familias.
Porque además, lo que te sirve para un hijo, puede que no te funcione con el siguiente. Ya expuse hace unas semanas que es imposible tratar a dos hijos por igual simplemente porque uno la segunda vuelta no es la misma persona que solía ser.
Esto en principio no tendría que ser un problema si hay respeto y aceptación de que se pueden tener diferentes criterios. ¿Qué pasa si mi mejor amiga solo alimenta a sus hijos con comida orgánica, y yo cada tanto a los míos les preparo panchos? No debería pasar nada. El problema surge cuando juzgamos a otros (a otras mamás, sobre todo) muy duramente. O nos juzgan. Otro problema mayor es cuando la persona con la que diferimos respecto a cómo criar mejor a nuestros hijos es... el otro progenitor.

2) Puede que todos estemos de acuerdo en que la lactancia materna es el alimento más saludable y completo para un bebé. Una mujer que ha tenido problemas para dar el pecho puede estar de acuerdo con esta afirmación, y para lo único que le sirve es para sentirse culpable por no "dar lo mejor". A mí me pasa con el tema del jardín maternal: entiendo que mi bebé de un año se enferma con mucha frecuencia, en gran medida, porque está muy expuesto a los virus de sus compañeritos -a quienes él mismo contagia, a su vez. Tal vez lo mejor no sea que los bebés vayan desde tan chiquitos a una guardería, sino que se queden en casa. Esa alternativa no la tuve ni la tengo. Entonces, acá se trata de aceptar que "lo mejor" se convierta en "lo mejor posible".

3) Acá se juega el tema de los límites. Por citar un ejemplo, puede que mi hija crea que lo mejor que le puede pasar esa tarde es pasarse 3 horas mirando Peppa Pig. Yo sé que lo mejor es limitarle la televisión y sacarla a dar una vuelta al aire libre. Y sé que también es bueno para ella crecer con límites claros. Pero antes de llegar a la plaza, puede que me ligue un llanto y un "mala mami" (después la pasa bárbaro en las hamacas, claro).
El problema es cuando los padres estamos tan cerrados en lo que creemos que nuestros hijos necesitan que no nos paramos a escucharlos y a estar atentos a las necesidades que ellos mismos nos están expresando. Puede que a veces creamos que trabajar muchas horas para tener más dinero y comprar esos pasajes para ir a Disney, para pagar la mejor prepaga o para comprarles zapatillas con luces sea darles lo mejor a nuestros hijos. Pero, ¿qué pasa con las horas, días, meses, que dejamos de sentarnos a jugar con ellos por estar demasiado obsesionados con el trabajo? ¿Qué pasa cuando vienen a mostrarnos un dibujo que hicieron, o a contarnos algo que les pasó en el colegio, y nosotros no les prestamos atención por estar con la cabeza en otra parte?

4) Durante siglos la maternidad se apoyó en el paradigma de la madre abnegada que se saca la comida de la boca con tal de alimentar a sus retoños. La maternidad y el sacrificio fueron usados como sinónimos. Hoy en día por suerte, feminismo mediante, nos animamos a cuestionar esta representación. Y sí, a veces las necesidades de nuestros hijos chocan con las nuestras. Se me ocurre un ejemplo chiquitito: mi hijo de un año se queda dormido -después de un largo rato de llanto- con la cabeza apoyada en mi brazo. Pesa mucho, la mano se me está durmiendo. ¿Saco el brazo, arriesgándome a que se despierte, justo ahora que está tan cómodo?
Volviendo al caso de la lactancia, hay mujeres que tienen leche, sí, pero que no se sienten cómodas amamantando. Que les duele, que les molesta. ¿De verdad es lo mejor para el bebé tener una mamá que le da el pecho angustiada, molesta, solo por culpa? ¿No es preferible alcanzar un equilibrio y tener una alimentación con fórmula pero en manos de personas que se sienten felices y a gusto con este método?
Otro ejemplo. Puede que lo mejor para mis hijos sea tenerme a la hora de dormir todas y cada una de las noches leyéndoles un cuento. La rutina es muy importante para los chicos, y así descansan mucho mejor. Pero alguna vez puede que yo decida salir a comer afuera con mi marido y los deje con otra persona (no pasa seguido, pero espero que cuando crezcan sea más frecuente).
Son estas situaciones que nos hacen cuestionar qué es realmente lo mejor. Por supuesto, no puedo sentirme bien si sé que mis hijos están mal: si mi bebé está con fiebre, no se me ocurre privilegiar mi necesidad de dormir en lugar de desvelarme poniéndole paños fríos en la frente. Si mi hija está llorando porque se peleó con un amiguito no me molesta interrumpir la lectura de una novela justo en la mejor parte. Pero cada vez estoy más convencida de que no puedo ser buena mamá si no estoy bien, primero, conmigo misma. Y esto necesariamente implica que a veces haya que hacer algunas concesiones.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero, ¿qué es lo mejor? Lo mejor, ¿es lo mejor posible? ¿Qué necesitan de verdad nuestros hijos y qué creen que necesitan? ¿Qué necesidades nuestras estamos dispuestos a dejar de lado, y cuáles en cambio son irrenunciables? ¿Verdad que no es fácil?

