¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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martes, 26 de marzo de 2019

Cielo e infierno de las siestas

Las siestas de los chicos, ¡qué tema! Yo siento que con solo dos hijos, me tocó atravesar experiencias opuestas.

Algunas veces imagino que tengo la posibilidad de viajar en el tiempo, encontrarme con aquella que fui hace apenas cinco o seis años, la que era solamente mamá de Dani, y que nos tomamos un café juntas. La de cosas que le podría decir. La de cosas que me hubiera gustado escuchar o saber por aquel entonces... Me costó mucho, muchísimo, ser madre primeriza. Si ahora todavía hay días en los que estoy bajoneada y me digo que no vale la pena escribir un blog de maternidad, que como madre me siento una farsa (después se me pasa), en aquella época directamente sufrí una -leve- depresión postparto y me sentía inútil por completo.

Mi hija mayor fue, desde chiquita, una beba de mal dormir. Le costaba muchísimo quedarse dormida, la despertaba cualquier sonido, jamás respetó las tablitas indicadoras de cantidad de horas de sueño (¿un recién nacido de verdad duerme 18 horas diarias? Dani creo que no llegaba a las 13 ni siquiera sumando los  quichicientos pedacitos de 15 o 30 minutos a lo largo de la jornada...). Y para mí, que siempre fui dormilona, la privación de sueño se convirtió en una verdadera tortura, psicológica y también física. Bajé mucho de peso, me asaltaban toda clase de pensamientos negativos, literalmente me preguntaba qué me había llevado a convertirme en madre si era algo tan terrible para mi organismo... En retrospectiva no sé si mi cuadro llegó a ser depresión, o si se trató pura y sencillamente de agotamiento.
Uno de mis momentos diarios más sufridos era la hora de la siesta de la gordita. Yo sabía que ella tenía que dormir porque la notaba totalmente irritable, se refregaba los ojos, pero no había manera de calmarla. Se desvelaba ella misma con su llanto, no se dormía ni a la teta, ni con canciones, ni meciéndola. Finalmente caía rendida después de, a veces, dos horas seguidas intentando ponerla a dormir. A la media hora exacta, abría los ojos y seguía llorando... Yo no tenía manera de sentarme a trabajar o preparar una comida, o descansar unos minutos, durante sus siestas. Y al día de hoy, no sé si éramos nosotros los que alterábamos su sueño paradójicamente, o si ella naturalmente era de dormir menos y nosotros no podíamos aceptarlo. Si llegábamos a estar fuera de casa a la hora de la siesta, no solo no dormía, sino que se ponía más fastidiosa. Y en aquella época no teníamos auto para que aunque sea cabeceara en el viaje. Así se fue pasando su primer año. 
Dani a los dos años y medio:
"¿'Ma qué siesta ni qué ocho cuartos? ¡A mí déjenme jugar!"
A medida que creció, conseguimos que con una estricta rutina durmiera una hora, una hora y media durante algunas tardes (nunca todas). Y ya desde los tres años y medio dejó la siesta por completo, lo que por otra parte implicó que comenzara a dormir mejor de noche. Hoy en día es una nena de seis años sana y muy despierta, que solo duerme siesta si se enferma y que hace noches bastante cortas, pero en general ininterrumpidas. Dani es así: hoy prefiero verla como es y no esforzarme por cambiarla. Es maravilloso ver cómo ella sola arma juegos, se entretiene con lecturas o dibujos, y nos deja descansar también a sus papás los fines de semana.

