¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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martes, 26 de marzo de 2019

Cielo e infierno de las siestas

Las siestas de los chicos, ¡qué tema! Yo siento que con solo dos hijos, me tocó atravesar experiencias opuestas.

Algunas veces imagino que tengo la posibilidad de viajar en el tiempo, encontrarme con aquella que fui hace apenas cinco o seis años, la que era solamente mamá de Dani, y que nos tomamos un café juntas. La de cosas que le podría decir. La de cosas que me hubiera gustado escuchar o saber por aquel entonces... Me costó mucho, muchísimo, ser madre primeriza. Si ahora todavía hay días en los que estoy bajoneada y me digo que no vale la pena escribir un blog de maternidad, que como madre me siento una farsa (después se me pasa), en aquella época directamente sufrí una -leve- depresión postparto y me sentía inútil por completo.

Mi hija mayor fue, desde chiquita, una beba de mal dormir. Le costaba muchísimo quedarse dormida, la despertaba cualquier sonido, jamás respetó las tablitas indicadoras de cantidad de horas de sueño (¿un recién nacido de verdad duerme 18 horas diarias? Dani creo que no llegaba a las 13 ni siquiera sumando los  quichicientos pedacitos de 15 o 30 minutos a lo largo de la jornada...). Y para mí, que siempre fui dormilona, la privación de sueño se convirtió en una verdadera tortura, psicológica y también física. Bajé mucho de peso, me asaltaban toda clase de pensamientos negativos, literalmente me preguntaba qué me había llevado a convertirme en madre si era algo tan terrible para mi organismo... En retrospectiva no sé si mi cuadro llegó a ser depresión, o si se trató pura y sencillamente de agotamiento.
Uno de mis momentos diarios más sufridos era la hora de la siesta de la gordita. Yo sabía que ella tenía que dormir porque la notaba totalmente irritable, se refregaba los ojos, pero no había manera de calmarla. Se desvelaba ella misma con su llanto, no se dormía ni a la teta, ni con canciones, ni meciéndola. Finalmente caía rendida después de, a veces, dos horas seguidas intentando ponerla a dormir. A la media hora exacta, abría los ojos y seguía llorando... Yo no tenía manera de sentarme a trabajar o preparar una comida, o descansar unos minutos, durante sus siestas. Y al día de hoy, no sé si éramos nosotros los que alterábamos su sueño paradójicamente, o si ella naturalmente era de dormir menos y nosotros no podíamos aceptarlo. Si llegábamos a estar fuera de casa a la hora de la siesta, no solo no dormía, sino que se ponía más fastidiosa. Y en aquella época no teníamos auto para que aunque sea cabeceara en el viaje. Así se fue pasando su primer año. 
Dani a los dos años y medio:
"¿'Ma qué siesta ni qué ocho cuartos? ¡A mí déjenme jugar!"
A medida que creció, conseguimos que con una estricta rutina durmiera una hora, una hora y media durante algunas tardes (nunca todas). Y ya desde los tres años y medio dejó la siesta por completo, lo que por otra parte implicó que comenzara a dormir mejor de noche. Hoy en día es una nena de seis años sana y muy despierta, que solo duerme siesta si se enferma y que hace noches bastante cortas, pero en general ininterrumpidas. Dani es así: hoy prefiero verla como es y no esforzarme por cambiarla. Es maravilloso ver cómo ella sola arma juegos, se entretiene con lecturas o dibujos, y nos deja descansar también a sus papás los fines de semana.

Y bueno, si la MamiReloaded que soy hoy pudiera encontrarse con esa pobre madre privada de sueño, me encantaría contarle que cuando sea mamá por segunda vez, las siestas de su hijo menor van a ser una auténtica bendición. Quiqui es un gran dormilón (si bien a la mañana madruga mucho). No solamente se queda dormido con facilidad, sino que él mismo se da cuenta de cuando tiene sueño, acepta las siestas de buen grado y tira dos horas seguidas ¡o más si lo dejamos! De bebito se quedaba dormido en mi pecho todas las tardes, y ya más grande me deja libres estas horas que dedico sobre todo a escribir, escribir, escribir... Sus siestas son la mejor niñera que tengo.
Una de mis postales de maternidad preferidas.
Pero no solo eso. No disfruto solamente descansar de su energía y su movimiento por un par de horas. También me parece enormemente placentero el momento de acostarlo a dormir. Tenemos nuestra rutina, que es casi sagrada. Salvo que justo yo esté fuera de casa por algún motivo, siempre lo duermo yo. Y lo hago así: después del almuerzo saludamos a los juguetes, bajo la persiana de su cuarto, nos metemos en su camita a leer un cuento (últimamente siempre me pide el mismo). Después, nos damos un beso y un abrazo, le digo "ahora, a dormir", se acuesta al lado mío y en pocos minutos lo escucho respirar de manera acompasada. Hay veces que yo también dormito unos minutos abrazada a mi chiquito antes de levantarme y seguir con mi rutina de redactora freelance.
Si no estamos en casa, duerme un ratito casi en cualquier lado. Si un día muy especial llegamos a hacer planes y se saltea olímpicamente la siesta, por un día no le pasa nada. Y la mayor parte de las tardes que sí pasamos en casa y sí duerme como un angelito, cuando finalmente se despierta, en general lo hace de buen ánimo ¡porque él es así!
Quiqui tiene dos años y medio. Ya sé que no le queda tanto tiempo de siestas, seguramente (aunque espero que las sostenga hasta los 4 o 5 años, por lo menos, no como su hermanita mayor). Esta época la voy a atesorar toda la vida como nuestro tiempo dorado de siestas compartidas, de cuentos, de mimos. Amo la hora de su siesta. Quién lo hubiera dicho.

¿Duermen la siesta sus hijos? ¿Hasta qué edad lo hicieron si ya la dejaron?

lunes, 25 de marzo de 2019

Salir a flote

Mmmh... ¿Demasiado literal?
A mi familia y a mí nos toca atravesar un tiempo de cambios. Muchas de estas transformaciones son positivas, tienen que ver con el paso del tiempo y el crecimiento de mis hijos. Algunas resultan dolorosas. Pero todas ellas, todos los cambios, a mí siempre me han costado mucho. Soy una persona estructurada y que se tambalea con facilidad. Tal vez por eso este verano que pasó fue para mí un punto de inflexión en muchos sentidos, una crisis existencial (¿ya cuenta como crisis de la mitad de la vida a los 37 años?) de la que recién ahora siento que empiezo a salir.
Mis hijos empiezan una etapa nueva. Dani comenzó primer grado, con muchísimo entusiasmo y alegría (¡qué bueno!), sigue yendo doble turno y está feliz aunque cansada. Y Quiqui dejó atrás aquel jardín maternal donde tanto me costó enviarlo al principio y donde lo cuidaron muy bien, para comenzar el jardín de infantes en una larga -y si me preguntan a mí, bastante innecesaria- adaptación. Están más grandes los dos. Definitivamente ya no tenemos bebés en casa. Si bien a media lengua, hasta Quiqui conversa con nosotros, nos cuenta historias y "lee" sus libros. Y si bien yo disfruto muchísimo de verlos crecer, es inevitable que de a ratos me invada una pequeña nostalgia por esas épocas que pasaron y que ya no van a volver.

