¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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lunes, 8 de abril de 2019

¿Adaptación al jardín... o desadaptación?

El jardín de infantes es el mejor lugar para los chicos. Valoro como corresponde el trabajo de las maestras y los maestros de inicial porque sé que en la sala dejan todo: corazón, energía, dedicación, creatividad y muchísimo amor por los chiquitos. Lo que sigue a continuación no debe ser leído como una crítica a su trabajo de ningún modo, sino como un descargo -desde mi maternidad- respecto a esa dichosa institución escolar que es la adaptación obligatoria y prolongada por la que -o - debe pasar todo niño que ingresa al jardín. 
Entiendo que no siempre es decisión de cada maestra, está bien enclavada en la institución de Educación Inicial al punto de que figura en el estatuto. Algunas fuentes sostienen que se trataría de un invento bien argentino. Para quienes lean este blog desde otro país (¿alguien lee este blog todavía?) explico brevemente que la adaptación al jardín es un período que puede extenderse desde unos pocos días hasta unas cuantas semanas -o meses (!)- en el cual el niño ingresa a su sala acompañado de alguno de sus padres, o por lo menos, de algún familiar de confianza. Durante todo este período, la permanencia de la criatura en la sala no se corresponde con el horario completo del jardín (ni siquiera en aquellos que los chicos van solamente por medio día) sino que su incorporación es "gradual", "respetuosa con los tiempos del niño", porque "un jardín no es un depósito de chicos". Pongo las comillas, claro está, porque me toca escribir este desquite desde el otro lado: desde el lado de una madre que trabaja y cuyo niño de dos años y medio está sufriendo una desadaptación al jardín.
Obvio que le terminó gustando.
Ay, la bendita adaptación al jardín de infantes... calculo que todos y cada uno de los padres y madres que trabajamos hemos protestado (a veces, por lo bajo) cuando en una primera reunión de padres contemplamos ese complejo cronograma de horarios reducidos para las primeras semanas de la salita de 2 a la que enviaremos a nuestro retoño. Me pasó con Dani hace cuatro años, pero aquella vez, traté de ponerme en su lugar y hacerle caso a la maestra: en efecto, Dani había pasado sus primeros dos años en casa, con la abuela paterna y con una chica que la cuidaba algunos días; usaba chupete, dormía siesta a veces a la mañana, sus contactos con otros niños eran muy limitados, y nunca había tenido que compartir por tantas horas un espacio y la atención del adulto con coetáneos. De hecho, al principio le costó un poco permanecer tranquila en la salita. Tuvimos, todavía un tiempo más, la ayuda incomparable de su abuela, que en ese momento vivía a pocas cuadras del jardín y se puso la adaptación al hombro. Todo salió bien y pronto Dani pudo asistir a su media jornada. Hoy es una nena de seis años que va todo el día al colegio y la pasa diez puntos.
Pero, pero... en el caso de Quiqui, la historia fue otra, y (acá está el problema) las exigencias institucionales fueron las mismas. Para empezar, mi hijo está acostumbrado a la institución jardín: venía yendo al jardín maternal desde los 5 meses porque no tuvimos la opción de que se quedara en casa. En ese momento, la adaptación fue muy breve y la pude hacer yo durante lo que me quedaba de licencia. Como bien me explicó la directora en su momento, se trataba más de una adaptación para la madre que para el bebé. Desde todo punto de vista me dio la sensación de que el maternal fue respetuoso con mi hijo, pero también comprensivo con las necesidades de dejar al bebé y salir a trabajar que tenemos tantas madres y tantos padres. Mi chiquito ni se daba cuenta de que yo me iba, y para cuando empezó su angustia de separación, él ya tenía un vínculo tan fuerte con sus maestras, que se sentía querido y apoyado cuando lo dejaba en la puerta. Cierto que algunas veces lagrimeó, pero se le pasaba enseguida. Y el jardín maternal fue un lugar de cariño, aprendizaje y juegos que lo acompañó durante sus primeros dos años.
Esto traté de explicar con paciencia a la docente a cargo cuando, este año, cambiamos a Quiqui a un nuevo jardín, el jardín donde completará su educación inicial y -probablemente- siga rumbo a la escuela primaria. Me hubiera gustado insistir más en la cuestión práctica: Quiqui tiene, no una, sino dos abuelas que pueden dar una mano, pero que NO viven a cinco cuadras y que tienen una vida además de cuidar a sus nietos. Y tiene padres que trabajan y que no podemos darnos el lujo de tomarnos un mes libre para "adaptarlo". Spoiler alert: no hubo caso. De cumplir con la adaptación no zafamos. 
El primer día estaba fenómeno.
Un mes después, llora en la puerta...
¿Resultado? El chiquito que se quedaba lo más pancho en el jardín maternal, ahora se acostumbró a que el jardín sea "apenas un ratito", a que las abuelas lo llevan de la mano caminando a 25 metros por hora, a que le compren todos los días juguitos y golosinas, a que las otras mamás pueden entrar en la sala si un nene llora... ¡Y hoy, que finalmente llegó a su horario completo, tuve que dejarlo llorando a gritos en la puerta! ¿Cómo puede ser, me dije, que tanta adaptación haya terminado por desadaptarlo? Si este período tiene como función "respetar las necesidades de los chicos" (y no, como un malpensado podría suponer, las de la maestra que tiene que lidiar con diez marranos llorones), ¿tan difícil es darse cuenta de que para ciertos niños este tipo de gradualidad es por completo contraproducente?
Por otro lado, ¿no es pecar de ingenuos pensar que uno manda a un hijo de dos años al jardín únicamente para que satisfaga sus necesidades de socializar? ¿No es una verdad obvia a esta altura que todas las madres trabajamos? ¿Y que las que no trabajan, necesitan igual de esos tiempos, esos espacios? ¿Eso automáticamente convierte al jardín en un "depósito de chicos"? ¿No es acaso el lugar de confianza en el que queremos quedarnos tranquilas de que nuestros hijos están bien cuidados, seguros, felices? ¿Qué tranquilidad se le puede transmitir a un nene cuando mamá y papá están desesperados porque no saben si les van a recortar el sueldo ese mes, porque no cuentan con nadie que los ayude en la fuckin' adaptación? 

