¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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miércoles, 12 de diciembre de 2018

Mi pena


Ésa es tu pena. Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no
vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.
Si observas a trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del
reverso del cielo.
Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de
olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre, no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el final,
hasta la empuñadura.

Olga Orozco
En el revés del cielo (1987) 

Te tuve y no te tuve. Te tengo, y no te tengo. Te quiero como a nadie, y a la vez es poco lo que te conozco. Puedo contar con los dedos de una mano los momentos importantes de mi vida en los que estuviste presente. Me hiciste tanta falta.
La ausencia que siento hoy, adulta, lo sé, es el vacío que dejaste en aquella chiquita. Me faltaste desde muy temprano. Te busqué en todas partes. Al ir creciendo busqué sustituirte. Elegí buscar, consciente o inconscientemente, algunos -pocos- rasgos que me recordaran a los tuyos, como el amor por la música.
Y comprendí que siendo hija aprendí a ser madre antes de tiempo y de manera incompleta y fragmentaria. Tratando de cuidarte, en realidad buscaba que fueras vos quien me cuidara.
¿Cómo sería yo, cómo sería mi vida, si no hubieras estado ausente? ¿Sería yo lo suficientemente fuerte si hubiera contado con tu sostén incondicional? ¿Habría encontrado un compañero en quien apoyarme si a todos los hubiera comparado con un modelo ideal, en lugar del cuadro incompleto que me tocó tener?
Así soy. Así resulté. Y no quiero ni me imagino siendo otra. Aprendí a desconfiar, a temerle a las despedidas y a las transiciones. Aprendí a odiar los aeropuertos (y paradójicamente a amar los viajes). Me descubro aún hoy leyendo un libro pensando si te lo puedo recomendar. Adoro aprender datos sobre ciencias y sentir que me acercan a vos. Me siento orgullosa de mis logros, en especial si sé que te enorgullecen también, así sea a la distancia.

Esta, me dijo una vez una analista, es mi historia de amor. A veces siento que es un amor imposible, no correspondido. Siempre me quisiste, nunca fui lo suficientemente importante como para que permanecieras cerca de mí. Esta es mi pena.

Gracias, querida Lili, por haberme ayudado a hacer catarsis con este texto, que hoy siento vigente como nunca. Besos celestiales.

sábado, 28 de julio de 2018

Cuando mis hij@s eran un secreto

La noche previa al primer Evatest de Dani, con el futuro Papi Reloaded fuimos a un recital, de los tantos que nos gustaba ver antes de que nuestras noches se transformaran para siempre. Habíamos comprado el test en una farmacia a pocas cuadras del lugar. Después lo metí en mi cartera y disfrutamos de la música. Me acuerdo de haberle dicho "si da positivo, este va a haber sido el primer recital de nuestro futuro hijo". Así fue.
Dos hijos después, esa pancita que en aquel momento
lucía, ya me quedó de recuerdo permanente...
Ese 8 de abril era domingo de Pascua. Me desperté temprano y me hice el test. Me temblaban las manos y las rodillas. Ya había hecho uno el mes pasado y había dado negativo. Veníamos de varios, largos meses de búsqueda. Ya una médica me había dicho que, con mis valores de TSH, "no vas a quedar embarazada, o si quedás los vas a perder en el primer trimestre". Habíamos salido corriendo de ese consultorio, en busca de una segunda opinión. La nueva doctora me dijo que solo tenía que relajarme. Y ese domingo, vi las dos rayitas antes de que el cronómetro marcara los proverbiales dos minutos.
Recuerdo sentirme tan rara, tan rara... ese almuerzo familiar, con Javier nos mirábamos sabiéndonos dueños de un secreto. Después de todos esos meses de búsqueda, ambos habíamos acordado no decir nada hasta pasado el período de mayor riesgo. Igual mi mamá lo supo enseguida, aunque se lo dije muy asustada porque esa semana había tenido un pico de presión alta y tenía mucho miedo de que el festejo no nos durara.
Esas primeras semanas las recuerdo borrosas. De esperar los estudios, de sentir los primeros síntomas (ganas de hacer pis a cada rato y sueño, mucho). De ver la ecografía con la estrellita titilando. De empezar a hablar hacia dentro con ese bebé que comenzaba a formarse, y que presentía varón -me equivocaba. 
Se fueron cumpliendo las semanas, y poco a poco nos animamos a dar la noticia: a mi hermana, el día de su cumpleaños, le dije que su regalo era... ¡un sobrino! A mi suegra y a la familia de Javi, todos juntos aprovechando un cumpleaños familiar. A los amigos, uno por uno a medida que nos encontrábamos. A mi propia familia extendida se lo conté más tarde, porque estaba esperando que mi papá regresara de su viaje (viaje que se prolongó en ausencia definitiva, se terminó enterando por Skype y solo me vio embarazada el día previo a dar a luz). En mi trabajo, lo fueron adivinando mis compañeras con el correr de las semanas. 
Recuerdo el día en que nos hicimos la NT Plus, semana 12, que por primera vez alguien me cedió el asiento en el colectivo. Ahí, mi embarazo definitivamente dejó de ser mi secreto y se transformó en mi orgullo.