jueves, 3 de agosto de 2017

"Pero... ¿todavía das la teta???"


No solo comida: también son
la mejor almohada.
"¿Hasta cuándo va a tomar la teta ese chico?". No, todavía no me lo dice nadie (no a la cara, por lo menos). Mi bebé de nueve meses todavía es plenamente un bebé, nadie cuestiona que parte de su alimentación provenga de mis pechos. Sin embargo, sé que a muchas personas les choca más ver a niñitos de un año y medio, dos, tres o más prendidos a la teta de su mamá. Como si no fuera parte de la naturaleza, ¿no? Yo misma reconozco haber murmurado en más de una oportunidad: "peeero, si ya está grande, mejor comprale un helado...".
Hoy en día llevo muchas lecturas sobre lactancia como para saber que la opción de prolongarla hasta que el propio niñito lo decida es válida y saludable. Hasta la OMS dice que la lactancia materna debería prolongarse por dos o más años. Sin embargo, también sé que esa opción no es para mí. De a poquito, muy de a poquito, mucho más de a poquito que con mi primera bebita, estoy empezando a contemplar la posibilidad del destete. Todavía falta. Pero no tanto.
En el caso de Dani, ella tomó teta exclusiva solo hasta los dos meses. Me ponía muy ansiosa el hecho de que cada algunas semanas variara la producción, que ella pareciera quedarse con hambre. Recién en mi segunda maternidad aprendí de las crisis normales de crecimiento y no me desesperé más. Con mi primera hija, el pediatra me sugirió agregar un complemento para tranquilizarme a mí, no porque a Dani le hiciera falta. Y fue la mejor decisión, por más que me lo puedan criticar algunas fundamentalistas teteras: el hecho de saber que ya no dependía de mí al 100% fue lo que me permitió relajarme, continuar y entonces sí, disfrutar de dar el pecho. Dani pudo seguir tomando incluso cuando volví a trabajar, y así siguió -intercalando con mamadera y, desde los 6 meses, con comida- hasta unos días antes de su primer cumpleaños, cuando ella solita decidió que ya no iba más. Debe haber coincidido con estar cortando algún dientito, pero yo aproveché y dije "listo, ¿no querés? Ya está". Y así tuvimos nuestro destete, mutuo, del cual salimos super unidas y sin ningún tipo de trauma.
Tenía más pelo a las 9 horas que a los
9 meses, ahora que lo veo...
Con Quiqui la lactancia fue desde el principio muy fácil. Bueno, sí, hubo dolores y algún pezón agrietado los primeros días, pero sabiendo que se pasaba rápido no me importaron demasiado. Gracias a la pediatra que tenemos ahora me dejé llevar por la recomendación de dar el pecho a demanda, sin mirar el reloj, y pudimos entablar un ritmo enseguida. Y el gordo no necesitó ni una gota de leche de fórmula hasta los cinco meses, cuando empezó el jardín y no tuve ganas de estar peleándome con el exprimidor de teta sacaleche.
Quiqui ahora come lo que le dan, se sienta a la mesa con nosotros y hace payasadas con su hermanita mayor, disfruta desayunando tostadas con queso crema y comiendo trocitos de fruta con la mano. Prueba desde arándanos hasta panqueques de arveja, y si todavía no comió pescado es porque estoy vaga para cocinarlo. Aún así, la teta es LO MÁS para él. Me doy cuenta por su desesperación cuando vuelvo a encontrarlo después de que pase la mañana en el jardín maternal: es como si se saciara de mamá, de brazos, de amor, aunque no venga con hambre. 
También es un excelente recurso para dormirlo... o lo era, hasta hace un tiempito. En las últimas semanas lo vengo notando más alerta, no se relaja con tanta facilidad tomando el pecho. A veces, incluso de madrugada, toma un rato y después listo, no quiere más leche y ¡a jugar! Siento que está agotándose de a poco la magia. Últimamente, los superpoderes para dormir a Quiqui los tiene papá.
Por esto, porque está más grande, porque sueño con volver a dormir una noche de corrido de vez en cuando, porque me encantaría poder dejárselo por unas horas a los abuelos y salir al cine con mi marido, es que vengo pensando en que de acá a un tiempo iré destetándolo. Creo en un destete respetuoso, pero no eterno. Y así como la lactancia es fabulosa para el bebé porque tiene diez quintillones de beneficios, también estoy plenamente convencida de que ninguna mujer tiene que sentirse culpable por criar a su bebé con mamadera, ni mucho menos verse obligada a dar la teta si no quiere hacerlo. Tampoco yo.
Por ahora sigo queriéndolo. Por un tiempo más. A disfrutarlo mientras tanto, entonces.