En lo laboral, estoy emprendiendo nuevas búsquedas. Me acordé de que alguna vez fui a la uiniversidad y obtuve mi título de Letras, y me gustaría volver a pasar por congresos y otros cursos. Quiero seguir aprendiendo. Quiero crecer profesionalmente. Pero por ahora, no vengo teniendo novedades. Solo sigo lanzando propuestas y esperando que alguna dé resultados.

En fin, que por un tiempo creí que este blog naufragaba indefectiblemente. Pasé por una crisis personal muy profunda, creo que aún la estoy atravesando, pero empecé a salir. Vengo buscando(me). Vengo lanzando botellas al mar, esperando que la marea me devuelva otra cosa, algo que todavía no sé qué podrá ser. Vengo preguntándome muchas cosas, y respondiendo como puedo. 

Y hoy es un momento tan bueno como cualquier otro para retomar la escritura. 
Otra botella al mar, esperando que alguien la recoja, tal vez en algún tiempo, en una playa muy lejana.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

A mis 37

A mis 37 aprendí...

- Que no hay nada más hermoso que dormir abrazada a tus hijos... por un ratito. Y que después puedan dormir tranquilos en su cama.
- Que siempre vale la pena acompañar al amor de tu vida en sus proyectos.
- Que hay heridas que dejan cicatrices, que hay abandonos y ausencias que siguen doliendo, por más psicoanálisis que le pongamos.
- Que ser feminista no solamente no es una postura extrema, sino que es la postura más saludable para criar tanto a mi hija como a mi hijo. Que es la única postura que no se pone del lado del opresor en un mundo tan injusto.
- Que ya no tengo por qué quedarme callada y dejar que en redes sociales me incomoden personas con las que no me tomaría un café fuera de la pantalla.
Que dos personas nunca ven exactamente el mismo arco iris.
- Que alguien a quien considerabas tu amiga puede traicionarte, y esto puede lastimarte más que un exnovio.
- Que es posible que me paguen bien por estudiar y aprender cosas nuevas acerca de lo que me gusta. Que de verdad soy buena escribiendo y que no tengo que guardar la falsa modestia (¡hay tantas otras cosas que no sé hacer bien!).
- Que hay algunos grupos de alumnos que te reconcilian con la profesión docente y que te hacen dar gracias a tu suerte cada vez que te toca entrar al aula a darles clase. Que podés aprender de ellos tanto o más que ellos de vos.
- Que me cuestan las transiciones y los finales de una etapa, ya sea propia o de mis chiquitos (bah, esto ya lo sabía desde hace rato).
- Que me cuesta escribir la palabra "transiciones" :P
- Que BoJack Horseman es alto programa.
- Que el tin whistle es un gran instrumento musical y que la música popular irlandesa es bellísima.
- Que una noche sin poder conciliar el sueño no es tan grave si te la pasás escribiendo.

Feliz cumpleaños a mí :)

miércoles, 17 de octubre de 2018

Edipito

Hay un varón alto, de ojos café y escasa cabellera que me mira con devoción. Que quiere dormirse a mi lado cada noche, y que se aferra a mi abrazo para no soltarlo. Cada vez que me ve, me hace saber que sí, que soy la mujer de su vida, que no hay otra tan hermosa ni tan perfecta como yo, y que me va a amar con toda su alma hasta el fin de los tiempos. Y que nada ni nadie podrá interponerse nunca entre nosotros.

Estoy hablando, claro, de mi hijo de dos años.
Lo único quele gusta más que su mamá
son los autos y otros vehículos.
No se me despega, es normal verlo agarrado de mi falda, se sube a upa mío cuando estamos viendo tele o cuando comemos -y ay de mí si quiero cortar la comida tranquila, ¡la sugerencia de sentarse en una silla a mi lado le resulta casi ofensiva! Por la calle ya no usa cochecito, pero muchas veces es difícil convencerlo de que camine porque quiere que lo lleve en brazos -y yo, yo sola, jamás el padre. Cuando finalmente lo convencemos, me dice "NANO" y me agarra de la mano. Llora desesperadamente cuando se da cuenta de que algunas mañanas no seré yo la encargada de llevarlo al jardín, o algunas noches cuando no me toca llevarlo a dormir (nos turnamos con el papá). Por estos días, Quiqui parece estar en pleno auge del conocido Complejo de Edipo. Está "mamero" y "pegote" en criollo, vamos. 

A Dani y a PapiReloaded a veces los desconcierta. Dani me reclama también "¡Pero si vos te sentaste con él en el desayuno! Ahora te toca conmigo". Y el pobre padre lo tolera con mucha paciencia, pero reconoce sentirse un poco rechazado, y que con Dani no le tocó pasarlo. 
Yo, por un lado, a veces me siento abrumada con el nivel de demanda permanente de este chiquito mío, sobre todo de noche. Ya veníamos durmiendo mejor y de nuevo volvió a despertarse seguido. Y cuando va el padre, le arma tremendo escandalete.
Pero, por otro lado, me encanta sentirme tan especial para él, tan querida y tan necesitada. Sé que es una etapa pasajera, que dentro de unos añitos mamá será esa señora ya medio vieja que lo avergüenza  delante de sus amigos cuando lo pasa a buscar por el cole. En el mejor de los casos, seré esa mamá todavía linda que genera comentarios inadecuados por parte de sus amigos, pero de cualquier manera le voy a dar vergüenza... 
Mejor disfrutarlo ahora que se pone contento como nadie al verme llegar. Mejor juego mucho con él ahora que sí quiere jugar conmigo. Cuando juegue en línea al Fortnight 7.0 dentro de unos años con sus amigos de la Generación Alfa, le voy a parecer de la prehistoria.

domingo, 1 de abril de 2018

Mis problemas con la edad bisagra

Mi hijo menor, con un año y medio, ha dejado atrás la etapa del bebito indefenso sin entrar aún en la del nene independiente que vaya al baño solo, se quede a dormir en lo de los abuelos y haga planes en casa de amigos. Está terrible. Todavía no habla y hace tremendos berrinches cuando no consigue hacerse entender -pocas veces- o cuando sí se hace entender pero no consigue lo que quiere -muchas, muchas veces. No tiene la más mínima noción del peligro, lo que me hace tener que vigilarlo permanentemente. A veces, tampoco esto sirve para nada. Como cuando delante de mí se paró en una silla y en una fracción de segundo, se apoyó en el respaldo y se fue de cara al suelo. Ojo ensangrentado, guardia de urgencias, taquicardia (mía). Dos semanas después, yo todavía tenía pánico de sacarlo a jugar a la plaza.
Un segundo de descuido y...
No la estoy pasando bien. A veces siento que me quedo sin resto. Que no doy más. Que quiero que crezca de una maldita vez. Que hable, y no como un Pokemon. Que entienda que la ley de gravedad se cumple indefectiblemente. Que las cosas calientes lastiman, que las cosas puntiagudas pinchan. Que las cosas filosas, ¿a que no saben? sí, cortan. Y que mamá no siempre tiene tiempo ni ganas de hacerle upa.

Me siento muy egoísta. Pero extraño mucho, muchísimo, mi independencia. Poder salir sola con mi marido, poder ir al cine... Igual tengo que admitir que bastantes cosas mejoraron de un tiempo a esta parte. Por ejemplo, algunas noches el gordo consigue dormirse de corrido, y en su habitación, durante 8 o 9 horas. Eso es una mejora drástica comparada con los meses y meses de dormir en tandas de una hora y media o dos. 