Con Quiqui todo fue más tranquilo. No me temblaron las manos al hacerme la prueba, es más, dejé que Javi siguiera durmiendo y lo desperté sonriente, diciéndole "vas a ser papá de nuevo". Yo lo presentía desde una semana antes, cuando un perrito me mordió, me tuvieron que dar un antibiótico y yo le dije a la médica de guardia que cabía la posibilidad de que estuviera embarazada. Me lo cambió por otro. No tenía ni tres semanas de embarazo, pero ya lo estaba cuidando a mi bebé.
Misma ropa, distinto bebé... la panza de Quiqui apareció al toque.
Ese 14 de febrero no se lo dijimos a nadie... mentira, le mandé un mensaje de texto a mi mejor amiga con este mensaje "shhhh... dos rayitas". No me acuerdo cuándo ni cómo fuimos dando la noticia a la familia, aunque la que tardó un poco en saberlo fue Dani, que con tres años y pico se puso muy contenta de que iba a ser hermana mayor. Nos alivió su entusiasmo, aunque comprendimos que ella no tenía ni idea de la que se le venía. En mi trabajo pretendí guardar el secreto, pero mi barriguita incipiente -¡de escasas seis semanas!- y un feroz ataque de náuseas enseguida me deschavaron. Mi papá, de nuevo, fue el último en enterarse: me vio en uno de sus viajes y, sin que le dijera nada, me dijo "es un varón". Él no se equivocaba.

Hoy recuerdo con alegría y serenidad esas primeras semanas, aunque en su momento tuve mucha ansiedad y miedo, sobre todo la primera vez. Entiendo a las parejas que prefieren guardar el secreto, aunque también comparto la urgencia de contarlo que tienen aquellas que enseguida lo hacen público. Como ocurre con otras cuestiones de la mater-paternidad, no hay una única respuesta correcta sino que lo más indicado es hacer lo que cada uno siente.

¿Cómo fueron esos primeros días, cuando supieron del embarazo?

domingo, 17 de junio de 2018

Cómo se me resignificó el Día del Padre

Papá y yo
Desde que tengo memoria, el Día del Padre fue para mí una fecha agridulce. Y es que el vínculo con mi papá siempre estuvo signado por la ausencia. Tenía cuatro años cuando mis padres se separaron, cuando las leyes del divorcio apenas empezaban en Argentina y yo me sentía un "bicho raro" entre mis compañeritos de jardín y más tarde, del colegio. Y si bien mi papá nunca desapareció del todo de mi vida (y por eso hablo de memorias "agridulces" y no directamente "amargas"), siempre me hizo falta su presencia. Todavía me hace falta ahora, aunque tengo 36 años y me da bronca seguir necesitándolo después de tantos años.
Buena parte de mi vida, entre mi viejo y yo hubo un océano de por medio. 10.000 kilómetros redondeando. A veces él estaba para Día del Padre, otras veces me tenía que conformar con saludarlo por teléfono. En aquellas ocasiones en los que sí estaba en casa de mis abuelos, igualmente lo veía refugiándose detrás de una computadora porque a él nunca le gustaron las reuniones familiares (y mucho menos cuando la fecha era "comercial"). Nunca se le ocurrió preguntarnos a sus hijas, a mi hermana o a mí, la Mariana de 7, de 8, de 11 años, qué sentíamos ellas. Me costaba ver publicidades de papás e hijos pasando el tiempo juntos y compartiendo desayunos en la cama. Y tenía el ejemplo de los padres presentes de la familia, mis tíos y abuelos, para recordarme lo que a mí me faltaba. De alguna manera, no me dejé de sentir nunca bicho raro.