Se me ocurre que la adaptación al jardín es uno de esos conceptos que parecen muy lindos en teoría pero que en la práctica no funcionan. Y es porque se quedan a mitad de camino en todo:
- Si pensamos en las necesidades de los chicos, queda claro que algunos NO están listos para empezar a ir al jardín a los dos años. Más que adaptación, lo que se produce con el correr de las semanas es una suerte de "resignación". Y los que sí están preparados y disfrutan de su sala de dos (como mi hijo) se perjudican con ese gradualismo tan inflexible en horarios y acompañamiento. Se puede pensar en una duración diferente para cada chico, o bien aceptar que algunos se adaptan, y otros mejor deberían esperar hasta el año siguiente.
- Por otro lado, ¿por qué adaptación en sala de dos y no, por ejemplo, en primer año del secundario? Es un terrible cambio para los chicos, y a nadie se le ocurriría pedirles a los padres de los adolescentes que los acompañen a clase durante el primer mes, hasta que "se adapten"...
- Si aceptamos que el jardín responde a las necesidades de los padres de tener dónde dejar a nuestra bendición mientras estamos trabajando, yendo a estudiar, haciendo gimnasia o rascándonos el ombligo escribiendo la nueva novela americana, se puede pensar en otro tipo de adaptación, que no pase por recortar el horario o exigir chaperones. Se puede priorizar el vínculo afectivo con la maestra, y desde la institución, no exigirle a ella cuestiones como entregar un souvenir de fin de semana a cada niñito (en un jardín donde hace muchos años me tocó trabajar, me pedían como 5 o 6 souvenirs para el período de adaptación... de sala de 5!!! Imagínense el tiempo que lleva hacer 20 o 25 payasitos de cartulina... multiplicado por cinco o seis). Y, desde casa, bancarnos que durante algunas semanas, el nene "no aprenda nada" -mejor dicho, que todas estas semanas estén enfocadas 100% en lo lúdico y lo afectivo, estaría bueno que fuera así para todos los años de escolaridad, dicho sea de paso.
- Y si pensamos a la adaptación como un período para que también la maestra se adapte a la sala que le tocó (que es algo absolutamente válido), ¿por qué no acompañar desde la institución con una auxiliar transitoria, por ejemplo, más apoyo para completar cuadernos y todas esas tareas que también demandan, además de los chiquitos con los mocos colgando?

En fin, si no las convencí, colegas de Educación Inicial, vengan de a una.

Para terminar, un "mea culpa". ¿Por qué sacamos al gordo del jardín maternal este año, pudiéndolo dejar hasta el año que viene en donde estaba perfectamente adaptado, y esperamos a que fuera más grande para hacer el cambio? Lo admito: primó la comodidad de tenerlo en el mismo lugar que a la hermana mayor, y pesó el bolsillo (los jardines maternales son mucho, muy caros...).

Actualización de julio 2019: Fíjense que algo habré aprendido en estos años, que escribí este decálogo de la adaptación al jardín y a la guardería para ayudar a otras mamás...

martes, 21 de agosto de 2018

Acerca del embarazo y el deseo de maternar

En estos últimos tiempos, venimos viendo en vilo a la sociedad latinoamericana respecto a la legalización del aborto. En mi país la ley (aún) no ha sido aprobada. El debate continúa. La lucha persiste. Los abortos clandestinos ocurren y han ocurrido en cualquier época, se cargan con la vida de mujeres pobres, y por lo menos por mi parte entiendo que más allá de la postura personal que cada uno pueda tener, se trata de un problema de salud pública.
Pero, claro, la posibilidad de interrumpir voluntariamente el embarazo jode mucho a un sector. Más allá de los argumentos religiosos y éticos (recordemos que lo que se viene discutiendo no es abortar o no abortar, sino hacerlo en forma legal o clandestina), lo que está en juego es ni nada más ni nada menos que el deseo. El deseo sexual de la mujer, claro. Pero además, el deseo de maternar o de no maternar.
"La maternidad será deseada, o no será" vs. "Si abriste las piernas, jodete"
¿Qué lugar le damos a este deseo? La maternidad, algo que después nos cambiará la vida que llevamos para siempre y que modificará drásticamente quiénes somos, ¿puede ser producto de una imposición social y legal? Para algunos, decir que la maternidad únicamente puede partir del propio deseo es una idea peligrosa. Y me puse a pensar por qué.
Creo que tiene que ver con que la posibilidad de elegir continuar un embarazo, o no continuarlo, nos interpela a cada uno sobre nuestro propio deseo. Es importante recordar que, si el aborto pasara a ser legal, esto de ningún modo obligaría a nadie a abortar. Pero a much@s pareciera aterrarles el siquiera poder planteárselo.

"Pretenden que no nazcan más pobres". ¿Hablamos de que solo nazcan hijos de madres exitosas y económicamente bien paradas? No, hablamos de que nazcan hijos deseados. Una madre puede tener que quitarse el pan de la boca para alimentar a su hijo y aún así, desearlo y amarlo como nadie.
"La legalización del aborto es eugenesia". ¿Hablamos de que solo nazcan bebés sanos? No, hablamos de que nazcan hijos deseados. Un bebé puede nacer con una enfermedad grave, o con una discapacidad e igual ser amado, deseado y defendido, incluso ante recomendaciones médicas.
"Si falla el método, jodete". ¿Hablamos de que solo nazcan hijos planificados cuidadosamente, cual Gattaca? No, hablamos de que nazcan hijos deseados. Un embarazo puede ser producto del azar, o incluso del error, y hacer despertar el amor y el deseo de mater-paternar. A veces, de inmediato. Y otras veces, en algún momento durante el embarazo. Y otras veces, la confianza en que el deseo aparezca puede ser suficiente hasta darnos paciencia y aguardar al parto.

Embarazo buscado, ¿hijo deseado?
Si tenés hijos deseados, queridos, si tu maternidad es -como tengo la dicha de que lo sea la mía- producto del más profundo deseo, seguramente estarás de acuerdo conmigo en que se trata de una felicidad incomparable. Difícil ponerse en el lugar de quien no quiere jamás tener hijos. Difícil, ¡pero no imposible! Basta con recordar que no todos somos iguales, no todos queremos lo mismo.
Y aún siendo madre o padre por libre elección, sabés que eso no le quita las partes difíciles. Sabés que el deseo de maternar no es permanente ni fijo, que hay días en que podés amar a tus hij@s, pero detestar tu mater-paternidad. Que lo que prima en esos momentos no es el deseo, sino la responsabilidad y el hacerte cargo. Ahora, imaginate por un minuto que ese deseo tan fuerte no hubiese existido en primer lugar. Que solo quedaran la imposición y la carga.
Si deseás tener hijos y no los tenés (aún) por el motivo que sea... en nada te afecta lo que otros u otras puedan desear. Buscá alguien que comparta tu deseo. Y si no lo encontrás, la ciencia y/o la adopción pueden permitirte concretar tu deseo. Pero ninguna mujer debería ser forzada a gestarte un hijo contra su voluntad.