Está clarísimo. El problema no es Quiqui. Quiqui es un saludable nene de casi un año y medio, está pegote y demandante, no sabe jugar solo aún, y lo que le pasa es completamente normal. Lo peor es que YO no me soporto. No me gusto como madre. No me gusto para nada en esta etapa. Me siento una porquería. Pierdo la paciencia con facilidad, a veces le grito, y siempre termino sintiéndome fatal. Y no es la primera vez. Me pasó algo muy parecido con Dani cuando ella tenía esta edad bisagra. Evidentemente, no soy buena con los chicos chiquitos. Puedo criar a un bebé de teta, y me llevo bárbaro con una nena en edad preescolar que conversa, hace preguntas y juega juegos de mesa. Me cuesta demasiado sobrellevar el día a día con un enano kamikaze que todavía carece del más mínimo autocontrol. Pero, ¿quién debería poder lidiar con la situación, mi hijo o yo? 
Lo sé: le estoy fallando. Estoy fallando.

Todos me dicen que hay que disfrutar de cada momento de la infancia de nuestr@s hij@s, que se pasa demasiado rápido. Y lo estoy viviendo en carne propia con Dani, que ahora que va doble turno al cole pasa más tiempo fuera de casa que en ella. ¿Por qué no puedo aprender de mi propia experiencia esta vez? ¿Por qué no me sale aprovechar esta época de la vida de mi chiquito, disfrutar de sus últimos balbuceos y de sus aprendizajes? ¿Por qué tampoco para esto me sirve ser una mami reloaded? 

jueves, 1 de marzo de 2018

Doble escolaridad: del "yo nunca-nunca" a la mejor opción

Llega marzo, y con el final del calor con un lorca más insoportable que en febrero volvemos todos a las aulas. Hoy empecé como maestra un nuevo ciclo lectivo, lo que siempre me trae alegría y un entusiasmo renovado porque me encanta estar con mis alumnos y compartir el día a día, más allá de que la coyuntura política insista en despreciar y en menospreciar nuestra labor.
Literalmente, ¡me dio la
espalda todo el tiempo!
Pero hoy no quiero hablar de mí, hoy quiero hablar de mi hija mayor que empezó su preescolar. Hoy fue un día feliz, verla sonreír y abrazarse con sus amigos -con los que viene acompañándose desde salita de 2. Escuchar sus intervenciones en voz alta (y qué caudal de voz tiene la peque) durante la formación en el patio. Sonreír pensando en que mal no le vendría media pastillita de Rivotril mezclada con el Nesquick para que baje un cambio. Sacarle fotos en las que no salió mirando a la cámara porque ni para eso me dio bola.

Y, a la vez, no deja de ser un día agridulce. Tengo esa sensación de lo rápido que se pasa el tiempo y cómo se escurre su infancia entre mis días. Si ya venía sintiendo esto de que sus horas dejaron de pertenecerme, ahora que va a concurrir doble turno al jardín, menos que menos. Saco la cuenta y veo que, quitando el desayuno y la caminata al cole, vamos a pasar separadas el doble de horas de las que la voy a tener en casa. Y un poquitito se me estruja el corazón. "Qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti...."
Allá por la prehistoria, lo que desde mi punto de vista es cualquier momento previo a convertirme en madre, siempre sostuve que "yo nunca-nunca" mandaría a mis hijos a doble escolaridad. Será porque el único año que yo cursé con esta modalidad -cuando tenía 12 años- fue una verdadera pesadilla. En mi caso, lo terrible no fue la jornada larga en sí, sino ser nueva en el último año de primaria, hallarme entre una jauría de feroces preadolescentes que se maquillaban, besaban en la boca a sus noviecitos e iban a bailar mientras yo venía de un verano de paseos en bicicleta y -glup- todavía jugar a las Barbies... Pero bueno, el hecho de pasar tantas horas en la escuela a merced de estas criaturas impiadosas no ayudó. Como sea, me dije que si un día tenía hijos, iba a ser para pasar mucho tiempo con ellos, y no para "sacármelos de encima" mandándolos tanto tiempo al cole.
Crecí, hice un secundario de jornada prolongada pero no doble, y fue genial. Aún sin asistir a colegio bilingüe, aprendí inglés y computación, lo que reforzó mi convicción de que realmente no es imprescindible el colegio del jumper y el escudito verde para tener futuro en la vida. Crecí, conseguí trabajo en un jardín carísimo bilingüe, vi a chicos de la edad que ahora tiene mi hija sufriendo estrés por tener que dar exámenes de ingreso (!) para conseguir vacante en uno de esos colegios exclusivos de zona norte, y me juré y me repetí una vez más que no, que "nunca-nunca" iba a inscribir a un hijo mío en un doble turno.
Y viene la vida, y vienen tus hijos, y vienen los tiempos que corren, y todo se conjuga para tirar de culo tus convicciones. En mi caso, tanto mi marido como yo nos dimos cuenta de que el doble turno es la mejor alternativa por varios motivos. 
- Por un lado, porque la propia manera de ser de Dani hace que las tardes con nosotros se le estén haciendo chicle: no hay mucho espacio en casa para desplegar la imaginación jugando sola, duerme pocas horas (no hace siesta desde los tres años y medio), ocupa su tiempo con televisión o computadora, se aburre hasta que finalmente Quiqui despierta y los podemos llevar un rato a la plaza. 
- Por otro lado, la infancia de Dani no es la mía: no hay jardín de la abuela ni de casa, no hay veredas donde ir a andar en bicicleta, no hay una hermana de la misma edad con la que jugar sino un hermanito chiquito que necesita silencio a la hora de la siesta. Sí hay un espacio lúdico y de aprendizaje lleno de chicos con los que pasar el día aprendiendo y descubriendo nuevas experiencias. 
- Finalmente, también ayuda haber encontrado el colegio. Yo trabajo ahí desde hace años, me gusta tanto la institución que decidí elegirla también como escuela para mi hija. Ni nombre en inglés, escudito verde ni jumper. Sí hay un buen nivel de inglés (pero no más carga horaria que de castellano), club, pileta de natación, taller de yoga, ajedrez toda la primaria, teatro y un clima de familiaridad, compañerismo y contención. Un grupo de padres con el cual me siento cómoda y en el que ya he encontrado amigas nuevas. Maestras muy distintas entre sí, pero todas amorosas, dedicadas y a las cuales mi hija adora año tras año. 
Solo se dio vuelta para decirme
"chaaaau, mami!!!"

Entonces, estoy segura de que en el caso de Dani, ir a preescolar mañana y tarde va a ser la mejor opción, y no solo en el sentido de lo mejor posible, sino realmente lo que ella más quiere y lo que le va a resultar más enriquecedor. De todas maneras, estamos abiertos a escucharla. Si la notamos muy cansada o pierde el entusiasmo pronto, todavía se puede recalcular. Pero, conociéndola como la conozco, lo dudo mucho. Creo que el ofrecerle ir solo algunas veces por semana, o volver a comer a casa determinados mediodías, responde más a mi necesidad que a la de ella. Sé que la voy a extrañar a mi chiquita grande.
Mientras tanto, el gordo gana algunas horas de exclusividad que le van a venir bárbaras. Hijito menor que le sigue el trote a la hermana grande, está buenísimo que pueda estar algunos ratos solo conmigo, comer a su ritmo, ir a jugar a la plaza a juegos de su tamaño y no a las trampas mortales que explora cuando vamos con la acróbata de cinco años. Y creo que puede ser una buena oportunidad para compartir esos momentos con mi chiquito chico.

