¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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lunes, 25 de marzo de 2019

Salir a flote

Mmmh... ¿Demasiado literal?
A mi familia y a mí nos toca atravesar un tiempo de cambios. Muchas de estas transformaciones son positivas, tienen que ver con el paso del tiempo y el crecimiento de mis hijos. Algunas resultan dolorosas. Pero todas ellas, todos los cambios, a mí siempre me han costado mucho. Soy una persona estructurada y que se tambalea con facilidad. Tal vez por eso este verano que pasó fue para mí un punto de inflexión en muchos sentidos, una crisis existencial (¿ya cuenta como crisis de la mitad de la vida a los 37 años?) de la que recién ahora siento que empiezo a salir.
Mis hijos empiezan una etapa nueva. Dani comenzó primer grado, con muchísimo entusiasmo y alegría (¡qué bueno!), sigue yendo doble turno y está feliz aunque cansada. Y Quiqui dejó atrás aquel jardín maternal donde tanto me costó enviarlo al principio y donde lo cuidaron muy bien, para comenzar el jardín de infantes en una larga -y si me preguntan a mí, bastante innecesaria- adaptación. Están más grandes los dos. Definitivamente ya no tenemos bebés en casa. Si bien a media lengua, hasta Quiqui conversa con nosotros, nos cuenta historias y "lee" sus libros. Y si bien yo disfruto muchísimo de verlos crecer, es inevitable que de a ratos me invada una pequeña nostalgia por esas épocas que pasaron y que ya no van a volver.

En lo laboral, estoy emprendiendo nuevas búsquedas. Me acordé de que alguna vez fui a la uiniversidad y obtuve mi título de Letras, y me gustaría volver a pasar por congresos y otros cursos. Quiero seguir aprendiendo. Quiero crecer profesionalmente. Pero por ahora, no vengo teniendo novedades. Solo sigo lanzando propuestas y esperando que alguna dé resultados.

En fin, que por un tiempo creí que este blog naufragaba indefectiblemente. Pasé por una crisis personal muy profunda, creo que aún la estoy atravesando, pero empecé a salir. Vengo buscando(me). Vengo lanzando botellas al mar, esperando que la marea me devuelva otra cosa, algo que todavía no sé qué podrá ser. Vengo preguntándome muchas cosas, y respondiendo como puedo. 

Y hoy es un momento tan bueno como cualquier otro para retomar la escritura. 
Otra botella al mar, esperando que alguien la recoja, tal vez en algún tiempo, en una playa muy lejana.

sábado, 24 de noviembre de 2018

Estar bien para ellos y para mí

No vengo escribiendo últimamente. O como suelo decir, a veces la escritura profesional se fagocita a la escritura creativa. No me puedo quejar, he estado con bastante trabajo. A veces más de lo que puedo manejar, y fue el caso de esta semana: después de habernos dado el lujo de tomarnos tres días de vacaciones familiares en la playa, llegamos y el gordo se enfermó. Tuvo una fiebre altísima, le llegó a más de 40º, cosa que me aterrorizó por más que la pediatra diga que no es grave de por sí. Estuvo 4-5 días mal, y recién hoy está un poco mejor.
Pero esta, para mí fue una semana perdida, al menos laboralmente. No me podía concentrar, además de que dediqué mucho tiempo a ponerle paños fríos, tenerlo a upa y llevarlo a controles médicos. Las noches sin dormir, los pendientes atrasados, y ocuparnos -al menos un poco- de nuestra hija mayor nos dejó agotados a ambos. Las enfermedades, ya lo he dicho, sacan lo peor de mí. Pero cuando tenés hijos a tu cargo, y más cuando es alguno de ellos quien se siente mal, no podés permitirte estar mal vos.
Ha sido un año bastante difícil en algunos aspectos. Hay momentos en los que puedo enfocarme en la gratitud por todas las cosas buenas que tengo en la vida. Y hay veces en las que me dejo llevar por la ansiedad y me siento desesperanzada, agotada, y no está bueno. Y otras veces me desquito con Javi, que se banca todas hasta cierto punto, pero que cree que a mí a veces es mejor no decirme nada. Y el diálogo se enfría, la casa se pone tensa. No está bueno porque la infancia de mis nenes se pasa rápido y quiero disfrutarla a pleno, porque ellos se merecen que yo sea, o al menos trate de ser, la mejor versión de mí que me resulte posible día a día. Y yo también me lo merezco.

Tengo que encontrar maneras de estar bien para ellos y estar bien para mí.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Prefiero dar las gracias

A Quiquito, gracias por darme esta segunda oportunidad de maternar, por haberme convertido en una mamá mucho más relajada, que logra conectarse, disfrutar más y enojarse menos (aunque a veces igual pierda la paciencia). Gracias por tu sonrisa casi permanente, por tus dotes actorales que te hacen poner cara de loco, de enojado y hacerte el lindo, todo casi al mismo tiempo. Gracias te doy por tus largas siestas de tres horas que me permiten trabajar, descansar y ver BoJack Horseman mientras almuerzo. Gracias por tus "halaaa" cuando hablás por teléfono -de verdad o jugando. Gracias por tus canciones monosilábicas y por tu media lengua. Gracias por tus ojitos gigantes de animé que se abren con entusiasmo ante trenes, ambulancias, camiones ("¡MMamomm!") y demás parque automotor. Gracias por acariciar mi cara cuando estás dormido al lado mío. Y gracias por tu ternura.
A Dani, gracias por ser mi compañerita incondicional. Por haberme enseñado a ser mamá y -pobre- haber sido tantas veces mi conejilla de Indias y haber heredado mi ansiedad. Gracias por tus dibujos al estilo Jackson Pollock y por tus canciones en inglés con una fonética impecable (aunque no se te entienda). Gracias por las tardes en las que te tirás en mi cama con tus libritos y hacemos "fiesta de leer". Gracias por nuestro sueño compartido de viajar a Japón, y dejar a los varones comiendo pizza en calzoncillos. Gracias por tu valentía y tu inmensa sensibilidad. Gracias por tus preguntas interminables y por siempre escuchar las respuestas que intento darles. Gracias por tus abrazos y tu carita de cachorro, o de cobayo nauseoso cuando me querés pedir algo. Y gracias por tu rebeldía y tus enojos, porque también me enseñan.
A Javi, Papi Reloaded, gracias por estar acá en todas. Gracias por haberme elegido, por habernos elegido, hace casi 15 años cuando éramos dos pendejos casi sin responsabilidades y con todo por aprender. Y por seguir eligiéndome ahora. Gracias por tus miradas seductoras y por las caricias en mis manos. Gracias por tu sentido del humor y tu cara de piedra cuando me decís algo que sabés que me va a hacer reír. Gracias por insistirme para que me tome un rato para mí, para ir a la pileta o para salir con una amiga. Gracias por tu música, y también por toda la música que me hacés escuchar. Gracias por aceptarme como soy y por ayudarme a quererme a mí misma. Gracias por escucharme y valorar lo que tengo para ofrecerte. Y gracias, nunca está de más decirlo, gracias por haberme dado a nuestros dos herederos.