¿El deseo necesariamente implica planificación previa?
Si tuviste un hijo sin haber buscado ese embarazo, si fue producto de un accidente -en el mejor de los casos- y aún así te hiciste cargo y lo sacaste adelante, o si decidiste sobrellevar 9 meses de embarazo y después darlo en adopción, ¡felicitaciones! ¡Bien por vos! Pero sería bueno que entiendas que no todos comparten tu decisión. Y que no está en vos cambiarles la cabeza y mucho menos, obligarlos a que tomen la misma decisión que tomaste en su momento.
Y si quedás embarazada y no estás segura de qué hacer, no deberías sentir que una ley te obliga a tomar ninguna determinación. Quien decide seguir adelante con un embarazo, lo hace. De nuevo, el deseo no es algo fijo y predeterminado. El deseo puede cambiar. El deseo puede nacer de golpe, ante las dos rayitas del test, y aún cuando esa gestación no haya sido buscada puede convertirse en un hijo deseado y querido.

Pero, ¿y si esto no ocurre? ¿Si hay embarazo en caso de abuso? ¿Si peligra la vida de la madre? ¿Si ese embrión no es compatible con la vida fuera del útero? ¿Si falló el método anticonceptivo pese a todas las precauciones? ¿Si el deseo de no tenerlo es más fuerte? ¿Se debería continuar con ese embarazo por un imperativo religioso, ético o moral? Me parece que en todo caso, esa respuesta la tiene la persona gestante. Yo creo saber lo que decidiría si fuera yo la que estuviera en cada una de estas situaciones. Pero bueno, yo soy yo.

Mientras tanto, en Argentina, 38 senadores siguen eligiendo en nombre de todas nosotras.
¿Hasta cuándo?

jueves, 2 de agosto de 2018

Top 5 de frases para el olvido que me tocó escuchar siendo madre

Opinar es gratis. Es más, hay gente que piensa que si se queda callada, le van a cobrar por NO opinar... ¿no es así? ¿Y por qué les cuesta tanto ahorrarse ciertos comentarios hirientes, ofensivos o directamente, ridículos, frente a una embarazada o una mamá? Lo cierto es que a todas las madres que conozco (1) les ha pasado de escuchar toneladas de recomendaciones, sugerencias, consejos, críticas, reproches, etc. referidos a su manera de criar. ¿Las peores? Aquellas que vienen de gente sin hijos y las provenientes de desconocidos.
Hoy una amiga publicó un interesante artículo en relación a las críticas que recibe la lactancia materna. Me inspiró para recopilar mi propio top 5 de frases que me tocó recibir durante mi maternidad:

5) "¿Estás tejiendo? No tenés que hacerlo embarazada. Se le va a enredar el cordón al bebé", dicho por una desconocida en el colectivo. Parece ser que es un mito muy extendido en algunos países. De más está decir que tejer en el embarazo es fabuloso. Pero no me faltó la sugerencia de una persona muy cercana de "consultarlo antes con el médico". ¡Ja!
4) "Este cuello [uterino] está horrible". Palabras textuales de mi ginecóloga en la semana 39 de embarazo. Se refería, claro, a que todavía estaba cerrado, sin dilatación, y parecía que faltaba una eternidad para el parto -FYI dilaté naturalmente 10 centímetros 4 días después. De cualquier manera, ¿tenés que usar precisamente ese adjetivo? 
3) "¿Cómo que es nena? ¡Pero si no tiene aritos!" Y sus múltiples variantes. Debí haberle respondido: "uy, menos mal que usted me avisa, señora, y yo asignándole un género porque nació con vagina, ahora me doy cuenta de que hasta que elle misme no lo decida, es une bebé". Mirá cómo me vengo a dar cuenta de que, en lugar de una desconocida metida, era una feminista de la cuarta ola avant la lettre
2) "No te quejes. Es tu decisión estar cansada. Siempre tenés la opción de ponerte tapones en los oídos, cerrar la puerta y dejarla llorar." Mi propio padre, por teléfono a 10.000 kilómetros de distancia, cuando tuve el descaro de decirle que no daba más después de tantas noches sin dormir... con mi bebita de un mes. No se le puede pedir que esté al tanto de las tendencias de criar con apego o que cite a Rosa Jové, decididamente. Pero ¿tampoco empatía con una puérpera con baby blues y privación del sueño?
1) "Ay, pero mirá qué machona", otra desconocida cuestionando a mi hija con tono despectivo, esta vez con la nena ya de cuatro años, que salía del colegio despeinada y con las rodillas sucias después de educación física. Solo atiné a abrazar a Dani, decirle "vamos, no escuches, mi amor". Me arrepiento de no haber agarrado a esa infeliz de los pelos. 

Adivina, adivinador... ¿qué tienen en común las 5 frases? ¡Adivinaron! Todas ellas se refieren a mi primera maternidad. Desde que soy mamá por segunda vez, no digo que no haya habido frases negativas, malintencionadas, agresivas o ridículas, pero sí estoy convencida de que las filtro mejor porque, ¿saben qué? no registré ni una.

¿Cuáles fueron las peores frases que te tocó escuchar referidas a tu manera de ser madre?


(1) Padres varones, no es por hacerlos a un lado, pero no sé de ninguno que haya sido afectado por comentaritis compulsiva en su entorno. De ser así, ¿me lo cuentan?

martes, 6 de marzo de 2018

A ser feminista también se aprende

Nadie llega a ser madre sabiéndolo. Aún con más de cinco años de experiencia, me considero una aprendiz. Sin ir muy lejos, un rato antes de sentarme a escribir esta entrada, estuve en la guardia pediátrica con Quiqui, que se acababa de caer de una silla delante de mis narices, se abrió un párpado y se le puso todo el ojito morado. Y yo estuve ahí. Y no lo pude proteger ni atajar. Y ahora, aunque sé que está bien, tengo que lidiar con la culpa de verlo convertido en el Rocky Balboa de la salita de deambuladores.
Es que la maternidad es un aprendizaje que nunca se completa. Que creemos que será fácil, que llenamos de imaginarios "yo nunca-nunca" que después nos causan gracia. Desde chiquitas crecemos con una construcción mental imaginaria de la madre perfecta -a veces, proyectamos esa perfección en la madre real que nos tocó en suerte, hasta que llegamos a la adolescencia y nos despachamos con que mamá es un ser humano imperfecto más. Absorbemos lo que una madre debería llegar a ser a través de las publicidades, la televisión, los estereotipos... la realidad que nos llega después es una pared con la que nos chocamos y terminamos abolladas.
Y no es casualidad que empiece hablando de maternidad para llegar al tema que me interesa hoy, que es el feminismo. De hecho, la presión por ser madres perfectas (o la presión por ser madres, punto), el ideal de madre todopoderosa que puede atajar todo (hasta la caída de un chiquito inquieto de 17 meses contra el suelo), la imagen de mujer multitasking que puede con la familia, la carrera, la casa y mantiene un físico espléndido, todo junto... también son trampas del patriarcado para someternos. Para hacernos sentir que nada de lo que hagamos alcanza. Para que, ocupadas en competir y en criticarnos a nosotras mismas, no reparemos en un sistema que nos somete.