Y bueno, si la MamiReloaded que soy hoy pudiera encontrarse con esa pobre madre privada de sueño, me encantaría contarle que cuando sea mamá por segunda vez, las siestas de su hijo menor van a ser una auténtica bendición. Quiqui es un gran dormilón (si bien a la mañana madruga mucho). No solamente se queda dormido con facilidad, sino que él mismo se da cuenta de cuando tiene sueño, acepta las siestas de buen grado y tira dos horas seguidas ¡o más si lo dejamos! De bebito se quedaba dormido en mi pecho todas las tardes, y ya más grande me deja libres estas horas que dedico sobre todo a escribir, escribir, escribir... Sus siestas son la mejor niñera que tengo.
Una de mis postales de maternidad preferidas.
Pero no solo eso. No disfruto solamente descansar de su energía y su movimiento por un par de horas. También me parece enormemente placentero el momento de acostarlo a dormir. Tenemos nuestra rutina, que es casi sagrada. Salvo que justo yo esté fuera de casa por algún motivo, siempre lo duermo yo. Y lo hago así: después del almuerzo saludamos a los juguetes, bajo la persiana de su cuarto, nos metemos en su camita a leer un cuento (últimamente siempre me pide el mismo). Después, nos damos un beso y un abrazo, le digo "ahora, a dormir", se acuesta al lado mío y en pocos minutos lo escucho respirar de manera acompasada. Hay veces que yo también dormito unos minutos abrazada a mi chiquito antes de levantarme y seguir con mi rutina de redactora freelance.
Si no estamos en casa, duerme un ratito casi en cualquier lado. Si un día muy especial llegamos a hacer planes y se saltea olímpicamente la siesta, por un día no le pasa nada. Y la mayor parte de las tardes que sí pasamos en casa y sí duerme como un angelito, cuando finalmente se despierta, en general lo hace de buen ánimo ¡porque él es así!
Quiqui tiene dos años y medio. Ya sé que no le queda tanto tiempo de siestas, seguramente (aunque espero que las sostenga hasta los 4 o 5 años, por lo menos, no como su hermanita mayor). Esta época la voy a atesorar toda la vida como nuestro tiempo dorado de siestas compartidas, de cuentos, de mimos. Amo la hora de su siesta. Quién lo hubiera dicho.

¿Duermen la siesta sus hijos? ¿Hasta qué edad lo hicieron si ya la dejaron?

jueves, 27 de septiembre de 2018

Colecho sí, colecho no...

Suelo decirle a Dani que ella me enseñó a ser mamá. Y le doy las gracias. Son muchísimas las experiencias que capitalizo de mi primera maternidad y que me enriquecen, me hacen mejor persona y me ayudan a crecer. Pero no solamente aprendo de las cosas que hago bien, sino también de los errores -por eso sostengo que ser mamá de dos me ha hecho mejor mamá, que desde que tengo a Quiqui siento que Dani también se ha beneficiado.
Tengo mil versiones de esta foto con el gordo.
Mi segunda maternidad viene siendo más relajada, más tranquila (no siempre, pero bueno, si miramos el panorama, me entienden...). Dos cosas que me cambiaron para bien siendo mamá del gordo fueron el porteo y el colecho. De lo primero tal vez hablaré en otra ocasión, fue hermoso aunque breve. El colecho es algo que todavía practicamos, aunque ahora de forma ocasional.

En mi infancia, no recuerdo haber dormido una sola noche en la cama de mis padres. Ni siquiera cuando se separaron y mamá se quedó sola con nostras chiquitas. Ella siempre sostuvo que el dormitorio de los grandes era para los grandes, y el de los chicos, para los chicos. Tal vez haya sido un poco rígida mi mamá en ese aspecto, pero no era en absoluto la única que pensaba así: hasta hace pocos años, el colecho estaba mal visto en general.  Era algo que sucedía, pero que se guardaba en secreto. Todavía recuerdo cuando para una materia de la facultad me tocó analizar esta nota periodística que hoy, varios años después de Carlos González, Rosa Jové y otros defensores que instauraron la crianza con apego, parece de la prehistoria.
Una de las pocas que tengo colechando con Dani.
Posiblemente por mi propia experiencia infantil, cuando Dani nació creí tener bien en claro que ella debía dormir en su propio moisés, y lo antes posible, en su propio cuarto. La única concesión que hice fue con las siestas: obvio, como cualquier bebé, ¡ella quería dormir con su mamá! Por las tardes, si no era a upa, no dormía. Por las noches, fue una lucha conseguir que conciliara el sueño sola -si bien tengo el consuelo de pensar que nunca usamos el terrible método Estivill ni la dejamos llorando. Cuando, con dos añitos y medio, se pasaba a nuestra cama, con paciencia la llevábamos de nuevo a su cuarto. Las pocas noches que pasé con ella fueron cuando estaba con ataques de tos, y nadie me quita de la cabeza que hay algo psicológico en este mecanismo. Todavía hoy, con cinco años y medio, cuando tiene uno de esos ataques el mejor remedio es irme a dormir con ella (aunque ya casi no quepo en su cama y Dani misma me reconoce que está incómoda).
Con Quiqui, todo fue diferente. Para empezar, ya en la maternidad donde nació me alentaron a que le permitiera dormir boca abajo sobre mi pecho (el único lugar donde es seguro que un bebé recién nacido duerma en esa posición). "¿Por qué insistís en dejarlo en la cuna? Lo natural es que quiera dormirse pegado a vos", me dijo una enfermera, que no se habrá imaginado que me estaba cambiando la cabeza y dando un giro de 180º a mis noches de puerperio. Y así fue como con Papi Reloaded nos resignamos a compartir no solo el cuarto, sino muchas noches, también la cama. Y obvio, se hizo costumbre.
Siesta de hermanos, ¿adivinen en qué cama?
No sé si "abrazamos el colecho con entusiasmo" sería la expresión más acertada. Yo hablaría más bien de una dulce resignación a tener al "intruso" por lo menos media noche hecho una pelotita entre los dos. Llegó un punto en que volverlo a pasar a su cuna era arriesgarse a que el llanto despertara a la hermanita mayor, que también tenía que madrugar a la mañana siguiente. Decidimos que iba a ser más fácil para todos dejarse llevar.