Pero desde hace cinco años, el Día del Padre dejó de ser una fecha agridulce. Si bien sigo acordándome de mi papá y deseando que viviera más cerca y que viera más seguido a sus nietos,  a quienes adora, ahora tengo un excelente motivo para estar contenta y festejar. Javier es un padre genial, un gran compañero que hace todo por nosotros tres, con quien nos ponemos la familia y la casa al hombro y la peleamos cada día. ¿Qué mejor ocasión para homenajearlo, por más que se trate de una fecha inventada por los comerciantes para vender regalos?
Mis hijos adoran a su papá, les ilusiona estar con él, lo reciben con un abrazo cada vez que llega a casa. ¿Por qué no hacerle unos lindos regalos y prepararle juntos el desayuno? Me emociona ver que Dani y Quiqui sí pueden crecer con un papá presente, que no solamente los quiere (sé que el mío también nos quiere) sino que está cada vez que lo necesitan, que los acompaña en el día a día, que los ayuda a crecer. Y esto hace que, por más que suene a frase hecha, todos los días sean Día del Padre en casa.

Mi árbol familiar...
Javi, más allá de todo lo que te amo como compañero, gracias por ser el papá que sos. Gracias por la "butigrúa" y por dejar que "el invasor" tenga lugar para dormir cada madrugada. Gracias por tus upas y tus cosquillas, por tus cuentos del Autito Camilo y por tus enseñanzas de guitarra. Gracias por tus Rapiditas y por tus arrocitos con carne y verduras. Gracias por ser el padre que siempre soñé para la familia que formamos. Gracias por haber soñado estos sueños conmigo. Gracias por seguir proyectando juntos.

Y pa, no sé si leerás esto (no sé si sos lector habitual de mi blog y no te voy a "manipular por la culpa" para que lo leas), sabé que te quiero mucho y que te extraño, que te sigo extrañando, y que no voy a dejar de extrañarte, siempre. Que respeto -aunque no comparto- tus decisiones de vida porque ya soy adulta. Así es, ya crecí, y también sé que ya es tarde para recuperar muchos momentos, pero que los que hemos compartido también los llevo puestos y que los valoro. Por ejemplo, aquellas vacaciones en las Canarias. O cuando vimos juntos las películas originales de Star Wars. O cuando me acompañaste por el altar el día que me casé. 

Feliz Día del Padre.

lunes, 7 de mayo de 2018

Sobre lo incondicional del amor

No es secreto que me encanta leer sobre maternidad: libros, artículos, foros, otros blogs... A esta altura del partido, son pocos los textos que me sorprenden o me dicen algo muy diferente de lo que haya podido aprender de mi propia experiencia, pero de todas maneras, leer a otras madres -y a otros padres- me hace sentir acompañada. Es como una charla de café con amigxs con hijos. 
Ya sé, es la clase de libro que mi yo cínica de 20 años
se hubiera pateado a sí misma por leer...
Y bien, hace poco leí un libro que me gustó mucho, y que me dejó pensando. Hace casi un mes que lo terminé, y creo que estoy en condiciones de afirmar que este libro en particular -que no es ni por casualidad el mejor escrito o el más apasionante que haya leído- me cambió el modo de vivir una parte muy importante de mi maternidad.
El tema central sobre el que giraba el libro era el amor incondicional. Su tesis, que nuestros hijos necesitan que los amemos así, sin condiciones. Que les permitamos ser lo que elijan ser. Que los acompañemos, sabiendo que se trata de su historia, no de la nuestra. "No se trata sobre vos", le dijo a la autora su hijo Raiden. Y ella a lo largo del libro nos recuerda constantemente esa frase, y cómo la marcó.