Vengo pasando por un período raro, de transición. De cuestionarme qué es lo que quiero para mi carrera, para mi familia, qué es lo que me puedo permitir soñar en un contexto político y económico tan adverso como el que le toca pasar a mi país. 
Estoy con la ansiedad a flor de piel y no son pocas las taquicardias ni las noches de insomnio. 
Y en esos momentos, trato de volver a enfocarme en lo importante, en estas tres personas que tengo cerca. Ellos son los que me hacen la diferencia, que me demuestran que sigue valiendo la pena pelearla día a día. Y por eso hoy quiero quejarme menos. Y prefiero darles las gracias. 

domingo, 1 de abril de 2018

Mis problemas con la edad bisagra

Mi hijo menor, con un año y medio, ha dejado atrás la etapa del bebito indefenso sin entrar aún en la del nene independiente que vaya al baño solo, se quede a dormir en lo de los abuelos y haga planes en casa de amigos. Está terrible. Todavía no habla y hace tremendos berrinches cuando no consigue hacerse entender -pocas veces- o cuando sí se hace entender pero no consigue lo que quiere -muchas, muchas veces. No tiene la más mínima noción del peligro, lo que me hace tener que vigilarlo permanentemente. A veces, tampoco esto sirve para nada. Como cuando delante de mí se paró en una silla y en una fracción de segundo, se apoyó en el respaldo y se fue de cara al suelo. Ojo ensangrentado, guardia de urgencias, taquicardia (mía). Dos semanas después, yo todavía tenía pánico de sacarlo a jugar a la plaza.
Un segundo de descuido y...
No la estoy pasando bien. A veces siento que me quedo sin resto. Que no doy más. Que quiero que crezca de una maldita vez. Que hable, y no como un Pokemon. Que entienda que la ley de gravedad se cumple indefectiblemente. Que las cosas calientes lastiman, que las cosas puntiagudas pinchan. Que las cosas filosas, ¿a que no saben? sí, cortan. Y que mamá no siempre tiene tiempo ni ganas de hacerle upa.

Me siento muy egoísta. Pero extraño mucho, muchísimo, mi independencia. Poder salir sola con mi marido, poder ir al cine... Igual tengo que admitir que bastantes cosas mejoraron de un tiempo a esta parte. Por ejemplo, algunas noches el gordo consigue dormirse de corrido, y en su habitación, durante 8 o 9 horas. Eso es una mejora drástica comparada con los meses y meses de dormir en tandas de una hora y media o dos. 

Está clarísimo. El problema no es Quiqui. Quiqui es un saludable nene de casi un año y medio, está pegote y demandante, no sabe jugar solo aún, y lo que le pasa es completamente normal. Lo peor es que YO no me soporto. No me gusto como madre. No me gusto para nada en esta etapa. Me siento una porquería. Pierdo la paciencia con facilidad, a veces le grito, y siempre termino sintiéndome fatal. Y no es la primera vez. Me pasó algo muy parecido con Dani cuando ella tenía esta edad bisagra. Evidentemente, no soy buena con los chicos chiquitos. Puedo criar a un bebé de teta, y me llevo bárbaro con una nena en edad preescolar que conversa, hace preguntas y juega juegos de mesa. Me cuesta demasiado sobrellevar el día a día con un enano kamikaze que todavía carece del más mínimo autocontrol. Pero, ¿quién debería poder lidiar con la situación, mi hijo o yo? 
Lo sé: le estoy fallando. Estoy fallando.

Todos me dicen que hay que disfrutar de cada momento de la infancia de nuestr@s hij@s, que se pasa demasiado rápido. Y lo estoy viviendo en carne propia con Dani, que ahora que va doble turno al cole pasa más tiempo fuera de casa que en ella. ¿Por qué no puedo aprender de mi propia experiencia esta vez? ¿Por qué no me sale aprovechar esta época de la vida de mi chiquito, disfrutar de sus últimos balbuceos y de sus aprendizajes? ¿Por qué tampoco para esto me sirve ser una mami reloaded? 

jueves, 1 de marzo de 2018

Doble escolaridad: del "yo nunca-nunca" a la mejor opción

Llega marzo, y con el final del calor con un lorca más insoportable que en febrero volvemos todos a las aulas. Hoy empecé como maestra un nuevo ciclo lectivo, lo que siempre me trae alegría y un entusiasmo renovado porque me encanta estar con mis alumnos y compartir el día a día, más allá de que la coyuntura política insista en despreciar y en menospreciar nuestra labor.
Literalmente, ¡me dio la
espalda todo el tiempo!
Pero hoy no quiero hablar de mí, hoy quiero hablar de mi hija mayor que empezó su preescolar. Hoy fue un día feliz, verla sonreír y abrazarse con sus amigos -con los que viene acompañándose desde salita de 2. Escuchar sus intervenciones en voz alta (y qué caudal de voz tiene la peque) durante la formación en el patio. Sonreír pensando en que mal no le vendría media pastillita de Rivotril mezclada con el Nesquick para que baje un cambio. Sacarle fotos en las que no salió mirando a la cámara porque ni para eso me dio bola.