Ya lo dije en alguna ocasión, no considero que la lucha sea entre varones por un lado y mujeres por el otro. Voces expertas pueden explicar mucho mejor que yo por qué el feminismo implica también una libertad para los hombres (1). La lucha es entre los defensores de un antiguo orden y los que creemos en la necesidad de instaurar uno nuevo. Lamentablemente, en el primer bando se cuentan muchas, muchísimas mujeres. Son tantas las que sostienen que el feminismo no las representa porque ellas creen en la igualdad, o porque tienen un hijo varón al que quieren con toda el alma... ¡Y yo también, alguna vez, fui una de ellas! Me da bastante vergüenza admitirlo, pero puedo recordarme adolescente, cuestionando a mi hermana por usar maquillaje y ropa ajustada y después quejarse de que le gritaran cosas por la calle. O asociando la palabra "feminista" con algo negativo, por ignorancia, creyendo que se refería a "machismo" a la inversa, incluso al escribir un texto a propósito del Día Internacional de la Mujer. O usando expresiones cotidianas sin darme cuenta, del estilo "mi marido ayuda en casa".

A ser madre se aprende. A ser feminista, también. Desde unos años a esta parte, cuando comenzó el movimiento #NiUnaMenos pero sobre todo desde que me enteré de que iba a ser madre de un hijo varón, comencé a interiorizarme más sobre el tema. A leer sobre el feminismo, a tratar de comprender de qué se trata. A construir argumentos que me permitan justificar con solidez mi visión y mi postura. Pero sobre todo, a tratar de estar más atenta a los micromachismos de la vida cotidiana, a combatirlos y a denunciarlos. Sobre todo cuando vienen -ay- de mi parte. Sigo aprendiendo. Y la mejor manera que encuentro de aprender a ser feminista es leyendo (2), viendo videos, charlando con otr@s feministas, participando, yendo a las marchas.
Tengo 36 años. No soy una feminista perfecta ni mucho menos. Ni tengo todo re-claro. Ni coincido cien por ciento con todos los reclamos del colectivo, que se caracteriza por su pluralidad. Pero hoy sí puedo decir que tengo una postura tomada. Que me interesa criar hija e hijo feministas por igual. Que quiero despertar estas inquietudes en mis alumnos y en personas de mi entorno. 

Y que no puedo dejar pasar un 8 de marzo sin escribir unas palabras al respecto.


(1) A propósito, los invito a dedicarle 30 minutos de su día a esta conferencia imperdible de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie.

(2) Un libro que me sirvió mucho para conocer más del tema es Bad feminist, de la escritora haitiana-estadounidense Roxane Gay. Se puede conseguir traducido pero cuesta bastante, es mejor bajárselo para leer en el Kindle.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Ciertas frases también son violencia obstétrica

Es una de las formas más sutiles (pero crueles) de violencia de género. Y de las más cobardes también: la violencia hacia la mujer en su estado más vulnerable, cuando está a punto de parir a su bebé. El maltrato físico y/o verbal, la intimidación, la amenaza, el sometimiento, la presión para que acepte tal o cual procedimiento médico... Pasa tanto en los hospitales públicos como en las clínicas privadas más exclusivas. No debería existir, pero es bien real, y solo hace poco tiempo se comenzó a hablar al respecto. 
Bastante difícil la tenés durante tu trabajo de parto: al dolor intenso que experimentás durante las contracciones se suman la ansiedad por conocer a tu bebé y saber que está bien, los miedos propios a convertirte en madre y el cansancio y la fatiga por el gran esfuerzo físico que estás realizando, que es como correr una maratón o un poco más. Lo que menos necesitas es que el médico de turno te critique, te añada más temores o te haga sentir mal con vos misma.
Como muestra basta un botón. Acá van cinco comentarios que ningún obstetra debería pronunciar cerca de una parturienta en esos momentos:

“No grites” o la versión extrema "Pero callate la boca que me vas a dejar sorda, ¿querés?"
Parir es un momento que nos conecta con nuestro lado más instintivo y animal. Algunas mujeres controlan el dolor por determinadas técnicas de respiración, o con el Ommm de yoga, o cantando "Des-pa-cito", qué sé yo. Pero si lo que te nace de lo más hondo es aullar como una loba a la luna llena, deberías poder hacerlo con libertad: ni el médico ni nadie debería desconectarte de tus instintos más primarios.

“Ah, ¿Así que ahora te quejas?” o la versión extrema "Bien que cuando lo hiciste te encantó"
Creo que si llego a escuchar esto tienen que atarme a la camilla solo para que no le parta la cara de una trompada al desubicado/a (sí, porque parece que también lo dicen las mujeres). Estas frases soeces e irónicas que buscan contraponer el parto con el placer sexual forman parte de la violencia obstétrica machista más recalcitrante. Es cierto que las relaciones sexuales son gozosas y que parir es doloroso, y una cosa no tiene nada que ver con la otra. Este tipo de comentarios sexistas implican, por un lado, que únicamente llegamos a ser madres por “dejarnos llevar” durante el sexo y, por otro lado, que debemos ser bastante pelotudas tontas si no sabíamos que parir iba a dolernos.

“Tengo que aplicarte goteo”
O que hacerte una episiotomía. O una maniobra de Hamilton. O inyectarte la peridural. A no ser que la vida del bebé o la nuestra estén en riesgo, en un parto normal el médico no puede imponer ninguno de estos procedimientos sin explicarnos en qué consisten, cuáles son sus posibles riesgos y pedir nuestra autorización. Bueno, en teoría. En la práctica, creo que prácticamente todas somos víctimas de esa violencia. Ni siquiera la vivimos como violencia: yo no recuerdo que me hayan siquiera informado de que en mi primer parto me harían una episiotomía.