Hasta acá nada nuevo bajo el sol, ¿cierto?

Bueno, para mí no tan cierto. Me entré a preguntar si realmente soy capaz de dar a mis hijos esta clase de amor, el amor incondicional. Y si es así, si se los estoy demostrando. Spoiler alert, comprobé con un poco de esfuerzo que la respuesta a la primera pregunta es que sí. Pero con asombro, con dolor y con una sensación creciente de urgencia, que la respuesta a la segunda pregunta es que no, no lo demuestro lo suficiente.
Comencé por preguntarme si de verdad los amo incondicionalmente a ellos, a Dani y a Quiqui. Es fácil amarlos cuando los veo sentaditos en el sillón del living viendo la tele, ella dándole un beso y un abrazo a su hermanito y diciéndole "vos sos mi Pocoyó". Es fácil amarlos cuando se quedan dormidos y tienen esa expresión en sus caritas tan idéntica a cuando eran bebés. Es fácil amarlos cuando con su papá salimos los cuatro de paseo y los vemos correr detrás de una pelota, muertos de risa. En cambio, no es tan sencillo amarlos cuando, después de pasarme una hora en la cocina, Dani me dice "¿sabés lo que es esta comida? ¿vos conocés la palabra as-que-te?", o cuando Quiqui se tira al suelo haciendo un berrinche y cuando trato de alzarlo en brazos, me revolea los anteojos de los que todavía no pagué la primera cuota... e imagino que no será fácil amarlos cuando atraviesen la adolescencia y tomen decisiones equivocadas. O cuando sean adultos y voten a la derecha, en fin. Amarlos en esas circunstancias puede que sea difícil, pero no amarlos o dejarlos de amar... no me cabe duda, es directamente imposible.

Por ahora vamos bien. Los amo sin condiciones. Ahora, ¿se los sé transmitir?

Me toca muy de cerca el tema, porque a mí me llevó muchos años sentir que mis padres me amaban incondicionalmente. No quiero decir que ellos no lo hayan sentido o que no lo hubieran expresado, pero por mucho tiempo yo fui la hija mayor de manual de psicología: seria, responsable, buena alumna, obediente... ¿Me sentía amada? Sospecho que no todo lo que hubiera necesitado. Cuando tenía 16 años salió en una sesión de terapia una idea que tenía mucho peso en mí: es cierto que mi mamá y mi papá me amaban por ser su hija, pero además me tenían que amar más aún por ser buena y no dar problemas. Me llevó bastante análisis desechar esta idea absurda y admitir que los padres aman a los hijos por ser hijos -y punto.
¿No aprendí nada de mi propia experiencia? Capaz que no lo suficiente. De alguna manera, me da la sensación de que Dani creció igual que yo: ella también es una nena mayor bien de manual. Y hace poco, de nuevo a partir de la lectura del libro de Amber Brogly del que hablé más arriba, tuve con mi chiquita de 5 años una conversación que me sacudió bastante los cimientos. Fue así. Yo comencé diciéndole que trato de ser la mejor mamá posible, aunque a veces me equivoco, y ella me dijo "pero mami, ¡vos nunca te equivocás!". Tarjeta amarilla: veo que transmito esa imagen inalcanzable de supermadre que no soy ni quiero ser. Siguiendo con la charla le digo que siempre la quiero, y que siempre la voy a querer. Y ella me responde: "bueno, no siempre, cuando me porto mal no, me querés cuando me porto bien". Tarjeta roja, definitivamente no estoy logrando transmitirle el amor por lo que ella es sino por lo que ella hace -o peor, que hace bien.