¿Y ustedes, mamás? ¿Dan / dieron la teta? ¿Durante cuánto tiempo?

domingo, 12 de marzo de 2017

"La adaptación a la guardería es para vos"

Si somos tan felices juntos...
Así de claro me lo explicó la directora del jardín maternal al que mañana comienza a asistir Quiqui. Con cinco meses recién cumplidos, y con una madre pronta a terminar su licencia por maternidad, a mi chiquito no le queda más remedio que despegarse de mis brazos e ir a pasar algunas horas diarias a este lugar. El jardín es precioso, limpito, seguro. Las aulas tienen calefacción y no va a pasar demasiado calor en verano. La directora y la maestra me resultaron amorosas y comprensivas. El proyecto pedagógico es copado. El costo es alto, sí, pero no más que en cualquier otro jardín maternal. Todo está en regla y sé que mi gordo se va a adaptar bien y pasar sus mañanas tranquilo y bien cuidado.

Y no me importa nada. 
Tengo un nudo en la garganta y ganas de llorar a gritos. 
No quiero dejarlo, a mi bebé. 
Siento que no es la mejor opción, es la única. 
Y me duele. Y me va a hacer mucha falta. Y no puedo imaginarme estar cinco horas dando clase en mi colegio sin ver su carita y su sonrisa de encías. Y se me estruja el corazón de pensar que va a llorar y que no voy a estar ahí para consolarlo con mis canciones, mi upa y mi teta.

La lactancia es otro motivo de mi crisis. Le falta aún un mes para empezar a comer. Hubiera deseado en el alma poder cumplir los seis meses de teta exclusiva, pero el ordeñe con el sacaleche no se me da. La pediatra me dijo que no me haga problema, que si tiene hambre va a tomar mamadera (por ahora no la quiere) y que no le va a hacer ningún efecto empezar a complementar con fórmula. Pero de todas maneras me da culpa, siento que me faltó tan poquito para el éxito, para haberlo acompañado en todo este tramo hasta que esté en condiciones de comer.

Será poco feminista lo que digo hoy, no quiero ser incoherente, pero me gustaría tanto poder dedicarme sólo a cuidar a mi bebé por las mañanas, no tener que salir a trabajar, no tener que despegarme tan pronto de él. Lo veo tan chiquito todavía... Y de nada me sirve ser mamá reloaded esta vez. Porque así como hay cosas que me joroban menos con mi segundo hijo, me hago menos problema, tengo menos mambos... esto me duele igual que con Dani. A ella al menos la dejábamos en casa, con personas de confianza que nos ayudaban. Ahora con Quiqui no contamos con esa ayuda, evaluamos varias posibilidades pero los números no nos cierran y el jardín maternal es la única alternativa por ahora.
¿Cómo no lo van a querer?
Así que encima tengo que fumarme comentarios de desconocidos -¡y hasta de familiares!- que me dicen cosas como "no, ¿cómo lo vas a dejar desde tan chiquito? Comprate un kilo de asado menos por mes y dejá de trabajar" (claro, porque yo trabajo por amor al arte, no para pagar las cuentas). O "¿que te cobran CUÁNTO???? Si lo van a dejar tirado en la cuna toda la mañana sin llevarle el apunte...". O "uh, lo que pasa que en el jardín está lleno de pestes, se la va a pasar enfermo". CULPA CULPA CULPA SENTIRME UNA IDIOTA MÁS CULPA!!!!