“No estás dilatando, te toca cesárea”
Frase típica de los médicos apurados por terminar su turno e irse a casa. La dilatación es un proceso que puede llevar muchas horas, y que no puede ser acelerada a voluntad. No hay por qué apurar el parto si tanto el bebé como la madre no corren riesgos. ¿Y para qué están, a fin de cuentas, los dichosos monitoreos? Para empeorarlo todo, el estrés al que nos someten este tipo de frases hace que, efectivamente, muchos de estos partos terminen en cesáreas que no hubieran sido necesarias.
En mi caso sí escuché una frase que otras mamás vinculan con la violencia obstétrica: "Si no sale por la puerta, tiene que salir por la ventana". Tal vez a mí no me afectó porque primero la partera -amorosa- que me tocó con Quiqui se encargó de explicarme los motivos (presencia de meconio en el líquido, y posible sufrimiento fetal). Me dijo que tal vez no hiciera falta si el parto se desencadenaba, pero que no podíamos darnos el lujo de esperarlo indefinidamente. Y por suerte, mi dilatación fue rápida y el expulsivo ni les cuento.

“Hacé lo que te digo o va a sufrirlo el bebé” y su versión extrema "¿Qué querés, terminar como Juanita Viale?" (1)
Pareciera ser que cuando una madre osa defender sus derechos a recibir un trato humanizado durante  el parto, uno de los recursos de los malos médicos es, lisa y llanamente, la amenaza. Amenazar con que algo malo va a ocurrirle al bebé si no nos quedamos calladitas y aceptamos sin chistar que nos apliquen oxitocina, que nos pongan un enema, que nos dejen acostadas con las patas atadas cuando todo lo que queremos es caminar o que nos hagan una cesárea. Este es uno de los peores maltratos psicológicos que puede sufrir una mujer. Y no deberíamos dejarlo pasar.

En mis partos puedo decir que fui afortunada y que sufrí poca -sino ninguna- violencia de este tipo. Sí me hubiera gustado recibir más información, o tal vez me la dieron, pero estaba tan ida por el dolor que no me acuerdo de nada. En la memoria guardo una sola frase de la médica que llevó mi embarazo que me dolió bastante en su momento: "No va a nacer por ahora, ese cuello [uterino] está horrible". Así, horrible. No "un poco cerrado", no "todavía muy firme", no "sin muestras de dilatación". Horrible. Así me sentí cuando la escuché. ¿Tengo razón? ¿O será que los embarazos nos ponen hipersensibles?


(1) Quienes leen el blog desde fuera de Argentina tal vez no conozcan este trágico caso de una actriz argentina que en 2011 intentaba tener un parto domiciliario, pero se le complicó y terminó dando a luz por cesárea a un bebito sin vida.

jueves, 3 de agosto de 2017

"Pero... ¿todavía das la teta???"


No solo comida: también son
la mejor almohada.
"¿Hasta cuándo va a tomar la teta ese chico?". No, todavía no me lo dice nadie (no a la cara, por lo menos). Mi bebé de nueve meses todavía es plenamente un bebé, nadie cuestiona que parte de su alimentación provenga de mis pechos. Sin embargo, sé que a muchas personas les choca más ver a niñitos de un año y medio, dos, tres o más prendidos a la teta de su mamá. Como si no fuera parte de la naturaleza, ¿no? Yo misma reconozco haber murmurado en más de una oportunidad: "peeero, si ya está grande, mejor comprale un helado...".
Hoy en día llevo muchas lecturas sobre lactancia como para saber que la opción de prolongarla hasta que el propio niñito lo decida es válida y saludable. Hasta la OMS dice que la lactancia materna debería prolongarse por dos o más años. Sin embargo, también sé que esa opción no es para mí. De a poquito, muy de a poquito, mucho más de a poquito que con mi primera bebita, estoy empezando a contemplar la posibilidad del destete. Todavía falta. Pero no tanto.
En el caso de Dani, ella tomó teta exclusiva solo hasta los dos meses. Me ponía muy ansiosa el hecho de que cada algunas semanas variara la producción, que ella pareciera quedarse con hambre. Recién en mi segunda maternidad aprendí de las crisis normales de crecimiento y no me desesperé más. Con mi primera hija, el pediatra me sugirió agregar un complemento para tranquilizarme a mí, no porque a Dani le hiciera falta. Y fue la mejor decisión, por más que me lo puedan criticar algunas fundamentalistas teteras: el hecho de saber que ya no dependía de mí al 100% fue lo que me permitió relajarme, continuar y entonces sí, disfrutar de dar el pecho. Dani pudo seguir tomando incluso cuando volví a trabajar, y así siguió -intercalando con mamadera y, desde los 6 meses, con comida- hasta unos días antes de su primer cumpleaños, cuando ella solita decidió que ya no iba más. Debe haber coincidido con estar cortando algún dientito, pero yo aproveché y dije "listo, ¿no querés? Ya está". Y así tuvimos nuestro destete, mutuo, del cual salimos super unidas y sin ningún tipo de trauma.
Tenía más pelo a las 9 horas que a los
9 meses, ahora que lo veo...
Con Quiqui la lactancia fue desde el principio muy fácil. Bueno, sí, hubo dolores y algún pezón agrietado los primeros días, pero sabiendo que se pasaba rápido no me importaron demasiado. Gracias a la pediatra que tenemos ahora me dejé llevar por la recomendación de dar el pecho a demanda, sin mirar el reloj, y pudimos entablar un ritmo enseguida. Y el gordo no necesitó ni una gota de leche de fórmula hasta los cinco meses, cuando empezó el jardín y no tuve ganas de estar peleándome con el exprimidor de teta sacaleche.
Quiqui ahora come lo que le dan, se sienta a la mesa con nosotros y hace payasadas con su hermanita mayor, disfruta desayunando tostadas con queso crema y comiendo trocitos de fruta con la mano. Prueba desde arándanos hasta panqueques de arveja, y si todavía no comió pescado es porque estoy vaga para cocinarlo. Aún así, la teta es LO MÁS para él. Me doy cuenta por su desesperación cuando vuelvo a encontrarlo después de que pase la mañana en el jardín maternal: es como si se saciara de mamá, de brazos, de amor, aunque no venga con hambre. 
También es un excelente recurso para dormirlo... o lo era, hasta hace un tiempito. En las últimas semanas lo vengo notando más alerta, no se relaja con tanta facilidad tomando el pecho. A veces, incluso de madrugada, toma un rato y después listo, no quiere más leche y ¡a jugar! Siento que está agotándose de a poco la magia. Últimamente, los superpoderes para dormir a Quiqui los tiene papá.
Por esto, porque está más grande, porque sueño con volver a dormir una noche de corrido de vez en cuando, porque me encantaría poder dejárselo por unas horas a los abuelos y salir al cine con mi marido, es que vengo pensando en que de acá a un tiempo iré destetándolo. Creo en un destete respetuoso, pero no eterno. Y así como la lactancia es fabulosa para el bebé porque tiene diez quintillones de beneficios, también estoy plenamente convencida de que ninguna mujer tiene que sentirse culpable por criar a su bebé con mamadera, ni mucho menos verse obligada a dar la teta si no quiere hacerlo. Tampoco yo.
Por ahora sigo queriéndolo. Por un tiempo más. A disfrutarlo mientras tanto, entonces.