Se me parte el alma. Comprendo que tengo que hacer algunos cambios de inmediato. Lo estoy intentando desde entonces.

¿Cómo condicionamos el amor hacia los hijos? De muchas maneras, pero creo que por mi parte lo hago con las expectativas: espero mucho de ellos, y se los hago notar. "Esta nena es brillante con los números", "este chico va a ser músico como el padre". Aunque se trate de afirmaciones que yo considero positivas, ¿qué pasa si no coinciden con lo que mis hijos esperan de ellos mismos? ¿No los estoy condicionando a ser como yo espero que sean?
Por otro lado, si bien los chicos necesitan límites, creo que estoy equivocándome en la manera de marcarlos. Soy demasiado dura con ellos a veces. Si bien puede que les esté proporcionando pautas correctas y útiles, me doy cuenta de que no les estoy dando suficiente ternura y contención. Tengo que ser un poco más cariñosa, un poco más expresiva, un poco -un mucho- más paciente y comprensiva. No es un equilibrio fácil. 

Pero no me cabe duda de que es fundamental. En definitiva, el amor hacia los hijos, si no es incondicional, no es verdaderamente amor. Y sí, yo sé que los amo sin condiciones.
De un tiempo a esta parte, he decidido que no tengo ninguna tarea más importante de asegurarme de que ellos lo sepan también.

jueves, 1 de marzo de 2018

Doble escolaridad: del "yo nunca-nunca" a la mejor opción

Llega marzo, y con el final del calor con un lorca más insoportable que en febrero volvemos todos a las aulas. Hoy empecé como maestra un nuevo ciclo lectivo, lo que siempre me trae alegría y un entusiasmo renovado porque me encanta estar con mis alumnos y compartir el día a día, más allá de que la coyuntura política insista en despreciar y en menospreciar nuestra labor.
Literalmente, ¡me dio la
espalda todo el tiempo!
Pero hoy no quiero hablar de mí, hoy quiero hablar de mi hija mayor que empezó su preescolar. Hoy fue un día feliz, verla sonreír y abrazarse con sus amigos -con los que viene acompañándose desde salita de 2. Escuchar sus intervenciones en voz alta (y qué caudal de voz tiene la peque) durante la formación en el patio. Sonreír pensando en que mal no le vendría media pastillita de Rivotril mezclada con el Nesquick para que baje un cambio. Sacarle fotos en las que no salió mirando a la cámara porque ni para eso me dio bola.