Mañana empezamos. Vamos a ir un ratito nomás, para que lo conozcan. Supongo que no va a tener problema, es un gordito feliz y simpático, con sonrisita de costado al mejor estilo Harrison Ford. Lo van a amar. Mientras, se supone que tengo que estar tranquila para transmitirle seguridad a él. "Si vos te adaptás, él se va a adaptar también". Si la culpa ocupara lugar, yo tendría que estar alquilando depósitos a esta altura. 

Estoy triste. Quiero que todo esto se pase pronto. Quiero que el gordo esté adaptado, volver a conectarme con mi trabajo en el colegio, con mis alumnos y con los libros que compartimos. No sé si este año lo podré disfrutar, voy a intentarlo. Trataré de aprovechar al máximo el tiempo que paso criando a mis hijos. Dicen que soy una afortunada por trabajar solo medio día fuera de casa. Tal vez así sea. 

Una vez por semana, por si acaso, comencé a comprar un numerito de la lotería. Una puede permitirse soñar.

lunes, 6 de febrero de 2017

Tetas

Sí, hoy quiero hablar de las tetas.

Están en boca de todos últimamente (y no, por más que este sea un blog de maternidad no hablo solo de los bebés). Hace pocos días, en Argentina fue noticia un procedimiento policial en una playa, en el que se desplegaron ¡20 agentes! todo por unas chicas que habían decidido tomar sol en topless. El hecho, que por mi parte no puedo calificar más que de exagerado y ridículo, recibió repercusiones en todos los medios. Muchísimos hablaron de los motivos detrás del accionar de las mujeres. Muchos menos saltaron a preguntarse qué deberían haber estado haciendo esos veinte policías mientras se preocupaban porque las chicas se taparan o se fueran de la playa.
Foto tomada de la nota del diario La Nación.

Además de las agresiones del personal policial en cuestión, de los insultos de otras mujeres en la playa o de hombres que decían "no podés estar en tetas, loca" o cosas así de suavecitas, las mujeres en cuestión debieron soportar más insultos y denigraciones en los medios de comunicación, en especial en los comentarios de los lectores. Que se lo buscaron, que con eso quieren "provocar", que es una "agresión", etc. 

Todo por haber expuesto sus pechos al sol. Probablemente, para disfrutar de un buen bronceado. Como hacen tantas mujeres de diferentes culturas, estas chicas no sintieron que haya de qué avergonzarse.

Pero las tetas asustan. Interpelan. Provocan reacciones. Y no todas agradables.

Son el emblema de la femineidad. Su función biológica en nuestro cuerpo es clarísima: alimentar a nuestros cachorros. Y sin embargo, occidente ha hecho de ellas algo con tanta carga sexual como los órganos genitales (no faltaron, a propósito del episodio de Necochea, hombres que sin entender nada dijeran cosas como "si ellas se ponen en tetas nosotros tendríamos que mostrar el pene"). Como si fuesen lo mismo. Como si, cada vez que algún exhibicionista decide apoyar a una mujer en el colectivo o mostrar lo suyo delante de una nena de escuela primaria hubiera ¡qué digo 20! ¿2 policías alertas, al menos?

Las mujeres no agredimos físicamente con nuestras tetas. Tampoco lo estaban haciendo las chicas de la playa. La queja de los bañistas era por "impudicia", "exhibicionismo", "atentado a la moral". La misma queja hubiera sufrido alguien de la época victoriana por dejar ver, no sé, los tobillos.

El problema no es si las tetas se deben mostrar u ocultar. Las tetas son, las tetas están. Nadie en esa playa veía un seno por primera vez. El problema es que cuando las tetas se muestran en un show televisivo que lidera el rating, que es todo menos un show de baile, conducido por un tipo misógino que cosifica a la mujer, entonces está buenísimo. Cuando las tetas están en función de ser juguetes del varón, todo bien. Obvio, siempre y cuando sean un par grande, prolijito, siliconado. No vale mostrar tetas caídas. Ni estriadas. Ni desparejas. No vale mostrar tetas reales. No vale mostrarlas cuando la que quiere disfrutarlas es la propia mujer (recibiendo, en este caso, la caricia del sol). ¿Que las veían los chicos? Para ellos, la teta es lo más natural del mundo. O debería serlo. Los que la desnaturalizamos somos los adultos.