Y, a la vez, no deja de ser un día agridulce. Tengo esa sensación de lo rápido que se pasa el tiempo y cómo se escurre su infancia entre mis días. Si ya venía sintiendo esto de que sus horas dejaron de pertenecerme, ahora que va a concurrir doble turno al jardín, menos que menos. Saco la cuenta y veo que, quitando el desayuno y la caminata al cole, vamos a pasar separadas el doble de horas de las que la voy a tener en casa. Y un poquitito se me estruja el corazón. "Qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti...."
Allá por la prehistoria, lo que desde mi punto de vista es cualquier momento previo a convertirme en madre, siempre sostuve que "yo nunca-nunca" mandaría a mis hijos a doble escolaridad. Será porque el único año que yo cursé con esta modalidad -cuando tenía 12 años- fue una verdadera pesadilla. En mi caso, lo terrible no fue la jornada larga en sí, sino ser nueva en el último año de primaria, hallarme entre una jauría de feroces preadolescentes que se maquillaban, besaban en la boca a sus noviecitos e iban a bailar mientras yo venía de un verano de paseos en bicicleta y -glup- todavía jugar a las Barbies... Pero bueno, el hecho de pasar tantas horas en la escuela a merced de estas criaturas impiadosas no ayudó. Como sea, me dije que si un día tenía hijos, iba a ser para pasar mucho tiempo con ellos, y no para "sacármelos de encima" mandándolos tanto tiempo al cole.
Crecí, hice un secundario de jornada prolongada pero no doble, y fue genial. Aún sin asistir a colegio bilingüe, aprendí inglés y computación, lo que reforzó mi convicción de que realmente no es imprescindible el colegio del jumper y el escudito verde para tener futuro en la vida. Crecí, conseguí trabajo en un jardín carísimo bilingüe, vi a chicos de la edad que ahora tiene mi hija sufriendo estrés por tener que dar exámenes de ingreso (!) para conseguir vacante en uno de esos colegios exclusivos de zona norte, y me juré y me repetí una vez más que no, que "nunca-nunca" iba a inscribir a un hijo mío en un doble turno.
Y viene la vida, y vienen tus hijos, y vienen los tiempos que corren, y todo se conjuga para tirar de culo tus convicciones. En mi caso, tanto mi marido como yo nos dimos cuenta de que el doble turno es la mejor alternativa por varios motivos. 
- Por un lado, porque la propia manera de ser de Dani hace que las tardes con nosotros se le estén haciendo chicle: no hay mucho espacio en casa para desplegar la imaginación jugando sola, duerme pocas horas (no hace siesta desde los tres años y medio), ocupa su tiempo con televisión o computadora, se aburre hasta que finalmente Quiqui despierta y los podemos llevar un rato a la plaza. 
- Por otro lado, la infancia de Dani no es la mía: no hay jardín de la abuela ni de casa, no hay veredas donde ir a andar en bicicleta, no hay una hermana de la misma edad con la que jugar sino un hermanito chiquito que necesita silencio a la hora de la siesta. Sí hay un espacio lúdico y de aprendizaje lleno de chicos con los que pasar el día aprendiendo y descubriendo nuevas experiencias. 
- Finalmente, también ayuda haber encontrado el colegio. Yo trabajo ahí desde hace años, me gusta tanto la institución que decidí elegirla también como escuela para mi hija. Ni nombre en inglés, escudito verde ni jumper. Sí hay un buen nivel de inglés (pero no más carga horaria que de castellano), club, pileta de natación, taller de yoga, ajedrez toda la primaria, teatro y un clima de familiaridad, compañerismo y contención. Un grupo de padres con el cual me siento cómoda y en el que ya he encontrado amigas nuevas. Maestras muy distintas entre sí, pero todas amorosas, dedicadas y a las cuales mi hija adora año tras año. 
Solo se dio vuelta para decirme
"chaaaau, mami!!!"

Entonces, estoy segura de que en el caso de Dani, ir a preescolar mañana y tarde va a ser la mejor opción, y no solo en el sentido de lo mejor posible, sino realmente lo que ella más quiere y lo que le va a resultar más enriquecedor. De todas maneras, estamos abiertos a escucharla. Si la notamos muy cansada o pierde el entusiasmo pronto, todavía se puede recalcular. Pero, conociéndola como la conozco, lo dudo mucho. Creo que el ofrecerle ir solo algunas veces por semana, o volver a comer a casa determinados mediodías, responde más a mi necesidad que a la de ella. Sé que la voy a extrañar a mi chiquita grande.
Mientras tanto, el gordo gana algunas horas de exclusividad que le van a venir bárbaras. Hijito menor que le sigue el trote a la hermana grande, está buenísimo que pueda estar algunos ratos solo conmigo, comer a su ritmo, ir a jugar a la plaza a juegos de su tamaño y no a las trampas mortales que explora cuando vamos con la acróbata de cinco años. Y creo que puede ser una buena oportunidad para compartir esos momentos con mi chiquito chico.

¿Qué opinan de la escolaridad doble turno? ¿Responde más a una necesidad de los chicos, o de nosotros los padres? ¿Y hay algún "yo nunca-nunca" que hayan dicho como madres o padres del cual después se hayan arrepentido?

lunes, 1 de mayo de 2017

Mamá poderosa, mamá impotente

Dicen que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y más allá de que atribuyamos esa frase a Voltaire o al Hombre Araña, es muy cierta cuando de la maternidad se trata. Nada te hace sentir tan poderosa como la capacidad de engendrar, gestar y traer al mundo una vida. Nada te hace sentir tan vulnerable, desamparada e insegura como tener que sostener y criar a un bebé indefenso al que de repente te ponen entre tus brazos.