Hace unos pocos meses, le compramos al gordo su cama. La cuna ya le estaba quedando chica. Y ahora, que está por cumplir dos años, muchas noches ya las duerme de corrido. Nos despertamos por la mañana con el despertador, no con sus patadas ni sus manitos en la cara. Y ¿qué quieren que les diga? Está bueno, pero un poco también lo extraño. Me alegro mucho de haber podido vivir esta experiencia de colecho sin culpa, de disfrutar también de la protección brindada a mi cachorro, de dormirme con su cabecita sobre mi brazo, de escucharlo respirar sereno.

A aquellos que estén pensando en dormir con sus bebés, les recomiendo, primero, que les presten atención a las recomendaciones para el colecho seguro, y segundo, que lean este hermoso artículo en Babycenter. ¡Y felices sueños a todos!

jueves, 15 de febrero de 2018

Perdón, hoy no pude

Perdón, chicos, hoy no fui la mejor versión de mí.
Hoy no les tuve paciencia. Es cierto que están demandantes, que Dani me contesta todo y que se le dio por volverse muy quisquillosa a la hora de comer. Es cierto que Quiqui no está acostumbrado a quedarse bajo el cuidado de mi mamá, su abuela a la que adora, y que con tantos juegos y risas se le pasó la hora de la siesta y se puso chinchudo. Pero nada de eso es lo importante. La adulta acá soy yo. Y fui yo la que no entendió que también ustedes se están habituando a que volví al trabajo, a que ya no estoy disponible todo el día. No pude poner buena cara ni decir las cosas con ternura.
Perdón, porque hoy estuve gritona. Los reté más de la cuenta. Exigí de más. Esperé que se pusieran a la altura de unas expectativas poco realistas.
Perdón, porque aún sabiendo que cada día de su infancia es único e irrepetible, y que a medida que crecen se alejan cada vez más, y que algún día extrañaré estos momentos que no vuelven, pese a todo eso, hoy no pude disfrutarlos.

Es cierto que la mayoría de los días disfruto de ser mamá más que de nada en el mundo. Pero también es cierto que hoy estoy cansada, mal dormida, tensa ante las caóticas semanas que se nos vienen encima hasta que la rutina vuelva a acomodarse. No solo no lo pasé bien con ustedes, mis hijos, no lo pasé bien con nada. Estuve todo el día esperando que las horas pasaran. Lógico, se me hicieron chicle. Ustedes, chiquitos, lo percibieron, absorbieron mi malestar. Y entramos en uno de esos círculos viciosos que supongo que toda mamá o todo papá padecen de vez en cuando.
Pero que solo a nosotros, los grandes, nos corresponde romper.

Por eso les pido perdón. A diario hago un esfuerzo por ser la mamá que se merecen.
Hoy, hoy no pude.

sábado, 7 de octubre de 2017

Instrucciones para dormir al bebé

Con mis alumnos de 7º grado estamos leyendo fragmentos de Historias de Cronopios y de Famas, entre ellos el famoso manual de instrucciones que propone Cortázar. No es la primera vez que juego a emular a este escritor. Me divertí mucho acompañando a los chicos en clase y escribiendo yo también un texto de este estilo. Con una sonrisa y sin más pretensiones lo comparto con ustedes:

Es sabido por todos que los bebés duermen excelentemente bien en cualquier momento y lugar. Con la obvia salvedad de las horas de la noche y su propia cuna. Entonces, para persuadirlo, usted deberá emplear toda su astucia e inteligencia -que nunca serán mayores a las de ese enano maquiavélico que lo contempla a medianoche con los ojitos abiertos de par en par y una sonrisa aún desdentada.
Para dormir a su bebé, comience por ponerle un pañal limpio -que, indefectiblemente, se mojará y se filtrará despertando al infante en algún momento entre las 2:30 y las 5 de la madrugada, más allá de la bonita publicidad que asegura "noches de sueño de hasta 12 horas". Cuando termine de abrochar el pañal (cosa que requiere mínimo tres intentos) procure introducir al niño en una de esas condenadas prendas de vestir diseñadas para inducir el sueño, vulgarmente conocidas como "piyamita" y que solo consigue producir en el bebé un ataque de cosquillas en el mejor de los casos, y un brote severo de urticaria en el peor.
Con la luz apagada, proceda a alimentar al bebé, bien con su propio pecho -para lo cual usted debería a este punto ser mujer, preferentemente una madre o una nodriza-, bien con ese sustituto materno de material plástico conocido como mamadera, no confundir con un chupete pues es vox populi que este último "entretiene pero no alimenta".
El bebé satisfecho debería estar al menos adormilado. Momento en el cual usted aprovechará para colocarlo suavemente en la cuna, y salir con cuidado de la habitación. Por "cuidado" nos referimos que emule la manera en la que el mejor agente del escuadrón antibombas del FBI desactivaría un paquete sospechoso escrito con caracteres árabes. A este punto usted podría caer en la ingenuidad de creer cumplida la misión de dormir al niño, pero pronto esta tonta creencia será desmentida por un berrido de marrano procedente del otro lado de la puerta del cuarto. Prueba indefectible de que el chico se despertó, o de que nos estuvo tomando el pelo.
No lo deje llorar a no ser que quiera hacerse responsable por un severo trauma emocional en el futuro del niño. Tómelo en brazos, cántele, consuélelo, colóquelo una vez más en la cuna y vuelva a salir. Cuando lo escuche llorar otra vez, repita este procedimiento. Así, hasta que el bebé caiga rendido -o usted, lo que ocurra primero.

viernes, 26 de mayo de 2017

Normalidad, bendita normalidad

Dos semanas sin escribir en el blog, dos semanas con hijos enfermos en casa. ¿Coincidencia? Nah, ya conté lo mala madre que soy con las enfermedades, cómo sacan lo peor de mí, de qué me iba a poner a hablar si todo mi ser estaba pendiente de que mi bebé de siete meses mejorara de su primera enfermedad, una horrible bronquiolitis (dentro de todo leve, por suerte). Y por estos días, cuando el gordito ya estaba convalesciente, cayó Dani -de nuevo en menos de un mes- con otitis.
Primero cayó Quiqui. Su primera vez enfermito.

No. Prefiero hablar ahora de lo mucho que se extraña la normalidad. Y de cómo no valoramos ciertas cosas hasta que nos faltan. Dicen los mayores que lo que importa es la salud. Cómo no la valoramos hasta que no la tenemos. En el caso de mi familia, tenemos que ser agradecidos de que solamente faltó por dos semanas.

Dos semanas encerrados en casa. Dos semanas sin plaza ni amigos, ni paseos al aire libre. Sin (casi) ver a nadie, más que a los abuelos y a la tía que se dieron alguna vuelta. Y no solo los chicos: los adultos también nos sentimos aislados. Hoy nada me pone más feliz que mirar por la ventana y ver que hay sol, y pensar que en un rato puedo ir con mis dos chiquitos recuperados a dar una vuelta por el barrio.
Dos semanas escuchando el coro nocturno de tocecitas. De no dormir de corrido más de una hora y media o dos (con suerte). De tener que encender la luz a la noche para poder hacerle el paff al bebé y de escucharlo llorar a gritos a las cinco de la mañana, rogando que su hermana mayor no se despertara también (a veces lo hacía). Hoy me parece una maravilla que mi bebé solo se despierte una vez de noche para tomar la teta, y que tranquilito se vuelva a quedar dormido.
Mis dos tesoros convalecientes. Hermosos pero ¡qué laburo!
Dos semanas faltando intermitentemente a mi trabajo, porque con el papá nos turnábamos para cuidar a los nenes. Justificativos médicos para que no nos descuenten los días, preparar actividades de antemano para la persona que me iba a cubrir, ver cómo se me acumulaban los pendientes y las correcciones. Hoy valoré más que nunca estar tranquila en mi aula con mis alumnos, dando la clase que tenía pensada y cumpliendo con mi tarea. Adoro mi trabajo. Adoro poder estar. Pero, bueno, a veces las prioridades cambian...