Ni las mamás en plena función maternante nos salvamos. Hace unos meses, unas agentes de policía quisieron detener a una chica que amamantaba a su bebé en una plaza en San Isidro. Las repercusiones fueron enormes ("teteadas" solidarias, comentarios en apoyo de la chica en su mayoría). Claro que acá los pechos cumplen la función alimentaria, y entonces son menos los que se alzan en su contra. Pero que los hay, los hay. Más cuando el amamantado ya no es un bebito pequeño sino un nene algo mayorcito, que "ya podría comer un choripán, qué necesidad de estar dándole la teta delante de todo el mundo....". Como si las tetas fueran de interés nacional, y no solamente de la mamá y -al menos momentáneamente- del niño interesado.

(Reconozco que yo misma, hace unos años, cuando amamantaba a Dani en un lugar público, me tapaba y sentía cierto pudor. Con Quiqui (casi) no. Cada vez menos. Todavía un poquito. Pero estoy tratando de superarlo).

Creo que asistimos, desde el fenómeno #NiUnaMenos, ahora vigente también a nivel internacional como lo demostró la marcha de las mujeres en protesta contra Trump, a una revolución feminista. Una nueva revolución feminista debería decir, para no menospreciar las luchas y las conquistas de las mujeres en el pasado. Y, como en toda revolución, cuando un grupo hasta ahora oprimido comienza a alzarse, el grupo opresor aprieta más fuerte. Y además de anécdotas como lo de la playa de Necochea o la plaza en San Isidro, vemos crímenes cada vez más aberrantes hacia las mujeres. ¿Será que hay mayor visibilización de la violencia de género que antes? ¿O se estará recrudeciendo? El patriarcado amenazado, defendiéndose con uñas y dientes.

Por si hace falta quiero aclarar que con dos grupos no me refiero a hombres por un lado y mujeres por el otro. Hablo de una ideología de género patriarcal por un lado, y una ideología feminista cada vez más consciente por el otro. De la última también forman parte cada vez más hombres, sobre todo los jóvenes, que son quienes seguramente encontrarán su lugar en una sociedad igualitaria que les permitirá mostrar a pleno su sensibilidad, ejercer la paternidad con compromiso y amor, elegir su orientación sexual con mayor libertad y trabajar y vestirse como quieran. De mi parte, haré todo para que mis dos hijos formen parte de este grupo.
Y de la vieja ideología patriarcal, que creo que está destinada a caer (aunque antes, como perro viejo, muerda, desgarre y lastime), lamentablemente no solo forman parte los hombres machistas que crecieron con "coronita", sino tantas mujeres... como las que señalaban a las chicas en la playa, como las policías que quisieron detener a la mamá, como las que siguen comentando que no hay por qué "provocar" a los varones (¿no será que los varones deben dejar de sexualizar y objetivar a las mujeres?), como las que miran el Bailando... y hablan mal de tal o cuál chica... Y esto me preocupa más. A veces todavía pareciera que somos nuestras propias enemigas en lugar de aliadas.

Comencemos por aceptarnos entre nosotras si queremos ser plenamente aceptadas.
Las tetas son cosa de cada una. Tus tetas son tuyas. No de la opinión pública.

¿Tenemos que salir a la calle a mostrarlas para hacernos oír? Sí. O no. Como cada una quiera, si con ello no daña a nadie.

Pero no callemos. No nos guardemos. Que no nos asusten. Que no nos dé miedo ser tildadas de "feminazis". Que no temamos perder nuestra esencia femenina: al contrario, abracemos esa esencia, sintamos cómo nos hermana. Incluso con las que no piensan igual que nosotras. Las que somos madres, las que no quisieran serlo jamás, las que aman a otras mujeres, las que preferirían seguir siendo siempre amas de casa, las que salen con muchos hombres, las que prefieren la abstinencia, las que se operan para verse jóvenes, las que deciden dar mamadera, las que cobran por mostrar o prestar su cuerpo, las que militan, las que dicen descreer de toda ideología.