¿Qué opinan de la escolaridad doble turno? ¿Responde más a una necesidad de los chicos, o de nosotros los padres? ¿Y hay algún "yo nunca-nunca" que hayan dicho como madres o padres del cual después se hayan arrepentido?

viernes, 8 de diciembre de 2017

Cinco años: maternidad de madera

Malísimo el título, pero lo importante es destacar lo importante de esta fecha: hoy hace cinco años que me convertí en mamá. Hoy Dani vivió un día precioso junto a nosotros y sus abuelos y tía, sopló sus velitas, abrió preciosos paquetes y recibió muchísimos mensajes de familiares y amigos. Además aprovechamos la fecha para decorar la casa con adornos navideños. Y ahora espera con ansiedad, dentro de unos días, la fiesta prometida con todos sus compañeritos del jardín.
Pero esta vez quiero escribir sobre lo que para mí significa esta fecha. Desde hace cinco años, vivo los cumpleaños de mis hijos con más intensidad que cualquier otro día -ni qué decir de mis propios cumpleaños, que por ser algunos días más tarde que los de ella, pasan medio desapercibidos. Espero yo también estas fechas con entusiasmo, y verlos disfrutar a ellos representa todo para mí. Pero también es un día importante en lo personal, porque convertirme en mamá me cambió la vida para siempre, en todo sentido, y más profundamente de lo que me hubiera imaginado. 
No es fácil. A veces todavía puedo sentir un poco de nostalgia por mi vida anterior, extrañar las salidas en pareja y poder ver los estrenos en el cine, las largas juntadas con mis amigos sin mirar el reloj ni sentir que le estoy sacando horas al sueño... ay, el sueño, poder dormir algunas horas de corrido, despertarme después de las 6 y media de la mañana, especialmente si es feriado o domingo (Quiqui, gordo, te estoy hablando a vos). 
Cuando mi mamá me ofreció sacar esta foto frente
al "Monumento a la madre" le dije "yo
justamente no merezco ningún monumento..."
Peor aún, a veces siento que no puedo. Que mamá "no da más". Que no aguanto otro fin de semana en la guardia de la clínica porque el gordo cayó con algo que pescó en el jardín maternal. Que voy a prenderle fuego al auto si se rompe una vez más. Que en cualquier momento el cuerpo me dice "basta" y caigo comatosa durante un año y medio, para recuperar todo el sueño atrasado. Que no sirvo para esto, que lo hago todo mal.
Pero por suerte esta horrible sensación no dura. La mayor parte del tiempo siento que ser mamá es todo. Todo lo que hice bien en la vida. Toda mi huella, mi legado. Que el mundo es un lugar más lindo porque mis hijos están en él, y no solo para mí y para su papá: las muchas manifestaciones de afecto que mis chiquitos despiertan a diario, las amistades que Dani se supo ganar, la ternura que generan en quienes los conocen, me hacen saber que ellos dos alegran muchas vidas, no solamente las de sus padres. 
Y respecto al cansancio -que también está incrementado por la época del año, como nos pasa a todos- me doy cuenta de que mamá siempre tiene más para dar. Se me pueden agotar la paciencia, la energía, la imaginación, la escucha, la tolerancia... pero el amor, eso sí que no se agota. De eso sí siempre queda algo más para dar. Y del amor este tan incondicional que las mamás sentimos por nuestros hijos vuelven a resurgir, cual ave Fénix entre sus cenizas, la paciencia, la energía, la imaginación y todo lo demás. Porque nuestros hijos nos necesitan. Y porque nosotras también los necesitamos a ellos, los necesitamos felices y bien.

Dani, te doy las gracias por enseñarme día a día a ser mamá. Por ser mi compañerita. Por las gelatinas y las galletitas que cocinamos juntas. Por los cuentos, los besos y abrazos y las oraciones a la hora de irte a dormir. Por las carcajadas que le arrancás a tu hermano. Por tu picardía, tu inocencia y tu curiosidad.
Aunque hoy no sea tu cumpleaños, Quiqui, a vos también te doy las gracias por esta segunda oportunidad de aprender, de seguir aprendiendo. De ejercitar en esta etapa más que nunca la atención y la paciencia. Por tu brillo en la mirada, por tu cabecita apoyada en mi hombro cuando te abrazo, por escucharte decir "mamá" y buscarme con tus bracitos levantados hacia arriba.

Y perdón por las veces en las que les fallo, en las que no puedo, en las que no les devuelvo la sonrisa o no tengo paciencia para decirles las cosas de mejor manera. Prometo seguir aprendiendo junto a ustedes. Compréndanme: llevo solo cinco años en este oficio, me queda mucho por mejorar. 
Pero tengo todo mi futuro por delante para seguir haciéndolo. 

Soy, desde hace cinco años y para toda mi vida, mamá.

jueves, 9 de noviembre de 2017

¡Sus horas ya no siempre son las mías!

Fue una revelación repentina que tuve este mediodía, cuando me di cuenta de que, en 48 horas, mi hija tenía programa para almorzar en lo de una amiguita un día, con una de sus abuelas al día siguiente, quedarse a dormir esa misma noche con la otra abuela, y además un cumpleaños el sábado a la tarde. De repente las horas sin ella se me hicieron largas y la extrañé. No es la primera vez que Dani pasa una noche fuera de casa o hace una reunión de juegos, pero sí es la primera vez en que todos esos planes le vienen orquestados por otros, o los orquesta ella, y no soy yo la que hace malabares para conseguir que alguien "me la cuide" un rato, para conseguir algunas horitas libres. Tiene casi cinco años y cada vez tiene más vida social, más vida propia.
Esta misma semana, Dani fue con su sala de jardín a visitar el edificio de preescolar y de primaria, donde yo trabajo y donde ella asistirá el año que viene: "voy a visitar el cole de mamá", decía, hasta que yo le expliqué que ya no era solo el cole mío, que pronto iba a ser su cole. Por mi parte, procuré ni cruzármela por los pasillos, quiero que se apropie de ese espacio sin que yo interfiera. 
Con los amigos de su edad ya forman un mundo aparte.
El año que viene, en preescolar, va a haber varios mediodías como el de hoy, en el que ella no almuerce conmigo en casa sino que se quede en la escuela, con sus amigos. Y ya en primaria, cuando el doble turno sea cosa de todos los días, va a pasar cada vez menos horas en casa. Va a tener cada vez más planes de ella. Va a depender cada vez menos de mí y de su papá para divertirse, para pasar el tiempo, para aprender cosas nuevas...
Y acá estoy yo... De pronto se me vienen imágenes vertiginosas de un futuro no muy lejano, de Dani saliendo sola de la escuela, yendo a estudiar a casa de sus compañeros, haciendo sus propios planes para el fin de semana, pasando menos tiempo en casa y quizá viajando sola cuando vaya al secundario... ya sé que faltan años, pero no demasiados. Este lustro de maternidad que ya viví ahora me parece que se hubiera pasado volando.