En fin, es la época del año, las enfermedades en los jardines de infantes florecen... me pregunto cuánto durará nuestra precaria normalidad. Mientras tanto, a disfrutarla.

lunes, 27 de marzo de 2017

Mi biblioteca de maternidad

Amo leer. Fui lectora desde mucho antes de ser madre. Y lo seguiré siendo toda mi vida.

Desde el día en que supe que estaba embarazada de Dani  decidimos buscar el primer embarazo, me puse a leer todo lo que cayó entre mis manos acerca del tema. Acerca del embarazo, la maternidad, la crianza de niños, la lactancia o temas más particulares, como las técnicas para masajear un bebé, el yoga en el embarazo o recetas de cocina para bebés y niños. Algunos libros me los compré, otros me los regalaron. Muchos quedaron olvidados en los avatares de la maternidad real. La mayoría los regalé o los vendí antes de mi segundo embarazo, porque no me pareció que ameritaran una segunda lectura. Sin embargo, algunos pocos los conservo todavía en mi biblioteca, ya sea porque me siguen resultando útiles (son los menos), porque le pueden servir a alguna persona querida en un futuro cercano, o bien porque les tengo cariño por lo que significaron en su momento. Aquí comparto algunos de los libros que me ayudaron, de una u otra forma, en los años que llevo siendo mamá.

Larousse del Embarazo: Me compré este bodoque de quichicientos veintinosecuántos kilos la misma semana en la que hicimos nuestra consulta prenatal (pasarían varios meses hasta que el test de embarazo diera positivo). Es un compendio muy extenso y completo sobre la concepción, el embarazo, todo lo que te espera en cuanto síntomas y demás, y el primer año del bebé (estadía en la maternidad en adelante). También hay capítulos sobre la visión del padre. Más allá de que descreo del futuro de las enciclopedias en papel, esta la voy a guardar toda la vida ya que las páginas de atrás venían en blanco para que una registrara su diario de embarazo, y así lo hice con Dani, semana a semana. Un recuerdo que atesoraré toda la vida.
Yoga, embarazo y plenitud, de David Lifar: Me lo regaló una compañera de trabajo cuando le conté que estaba haciendo yoga para embarazadas. Es un librito ameno y sencillo, ideal para acompañarte en la práctica (pero que obviamente no suple las clases de yoga).

Voices from the woumb,de Einat L.K:  No encontré traducción. Es un librito que me bajé gratis para leer en el Kindle cuando estaba embarazada de Quiqui, en parte porque sentía algo de culpa por ese segundo embarazo que me estaba pasando casi desapercibido. Es un librito de esos del embarazo semana a semana, con la particularidad de que está narrado por el propio bebé. Me ayudaba a reconectarme un poco con esa vida que crecía en mi interior y a la que le dediqué mucho menos lecturas que a la de su hermana mayor.

La maternidad y el encuentro con la propia sombra, de Laura Gutman: Me pasa algo raro con este libro. Me peleo constantemente con la autora, algunas de sus ideas me parecen neomachistas, como que el bebé debe vivir "atado" al cuerpo de su madre durante por lo menos 9 meses más (¿y el trabajo? ¿Y el sexo? ¿Y las salidas al cine? ¿Todo puede esperar? ¿Por cuánto tiempo? ¿Y la depresión postparto?). Solo se puede seguir su doctrina si sos una mujer de clase alta que se puede permitir estar sin trabajar. Y sin embargo... algunas de las cosas que dice en este libro me quedaron resonando. Como esas sesiones de terapia que te pegan unos días después. Por algo no lo tiré, qué sé yo.

Guía (inútil) para madres primerizas, 1 y 2, de Ingrid Beck y Paula Rodríguez: Dos manuales antiayuda que se toman la maternidad con soda (o con jugo de limón, por lo ácidas). Y es que son libros que no pretenden resolver ninguno de tus dilemas, más que uno: saber qué contestarle a cualquiera que venga con consejitos, planteos, críticas o interrogatorios a tu manera de ser madre. Para vivir la experiencia con un poco de humor y sentirse menos sola en la angustia del puerperio o en los avatares de la crianza.