Vos. Yo. Nosotras.

martes, 27 de diciembre de 2016

Para pedirles a los reyes: artículos que facilitan la maternidad

Cuando te convertís en madre, tu vocabulario se expande de manera insospechada. Pero además de eso, te enterás de todo un rubro de productos que desconocías. Porque si bien todos hemos visto alguna vez un cochecito para bebés o una mamadera, ¿alguien que no sea madre ha reparado en los protectores para pezón, los portachupete, los esterilizadores de mamadera, las almohaditas para que el bebé permanezca panza arriba, los mei tai, las bandoleras, las mochilitas ergonómicas o los fulares (que no, no son lo mismo)?

Es cierto, la cultura de consumo te intenta hacer creer que no podés no tener el último modelo de (inserte producto innecesario aquí). Hay dispositivos varios que están pensados para "simplificarte la vida" como madre que en el mejor de los casos mantienen al bebé distraído unos minutos y después no hacen más que juntar polvo encima de un placard. 

Pero hoy vengo a hablar de aquellos ítems que sí me han sido de utilidad y que podría recomendar a alguna mamá embarazada que me preguntara: ¿qué les pido a los Reyes Magos?

Almohadón de lactancia: Estoy hablando de esos tipo chorizo rellenos con microperlas. Me lo regaló mi suegra cuando esperaba a Dani, y me sirvió para dormir un poco mejor los últimos meses de ambos embarazos, pero además es super cómodo para dar la teta, y también sirve para apoyar y contener a los bebés chiquitos. Advertencia obligada: no hay que forzar en los niños posiciones a las que no lleguen por sí mismos, y un bebé no debería dormir sin supervisión en ningún lugar que no sea su cuna y boca arriba. Hecha la salvedad...

Practicuna: Ni moisés ni catre. Esta cunita portátil me sirvió muchísimo con Dani (que durmió en nuestra habitación hasta los seis meses), para llevarla de viaje, y hasta como corralito para que juegue cuando iba creciendo. Solo la usó hasta los dos años porque amagaba con escalarla y podía caerse. Pero ahora también la usamos con Quiqui, y nuevamente la podemos llevar de vacaciones para que duerma tranquilo en el destino.

Sacaleche: Este fue un amor a segunda vista. Ya conté que me costó más la lactancia con Dani que con Quiqui, por más que mi segundo vástago sea una bestia devoradora que me ha convertido en una vaca lechera. Con un poco de práctica, le tomé la mano al exprimidor (¡perdón, extractor!) que había comprado y que no supe aprovechar en mi primera lactancia. Dani cayó muy pronto en las leches de cajita. Con Quiqui vengo zafando gracias a que puedo dejarle mamaderas de mi propia producción láctea. 

Bañerita con asiento: Por supuesto que no hay que confiarse y dejar al bebé solo en la bañera ni un segundo. Pero con el asiento al menos tenemos las manos libres para enjabonarlo y enjuagarlo, hacerle jueguitos, alcanzarle alguno de los juguetes, etc. Ideal para los primeros meses. Algunos modelos permiten sacar el asiento cuando los bebitos pueden sentarse solos y entonces duran mucho más.

Fular elástico: Adoro el porteo. Con mi primera hija apenas llegué a asomarme a este mundo de la mano de las para nada ergonómicas mochilas colgonas y la bandolera de anillas Wawita. Las usé muy pocas veces -por suerte, porque después supe que no son lo mejor para la postura del bebé ni la propia- pero me hicieron intuir que eso de llevar encima a tu bebé tenía que funcionar mejor. Vi por la calle varias chicas con fulares y le pedí uno a mi papá de regalo poco antes de que naciera Quiqui. Y no sé cómo hice para ser mamá sin esto: me ha salvado teniéndolo cómodo (¡y dormido!) más de un turno médico, un casamiento, un asado a la noche, el cumpleaños de 4 de su hermana, viajes varios en transporte público... y me sirve para relajarlo incluso en sus peores días.