Quiero que quede claro: me parece bien que esto pase. Está buenísimo que crezca. Y no tengo problemas en permitirle conquistar estos tiempos y estos espacios.
Pero también ¡me parece raro!
Y lo que me resulta raro es que me pasé buena parte de los primeros años con mi hija ansiando mis espacios, mis tiempos, buscando recuperar algunas horas libres para dedicarme a lo que me gustaba hacer a mí antes de ser mamá. Sentía que todas mis horas eran de ella y para ella. Y ahora, cuando de pronto tengo algunos ratos, ¡no sé muy bien qué hacer con ellos!
Es cierto, tengo al más chiquito, que por ahora me mantiene ocupada maternando, pero él también va a crecer. Me doy cuenta con asombro de que en cuatro o cinco años más, todas mis tardes serán como la de hoy. Ocupada escribiendo, corrigiendo trabajos de mis alumnos, viendo algo de televisión y descansando un rato, mientras espero que mis hijos vuelvan a casa para estar un rato con ellos. 
No es ninguna novedad, nos lo dicen todos, que hay que aprovechar cada ratito de la infancia de nuestros chicos, porque esta etapa se va para no volver. Hoy me doy cuenta con un poquito de nostalgia que Dani está cerrando la que fue su primera infancia. Que ya es una nena más grande y lo sabe. Y me hace saber que lo sabe: "mami, me parece más importante estar con mis amigos que con papá y con vos"... AUCH.
Nada, eso. Tengo que dejarla crecer y saber que su independencia es señal de que en estos cinco años supimos transmitirle confianza en sí misma y seguridad. Y para los momentos en los que me pica el bichito de la melancolía, como consuelo me queda escucharla decir, cuando planificamos sus salidas: "igual más tarde ustedes me vienen a buscar, ¿no?"

domingo, 15 de octubre de 2017

¿Cuándo dejan de ser bebés?

Esta semana que pasó, mi pequeño Quiqui cumplió un año. Sé que suena a frase hecha, pero no puedo dejar de escribirla: pasó volando. La ficha me cayó, cosa curiosa, cuando me apareció su foto de recién nacido entre mis recuerdos del Facebook. Estoy acostumbrada a ver fotos de Dani de bebé, pero que ya salga él, que todavía me parece tan novedoso, ¡eso fue una sorpresa!
En cualquier momento nos pide las llaves del auto.
Una página de maternidad a la que visito con frecuencia, Babycenter, esta semana dejó de designarlo como mi "bebé" y ya habla de "tu hijo de un año". Esto no es casualidad: en inglés a esta edad ya empiezan a designarlos con una palabra diferente, toddler, que se traduce a veces como "tentetieso" (horrible, lo sé). Quiqui está en esa edad en la que con pasitos tambaleantes, y todavía tomado de la mano o agarrándose de un mueble, comienza a explorar el mundo. Pero no me cabe duda de que sigue siendo un bebé. Toma la teta con voracidad, se despierta de noche, llora bastante cuando quiere decirnos algo, todavía no aprende a hablar...
¿Cuándo exactamente dejan de ser bebés? ¿Es este pasaje algo marcado por algún hito, como dejar los pañales? Dani los dejó bastante grande, casi a los tres. Por entonces ya hablaba muy claramente, no usaba más chupete, comía las mismas comidas que nosotros, iba al jardín y algunas veces se había quedado a dormir en lo de la abuela. Claramente dejó de ser bebé antes. Lo que no sé es cuándo.
Tenía dos años: su pelo largo dice "nena" pero
sus cachetes morfables siguen siendo de bebé...
Mi propia mamá me cuenta que yo al año ya hablaba. Que la gente se quedaba mirándome asombrada porque por mi cabecita pelada todavía parecía muy chiquita, pero de pronto me escuchaban parlotear y tenían enfrente a una enana de edad indescifrable. No es el caso de Quiqui, peladito y con balbuceos bien de bebé.
Hay madres que no quieren que sus hijos menores dejen esta edad nunca, porque les da nostalgia. No es mi caso. Adoro a los bebés, pero los nenes chiquitos también me parecen adorables, y son un poco más fáciles. Mi relación con Dani mejoró drásticamente cuando ella aprendió a decirme lo que le pasaba. Y si bien disfruté más de este primer año en mi segunda maternidad, una parte mía dice "ya está, ya fue suficiente". Visité una exposición el otro día donde vendían una inmensa cantidad de merchandising para mamás y bebés, y me di cuenta de que Quiqui y yo ya no somos público. De que no necesitamos ni un nuevo cochecito, ni sillas especiales, ni muebles pequeños, que mucha de la ropa de bebé ya no viene en talles para mi chiquito tamaño jumbo, que sé que muchos de esos productos para la maternidad son inútiles y no facilitan nada. O son muy bonitos, pero prescindibles. O son muy necesarios en los primeros meses, pero esa etapa ya la pasamos. Y no creo que me toque volver a pasarla.
Ser mamá de estos dos bebés me marcó definitivamente. Es una etapa que, no aún, pero pronto, va a cerrarse. No importa. Lo viví, me lo llevo puesto.
Y lo más importante: sigo siendo mamá. Lo seré toda la vida.

jueves, 3 de agosto de 2017

"Pero... ¿todavía das la teta???"


No solo comida: también son
la mejor almohada.
"¿Hasta cuándo va a tomar la teta ese chico?". No, todavía no me lo dice nadie (no a la cara, por lo menos). Mi bebé de nueve meses todavía es plenamente un bebé, nadie cuestiona que parte de su alimentación provenga de mis pechos. Sin embargo, sé que a muchas personas les choca más ver a niñitos de un año y medio, dos, tres o más prendidos a la teta de su mamá. Como si no fuera parte de la naturaleza, ¿no? Yo misma reconozco haber murmurado en más de una oportunidad: "peeero, si ya está grande, mejor comprale un helado...".
Hoy en día llevo muchas lecturas sobre lactancia como para saber que la opción de prolongarla hasta que el propio niñito lo decida es válida y saludable. Hasta la OMS dice que la lactancia materna debería prolongarse por dos o más años. Sin embargo, también sé que esa opción no es para mí. De a poquito, muy de a poquito, mucho más de a poquito que con mi primera bebita, estoy empezando a contemplar la posibilidad del destete. Todavía falta. Pero no tanto.
En el caso de Dani, ella tomó teta exclusiva solo hasta los dos meses. Me ponía muy ansiosa el hecho de que cada algunas semanas variara la producción, que ella pareciera quedarse con hambre. Recién en mi segunda maternidad aprendí de las crisis normales de crecimiento y no me desesperé más. Con mi primera hija, el pediatra me sugirió agregar un complemento para tranquilizarme a mí, no porque a Dani le hiciera falta. Y fue la mejor decisión, por más que me lo puedan criticar algunas fundamentalistas teteras: el hecho de saber que ya no dependía de mí al 100% fue lo que me permitió relajarme, continuar y entonces sí, disfrutar de dar el pecho. Dani pudo seguir tomando incluso cuando volví a trabajar, y así siguió -intercalando con mamadera y, desde los 6 meses, con comida- hasta unos días antes de su primer cumpleaños, cuando ella solita decidió que ya no iba más. Debe haber coincidido con estar cortando algún dientito, pero yo aproveché y dije "listo, ¿no querés? Ya está". Y así tuvimos nuestro destete, mutuo, del cual salimos super unidas y sin ningún tipo de trauma.
Tenía más pelo a las 9 horas que a los
9 meses, ahora que lo veo...
Con Quiqui la lactancia fue desde el principio muy fácil. Bueno, sí, hubo dolores y algún pezón agrietado los primeros días, pero sabiendo que se pasaba rápido no me importaron demasiado. Gracias a la pediatra que tenemos ahora me dejé llevar por la recomendación de dar el pecho a demanda, sin mirar el reloj, y pudimos entablar un ritmo enseguida. Y el gordo no necesitó ni una gota de leche de fórmula hasta los cinco meses, cuando empezó el jardín y no tuve ganas de estar peleándome con el exprimidor de teta sacaleche.
Quiqui ahora come lo que le dan, se sienta a la mesa con nosotros y hace payasadas con su hermanita mayor, disfruta desayunando tostadas con queso crema y comiendo trocitos de fruta con la mano. Prueba desde arándanos hasta panqueques de arveja, y si todavía no comió pescado es porque estoy vaga para cocinarlo. Aún así, la teta es LO MÁS para él. Me doy cuenta por su desesperación cuando vuelvo a encontrarlo después de que pase la mañana en el jardín maternal: es como si se saciara de mamá, de brazos, de amor, aunque no venga con hambre. 
También es un excelente recurso para dormirlo... o lo era, hasta hace un tiempito. En las últimas semanas lo vengo notando más alerta, no se relaja con tanta facilidad tomando el pecho. A veces, incluso de madrugada, toma un rato y después listo, no quiere más leche y ¡a jugar! Siento que está agotándose de a poco la magia. Últimamente, los superpoderes para dormir a Quiqui los tiene papá.
Por esto, porque está más grande, porque sueño con volver a dormir una noche de corrido de vez en cuando, porque me encantaría poder dejárselo por unas horas a los abuelos y salir al cine con mi marido, es que vengo pensando en que de acá a un tiempo iré destetándolo. Creo en un destete respetuoso, pero no eterno. Y así como la lactancia es fabulosa para el bebé porque tiene diez quintillones de beneficios, también estoy plenamente convencida de que ninguna mujer tiene que sentirse culpable por criar a su bebé con mamadera, ni mucho menos verse obligada a dar la teta si no quiere hacerlo. Tampoco yo.
Por ahora sigo queriéndolo. Por un tiempo más. A disfrutarlo mientras tanto, entonces.