El sueño del bebé sin lágrimas, de Elizabeth Pantley: Este SÍ que me ayudó, me dio respuestas y hasta me sugirió cosas que pude poner en práctica. Esta autora brinda consejos, tácticas, estrategias y soluciones para ayudar a tus bebés a dormir más y mejor (y, por ende, descansar también nosotras). Yo, que no quise saber nada con Estivill y su método de dejar llorar a los chicos, pero que tampoco me resigné con Rosa Jove a que se me instalen en la cama y que duerman colgados de mi teta hasta los dos o tres años, encontré en este libro un equilibrio espectacular, porque no propone una solución mágica sino que da un repertorio variado donde cada una elige lo que mejor se adapte a la familia que le tocó. De la misma autora leí también uno específico sobre siestas y otro sobre el sueño del bebé recién nacido, que NO, no lo ayuda a dormir de corrido porque eso no es posible, pero sí te ayuda a entenderlo mejor y a que ese tiempo se haga más llevadero.

¿Conocían alguno de los libros de mi lista? ¿Leyeron / están leyendo algún libro sobre maternidad? ¿Cuál me recomendarían?

martes, 27 de diciembre de 2016

Para pedirles a los reyes: artículos que facilitan la maternidad

Cuando te convertís en madre, tu vocabulario se expande de manera insospechada. Pero además de eso, te enterás de todo un rubro de productos que desconocías. Porque si bien todos hemos visto alguna vez un cochecito para bebés o una mamadera, ¿alguien que no sea madre ha reparado en los protectores para pezón, los portachupete, los esterilizadores de mamadera, las almohaditas para que el bebé permanezca panza arriba, los mei tai, las bandoleras, las mochilitas ergonómicas o los fulares (que no, no son lo mismo)?

Es cierto, la cultura de consumo te intenta hacer creer que no podés no tener el último modelo de (inserte producto innecesario aquí). Hay dispositivos varios que están pensados para "simplificarte la vida" como madre que en el mejor de los casos mantienen al bebé distraído unos minutos y después no hacen más que juntar polvo encima de un placard. 

Pero hoy vengo a hablar de aquellos ítems que sí me han sido de utilidad y que podría recomendar a alguna mamá embarazada que me preguntara: ¿qué les pido a los Reyes Magos?

Almohadón de lactancia: Estoy hablando de esos tipo chorizo rellenos con microperlas. Me lo regaló mi suegra cuando esperaba a Dani, y me sirvió para dormir un poco mejor los últimos meses de ambos embarazos, pero además es super cómodo para dar la teta, y también sirve para apoyar y contener a los bebés chiquitos. Advertencia obligada: no hay que forzar en los niños posiciones a las que no lleguen por sí mismos, y un bebé no debería dormir sin supervisión en ningún lugar que no sea su cuna y boca arriba. Hecha la salvedad...

Practicuna: Ni moisés ni catre. Esta cunita portátil me sirvió muchísimo con Dani (que durmió en nuestra habitación hasta los seis meses), para llevarla de viaje, y hasta como corralito para que juegue cuando iba creciendo. Solo la usó hasta los dos años porque amagaba con escalarla y podía caerse. Pero ahora también la usamos con Quiqui, y nuevamente la podemos llevar de vacaciones para que duerma tranquilo en el destino.

Sacaleche: Este fue un amor a segunda vista. Ya conté que me costó más la lactancia con Dani que con Quiqui, por más que mi segundo vástago sea una bestia devoradora que me ha convertido en una vaca lechera. Con un poco de práctica, le tomé la mano al exprimidor (¡perdón, extractor!) que había comprado y que no supe aprovechar en mi primera lactancia. Dani cayó muy pronto en las leches de cajita. Con Quiqui vengo zafando gracias a que puedo dejarle mamaderas de mi propia producción láctea. 

Bañerita con asiento: Por supuesto que no hay que confiarse y dejar al bebé solo en la bañera ni un segundo. Pero con el asiento al menos tenemos las manos libres para enjabonarlo y enjuagarlo, hacerle jueguitos, alcanzarle alguno de los juguetes, etc. Ideal para los primeros meses. Algunos modelos permiten sacar el asiento cuando los bebitos pueden sentarse solos y entonces duran mucho más.

Fular elástico: Adoro el porteo. Con mi primera hija apenas llegué a asomarme a este mundo de la mano de las para nada ergonómicas mochilas colgonas y la bandolera de anillas Wawita. Las usé muy pocas veces -por suerte, porque después supe que no son lo mejor para la postura del bebé ni la propia- pero me hicieron intuir que eso de llevar encima a tu bebé tenía que funcionar mejor. Vi por la calle varias chicas con fulares y le pedí uno a mi papá de regalo poco antes de que naciera Quiqui. Y no sé cómo hice para ser mamá sin esto: me ha salvado teniéndolo cómodo (¡y dormido!) más de un turno médico, un casamiento, un asado a la noche, el cumpleaños de 4 de su hermana, viajes varios en transporte público... y me sirve para relajarlo incluso en sus peores días.


