¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
Mostrando las entradas con la etiqueta terrores nocturnos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta terrores nocturnos. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de abril de 2017

Sur, depresión posparto y después

"Mamá, tengo miedo de quedarme sola", "Soñé que estaba con vos, y que te ibas, y yo me quedaba sola", "Tuve un sueño feo, soñé que estaba sola". Una constante: el peor miedo de mi chiquita de 4 años. Me dirán que es un temor normal en los niños de su edad, que no hay que darle demasiada importancia, que todos los chicos tienen pesadillas (o alegan tenerlas, para que venga algún grande a consolarlos).
Pero en el caso de ese miedo de Dani, el miedo a la soledad (y, puntualmente, a que yo la deje sola) me llena de culpas. Tal vez haya aparecido coincidiendo con el nacimiento de su hermanito, y el consecuente desplazamiento que le tocó vivir. Pero a mí me hace acordar a otra cosa.

Hoy no puedo imaginarme la vida sin ella.
Y no me da nostalgia recordar mi vida
antes de ser mamá.
Cuando Dani nació, no la pasé nada bien. Me costó muchísimo adaptarme a mi nueva realidad como mamá. Todavía hoy me duele perder algunos amigos, con quienes cada vez comparto menos tiempo porque vivimos en realidades tan diferentes. Todavía me cuesta aceptar que mi familia de origen no está tan presente como me gustaría. Todavía extraño acostarme tarde y disfrutar de trasnochar viendo películas o leyendo. Pero cuatro años atrás, fue como chocarme contra una pared: nada de ser mamá era como lo había imaginado.
Las largas, larguísimas noches de privación de sueño, lo que me costó darle el pecho al principio, la pérdida (al principio total) de vida social e intimidad de pareja, todo me hizo tambalear. Sentía que había perdido todo lo que me hacía feliz en la vida. Y ser mamá me pesaba mucho. Con mucha culpa, había momentos en los que me cuestionaba haber tomado la decisión correcta, y eso que sabía que no había vuelta atrás. 

Mirándolo en retrospectiva, creo que tuve depresión posparto, o al menos un principio de depresión. Fue justamente el pediatra de Dani quien, viéndome muy angustiada cuando ella ya tenía seis o siete meses, me aconsejó comentarlo con mi médico. "Pedí ayuda", me dijo, "no dejes que esta sensación se instale porque sino cada vez es peor". Le hice caso. Fui a terapia. Y fui saliendo adelante. 
Con Quiqui, esta segunda vuelta, no me pasó. Este blog lo vivo justamente como una celebración de mi segunda oportunidad de ser mamá, de haber aprendido, de ser mejor como mamá de dos de lo que fui como mamá de una.

Pero siento culpa y tristeza cuando pienso que una de mis fantasías en la peor época era escaparme de todo: armar un bolso, tomarme un micro rumbo a cualquier parte, irme a vivir al sur, qué sé yo, y dejar a Dani, dejarla con el papá y con la abuela paterna quienes -yo sentía- iban a saber cuidarla mejor que yo. Sé ahora que es un pensamiento característico de las mujeres con depresión posparto, así como el sentirse incapaces como mamás. Irme lejos. Huir. Dejarla. 
Y después me arrepentía, claro. ¿Dejarla, como hizo mi papá conmigo? Eso nunca. No quiero que a ella le toque sufrir lo que yo sufrí. Y volvía a sacar fuerzas para seguir con el día a día. Aunque tardé mucho tiempo (más de un año) en verdaderamente abrazar la maternidad, en aceptar que mi vida había cambiado para siempre y que estaba bien que fuera así. En decidir que no hay ningún otro lugar del mundo para mí más que junto a ella, junto a mis hijos.
Hoy, cuatro años después, creo que Dani todavía rememora (desde su subconsciente) esos momentos difíciles. Qué le habré transmitido. Cuánto daño le habré causado sin haberlo podido evitar.