Y, a la vez, no deja de ser un día agridulce. Tengo esa sensación de lo rápido que se pasa el tiempo y cómo se escurre su infancia entre mis días. Si ya venía sintiendo esto de que sus horas dejaron de pertenecerme, ahora que va a concurrir doble turno al jardín, menos que menos. Saco la cuenta y veo que, quitando el desayuno y la caminata al cole, vamos a pasar separadas el doble de horas de las que la voy a tener en casa. Y un poquitito se me estruja el corazón. "Qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti...."
Allá por la prehistoria, lo que desde mi punto de vista es cualquier momento previo a convertirme en madre, siempre sostuve que "yo nunca-nunca" mandaría a mis hijos a doble escolaridad. Será porque el único año que yo cursé con esta modalidad -cuando tenía 12 años- fue una verdadera pesadilla. En mi caso, lo terrible no fue la jornada larga en sí, sino ser nueva en el último año de primaria, hallarme entre una jauría de feroces preadolescentes que se maquillaban, besaban en la boca a sus noviecitos e iban a bailar mientras yo venía de un verano de paseos en bicicleta y -glup- todavía jugar a las Barbies... Pero bueno, el hecho de pasar tantas horas en la escuela a merced de estas criaturas impiadosas no ayudó. Como sea, me dije que si un día tenía hijos, iba a ser para pasar mucho tiempo con ellos, y no para "sacármelos de encima" mandándolos tanto tiempo al cole.
Crecí, hice un secundario de jornada prolongada pero no doble, y fue genial. Aún sin asistir a colegio bilingüe, aprendí inglés y computación, lo que reforzó mi convicción de que realmente no es imprescindible el colegio del jumper y el escudito verde para tener futuro en la vida. Crecí, conseguí trabajo en un jardín carísimo bilingüe, vi a chicos de la edad que ahora tiene mi hija sufriendo estrés por tener que dar exámenes de ingreso (!) para conseguir vacante en uno de esos colegios exclusivos de zona norte, y me juré y me repetí una vez más que no, que "nunca-nunca" iba a inscribir a un hijo mío en un doble turno.
Y viene la vida, y vienen tus hijos, y vienen los tiempos que corren, y todo se conjuga para tirar de culo tus convicciones. En mi caso, tanto mi marido como yo nos dimos cuenta de que el doble turno es la mejor alternativa por varios motivos. 
- Por un lado, porque la propia manera de ser de Dani hace que las tardes con nosotros se le estén haciendo chicle: no hay mucho espacio en casa para desplegar la imaginación jugando sola, duerme pocas horas (no hace siesta desde los tres años y medio), ocupa su tiempo con televisión o computadora, se aburre hasta que finalmente Quiqui despierta y los podemos llevar un rato a la plaza. 
- Por otro lado, la infancia de Dani no es la mía: no hay jardín de la abuela ni de casa, no hay veredas donde ir a andar en bicicleta, no hay una hermana de la misma edad con la que jugar sino un hermanito chiquito que necesita silencio a la hora de la siesta. Sí hay un espacio lúdico y de aprendizaje lleno de chicos con los que pasar el día aprendiendo y descubriendo nuevas experiencias. 
- Finalmente, también ayuda haber encontrado el colegio. Yo trabajo ahí desde hace años, me gusta tanto la institución que decidí elegirla también como escuela para mi hija. Ni nombre en inglés, escudito verde ni jumper. Sí hay un buen nivel de inglés (pero no más carga horaria que de castellano), club, pileta de natación, taller de yoga, ajedrez toda la primaria, teatro y un clima de familiaridad, compañerismo y contención. Un grupo de padres con el cual me siento cómoda y en el que ya he encontrado amigas nuevas. Maestras muy distintas entre sí, pero todas amorosas, dedicadas y a las cuales mi hija adora año tras año. 
Solo se dio vuelta para decirme
"chaaaau, mami!!!"

Entonces, estoy segura de que en el caso de Dani, ir a preescolar mañana y tarde va a ser la mejor opción, y no solo en el sentido de lo mejor posible, sino realmente lo que ella más quiere y lo que le va a resultar más enriquecedor. De todas maneras, estamos abiertos a escucharla. Si la notamos muy cansada o pierde el entusiasmo pronto, todavía se puede recalcular. Pero, conociéndola como la conozco, lo dudo mucho. Creo que el ofrecerle ir solo algunas veces por semana, o volver a comer a casa determinados mediodías, responde más a mi necesidad que a la de ella. Sé que la voy a extrañar a mi chiquita grande.
Mientras tanto, el gordo gana algunas horas de exclusividad que le van a venir bárbaras. Hijito menor que le sigue el trote a la hermana grande, está buenísimo que pueda estar algunos ratos solo conmigo, comer a su ritmo, ir a jugar a la plaza a juegos de su tamaño y no a las trampas mortales que explora cuando vamos con la acróbata de cinco años. Y creo que puede ser una buena oportunidad para compartir esos momentos con mi chiquito chico.

¿Qué opinan de la escolaridad doble turno? ¿Responde más a una necesidad de los chicos, o de nosotros los padres? ¿Y hay algún "yo nunca-nunca" que hayan dicho como madres o padres del cual después se hayan arrepentido?

lunes, 22 de enero de 2018

Revivir la propia infancia

Las vacaciones con chicos chiquitos pueden ser bastante caóticas, sí, como conté con los preparativos, pero seguro que muy divertidas. Desde hacer una apuesta con Dani de que no podría pasar las 5 horas de viaje a la costa en micro sin preguntar ¡20 veces! cuánto faltaba para llegar (y verla perder, claro), hasta sorprenderlos sacando de mi mochila algunos regalitos sorpresa comprados para esa ocasión -una linterna de bolsillo puede hacer maravillas por un nene inquieto de 15 meses, ya desde los primeros momentos presentí que este veraneo iba a ser especial.