¿Y ustedes, mamás? ¿Dan / dieron la teta? ¿Durante cuánto tiempo?

domingo, 9 de julio de 2017

Tus segundos 9 meses

Cuando mi bebé cumplió su primer mes, me alegré de que ya no calificara como "recién nacido", de que si le hubiera subido fiebre por cualquier cosa ya no se hubiera ligado una internación. Cuando cumplió los 6 meses, me puso contenta que ya pudiera comer y que tuviera medio año (a Dani hasta le hicimos una pequeña fiestita, pero con Quiqui no se dio, es el segundo, bueh). 
Y mañana, mi chiquito cumple 9 meses. Me parece un número importante: significa que ya vivió tanto tiempo fuera de mi panza como dentro de ella. 
Acá tenía solo 4 días
y sonreía dormido.
Laura Gutman, una autora con la que me peleo bastante, dice que puede considerarse este tiempo como una "gestación extrauterina": "Recién a los nueve meses de edad [el bebé] tiene un desarrollo similar al de otros mamíferos a pocos días de haber nacido"(1). Hasta ese momento, dice, lo que hay entre el bebé y su mamá es una fusión. El bebé debería estar a upa de su mamá prácticamente todo el día: dormir con ella, ser alimentado a demanda, que se le hable, se lo mire exclusivamente...
Reconozco que con Quiqui no pude estar tanto o tan exclusivamente como yo hubiera querido. Tuvo que comenzar el jardín maternal a los 5 meses y desde que nació, comparte mi atención con su hermanita mayor, que por estos días está más celosa que cuando el gordo nació. Pero sí soy una mamá bastante apegada, y creo que en cierto sentido Quiqui viene siendo un privilegiado: esta segunda vez, con él, no me cuestioné dar la teta a demanda, colechar en algunas -varias- oportunidades o portear. 
Siento que todo lo que NO pude conectarme con mi bebé durante el embarazo (que viví con bastante estrés, principalmente porque hubo dos mudanzas en esos meses) sí logré vincularme en estos segundos 9 meses. Lo entiendo mucho más de lo que conseguía entender a su hermanita. Estoy más tranquila cuando llora o cuando se enferma. Me afecta el sueño perdido (claro que sí) pero bastante menos que en mi primera maternidad. Quiqui es afortunado porque su hermana mayor en muchas cosas allanó el camino para que su primera infancia sea más fácil.
Y recién está empezando
a vivir sus primera aventuras...
En estos 9 meses disfruté muchísimo de verlo crecer, de convertirse en un recién nacido panchito y dormilón que sonreía en sueños a ser un gordo morfable que escala los muebles, quiere caminar ya mismo y contempla embelesado a Dani y todas sus payasadas. Gatea por toda la casa y nos sigue a todas partes como un perrito. Se ríe a carcajadas y juega a esconderse y a derribar torres de cubos gritando como un pajarito. Siente con intensidad todas las emociones: la alegría, sobre todo, pero también el enojo y la frustración... por estos días, está en pleno desarrollo de la angustia de separación, y me lo demuestra cuando nos reencontramos después de haber pasado cada uno en su colegio toda la mañana.
Me llena de orgullo verlo convertido en un bebote que come sus comidas, que puede dormirse con el papá además de conmigo y pasar buena parte de la noche en su cunita, en el dormitorio que comparte con su hermana mayor. Y me derrito ante sus intentos por hablar (que, calculo, en menos de lo que me imagine darán sus frutos).
Agradezco que en estos segundos 9 meses pude vincularme con este hijo y amarlo como se merece, disfrutar de este período de "fusión mamá-bebé" y darle la suficiente confianza como para que, de a poco, vayamos comenzando un despegue. Él quiere explorar el mundo. Yo tengo que hacer ahora el esfuerzo para poder soltarlo y dejarlo crecer. ¡Aún sabiendo que no va a ser un bebé por mucho tiempo más!

Te amo tanto, hijo... ¡Gracias por cada día que nos toca compartir!

(1) Gutman, L. La maternidad y el encuentro con la propia sombra. Editorial Del Nuevo Extremo: Buenos Aires, 2012. Página 109.