Ser mamá es sentirte poderosa. Por ejemplo:
- Cuando Dani me dice "reina" y mira todo lo que hago con admiración: "las reinas cocinan muy bien, como vos, mamá", "las reinas saben lavar la ropa y ordenar la casa" (sí, justamente, me la imagino a Máxima doblando las camisas del rey Guillermo...).
- Cuando alguno de mis hijos llora, y basta con un abrazo sanador para tranquilizarlo.
- Cuando Quiqui, pese a que está hecho un torito de ocho kilos y medio que ya come de todo y que aprendió a tomar la mamadera en el jardín, sigue buscando mi pecho para dormirse, y siento en el hueco de mi brazo todo su calor.
- Cuando Dani me da la mano para cruzar la calle y confía plenamente en mí.
- Cuando me dice que cuando sea grande, también quiere ser mamá, y sé que lo dice porque me mira y quiere ser como yo cuando crezca.
- Cuando Quiqui se despierta al lado mío (nos hemos resignado a un colecho parcial para poder dormir los tres hasta la mañana), me mira con esa sonrisa plena y parece que me diera las gracias por un nuevo día de vida...

Y ser mamá también es sentir el peor de los miedos, el de la impotencia, el no poder proteger a tus hijos, el no poder prever lo que vendrá. En estos días, con la humanidad que parece al borde de una tercera guerra mundial, mi peor miedo es que mis hijos crezcan en un mundo devastado por la violencia. O el miedo que me quita el aire: que no tengan oportunidad de crecer. 
O sin ir tan lejos, siento miedo cuando nos enteramos de crímenes atroces contra las mujeres que sacuden a diario mi país, como el de Araceli o el de Micaela, que me hacen temer por el día en que mi hija camine sola por la calle. Que hasta me hacen temer no ser capaz de educar a un varón en un mundo machista sin convertirlo, a su vez, en un machista. 
Y los miedos chiquitos, los problemas de salud cotidianos con los que lidiamos, en los cuales hay que mantenerse firme, segura y tranquila para a su vez, transmitirles eso a los chicos.

Ser mamá es oscilar entre saberse poderosa y sentir que no tenemos el control sobre nada. A veces cuesta mantener un equilibrio saludable.
Pero es justamente de lo que se trata.

domingo, 12 de marzo de 2017

"La adaptación a la guardería es para vos"

Si somos tan felices juntos...
Así de claro me lo explicó la directora del jardín maternal al que mañana comienza a asistir Quiqui. Con cinco meses recién cumplidos, y con una madre pronta a terminar su licencia por maternidad, a mi chiquito no le queda más remedio que despegarse de mis brazos e ir a pasar algunas horas diarias a este lugar. El jardín es precioso, limpito, seguro. Las aulas tienen calefacción y no va a pasar demasiado calor en verano. La directora y la maestra me resultaron amorosas y comprensivas. El proyecto pedagógico es copado. El costo es alto, sí, pero no más que en cualquier otro jardín maternal. Todo está en regla y sé que mi gordo se va a adaptar bien y pasar sus mañanas tranquilo y bien cuidado.

Y no me importa nada. 
Tengo un nudo en la garganta y ganas de llorar a gritos. 
No quiero dejarlo, a mi bebé. 
Siento que no es la mejor opción, es la única. 
Y me duele. Y me va a hacer mucha falta. Y no puedo imaginarme estar cinco horas dando clase en mi colegio sin ver su carita y su sonrisa de encías. Y se me estruja el corazón de pensar que va a llorar y que no voy a estar ahí para consolarlo con mis canciones, mi upa y mi teta.

La lactancia es otro motivo de mi crisis. Le falta aún un mes para empezar a comer. Hubiera deseado en el alma poder cumplir los seis meses de teta exclusiva, pero el ordeñe con el sacaleche no se me da. La pediatra me dijo que no me haga problema, que si tiene hambre va a tomar mamadera (por ahora no la quiere) y que no le va a hacer ningún efecto empezar a complementar con fórmula. Pero de todas maneras me da culpa, siento que me faltó tan poquito para el éxito, para haberlo acompañado en todo este tramo hasta que esté en condiciones de comer.

Será poco feminista lo que digo hoy, no quiero ser incoherente, pero me gustaría tanto poder dedicarme sólo a cuidar a mi bebé por las mañanas, no tener que salir a trabajar, no tener que despegarme tan pronto de él. Lo veo tan chiquito todavía... Y de nada me sirve ser mamá reloaded esta vez. Porque así como hay cosas que me joroban menos con mi segundo hijo, me hago menos problema, tengo menos mambos... esto me duele igual que con Dani. A ella al menos la dejábamos en casa, con personas de confianza que nos ayudaban. Ahora con Quiqui no contamos con esa ayuda, evaluamos varias posibilidades pero los números no nos cierran y el jardín maternal es la única alternativa por ahora.
¿Cómo no lo van a querer?
Así que encima tengo que fumarme comentarios de desconocidos -¡y hasta de familiares!- que me dicen cosas como "no, ¿cómo lo vas a dejar desde tan chiquito? Comprate un kilo de asado menos por mes y dejá de trabajar" (claro, porque yo trabajo por amor al arte, no para pagar las cuentas). O "¿que te cobran CUÁNTO???? Si lo van a dejar tirado en la cuna toda la mañana sin llevarle el apunte...". O "uh, lo que pasa que en el jardín está lleno de pestes, se la va a pasar enfermo". CULPA CULPA CULPA SENTIRME UNA IDIOTA MÁS CULPA!!!!

Mañana empezamos. Vamos a ir un ratito nomás, para que lo conozcan. Supongo que no va a tener problema, es un gordito feliz y simpático, con sonrisita de costado al mejor estilo Harrison Ford. Lo van a amar. Mientras, se supone que tengo que estar tranquila para transmitirle seguridad a él. "Si vos te adaptás, él se va a adaptar también". Si la culpa ocupara lugar, yo tendría que estar alquilando depósitos a esta altura. 