¿Y ustedes, mamás? ¿Dan / dieron la teta? ¿Durante cuánto tiempo?

viernes, 23 de junio de 2017

Papá en el parto, ¿sí o no?

Hace muy poquito leí un artículo que me impactó. Me quedé con la boca abierta cuando vi que su tesis principal es que los hombres NO pertenecen a la sala de partos, no deberían estar presentes en el nacimiento de sus hijos, y que esta moda que lleva poco más de 40 años atenta contra el desarrollo natural del parto y lleva a más intervenciones médicas innecesarias.
Michael Odent
"Qué machista el autor", es lo primero que pensé. "Claro, que la mujer se arregle sola, total es su problema, ¿no?". Pero no iba por ahí el artículo. Debí haberlo sospechado cuando vi quién era el autor: Michael Odent, destacado obstetra francés, uno de los mayores defensores del parto natural y humanizado.
Al contrario. A medida de que avanzaba en mi lectura, tuve que reconocer que, tal vez, haya algo de razón en lo que postula (mal que les pese a los papás que quieren sentirse parte, que están verdaderamente comprometidos con su paternidad desde el embarazo y que por nada del mundo se perderían ese primer llanto del bebé).

El artículo es muy extenso y lo encontré en inglés. Pueden leerlo acá. Pero les resumo las ideas principales para ver si seguimos el razonamiento:

- Siempre, los protagonistas del parto son la mamá y el bebé. El hombre tiene poco y nada que aportar en esa escena y hasta, por el contrario, puede obstaculizar más que otra cosa.
- Hasta los años 70, el parto era cosa de mujeres: la mamá, la comadrona, a lo sumo alguna parienta mujer que pueda ayudar. En esa década comenzaron a aparecer mujeres que solicitaban la ayuda del marido, coincidiendo con la hospitalización del parto, que fue trasladado del ámbito doméstico al médico. Claro -pienso yo- si voy a estar rodeada de médicos desconocidos, anestesistas, instrumentadoras y demás personal mirando mis partes íntimas, el marido o la pareja viene a funcionar como protección o refugio frente a esa sensación de desnudez, de vulnerabilidad...
No es precisamente parir en cuclillas al lado del río...
- Si bien se insistió por aquellos años en las supuestas ventajas que tiene para la familia la presencia del padre en el parto, ninguna de esas ventajas ha sido debidamente comprobada por ningún estudio. Esto no lo sabía. Una ventaja que se me ocurre es que, con papá en la sala de partos, nadie separa al bebé de ambos padres una vez que ha nacido. Pero los defensores del parto humanizado sostienen que, en principio, no habría por qué separarlo de la mamá en primer lugar.
- Con excepción de nosotras, ninguna hembra animal da a luz con el macho presente. Y la mujer durante el parto debe conectarse con su parte más primitiva y mamífera, dejando de lado la parte "pensante" del cerebro. Cosa que no puede hacer si está su pareja al lado preguntándole cómo se siente, si necesita algo, aún si está intentando ayudar. Es cierto que nadie te puede ayudar. Es un camino que recorremos solas, por más personas que tengamos atendiéndonos.
- El padre durante el parto no puede evitar segregar adrenalina, al estar ansioso por más que intente disimularlo con su mejor sonrisa. Esta descarga hormonal es "contagiosa" y por lo tanto genera que también la mujer produzca la hormona, que interfiere con la producción de oxitocina que es la otra hormona, la buena, la que permite que el parto avance. Inconscientemente, al transmitirle su nerviosismo, el hombre estaría impidiendo que la mujer se relaje: "He estado con muchas mujeres que luchan por dar a luz con su pareja al lado. Y en el momento en que él deja el cuarto, el bebé llega. Después, dicen que fue "mala suerte" que él no estuviera en el momento en que nació el hijo". Acá, mientras iba leyendo, me quedé helada, porque el autor parecía describir a la perfección lo que fue mi segundo parto. ¿Puede ser que tenga razón?
- La mujer también debe continuar relajada junto con su bebé en la última fase, cuando expulsa la placenta, y el hecho de que el hombre trate de tocar al nuevo bebé no hace sino interferir, una vez más.
- El autor enumera también razones concernientes al padre, que tienen que ver con la posibilidad de desarrollar también los hombres depresión posparto si se involucran demasiado, así como que pierdan atracción sexual por su pareja luego de haber estado presentes en el nacimiento. Gracias a Dios esto no nos tocó a nosotros, no conozco a nadie al que le haya pasado (pero bueno, calculo que tampoco es algo que uno discutiría abiertamente con sus amigos "desde que vi a mi mujer parir, no la toco ni con un palo"... mmmh, no).

Cada vez más mujeres eligen recurrir a las doulas.
Por supuesto que no se puede esperar que cualquier mujer dé a luz sola. ¿Qué propone el obstetra? Que nos acompañemos entre nosotras. Fortalecer el rol de la doula, o acompañante de partos. Recurrir a nuestras madres, hermanas, amigas, todas ellas acompañantes mucho más idóneas que el papá del bebé.
No sé todavía si termino de estar de acuerdo con esta tesis. Me siento mal por aquellos papás que no se limitaron a concebir, sino que han vivido todo el embarazo participando, acompañando y ayudando, y que de repente se ven privados de formar parte del nacimiento.
Pero sí creo que el parto es nuestro, de las mujeres. Que, en todo caso, toda mujer que va a dar a luz debería decidir, sabiendo de antemano cómo puede afectarla la presencia del padre, si quiere que él esté acompañándola o no. Apropiarnos de nuestro parto significa que nadie decida por nosotras, ni los médicos, ni la sociedad, ni las costumbres... ni siquiera nuestra pareja. Ya habrá tiempo, en todo caso, para que papá y bebé forjen ese apego fundamental.