martes, 9 de mayo de 2017

Lo esencial

Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía: “lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible…"
Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: “Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme… ” Y lo sentí más frágil aún. 
(Antoine de Saint Exupéry)
Quiero decir que creo que mis hijos son hermosos. No soy nada original, ¿qué madre no lo piensa? Dani es una belleza de nena con sus cachetes con hoyuelo, sus ojos color avellana y su flequillito rebelde. Quiqui, cuando nació, no me pareció particularmente lindo, pero con el correr de los meses se ha convertido en uno de esos bebés de publicidad de pañales. Me paran por la calle para admirarlo varias veces al día. Y cuando lo ven sonreír, se desviven en elogios.
Pero nada de esto importa cuando una es mamá. 
Lo que más me emociona de mi princesa mayor es su picardía, su curiosidad, sus maneras de demostrarme una y otra vez todo lo que me quiere. Su amor por los animales y por las plantas, su energía inagotable que la lleva a correr, saltar, patinar, caerse y levantarse una y otra vez. Su manito agarrada a la mía cuando hay que cruzar la calle. Sus preguntas sobre la vida, la naturaleza, la muerte, el paso del tiempo, el futuro y el pasado. Su complicidad con el papá, cómo se convierte en su debilidad y logra hacerlo bailar o cantar con ella, cosas que rara vez he logrado yo con él. Su risa fresca y espontánea. Su capacidad para ponerse triste y emocionarse con películas, que me hace acordar tanto a mí... 
Lo que más me emociona de mi principito menor es su alegría casi permanente. Su mirada de asombro ante un juguete con luces, un pajarito que pasa volando o una música determinada. Su necesidad constante de cariño, besos, abrazos, caricias, contacto físico. Cómo se queda dormido a mi lado, acurrucadito. Sus ojitos cerrándose lentamente mientras toma la teta. El gesto de su manito alzándose para tocarme la cara. Las pataditas de entusiasmo que pega al aire cuando ve que su papá o yo lo vamos a alzar en brazos. Sus carcajadas cristalinas. Sus expresiones, tan claras, de enojo cuando algo no le sale bien. Sus ganas de crecer y de hacer todo lo que hace su admirada hermana mayor...
Lo leí en un libro muy bello cuando era chica, un libro que ahora trabajo con mis alumnos año tras año. Y lo descubro día a día junto a mis hijos, me apropio de la frase como si fuera una verdad recién descubierta por mí: y es que lo esencial es, sin dudas, invisible a los ojos.

jueves, 23 de marzo de 2017

007. Licencia para maternar.

En pocos días vuelvo al trabajo. Estoy a punto de concluir mi licencia por maternidad. Y me siento muy agradecida. Soy una privilegiada por haber podido disfrutar tanto tiempo en casa con mi bebé. En mi país, la mayoría de las empleadas tiene apenas 45 días antes del parto y 45 días después, si es que quiere cobrar. Yo, por ser docente, fui beneficiaria de una licencia mucho más larga: sumada a los días de verano, estuve más de cinco meses con Quiqui, además de las 6 semanas previas. Ahora que se está terminando, me doy cuenta de que fue una época hermosa que siempre voy a recordar.

Sí, aumenté bastante...
No empecé esta licencia con demasiadas expectativas, en el sentido que, al tener ya una nena a mi cuidado, sabía que no iba a servirme demasiado para descansar. De hecho, las primeras semanas, cuando Quiqui seguía creciendo en mi panza (y yo alcanzaba el peso récord de... 80 kilos), sentía que me lo pasaba yendo y viniendo del jardín a casa y de casa al jardín. El trayecto de 7 cuadras se me empezó a hacer difícil y los últimos días ya íbamos ¡en colectivo! Durante la jornada simple de jardín de mi chiquita mayor, aprovechaba y me tiraba en la cama a leer un rato, o a ver La Niñera por decimosexta vez, o a comer, porque no solo con un bebé se consigue subir 20 kilos de peso en menos de 9 meses...

Quiqui nació unos pocos días antes de la fecha prevista, y las primeras semanas casi no salí de casa porque nos tocó un octubre frío y lluvioso. Fundamental la ayuda de Papi Reloaded y de los abuelos para sostener a Dani mientras yo me recuperaba después del parto. El puerperio nunca es fácil por la cantidad de cambios hormonales, los dolores, la falta de sueño, etc. pero como ya conté en su momento, lo pude disfrutar bastante. Me tocó un bebé dormilón y que llora bastante poco. Mi rutina volvió a incluir la ida y la vuelta al jardín, pero ahora con cochecito y bebé incluidos. Cuando Dani estaba en el jardín, Quiqui y yo paseábamos, me tomaba un helado mientras él dormía en el cochecito, o volvíamos a casa y escuchábamos música celta mientras compartíamos largos ratos de teta y de mimos.

Pasó el verano, con lo bueno y lo malo, y de a poco el año fue arrancando. Primero volvió a trabajar mi marido, y tuve un par de semanas sola con los chicos, medio largas, donde hacía demasiado calor para salir a la plaza. Después, Dani volvió al jardín, que le hace tanto bien y al que extrañó tanto, y Quiqui y yo recuperamos ratitos a solas. Pero también a él le tocó comenzar su adaptación al maternal -cosa que resultó más fácil para el bebé de lo que me imaginaba, pero a mí me costó varias lágrimas y buenas dosis de culpa. En estos días aproveché esos ratos a solas para ir a nadar o para escribir. Y ya me estoy haciendo la idea de volver a trabajar.

Souvenirs que prepararon
mis alumnos para mi despedida
Sé que va a ser un nuevo reajuste. Me va a pesar volver a levantarme de la cama antes de que salga el sol, a veces sin haber dormido mucho durante la noche. Pero disfruto mucho de mi profesión, me hace bien vincularme con mis alumnos y adoro la literatura. ¿Cómo no va a ser bueno para mí? Me viene a la memoria la última vez que estuve con los chicos, me organizaron un precioso Baby Shower junto con la directora del cole, me hicieron regalitos, me dijeron lo mucho que me iban a extrañar... y por feliz que fue esta etapa de mi licencia, sé que la etapa que viene ahora también va a ser linda. Mi lugar de trabajo es mi espacio propio, tengo excelentes compañeros, siento que puedo ser yo misma, y que si de a ratos extraño a mis pichones voy a estar contenida -o demasiado ocupada para dejarme llevar por la nostalgia.

Y que volver a pasar algunas horas por día sin mis hijos, es la mejor receta para disfrutar más las horas que sí paso junto a ellos, cuidándolos y viéndolos crecer vertiginosamente rápido.

martes, 24 de enero de 2017

De un día para el otro

Es un lugar común (al que nos tienen acostumbradas los abuelos, las tías y la gente mayor en general) el decir "pero, ¡qué rápido crece este chico!", "qué grande que está", "cambian de la noche a la mañana", etc. Y bueno, hoy vengo a dar testimonio fehaciente de ese lugar común. Cuando los hijos son bebés, el hecho de verlos a diario a veces hace que perdamos perspectiva de lo rápido que crecen. Hasta que notamos que la ropita les va más chica, o que aprendieron a hacer algo nuevo.

Y esos cambios sí que se dan de un día para el otro. Literalmente.

En el caso de Dani, tengo patente el recuerdo de un día en que el cambio se dio de un mediodía a una tarde, siesta de por medio. Dani tendría cerca de 8 meses. Esa misma semana, uno o dos días antes de lo que voy a contar, había aprendido a gatear, bah, en realidad lo suyo era más bien reptar, se apoyaba con los codos y se arrastraba haciendo "cuerpo a tierra", era muy cómica. Pues bien, hasta ese momento, todo su repertorio de sonidos lo constituían las vocales "aaahhh", "ooooh" en diferentes entonaciones. Es más, yo, madre primeriza ansiosa, me preguntaba por qué todavía no balbuceaba, si -de acuerdo con los fatídicos libritos- el silabeo es algo que comienza alrededor de los 3 meses. Bueno, lo que pasó fue que esa tarde (era miércoles, no me olvido), cuando Dani se despertó de la siesta, se despachó de golpe con "tatatá", "dada", "nananana", ¡todo de una! Me dejó helada. A mí y al papá, que esa noche llegó tarde y la vio al día siguiente, y me mandó un mensaje de texto a mi celu con las silabitas. :)

A ver, entiendo que los chicos crezcan, lo que me sorprende es lo repentino de los cambios. Como si su cerebro de repente hubiera conectado las neuronas exactas para permitirle esa nueva adquisición. Los cambios no siempre se dan tan drásticos, me parece. Por ejemplo, no recuerdo bien cuándo fue que dijo "mamá" por primera vez, porque en ese momento la pronunciación no era lo suficientemente clara. A medida que pasaban los días, el sonido se fue definiendo y, por contexto, nos dimos cuenta de que sí, de que yo era definitivamente su primera palabra. Y ahí sí, un babero (para la madre).
Antes de largarse sola, tuvo
mucho tiempo de práctica.