Estoy triste. Quiero que todo esto se pase pronto. Quiero que el gordo esté adaptado, volver a conectarme con mi trabajo en el colegio, con mis alumnos y con los libros que compartimos. No sé si este año lo podré disfrutar, voy a intentarlo. Trataré de aprovechar al máximo el tiempo que paso criando a mis hijos. Dicen que soy una afortunada por trabajar solo medio día fuera de casa. Tal vez así sea. 

Una vez por semana, por si acaso, comencé a comprar un numerito de la lotería. Una puede permitirse soñar.

viernes, 24 de febrero de 2017

Largos (y espantosos) días de verano

Hablé de lo lindo de las vacaciones en la ciudad en otro post. Hoy vengo a desquitarme porque hace cuatro días que lo venimos pasando bastante mal. La crisis energética de mi país nos tocó de cerca esta vez: desde el lunes a la noche hasta el jueves que mi departamento no tuvo luz. Ni luz, ni agua, en un décimo piso, con temperaturas que rozaban los 40°, ninguna mamá puede permanecer tranquila con una nena de 4 años y un bebé de meses. Por suerte pudimos irnos a la casa de mi mamá, que no será muy fresca que digamos (mi mamá es muy friolenta) pero sí tiene heladera funcionando, tele (¡gracias a la tele por una vez!) y se pueden enchufar un par de ventiladores.
Las temperaturas agobiantes (que siguen, y seguirán por varios días) son otro enemigo de la maternidad y la paternidad felices. En mi caso, por lo menos, es así. El calor extremo me pone en evidencia todo aquello que me gustaría poder darles a mis hijos y no puedo: un poco de aire libre, un patiecito en casa donde poder inflarles al menos una piletita para que se refresquen, o poder pagar vacaciones más largas junto al mar, en un hotel con aire acondicionado. O poder pagarles una colonia recreativa en un club, para que al menos todas las tardes tengan pileta y otros chicos con quienes jugar. O incluso poder sacarlos a pasear y a tomar helados todos los días, cosa que nuestro estrecho presupuesto no permite.
Y no se enojen, sé que no es algo grave. Al contrario. Me pongo por un rato en la piel de aquellas mujeres que son madres en situaciones extremas: la pobreza, un país en guerra, la violencia, una epidemia de enfermedades, y me siento muy culpable por quejarme del calor y de los cortes de luz. Lo nuestro es solamente algo transitorio. Cómo será ser madre en una situación tan terrible de la que no se pueda salir. Apenas puedo intuir esa sensación de impotencia y de desamparo. Y ese deseo de que tus hijos salgan del aprieto, como sea. Incluso si no podés salir vos.

En fin, a la vez, la sensación de gratitud porque uno no está solo, porque vivimos rodeados de familiares y de amigos siempre dispuestos a ayudar, a ofrecer una mano. Mi mamá principalmente, que nos cedió su casa todos estos días (y no es la primera vez que lo hace). Pero también otras personas de la familia, amigos que nos escriben para saber cómo sigue todo y ofrecen su casa si la necesitamos, hasta las noticias se solidarizaron con nuestro edificio y salieron a mostrar lo que pasaba. Pero, claro, somos un caso más entre los cientos de miles de argentinos que padecen la baja del servicio. Y este no es un blog para hablar de política porque seguramente haya mucho que discutir al respecto.
Estos días muchas veces quise esconderme bajo la tierra, putear a gritos a la compañía de luz, largarme a llorar a mares. ¿Y saben lo que hice? Traté de mantenerme serena. Suspiré y seguí con los reclamos por vía tradicional, mientras trataba de alegrar a mi hija con la perspectiva de minivacaciones en casa de su abuela Lala (cosa que a ella le encanta). Los saqué a la plaza a las 9 de la mañana para aprovechar las horas en las que la temperatura no era tan peligrosa. Di la teta al bebé a cada rato para evitar que se deshidratara. Traté de animar a mi marido que cada mañana se tenía que ir a trabajar y cada tarde a casa a darle de comer a la gata y a seguir persiguiendo a la compañía de electricidad. Y practiqué la espera, cosa que a mí por ser ansiosa siempre me cuesta el triple.

Estos dias largos, calurosos y difíciles me confirman una verdad que hace rato vengo intuyendo: ser mamá te hace querer ser mejor persona de lo que sos. Aunque a veces no te salga.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Lograr un embarazo, lograr otro embarazo

Hoy en el blog de Babycenter estuve leyendo sobre infertilidad secundaria, el problema que muchas mujeres tienen para quedar embarazadas por segunda vez. Es algo bastante común por ser la edad que tenemos al momento de concebir un factor tan clave. Cada vez somos más las que postergamos la maternidad hasta después de los 30, y a partir de los 35 y más aún después de los 40, las chances de concebir naturalmente van raleando.

En mi caso, fue al revés. Les cuento.

Ya dejé en claro en varias entradas que soy una persona muy ansiosa, y creo que el año en el que comencé a buscar mi primer embarazo esa ansiedad alcanzó un pico. Comencé haciéndome unos estudios de rutina con mi ginecóloga de entonces, a quien no le gustó un valor en mi análisis de sangre: "con la tiroides así, no vas a quedar embarazada, y si quedás, los vas a perder", ¿pueden creer que me lo tiró así por la cabeza? Fui a ver a un endocrinólogo, quien me relativizó el problema. Me dijo que mi tiroides era "un poco perezosa" pero que no iba a impedirme tener bebés. Cuando volví con mi doctora para contarle eso, ella insistió: "bueh, probá, fijate... para mí no vas a quedar". ¿Hace falta que aclare que salí llorando de la consulta? ¿Tengo que explicar por qué se me disparó la ansiedad de esa manera? 
Dani a las 20 semanas.

Y obvio, el embarazo no llegaba. Pasaban los meses y cada menstruación era un duelo.