No hace falta mucho para entretenerse.
El lugar que elegimos tenía para mí reminiscencias muy importantes, porque fue el escenario de mis propios veraneos de chiquita y de no tan chica: San Bernardo, ciudad del Partido de la Costa bonaerense que como tantos otros lugares de la localidad, se caracteriza por su infraestructura familiar, su mar frío que cambia de colores con el viento, las playas demasiado angostas y la divertida peatonal nocturna. Ayudó que estuvimos en un departamento hermoso con vista al mar. Pero de todas formas, vista desde mis ojos de adulta cínica de 36 años, la costa argentina está altamente sobrevaluada: el agua es fría, la banderita celeste en la playa parece ser una leyenda urbana, está lleno de vendedores ambulantes, las máquinas de videojuegos son bastante antiguas, los precios están inflados, el traje de Catboy en el Tren de la Alegría parece cosido a mano... Mi hermana me cargaba, "y vos que decías que no volvías más" (puede que lo haya dicho después de volver de las playas colombianas que visitamos con Papi Reloaded en nuestra Luna de Miel).
Dani conoció el mar.
Vista desde los ojos de mi nena de 5 años y de mi nene de 15 meses, la costa argentina es un lugar mágico. El mar es una pileta infinita donde las olas ofrecen la posibilidad de jugar y divertirse por horas. La arena es un parque de juegos más grande que el que nunca hayan conocido. Una vuelta al mundo destartalada en un pequeño parque de diversiones puede ser más emocionante que una de Disney World. En el Tren de la Alegría no hay un adolescente (mal) disfrazado de Catboy, están los PJ Masks de verdad ¡y se sacan fotos con vos! Comemos pizza, helado, facturas y cosas igual de ricas todos los días. Y lo mejor de todo: mamá y papá estamos tranquilos, sin computadoras, casi sin celulares más que para filmar los castillitos de arena, no los retamos tanto, queremos jugar con ellos un montón...
Este verano, mi hijo aprendió a usar el tenedor y mi hija, a jugar a la generala y a la batalla naval.
Este verano, cuando las olitas de la orilla mojaban sus piecitos por primera vez, vi transmutarse las expresiones de miedo de Quiqui por otras de felicidad y entusiasmo. 
Este verano, vi a Dani ensuciarse las manos con arena mojada, recoger "caracolas" en la orilla del mar, y descubrir que las cosas más lindas de las vacaciones son gratis: el mar, el sol, bajar a la playa de noche, ver cómo las almejas se entierran solas cuando las tapa una ola, ver volar una gaviota desafiando la tormenta que se le venía encima.
Nuestra familia dejando su huella...
Y recordé, recordé como si fuera una película, mis propios veranos de la niñez. Mi hermana y yo haciendo castillos de arena, mi papá diciéndome "juguemos a ser olas", mi mamá caminando conmigo por la playa cuando se cansaba de tomar sol, mi querido tío Roberto negándose rotundamente a repartir la cuenta en el restaurante -todo un caballero-, mi tía María del Carmen comiendo la mermelada del frasco a cucharadas "como una compota", la sonrisa de Toia que ahora me sigue sonriendo desde arriba... Llené a mi hija mayor de anécdotas de mi niñez, y me encantaba que ella quisiera saber más, que nos preguntara al papá y a mí de cuando éramos chiquitos, y saber que ahora, ahora mismo, estábamos creando en ella sus propios futuros recuerdos entrañables de los veraneos de la infancia con la familia.
Y es verdad que fue trabajoso perseguir al enano por la playa para que no se perdiera ni se lo llevaran las olas, que nunca pudimos dormir hasta más de las 7 de la mañana, y que la única cerveza que Papi Reloaded y yo compartimos la tomamos en el balcón mientras los peques dormían. No importa. Volver al mar después de varios años me hizo sentir que la ansiedad que llevo siempre en mi cuerpo se disolvía, una sensación hasta física de alivio indescriptible. Este verano me concentré en disfrutar de esta realidad que nos toca ahora, de este momento presente. Después de todo, ¿cuántas vacaciones de palita, rastrillo y balde nos quedan, 6, 7? Mejor disfrutarlas mientras duren.