Sí recuerdo la fecha exacta (5 de marzo de 2014) en que mi beba mayor comenzó a caminar. Venía caminando agarrada de las manos, o sosteniéndose del cochecito. Y ese mediodía dio esos primeros pasitos sola, en casa de su abuela paterna, delante del papá y de mí, y nos miró como diciendo "¿Vieron? Al final me animé". Y ya no la paró nadie. 
Lagrimeé ese día. Las primeras veces de los hijos son así. Emocionan porque uno los ve crecer. Y diría que hasta dan un poquitito de nostalgia porque uno comienza a despedirse del bebé chiquito que fueron y que ya no son, ni van a volver a ser.

Hoy la "sinapsis" le tocó a Quiqui. Después de haber estado un poco molesto los últimos días -despertándose más seguido por las noches, protestando a los gritos sin razón aparente, quejándose después de estar un rato en determinada posición- esta tarde logró darse vuelta y ponerse panza abajo por sus propios medios. Todavía le cuesta sacar el brazo que le queda bajo el cuerpo, pero hay que ver su expresión de felicidad frente al descubrimiento de su nueva capacidad, y su cara cuando observa el mundo que lo rodea desde un nuevo ángulo. Y, por si esto fuera poco, esta misma noche, del mismo día, se rió a carcajadas por primera vez.

Cada vez que podemos, lo dejamos en
el piso para que practique moverse solo.
Miro las fotos de hace poco más de tres semanas en Colonia y pienso que los abuelos, que siguen de vacaciones, no van a poder reconocerlo cuando lo vuelvan a ver la semana que viene. ¡Es otro bebé! Apenas podemos creerlo nosotros cómo cambió. 

Así, de un día para el otro.

jueves, 8 de diciembre de 2016

4 años

Hace hoy 4 años me convertí en mamá de una personita sorprendente: inquieta, curiosa, divertida, desafiante, contestadora, rebelde, precoz... Hay quienes me dicen "pasó volando el tiempo". Para mí no es tan así: en realidad, me resulta muy difícil recordar cómo era mi vida antes de tenerla a ella. Todo lo ocurrido antes de los últimos 4 años a veces se me hace tan lejano...

Dani vino al mundo aquella madrugada de 2012 y yo no me encontraba lista para ella. Esa primera maternidad me tomó desprevenida como una tormenta que te agarra en medio de una avenida sin paraguas a mano. Me costó mucho aprender a disfrutarla, a aprovechar cada momento que compartimos, a darme cuenta de que crece rápido y de que no hay vuelta atrás. Hoy estoy muy contenta porque cumple 4 años, pero no estoy apurada porque deje de tener la edad que tiene.
Esta tarde conversaba con Quiqui y le decía que él tiene que estar muy agradecido con su hermanita, porque con ella yo aprendí a ser mamá. Que seguramente, pueda ser mejor mamá para él de lo que fui con Dani en los primeros tiempos (y a veces aún ahora: una nunca deja de ser primeriza con su hijo mayor, como bien lo dicen Ingrid Beck y Paula Rodríguez en un libro que un día de estos reseñaré).
Hoy doy gracias a Dios, a la vida, a la naturaleza, al destino, a los astros... por tener en mi vida a esta hijita que llena mis días de alegría, de dolores de cabeza, de preguntas, de charlas compinches, de negociaciones, de fantasía e imaginación, de abrazos y besos, de "te amo, mami" y también de "estoy enojada CON VOS!". Disfruto compartiendo con ella lecturas de cuentos, canciones, chistes, juegos de mesa, películas, tardes de plaza, mates, ratos en la cocina y la eterna rutina a la hora de irse a dormir. Adoro verla haciéndole "payasadas" a su hermanito menorrr y dándome un beso apurado cuando nos acercamos a la puerta del jardín. Extraño un poco nuestras "noches de chicas", pero con la ayuda de papá reloaded, sé que pronto iremos reencontrando nuestros momentos.

Feliz cumpleaños, Dani, mi chiquita grande, mi enana, rebelde de la siesta, hija y hermana mayor, reina de cada uno de tus mundos imaginarios y de mi corazón de mamá inexperta! ¡Te amo con toda el alma!

Y feliz día también para mí: hoy hace 4 años que me recibí de mamá. O, mejor dicho, que comencé la carrera. La más difícil y la más hermosa del mundo.

viernes, 28 de octubre de 2016

Brotes de crecimiento -o cómo mi adorable bebito se transformó en el niño sanguijuela

Anoche mi dulce Quiqui activó el modo sopapa: no se me despega de la teta. No logré dormir más de una hora seguida, que él se volvía a despertar y se prendía por una hora y media más. Y nada de cerrar los ojos y relajarse, tomaba como desesperado, con hociqueos y gruñidos de chanchito. Me resigné a tenerlo prendido al pecho y a pasar una de esas noches sin descanso a las que Dani en su momento me tuvo acostumbrada.

Y es que hace poco comprendí el tema de los brotes (o crisis) de crecimiento de los bebés. Parece que hay tres muy importantes que se suelen dar en todos los chicos más o menos para la misma época: a las 3, a las 6 y a las 12 semanas de vida aproximadamente. La primera, la de las tres semanas, es la que le toca atravesar a mi bebé. Simplemente, él está más grande y necesita más leche de la que viene tomando hasta ahora. Es cuestión de ponerlo a tomar todo lo que él me pida para que mi cuerpo en pocos días aprenda que debe producir más y todo se vuelva a normalizar. Mientras tanto, resignarme a que por estos días Quiqui se ha convertido en el bebé sanguijuela.

¿En qué me cambia ser mamá de dos? Esta misma crisis la debo haber atravesado con Dani y hoy no la recuerdo. Sí me doy cuenta de la diferencia de tener una buena pediatra para que te ayude a sostener la lactancia. El doctor de Dani era un excelente profesional, pero un señor muy mayor y con una visión muy clásica de la crianza: abogaba por "ordenarle las tomas", que "no me use la teta de chupete", y a la vez, me reconocía que la nena lloraba porque tenía hambre. ¿Qué hacer? En su caso, terminé recurriendo a la leche de fórmula en carísimas cajitas (el famoso "complemento"). Ahora, la nueva pediatra me dice que no me preocupe tanto, que si mi bebé pide teta quince veces le dé teta quince veces, que tiene menos de un mes, no lo estoy malcriando ni creando malos hábitos.

Por ahora, tengo muy firme mi propósito de sostener la lactancia cueste lo que cueste. Y, a diferencia de lo que me pasó en mi primera maternidad, una crisis de crecimiento no me genera angustia (aunque sí muuucho sueño), no me desespero, no siento ganas de salir corriendo, sino simplemente de sentarme a escribir.