Pero las cosas cambiaron. Ese año tuve la suerte de dar con una buena terapia y de tratar mi ansiedad por primera vez como lo que era: ansiedad. Ya lo expliqué hace un tiempo: siempre había creído que yo era como era por mi personalidad. Cada vez que me angustiaba me decía "esto soy yo". Con esa terapia pude reconocer "esto NO soy yo, esta es mi ansiedad, y NO le voy a hacer caso". Y tampoco a la doctora mala onda (especialista en infertilidad, por cierto...).

Cambié de doctora. Un mes después, Dani estaba en camino.

Quiqui más o menos en la misma época.
Igual, y aunque jamás la volví a ver, el tiempo me demostró que la doctora mala onda algo de razón tenía. Para planificar mi segundo embarazo fui con el endocrinólogo que, al verme ya con 34 años, sí me dio la medicación. Y Quiqui llegó en apenas un par de meses de búsqueda. Pero me pregunto, cuánto tuvo que ver mi tiroides perezosa, y cuánto el haber aprendido a lidiar un poco mejor con mi ansiedad...

Por cierto, mis dos embarazos fueron hermosos.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Mamá re-cargada

Cuando decidí darle a mi blog un nombre, lo primero que pensé fue en "mami recargada", en el sentido de que se recargan las baterías, o que se vuelve a llenar una botellita de agua para seguir tomando, pero finalmente me decidí por el término en inglés. Y no, no solamente por la película Matrix (la segunda parte no me gustó nada) sino porque me pareció que el término extranjero no tiene la connotación negativa que puede tener en español (al menos, el español argentino que hablo) re-cargada, como sobrepasada, demasiado cargada, abrumada, etc. 
Ser mamá de dos, en principio, ha sido una manera de redoblar mi alegría por ser mamá, de sentirme más segura. Ya sea por la experiencia previa o bien por procurar hacer algunas cosas distintas, como conté cuando hablé de mis primeras veces con dos hijos, me siento mejor mamá por serlo por partida doble.
Cara de "mami re-cargada" necesita sus espacios...
Pero hay días en que debo admitir que sí me siento recargada. En el sentido de re-cargada. Recontra.

Esta fue una semana difícil. Y no, no tanto por las noches interrumpidas por mi bebé, que todavía no tiene dos meses. Más que nada, es Dani, mi hija mayor, la que me satura por momentos. Está muy celosa de su hermanito, que cada vez está más adorable. Cuando nació, en ella predominaba la alegría y la ternura hacia el nuevo bebé que los celos. Pero ahora que los desconocidos me paran por la calle para alabar al bebé, ahora que él sonríe y pasa más ratos despiertos, ella siente como nunca que ha perdido el estrellato. Y nos lo hace notar. 
Lo peor es que se porta terrible cuando estamos los cuatro juntos, con su papá, y cuando más siento que tendríamos que disfrutar del tiempo en familia, nos lo pasamos los dos retándola y volviéndonos locos para arreglar todo lo que el huracán Dani va dejando en su camino de destrucción... 
Y yo entiendo que ella necesita más que nunca saberse amada, comprendida... que debería armarme de paciencia y darle dosis extra de abrazos en lugar de gritarle que no se toca el ventilador, que no se les tiran ramas a los autos, que no se le pega a mamá o que la comida es para comer y no para jugar... Pero a veces la situación me sobrepasa. Esta semana, por ejemplo, se complicó más de la cuenta porque Dani se pescó una conjuntivitis, yo me la contagié, y ya expliqué que no soy buena con los temas de salud, ni míos ni de mis hijos.

Mientras tanto, con Quiqui también me ocurre que, al estar más grande y más vivo que antes, me demanda más esfuerzo: quiere dormirse solamente conmigo y no con su papá, o sea que, además de la teta, ahora siento que soy la encargada de que descanse. Pareciera que depende de mí para todo. 
Y si a esto se le suma que mi marido viene de unas semanas muy ocupadas en su estudio y su trabajo, no es de extrañar que me sienta sobrecargada. El no contar con espacios propios más que la maternidad, el no salir sola a la calle siquiera a dar una vuelta manzana porque soy la única disponible 24x7 para cuidarlos a ambos chicos, el que encima mi hija mayor esté tan difícil y se la tome conmigo (¡como debe ser! No quisiera que se desquitara con el bebé), todo esto me deja agobiada.
Extraño juntarme con mis amigos. Esta semana me puse de muy mal humor porque se organizó una mega salida para ir a ver Doctor Strange y me la perdí. Extraño el cine. Extraño mis clases de yoga. Hasta extraño mi trabajo a veces. Sé que terminaré por volver a cada una de estas actividades de acá a un tiempo, pero por ahora a veces siento que soy mamá, y nada más. ¡Y es duro!

Hoy, sábado, hicimos algo al respecto. Hablé con el papá, le dije que prefería ir YO a hacer las compras, que él se quedara con los chicos. Y hubo algo más: Quiqui tomó en brazos de su papá su primera mamadera (de mi leche). Se la tomó con ganas, como el gordito que es. Esto me dejó un poco más tranquila, saber que puedo llegar a salir y que él se alimente igual en mi ausencia. Y Dani se puso muy contenta cuando le dije: "al cumple de tu amiguita la semana que viene te llevo yo, yo sola, y papi se queda cuidando a tu hermanito. Nos merecemos una salida de chicas".
Y necesitamos reconectarnos, volver a sentir lo lindo que es pasar el tiempo juntas.
Y yo, apreciar lo maravilloso de tener dos hijos y recuperar paciencia para esperar el reencuentro con las otras partes de mi vida que ahora aparecen ausentes o desdibujadas.


martes, 1 de noviembre de 2016

Mi lado débil como mamá

Por supuesto que no hay madres perfectas, todas lo sabemos y lo repetimos "no puedo ser perfecta, no hay madres perfectas". Pero claro, las mamás ansiosas buscamos la perfección, aún cuando sabemos que no existe. Me reconozco como una eterna perfeccionista. Y, en lo que a maternidad se refiere, en estos casi cuatro años he conseguido sentirme orgullosa de algunos de mis logros como madre. 
Pero de eso hablaré en otra oportunidad.