Este verano, mis dos hijitos me hicieron uno de los regalos más hermosos que jamás me haya tocado recibir: me permitieron volver a vivir momentos maravillosos de mi propia niñez, desde sus ojitos. Y a la vez, me permitieron convertirme en parte de sus futuros recuerdos.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Pequeño homenaje a mi abuela, una madre que me enseñó a ser madre

Hoy se termina el año, y como todos los 31 de diciembre, además de los clásicos replanteos y objetivos para el año próximo, dedicaré buena parte del día a recordar con amor y con nostalgia a mi abuela paterna, María. Los 31 de diciembre eran, además de Fin de Año, su cumpleaños. Y aunque hace nueve años que ya no está en este plano terrenal, sigue tan presente en mis sueños y en mi memoria. Hoy me resulta imposible no rememorar todos los festejos de Año Nuevo de mi infancia junto a ella.
Este año le dediqué estas palabras el día del aniversario de su muerte:

Nueve años de extrañarte cada día. Nueve años de pasar frente a esas plantas de florcitas celestes pegajosas y recordarte con ellas enredadas en el pelo. Nueve años del que fue el día más triste de mi vida.

Te sueño, te recuerdo como si hubiéramos hablado ayer por teléfono por última vez. Le hablo a mi hija de vos y se me estruja el corazón porque no te llegó a conocer. Les hablo a mis alumnos de vos y sonrío, pero todavía siento ganas de llorar porque no estás. Hoy justo celebraron en el cole la fiesta de los inmigrantes, ¡cómo no pensar en vos y en todas esas historias que me contaste alguna vez!
Me hacés muchísima falta, abuela María!!! Me gustaría contarte tantas cosas, pedirte tantos consejos (y recetas de cocina), saber tu punto de vista sobre tantos temas, hacerte tantas preguntas que no te llegué a hacer.

Te quiero tanto!!!
Recuerdo con mucho cariño miles de momentos de mi niñez y mi adolescencia compartidos con ella: las tardes en la pileta del jardín de su casa junto con mis primas y mi hermana, las meriendas con las que me recibía cuando volvíamos del colegio (que, a pedido de mi hermanita, a veces incluían platos extraños como sopa de fideos cabello de ángel... a las cinco de la tarde!), los juegos que hacíamos en su casa. Pero hoy no extraño mi infancia. Hoy la revivo de a ratos viendo jugar a mis chiquitos. Hoy, como cada día, extraño muchísimo a mi abuela María. 
Y siento que buena parte de lo que soy como mamá lo aprendí viéndola a ella. Y que, si a veces me pesa la soledad y necesito con desesperación recurrir a alguien mayor en busca de consejo y de experiencia, su voz sería precisamente la que necesitaría escuchar. A veces se me cruza su imagen y vuelvo a escucharla contándome tal o cual anécdota de cuando le tocó criar a mi papá y a mis tíos. Y mucho más, me acuerdo de sus cuidados, de su ternura, de la rutina a la hora de dormir cuando nos quedábamos en su casa, de las oraciones con las que rezaba y de su voz cantando en ruso palabras que yo no entendía. Cómo me hubiera gustado que mis hijos también la conocieran. Pero algo de ella les llega, estoy segura, en la mamá que yo soy.

Esta noche brindo por ella, claro, brindo por todos los recuerdos compartidos, brindo por otras mamás que también me enseñan (como mi propia mamá, una abuela que mis hijos disfrutan como yo disfruté de la mía), brindo por mi compañero de todo este viaje y, por supuesto, por mis dos pollitos.

¡Feliz 2018 para ustedes que me están leyendo!