¿Qué piensan? ¿Les parece lo mejor que el papá esté en la sala de partos? ¿Cómo fue cuando nacieron sus hijos?

miércoles, 8 de marzo de 2017

8 de marzo #YoParo #VivasNosQueremos

No nos digan "feliz día". Hoy es todo menos un día feliz. Hoy es un día de sabor amargo, de grito desde el fondo de la garganta, de ropa negra, de dolor y de lucha. Hoy es el Día Internacional de la Mujer. 

Escribí sobre esta fecha hace ya muchos años, siendo una adolescente bastante ingenua y muy enojada. Si quieren léanlo, pero no me enorgullece mucho. Hay tantas cosas que reformularía de aquel artículo. La principal de ellas, hoy no considero que el feminismo sea un pecado, sino la única postura posible a tomar en una sociedad patriarcal donde no es posible mantenerse neutral, ya que si una no se pone del lado del oprimido, está del lado del opresor. 
Lo que sí me gusta al releerlo es que de unos años a esta parte, dejó de ser un día de flores, bombones y piropos, y cada vez más mujeres -y algunos hombres- comienzan a abrazar su verdadera esencia: la reivindicación de la mujer trabajadora, la lucha que está tan lejos de terminar por la igualdad de derechos. En ese momento escribí que ojalá no hubiera que festejarlo. 

Hoy cada vez son menos los que lo consideran un festejo, y sí una conmemoración. Pero hay que seguir insistiendo.

Mientras siga habiendo una mujer asesinada por su género cada 18 horas en mi país, mientras haya violaciones, maltrato físico y psicológico que tantas aún no se animan a denunciar...

Mientras sigamos ganando menos que los hombres por los mismos empleos, y seamos mayoría en los trabajos precarizados y minoría en los jerárquicos...

Mientras el acoso callejero continúe, e incluso haya mujeres que hayan elegido como presidente a un tipo capaz de sostener públicamente que "a todas las mujeres nos gustan los piropos (...) por más que estén acompañados de una grosería como qué buen culo tenés"...

Mientras las tareas domésticas y el cuidado de los hijos y los mayores sigan recayendo en su mayoría sobre nosotras, nos estresen y nos frustren, y ni siquiera se los reconozca como trabajo...

Mientras las empresas sigan pretendiendo banalizar nuestra lucha ofreciendo en marzo promociones, descuentos y regalitos, como si una vez al año se nos "premiara" por haber nacido mujeres y el consumo de ropa, de maquillaje y de productos de belleza no fuera otro recurso del patriarcado capitalista para hacernos sentir mal con quienes somos y seguir sometiéndonos bajo su yugo...

Mientras las mujeres trans y las homosexuales deban seguir soportando las peores formas de maltrato y de discriminación...

Hay que seguir insistiendo.
Hay que seguir marchando.

Reconozco que a veces me hace ruido conciliar mi faceta feminista con mi maternidad. Este último es un rol que tantas mujeres aún hoy asumen forzadas, sin deseo, por presiones sociales, por mandatos... 

Como mamá, me encantaría decir "yo paro", pero no puedo dejar de hacer mis actividades todo el día (menos dar la teta cuando es el único alimento de mi bebé). Y aún así, tengo que seguir siendo feminista y tengo que expresarme, al menos por este medio.
Tengo que hacerlo porque quiero que mi hija pueda irse de viaje sola a cualquier parte del mundo, sin preocuparse de si va a volver o no. Quiero que pueda salir a la calle vestida como se le dé la gana, o tomar sol en topless si le gusta. Quiero que pueda trabajar en cualquier profesión, donde le paguen basándose en su capacidad y no en su género. Quiero que jamás una pareja le levante la mano, pero que si lo llega a sufrir pueda romperle el brazo con una patada de tae kwon do y llevarlo arrastrándose hasta la comisaría más cercana sabiendo que no va a salir libre esa misma noche, ni por muchas otras noches. Quiero que, si algún día es madre ella también, lo sea por deseo y no por imposición.
Quiero que mi hijo pueda jugar con muñecas o disfrazarse de Elsa de Frozen si tiene ganas. Que pueda llorar si está triste o abrazar y dar besos a su papá y a sus amigos sin que se le cuestione su orientación sexual (y que se le respete su orientación sea cual sea, de paso). Quiero que tenga amigas mujeres y que no esté tratando de seducirlas, sino de aprender de ellas. Quiero que, si algún día tiene una pareja, la considere un igual, no alguien a quien proteger ni a quien mandar.
Quiero que ambos crezcan en un mundo donde esta fecha se recuerde la lucha de tantas mujeres que nos precedieron, sí, pero ya no sea necesario reclamar nada.

Mientras tanto, hay que seguir insistiendo.
Hay que seguir marchando.

lunes, 6 de febrero de 2017

Tetas

Sí, hoy quiero hablar de las tetas.

Están en boca de todos últimamente (y no, por más que este sea un blog de maternidad no hablo solo de los bebés). Hace pocos días, en Argentina fue noticia un procedimiento policial en una playa, en el que se desplegaron ¡20 agentes! todo por unas chicas que habían decidido tomar sol en topless. El hecho, que por mi parte no puedo calificar más que de exagerado y ridículo, recibió repercusiones en todos los medios. Muchísimos hablaron de los motivos detrás del accionar de las mujeres. Muchos menos saltaron a preguntarse qué deberían haber estado haciendo esos veinte policías mientras se preocupaban porque las chicas se taparan o se fueran de la playa.
Foto tomada de la nota del diario La Nación.

Además de las agresiones del personal policial en cuestión, de los insultos de otras mujeres en la playa o de hombres que decían "no podés estar en tetas, loca" o cosas así de suavecitas, las mujeres en cuestión debieron soportar más insultos y denigraciones en los medios de comunicación, en especial en los comentarios de los lectores. Que se lo buscaron, que con eso quieren "provocar", que es una "agresión", etc. 

Todo por haber expuesto sus pechos al sol. Probablemente, para disfrutar de un buen bronceado. Como hacen tantas mujeres de diferentes culturas, estas chicas no sintieron que haya de qué avergonzarse.

Pero las tetas asustan. Interpelan. Provocan reacciones. Y no todas agradables.