Por otro lado, no recomiendo comprar:
- Chupetes (no en cantidad, al menos): Con Quiqui me pegué un chasco porque no hubo forma de que los aceptara, y nos descolocó porque su hermana había sido la versión argentina de Maggie Simpson.
- Portachupetes: Las famosas "soguitas" o "cadenitas" para sostenerlo cerca de la ropa del bebé son tan bonitas como poco prácticas. De alguna manera, el chupete siempre termina en el suelo.
- Moisés: Me prestaron uno, precioso, de mimbre. La gorda entró menos de tres meses en él. Con Quiqui ni lo intenté.
- Esterilizador de mamaderas: ¿Tenés en la cocina una olla grande, agua corriente y gas para encender la hornalla? Entonces tenés lo que se necesita para esterilizar mamaderas, chupetes, sacaleche y demás.
- Juguetes para bebés de menos de tres meses: No les dan bola. Es más interesante mirar tu cara que la del títere. Es más divertido el ventilador de techo que ese móvil con musiquita que te salió sus buenos mangos. Y, obvio, prefiere escucharte cantar a oír la música del peluche con luz...
- Baberos: Los inútiles son los muy chiquitos, que no atajan ni la comida, ni el vómito, ni las manchas del suplemento de hierro que terminan por toda la ropa. Sí sirven los muy grandes, aunque no en los casos de grandes "desbordes" de ningún tipo.
- Cochecito: Ojo, sí recomiendo tener uno, por mucho que me guste portear. Pero elegilo bien, que no sea muy pesado, que entre plegado en el baúl del auto y desplegado (con el bebé encima) en el ascensor si tenés uno en casa. Todo lo demás es un clavo.

¿Y ustedes, mamás? ¿Qué les quieren pedir a los Reyes Magos? ¿Y con qué productos se han clavado de lo lindo?

sábado, 3 de diciembre de 2016

Mamá re-cargada

Cuando decidí darle a mi blog un nombre, lo primero que pensé fue en "mami recargada", en el sentido de que se recargan las baterías, o que se vuelve a llenar una botellita de agua para seguir tomando, pero finalmente me decidí por el término en inglés. Y no, no solamente por la película Matrix (la segunda parte no me gustó nada) sino porque me pareció que el término extranjero no tiene la connotación negativa que puede tener en español (al menos, el español argentino que hablo) re-cargada, como sobrepasada, demasiado cargada, abrumada, etc. 
Ser mamá de dos, en principio, ha sido una manera de redoblar mi alegría por ser mamá, de sentirme más segura. Ya sea por la experiencia previa o bien por procurar hacer algunas cosas distintas, como conté cuando hablé de mis primeras veces con dos hijos, me siento mejor mamá por serlo por partida doble.
Cara de "mami re-cargada" necesita sus espacios...
Pero hay días en que debo admitir que sí me siento recargada. En el sentido de re-cargada. Recontra.

Esta fue una semana difícil. Y no, no tanto por las noches interrumpidas por mi bebé, que todavía no tiene dos meses. Más que nada, es Dani, mi hija mayor, la que me satura por momentos. Está muy celosa de su hermanito, que cada vez está más adorable. Cuando nació, en ella predominaba la alegría y la ternura hacia el nuevo bebé que los celos. Pero ahora que los desconocidos me paran por la calle para alabar al bebé, ahora que él sonríe y pasa más ratos despiertos, ella siente como nunca que ha perdido el estrellato. Y nos lo hace notar. 
Lo peor es que se porta terrible cuando estamos los cuatro juntos, con su papá, y cuando más siento que tendríamos que disfrutar del tiempo en familia, nos lo pasamos los dos retándola y volviéndonos locos para arreglar todo lo que el huracán Dani va dejando en su camino de destrucción... 
Y yo entiendo que ella necesita más que nunca saberse amada, comprendida... que debería armarme de paciencia y darle dosis extra de abrazos en lugar de gritarle que no se toca el ventilador, que no se les tiran ramas a los autos, que no se le pega a mamá o que la comida es para comer y no para jugar... Pero a veces la situación me sobrepasa. Esta semana, por ejemplo, se complicó más de la cuenta porque Dani se pescó una conjuntivitis, yo me la contagié, y ya expliqué que no soy buena con los temas de salud, ni míos ni de mis hijos.