Por otro lado, no recomiendo comprar:
- Chupetes (no en cantidad, al menos): Con Quiqui me pegué un chasco porque no hubo forma de que los aceptara, y nos descolocó porque su hermana había sido la versión argentina de Maggie Simpson.
- Portachupetes: Las famosas "soguitas" o "cadenitas" para sostenerlo cerca de la ropa del bebé son tan bonitas como poco prácticas. De alguna manera, el chupete siempre termina en el suelo.
- Moisés: Me prestaron uno, precioso, de mimbre. La gorda entró menos de tres meses en él. Con Quiqui ni lo intenté.
- Esterilizador de mamaderas: ¿Tenés en la cocina una olla grande, agua corriente y gas para encender la hornalla? Entonces tenés lo que se necesita para esterilizar mamaderas, chupetes, sacaleche y demás.
- Juguetes para bebés de menos de tres meses: No les dan bola. Es más interesante mirar tu cara que la del títere. Es más divertido el ventilador de techo que ese móvil con musiquita que te salió sus buenos mangos. Y, obvio, prefiere escucharte cantar a oír la música del peluche con luz...
- Baberos: Los inútiles son los muy chiquitos, que no atajan ni la comida, ni el vómito, ni las manchas del suplemento de hierro que terminan por toda la ropa. Sí sirven los muy grandes, aunque no en los casos de grandes "desbordes" de ningún tipo.
- Cochecito: Ojo, sí recomiendo tener uno, por mucho que me guste portear. Pero elegilo bien, que no sea muy pesado, que entre plegado en el baúl del auto y desplegado (con el bebé encima) en el ascensor si tenés uno en casa. Todo lo demás es un clavo.

¿Y ustedes, mamás? ¿Qué les quieren pedir a los Reyes Magos? ¿Y con qué productos se han clavado de lo lindo?

viernes, 25 de noviembre de 2016

De sueño, siestas, despertares y terrores

Si Martin Luther King hubiera sido una madre (Martina, ponele) no hubiera dicho "tengo un sueño" sino simplemente "tengo sueño", o "tengo un sueño bárbaro". Malísimo el chiste, ya lo sé, pero qué pretenden de mis pobres neuronas después de una noche típica con un bebé de un mes y medio... y si a eso se le suma que no es el único niño del hogar, hagan la cuenta de cuánto hace que no paso una noche de descanso como la gente.

Duerme sin problemas (aunque con ruidos de chanchito)
En fin, en realidad no tengo de qué quejarme con Quiqui. Desde que lo trajimos a casa (¡dos! días de vida) duerme más de noche que de día, como si hubiera venido con reloj biológico preprogramado de fábrica. Es dormilón, siestero y pancho. Después de tomar la teta, se vuelve a dormir. Aún así, mis buenas noches con él consisten en un par de tandas de dos horas y media y, con suerte, una horita más de yapa. Lo entiendo, es chiquito y tiene que comer, esto significa: mamá-teta no tiene que dormir. Pero mi peor cansancio no se lo atribuyo a tener un bebé. Tiene que ver con nuestro ritmo de vida que es el que no nos deja descansar. Las redes sociales, el celular, la tele, todo le roba horas al sueño. Y a las ocho menos cuarto de la mañana puede que mi hijo esté durmiendo como un bendito pero el despertador para llevar a la nena mayor al jardín suena igual. No importa si anoche dormí solo 5 horas. O 4. O nada. Y tengo que estar agradecida por mi licencia por maternidad privilegiadamente larga que me permite tirarme a hacer una siestita a la tarde.

Una de las que fue sus últimas siestitas... Ahora prefiere jugar.
Dani, en cambio, siempre fue de dormir poco y mal. Prácticamente no supe lo que era dormir una noche de corrido hasta que ella tuvo dos años y medio. Hasta consultamos con una psicóloga infantil para que nos asesorara. Por suerte, con algunos cambios en su rutina y mucha firmeza (eso sí, sin lágrimas a la hora de dormir, no creo en Estivill), conseguimos que durmiera mucho mejor. Pero este año también dejó las siestas. Y está bárbara con una noche de 9 horas y media, 10 horas, cuando a su edad algunos nenes duermen por lo menos eso más las dos de siesta obligada.