Hoy me interesa más bien reflexionar sobre aquellos costados flacos, puntos débiles que también me encuentro. Ya a esta altura ni siquiera lidio por cambiarlos, sino simplemente por aceptarlos. Forman parte de mí como madre, hacen que sea una mamá normal e imperfecta como todas y el asumirlos me sirve para aceptarme como soy, relajarme un poco y disfrutar más de aquellas cosas en las que sí soy buena. ¿Y en las que no? Paciencia. Los hijos se crían igual. 

Ahora sí:

- Soy una madre terrible con las enfermedades. Obvio que cumplo con las tomas de remedios, las nebulizaciones, los turnos del pediatra. Pero no soy buena madre al lidiar con problemas de salud. Me cuesta ponerle onda, paciencia y amor. Nada de madre abnegada que se desvive al lado de su hijito en cama. Mi estado de ánimo oscila entre el negativismo catastrófico-hipocondríaco (del estilo "uh, fiebre, ¿será una eruptiva? ¿Será contagioso? ¿Será MORTAL?"), los ataques de llanto y de nervios a escondidas (de la niña, no del pobre marido que me soporta), y  ya cuando la criatura cursa la convalecencia, la resignación cínica-apática ("ponele la tele una hora más, no me la aguanto..."). No tolero los días (o semanas) con mi hija enferma. Con el más chiquito todavía no me tocó, pero ya van a llegar, y con los dos a la vez... tiemblo de solo pensarlo.
- También soy malísima con el encierro en días de lluvia. Se me ocurre que esto del encierro también me debe funcionar como factor contra las enfermedades. Y es que soy una mamá de plazas, parques, visitas y demás paseos, no me pidan que le ponga mucha onda a las tardes entre cuatro paredes. Un fin de semana largo con lluvia es una pesadilla para mí como madre. Reconozco que, a medida que mi hija mayor crece, juega más sola y podemos participar de juegos de mesa, que me ayude a cocinar, ver películas, etc. se me ha ido haciendo un poco más tolerable el quedarme en casa. Pero de todas maneras, las horas se me hacen chicle entre las cuatro paredes. Cosa que no me pasaba cuando me quedaba sola, sin hijos.
- Algo que me parece hasta menor y anecdótico si se quiere, pero no le doy demasiada importancia a la ropa que llevan puesta mis hijos. Ahora que Dani empezó a elegir, la dejo ponerse casi casi lo que ella quiere (y tiene mejor gusto para vestirse que yo). Pero nunca fui de tenerla emperifollada cual muñequita sino de caer en la comodidad de la tríada calzas-remera-zapatillas. Y la peino por una cuestión de higiene y de prolijidad mínima, pero no soy fanática de hacerle peinados (para eso tiene, por suerte, una tía muy creativa). Con respecto al abrigo, soy un poco más aplicada pero solo porque me obligo a mirar la temperatura en la tele antes de salir de casa y pensar "¿qué diría mi suegra si hoy la saco sin campera?". Además, mi mencionada fobia a las enfermedades de los hijos me funciona como motivación para no descuidarme tanto en este aspecto.

Y ustedes, mamás que me leen, ¿creen tener algún punto débil en su maternidad? ¿Cuál sería? ¿Les parece que es más importante reconocernos y aceptarnos así como somos, o por el contrario, que deberíamos trabajar precisamente sobre este costado por el bien de los hijos?

domingo, 23 de octubre de 2016

¿Se puede disfrutar del puerperio?

Puerperio. Es una palabra que, hasta que no te toca atravesarla, casi no forma parte de nuestro vocabulario. El puerperio es muy real pero está disimulado, a diferencia de la menstruación, del embarazo, del parto. ¿Se espera que cuando una mujer tiene a su bebé salga de la clínica divina, maquillada, calzando el jean elastizado que hace 7 meses que no le entra y que el bebé duerma de corrido para que los padres puedan salir de joda pronto? ¿O no tanto?

Creo que así pensaba yo después de haber tenido a Dani. Los primeros días -excepto que en vez de días serían semanas o meses- como madre se me hicieron eternos, sentí que todo lo que yo era, todo lo que me gustaba hacer, todo se había ido no sé a dónde, y esta que quedaba acá ya no era yo misma. No me encontraba, no me reconocía. Por eso, moría de ganas porque el puerperio pasara lo antes posible: dentro de X días voy a poder volver a salir, dentro de X semanas podemos sacarla a pasear, dentro de X meses ya va a dormir de corrido, etc. Estas expectativas, apenas hace falta aclararlo, no siempre se cumplieron. Y por eso viví mis primeros meses de maternidad con mucha ansiedad y frustración.

El hecho de haber tenido una hijita tan despierta (literalmente despierta, dormía poquísimo desde bebita) y la privación consecuente de sueño no me ayudaron. Hubiera dado cualquier cosa por adelantar el tiempo. Quería que todo pasara rápido: que durmiera, sobre todo, pero también que nos permitiera volver a salir, que sostuviera sola la cabeza para no tener que tenerla permanentemente en brazos, que pudiera tomar mamadera pronto para poder dejársela a una abuela, que superara la edad de los cólicos, que comiera sólidos para que no dependiera tanto de mi teta.... Solo con terapia logré relajarme (mínimamente) y sentir que las cosas mejoraban con el paso de los meses. Pero aún hoy me siento culpable por no haber disfrutado más y mejor de la primera infancia de Dani. A veces siento que la cargué de ansiedad, siempre esperando tenerla un pasito más adelante del que le estaba tocando atravesar.

A ver, en principio cualquier puerperio es una etapa difícil. Nadie diría que es lo más lindo de tener un hijo. Una está medio endeble después del parto (escuché que con cesárea la recuperación es todavía más lenta). Todavía nos sobran kilos por todos lados. La casa es un caos. Hay pilas de ropa de bebé para lavar acumulándose por los rincones. Nunca encontrás el momento para sentarte a la mesa y compartir una comida en familia. No dormís bien (o directamente, no dormís). El bebé llora mucho.