"Quedate tranquila, mi amor, acá estoy".

viernes, 25 de noviembre de 2016

De sueño, siestas, despertares y terrores

Si Martin Luther King hubiera sido una madre (Martina, ponele) no hubiera dicho "tengo un sueño" sino simplemente "tengo sueño", o "tengo un sueño bárbaro". Malísimo el chiste, ya lo sé, pero qué pretenden de mis pobres neuronas después de una noche típica con un bebé de un mes y medio... y si a eso se le suma que no es el único niño del hogar, hagan la cuenta de cuánto hace que no paso una noche de descanso como la gente.

Duerme sin problemas (aunque con ruidos de chanchito)
En fin, en realidad no tengo de qué quejarme con Quiqui. Desde que lo trajimos a casa (¡dos! días de vida) duerme más de noche que de día, como si hubiera venido con reloj biológico preprogramado de fábrica. Es dormilón, siestero y pancho. Después de tomar la teta, se vuelve a dormir. Aún así, mis buenas noches con él consisten en un par de tandas de dos horas y media y, con suerte, una horita más de yapa. Lo entiendo, es chiquito y tiene que comer, esto significa: mamá-teta no tiene que dormir. Pero mi peor cansancio no se lo atribuyo a tener un bebé. Tiene que ver con nuestro ritmo de vida que es el que no nos deja descansar. Las redes sociales, el celular, la tele, todo le roba horas al sueño. Y a las ocho menos cuarto de la mañana puede que mi hijo esté durmiendo como un bendito pero el despertador para llevar a la nena mayor al jardín suena igual. No importa si anoche dormí solo 5 horas. O 4. O nada. Y tengo que estar agradecida por mi licencia por maternidad privilegiadamente larga que me permite tirarme a hacer una siestita a la tarde.

Una de las que fue sus últimas siestitas... Ahora prefiere jugar.
Dani, en cambio, siempre fue de dormir poco y mal. Prácticamente no supe lo que era dormir una noche de corrido hasta que ella tuvo dos años y medio. Hasta consultamos con una psicóloga infantil para que nos asesorara. Por suerte, con algunos cambios en su rutina y mucha firmeza (eso sí, sin lágrimas a la hora de dormir, no creo en Estivill), conseguimos que durmiera mucho mejor. Pero este año también dejó las siestas. Y está bárbara con una noche de 9 horas y media, 10 horas, cuando a su edad algunos nenes duermen por lo menos eso más las dos de siesta obligada.

Anoche fue mi hija mayor la que me dio una nueva (y fea) sorpresa relacionada con el sueño. Acabábamos de apagar la luz cuando nos sacudió el alma con un grito de angustia. Fuimos a ver qué le pasaba y la vimos llorando a gritos, muy angustiada, y no nos decía qué le pasaba. Se agitaba, pegaba patadas, y parecía que no nos registraba. Y es que, de hecho, no lo hacía: ahora sabemos que lo que te tocó pasar a Dani fue un terror nocturno, episodio que a veces se confunde con una pesadilla pero del que los chicos no tienen memoria al día siguiente. Estuvimos varios minutos tratando de calmarla hasta que al fin reaccionó y pudo seguir durmiendo. A nosotros nos costó todavía un rato largo volver a relajarnos. 

Lo que pude investigar de los terrores nocturnos es que tienen que ver con la inmadurez del sistema nervioso de los chicos y una alteración de sus ciclos de sueño. Son más raros que las pesadillas, pero en principio benignos y no tienen consecuencias para su salud. No les tocan a todos los chicos: son más frecuentes entre los 4 y los 12 años, y en niños con padres con antecedentes de terrores nocturnos o de sonambulismo (yo tuve algún que otro episodio de caminar dormida de chica). Y suelen ocurrir cuando los nenes se van a dormir muy agitados, o cuando están atravesando alguna situación de estrés. Y este año fue complicado para Dani, con mudanza y hermanito...

En fin, viéndola agitada en sueños, y después cuando se despertó y le dijimos de volver a dormir, ella me tomó la mano y me dijo "contigo" (porque se le pegó el español neutro), me di cuenta de qué chiquita es ella también todavía, de cuánto me sigue necesitando, y de cuántas noches difíciles me quedan atravesar aún hasta que mis hijos crezcan. Y no se puede saltear ninguna etapa. No hay maternidad reloaded que valga en este caso.