Anoche fue mi hija mayor la que me dio una nueva (y fea) sorpresa relacionada con el sueño. Acabábamos de apagar la luz cuando nos sacudió el alma con un grito de angustia. Fuimos a ver qué le pasaba y la vimos llorando a gritos, muy angustiada, y no nos decía qué le pasaba. Se agitaba, pegaba patadas, y parecía que no nos registraba. Y es que, de hecho, no lo hacía: ahora sabemos que lo que te tocó pasar a Dani fue un terror nocturno, episodio que a veces se confunde con una pesadilla pero del que los chicos no tienen memoria al día siguiente. Estuvimos varios minutos tratando de calmarla hasta que al fin reaccionó y pudo seguir durmiendo. A nosotros nos costó todavía un rato largo volver a relajarnos. 

Lo que pude investigar de los terrores nocturnos es que tienen que ver con la inmadurez del sistema nervioso de los chicos y una alteración de sus ciclos de sueño. Son más raros que las pesadillas, pero en principio benignos y no tienen consecuencias para su salud. No les tocan a todos los chicos: son más frecuentes entre los 4 y los 12 años, y en niños con padres con antecedentes de terrores nocturnos o de sonambulismo (yo tuve algún que otro episodio de caminar dormida de chica). Y suelen ocurrir cuando los nenes se van a dormir muy agitados, o cuando están atravesando alguna situación de estrés. Y este año fue complicado para Dani, con mudanza y hermanito...

En fin, viéndola agitada en sueños, y después cuando se despertó y le dijimos de volver a dormir, ella me tomó la mano y me dijo "contigo" (porque se le pegó el español neutro), me di cuenta de qué chiquita es ella también todavía, de cuánto me sigue necesitando, y de cuántas noches difíciles me quedan atravesar aún hasta que mis hijos crezcan. Y no se puede saltear ninguna etapa. No hay maternidad reloaded que valga en este caso.

viernes, 28 de octubre de 2016

Brotes de crecimiento -o cómo mi adorable bebito se transformó en el niño sanguijuela

Anoche mi dulce Quiqui activó el modo sopapa: no se me despega de la teta. No logré dormir más de una hora seguida, que él se volvía a despertar y se prendía por una hora y media más. Y nada de cerrar los ojos y relajarse, tomaba como desesperado, con hociqueos y gruñidos de chanchito. Me resigné a tenerlo prendido al pecho y a pasar una de esas noches sin descanso a las que Dani en su momento me tuvo acostumbrada.

Y es que hace poco comprendí el tema de los brotes (o crisis) de crecimiento de los bebés. Parece que hay tres muy importantes que se suelen dar en todos los chicos más o menos para la misma época: a las 3, a las 6 y a las 12 semanas de vida aproximadamente. La primera, la de las tres semanas, es la que le toca atravesar a mi bebé. Simplemente, él está más grande y necesita más leche de la que viene tomando hasta ahora. Es cuestión de ponerlo a tomar todo lo que él me pida para que mi cuerpo en pocos días aprenda que debe producir más y todo se vuelva a normalizar. Mientras tanto, resignarme a que por estos días Quiqui se ha convertido en el bebé sanguijuela.

¿En qué me cambia ser mamá de dos? Esta misma crisis la debo haber atravesado con Dani y hoy no la recuerdo. Sí me doy cuenta de la diferencia de tener una buena pediatra para que te ayude a sostener la lactancia. El doctor de Dani era un excelente profesional, pero un señor muy mayor y con una visión muy clásica de la crianza: abogaba por "ordenarle las tomas", que "no me use la teta de chupete", y a la vez, me reconocía que la nena lloraba porque tenía hambre. ¿Qué hacer? En su caso, terminé recurriendo a la leche de fórmula en carísimas cajitas (el famoso "complemento"). Ahora, la nueva pediatra me dice que no me preocupe tanto, que si mi bebé pide teta quince veces le dé teta quince veces, que tiene menos de un mes, no lo estoy malcriando ni creando malos hábitos.

Por ahora, tengo muy firme mi propósito de sostener la lactancia cueste lo que cueste. Y, a diferencia de lo que me pasó en mi primera maternidad, una crisis de crecimiento no me genera angustia (aunque sí muuucho sueño), no me desespero, no siento ganas de salir corriendo, sino simplemente de sentarme a escribir.