Pero de esta segunda experiencia vengo aprendiendo que es posible encontrar paz en algunos momentos. La clave está en aceptar las cosas como vienen. ¿No se puede salir con el bebé durante el primer mes porque casi no tiene defensas? A disfrutar de quedarse en casa. ¿Nos quedó la panza floja después de parir? Estoy dando la teta, no me jodan, a relajarse y darse un festín de delivery y facturas. ¿Durmió tres horas de corrido? ¡Maravilloso! No se le puede pedir más a esta altura. ¿Vienen visitas? A aprovechar para conversar con otros adultos (aunque probablemente te la pases hablando de tu bebé). ¿Estás dolorida por los puntos? Aprovechá para quedarte en la cama mientras tu pareja pueda darte una manito. ¿El bebé llora por los cólicos? Paciencia... y pensá en que son algo normal de su desarrollo que quedará pronto en el olvido (si recordara todo lo que me tocó pasar con Dani, dudo de que graciosamente hubiera elegido tener un segundo hijo...).

Tal vez sea que esta vez me tocó un bebé más tranquilo, pero no la vengo pasando tan mal. Entonces, pienso que tal vez (solo tal vez) se puede disfrutar del puerperio... siempre y cuando no pretendamos que sea algo que no es.

lunes, 17 de octubre de 2016

Tejer

Me reconozco como una persona muy ansiosa. Lo padezco desde que soy muy chica y me cansé de escuchar a los demás quejarse de mi pesimismo y de mi tendencia a anticipar desgracias. De hecho, recibir hace algunos años un diagnóstico profesional de TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada) fue más un alivio que otra cosa. Me explico, no es que "yo fuera así" por ser yo, sino que muchas de las características más molestas de mi personalidad eran atribuibles, justamente, a mi ansiedad. No era "marianismo" esa vocecita interior que me decía que un dolor de cabeza era una aneurisma a punto de estallar, o que el mundo se iba a terminar el 21/12/12 según una supuesta profecía maya, o que si mi marido no respondía el celular era porque lo habían asaltado: era mi ansiedad.

Reconocer mi trastorno de ansiedad, comenzar a tratarlo y sentir cómo mi vida mejoraba fueron, casi casi, la misma cosa. De todas maneras, varios años después sé que la ansiedad es algo con lo que deberé convivir de por vida, algo tal vez sin lo cual no sería quien soy, que también me ha ayudado a ponerme las pilas con muchas cosas (ser organizada, cumplir plazos, aprender a trazar metas realistas, llegar a determinados objetivos, etc.)

Y, por supuesto, como madre no pude otra cosa más que ser ansiosa. En mi primer embarazo (y bastante menos en este segundo) tachaba los días del primer trimestre pensando que cada uno que pasaba mi bebé tenía más chances de nacer. Esperaba con ansiedad las consultas médicas con una lista de preguntas. Contaba los días que pasaban hasta la siguiente ecografía.
A la vez, no quería transmitirle esta ansiedad a mi bebé. Cuando estaba de 6 semanas de embarazo de Dani, tuve un pico de presión alta. Cardiólogo y holter de por medio, la conclusión fue la siguiente: estás cagada en las patas. Bajá un cambio si no querés que todo eso le llegue al bebé.
Me ayudó mucho comenzar a hacer yoga de embarazadas, para centrarme en el presente (si bien no tanto como me gustaría, pero algo es algo). Busqué conectarme con la respiración y con el ahora. Y cada vez que me aparecía un pensamiento cuco, me repetía a mí misma: "no es una premonición, no son poderes proféticos, es solamente tu ansiedad, no le hagas caso".

Comenzando la manta de Dani, si Fiona me deja.
Pues bien, otro de los recursos que me ayudó a paliar mi ansiedad, a conectarme con el momento presente y a bajar un cambio en mis pensamientos -tanto los negativos como los positivos, porque lo cierto es que mi cabeza siempre va a mil y a veces me agota, además de agotar a quienes tengo a mi alrededor- fue el que le da título a esta entrada: aprender a tejer. Estaba embarazada de pocos meses de Dani cuando una compañera de trabajo me enseñó los primeros pasos básicos, como ser montar los puntos, hacer la trama básica santa clara y revés, cerrarlos. Con ella y con algunos tutoriales de Youtube como este, logré terminar -en varios meses- mi primera mantita para mi hija.

Desde entonces, le he hecho a ella un gorrito, unas polainas y dos bufandas, además de mantas para varios bebés de familiares, amigas y colegas, más bufandas para mi hermana, para la madrina de mi hija, para mi marido, para mi mamá...
Con Quiqui fue la primera vez que tejí con hilo, ya que lo esperábamos para una época del año más cálida. Fuimos a comprar el material con Dani, que me ayudó a elegir un color que le fuera a gustar al "hermanito menor". Empecé la manta junto con mi licencia por maternidad, y tejiendo un rato cada día, la terminé un par de semanas antes de que él naciera.

Proyecto terminado.
Tejer me ayuda a bajar mi ansiedad porque me conecta con lo que estoy haciendo. Mantiene mis manos ocupadas y mi mente más libre. Me relaja, me ayuda incluso a conciliar pronto el sueño y a dormir mejor. Siempre me gusta tejer un rato antes de tomar una siesta reparadora. Y lo veo como un pasatiempo productivo, ya que cuando termina todo, te queda una cosa hermosa terminada, no como ocurre con esas granjas o ciudades virtuales de los jueguitos de Facebook con los que tiempo atrás dejaba pasar las horas muertas...

Mi abuelo me dijo un día, respecto a mi tejido para mi bebé: "Cada punto es un beso que le da su mamá". Pero también es una palmadita de confianza, una caricia y un estímulo que me doy a mí misma.