Mientras tanto, con Quiqui también me ocurre que, al estar más grande y más vivo que antes, me demanda más esfuerzo: quiere dormirse solamente conmigo y no con su papá, o sea que, además de la teta, ahora siento que soy la encargada de que descanse. Pareciera que depende de mí para todo. 
Y si a esto se le suma que mi marido viene de unas semanas muy ocupadas en su estudio y su trabajo, no es de extrañar que me sienta sobrecargada. El no contar con espacios propios más que la maternidad, el no salir sola a la calle siquiera a dar una vuelta manzana porque soy la única disponible 24x7 para cuidarlos a ambos chicos, el que encima mi hija mayor esté tan difícil y se la tome conmigo (¡como debe ser! No quisiera que se desquitara con el bebé), todo esto me deja agobiada.
Extraño juntarme con mis amigos. Esta semana me puse de muy mal humor porque se organizó una mega salida para ir a ver Doctor Strange y me la perdí. Extraño el cine. Extraño mis clases de yoga. Hasta extraño mi trabajo a veces. Sé que terminaré por volver a cada una de estas actividades de acá a un tiempo, pero por ahora a veces siento que soy mamá, y nada más. ¡Y es duro!

Hoy, sábado, hicimos algo al respecto. Hablé con el papá, le dije que prefería ir YO a hacer las compras, que él se quedara con los chicos. Y hubo algo más: Quiqui tomó en brazos de su papá su primera mamadera (de mi leche). Se la tomó con ganas, como el gordito que es. Esto me dejó un poco más tranquila, saber que puedo llegar a salir y que él se alimente igual en mi ausencia. Y Dani se puso muy contenta cuando le dije: "al cumple de tu amiguita la semana que viene te llevo yo, yo sola, y papi se queda cuidando a tu hermanito. Nos merecemos una salida de chicas".
Y necesitamos reconectarnos, volver a sentir lo lindo que es pasar el tiempo juntas.
Y yo, apreciar lo maravilloso de tener dos hijos y recuperar paciencia para esperar el reencuentro con las otras partes de mi vida que ahora aparecen ausentes o desdibujadas.


viernes, 28 de octubre de 2016

Brotes de crecimiento -o cómo mi adorable bebito se transformó en el niño sanguijuela

Anoche mi dulce Quiqui activó el modo sopapa: no se me despega de la teta. No logré dormir más de una hora seguida, que él se volvía a despertar y se prendía por una hora y media más. Y nada de cerrar los ojos y relajarse, tomaba como desesperado, con hociqueos y gruñidos de chanchito. Me resigné a tenerlo prendido al pecho y a pasar una de esas noches sin descanso a las que Dani en su momento me tuvo acostumbrada.

Y es que hace poco comprendí el tema de los brotes (o crisis) de crecimiento de los bebés. Parece que hay tres muy importantes que se suelen dar en todos los chicos más o menos para la misma época: a las 3, a las 6 y a las 12 semanas de vida aproximadamente. La primera, la de las tres semanas, es la que le toca atravesar a mi bebé. Simplemente, él está más grande y necesita más leche de la que viene tomando hasta ahora. Es cuestión de ponerlo a tomar todo lo que él me pida para que mi cuerpo en pocos días aprenda que debe producir más y todo se vuelva a normalizar. Mientras tanto, resignarme a que por estos días Quiqui se ha convertido en el bebé sanguijuela.

¿En qué me cambia ser mamá de dos? Esta misma crisis la debo haber atravesado con Dani y hoy no la recuerdo. Sí me doy cuenta de la diferencia de tener una buena pediatra para que te ayude a sostener la lactancia. El doctor de Dani era un excelente profesional, pero un señor muy mayor y con una visión muy clásica de la crianza: abogaba por "ordenarle las tomas", que "no me use la teta de chupete", y a la vez, me reconocía que la nena lloraba porque tenía hambre. ¿Qué hacer? En su caso, terminé recurriendo a la leche de fórmula en carísimas cajitas (el famoso "complemento"). Ahora, la nueva pediatra me dice que no me preocupe tanto, que si mi bebé pide teta quince veces le dé teta quince veces, que tiene menos de un mes, no lo estoy malcriando ni creando malos hábitos.

Por ahora, tengo muy firme mi propósito de sostener la lactancia cueste lo que cueste. Y, a diferencia de lo que me pasó en mi primera maternidad, una crisis de crecimiento no me genera angustia (aunque sí muuucho sueño), no me desespero, no siento ganas de salir corriendo, sino simplemente de sentarme a escribir.