Son el emblema de la femineidad. Su función biológica en nuestro cuerpo es clarísima: alimentar a nuestros cachorros. Y sin embargo, occidente ha hecho de ellas algo con tanta carga sexual como los órganos genitales (no faltaron, a propósito del episodio de Necochea, hombres que sin entender nada dijeran cosas como "si ellas se ponen en tetas nosotros tendríamos que mostrar el pene"). Como si fuesen lo mismo. Como si, cada vez que algún exhibicionista decide apoyar a una mujer en el colectivo o mostrar lo suyo delante de una nena de escuela primaria hubiera ¡qué digo 20! ¿2 policías alertas, al menos?

Las mujeres no agredimos físicamente con nuestras tetas. Tampoco lo estaban haciendo las chicas de la playa. La queja de los bañistas era por "impudicia", "exhibicionismo", "atentado a la moral". La misma queja hubiera sufrido alguien de la época victoriana por dejar ver, no sé, los tobillos.

El problema no es si las tetas se deben mostrar u ocultar. Las tetas son, las tetas están. Nadie en esa playa veía un seno por primera vez. El problema es que cuando las tetas se muestran en un show televisivo que lidera el rating, que es todo menos un show de baile, conducido por un tipo misógino que cosifica a la mujer, entonces está buenísimo. Cuando las tetas están en función de ser juguetes del varón, todo bien. Obvio, siempre y cuando sean un par grande, prolijito, siliconado. No vale mostrar tetas caídas. Ni estriadas. Ni desparejas. No vale mostrar tetas reales. No vale mostrarlas cuando la que quiere disfrutarlas es la propia mujer (recibiendo, en este caso, la caricia del sol). ¿Que las veían los chicos? Para ellos, la teta es lo más natural del mundo. O debería serlo. Los que la desnaturalizamos somos los adultos.

Ni las mamás en plena función maternante nos salvamos. Hace unos meses, unas agentes de policía quisieron detener a una chica que amamantaba a su bebé en una plaza en San Isidro. Las repercusiones fueron enormes ("teteadas" solidarias, comentarios en apoyo de la chica en su mayoría). Claro que acá los pechos cumplen la función alimentaria, y entonces son menos los que se alzan en su contra. Pero que los hay, los hay. Más cuando el amamantado ya no es un bebito pequeño sino un nene algo mayorcito, que "ya podría comer un choripán, qué necesidad de estar dándole la teta delante de todo el mundo....". Como si las tetas fueran de interés nacional, y no solamente de la mamá y -al menos momentáneamente- del niño interesado.

(Reconozco que yo misma, hace unos años, cuando amamantaba a Dani en un lugar público, me tapaba y sentía cierto pudor. Con Quiqui (casi) no. Cada vez menos. Todavía un poquito. Pero estoy tratando de superarlo).

Creo que asistimos, desde el fenómeno #NiUnaMenos, ahora vigente también a nivel internacional como lo demostró la marcha de las mujeres en protesta contra Trump, a una revolución feminista. Una nueva revolución feminista debería decir, para no menospreciar las luchas y las conquistas de las mujeres en el pasado. Y, como en toda revolución, cuando un grupo hasta ahora oprimido comienza a alzarse, el grupo opresor aprieta más fuerte. Y además de anécdotas como lo de la playa de Necochea o la plaza en San Isidro, vemos crímenes cada vez más aberrantes hacia las mujeres. ¿Será que hay mayor visibilización de la violencia de género que antes? ¿O se estará recrudeciendo? El patriarcado amenazado, defendiéndose con uñas y dientes.

Por si hace falta quiero aclarar que con dos grupos no me refiero a hombres por un lado y mujeres por el otro. Hablo de una ideología de género patriarcal por un lado, y una ideología feminista cada vez más consciente por el otro. De la última también forman parte cada vez más hombres, sobre todo los jóvenes, que son quienes seguramente encontrarán su lugar en una sociedad igualitaria que les permitirá mostrar a pleno su sensibilidad, ejercer la paternidad con compromiso y amor, elegir su orientación sexual con mayor libertad y trabajar y vestirse como quieran. De mi parte, haré todo para que mis dos hijos formen parte de este grupo.
Y de la vieja ideología patriarcal, que creo que está destinada a caer (aunque antes, como perro viejo, muerda, desgarre y lastime), lamentablemente no solo forman parte los hombres machistas que crecieron con "coronita", sino tantas mujeres... como las que señalaban a las chicas en la playa, como las policías que quisieron detener a la mamá, como las que siguen comentando que no hay por qué "provocar" a los varones (¿no será que los varones deben dejar de sexualizar y objetivar a las mujeres?), como las que miran el Bailando... y hablan mal de tal o cuál chica... Y esto me preocupa más. A veces todavía pareciera que somos nuestras propias enemigas en lugar de aliadas.

Comencemos por aceptarnos entre nosotras si queremos ser plenamente aceptadas.
Las tetas son cosa de cada una. Tus tetas son tuyas. No de la opinión pública.

¿Tenemos que salir a la calle a mostrarlas para hacernos oír? Sí. O no. Como cada una quiera, si con ello no daña a nadie.

Pero no callemos. No nos guardemos. Que no nos asusten. Que no nos dé miedo ser tildadas de "feminazis". Que no temamos perder nuestra esencia femenina: al contrario, abracemos esa esencia, sintamos cómo nos hermana. Incluso con las que no piensan igual que nosotras. Las que somos madres, las que no quisieran serlo jamás, las que aman a otras mujeres, las que preferirían seguir siendo siempre amas de casa, las que salen con muchos hombres, las que prefieren la abstinencia, las que se operan para verse jóvenes, las que deciden dar mamadera, las que cobran por mostrar o prestar su cuerpo, las que militan, las que dicen descreer de toda ideología.

Vos. Yo. Nosotras.

miércoles, 19 de octubre de 2016

#NiUnaMenos


Si ya de por sí es un desafío criar a una hija en un mundo que sigue siendo machista, enseñarle a respetarse a sí misma, a quererse como es, a perseguir sus sueños más allá de las imposiciones sociales, a no dejarse llevar por los patrones de belleza impuestos por los medios de comunicación...

... Aún más desafiante me resulta la perspectiva de educar a mi hijo varón para que él también crezca siendo respetuoso, aceptando el "no" de las mujeres, separándose de los estereotipos de masculinidad que tanto daño nos hacen ("los varoncitos no lloran", "no juegues con muñecas", "el rosa es color de nenas"), procurando que él, como hombre, también sea feminista, porque la alternativa es seguir perpetuando este modelo patriarcal que nos mata.

Pero es un desafío que vale la pena.
Espero estar a la altura.