¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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sábado, 2 de febrero de 2019

Aprendiendo de unas vacaciones difíciles

Cuando en noviembre del año pasado comenzamos a planificar nuestras vacaciones, con Papi Reloaded recordamos los hermosos días de verano que habíamos pasado diez años atrás (nosotros dos solos) en la ciudad de Colón, Entre Ríos. Tardes enteras a la orilla del río Uruguay, durmiendo la siesta bajo un árbol en la playa. Llevamos a nuestros hijos a conocer este bello lugar, sin esperar encontrarnos con una de las peores temporadas de los últimos años, debido a las lluvias y la insólita crecida del río:
La costa de Colón bajo el agua
Sigue lloviendo, y sigue, y sigue, sigue...
Impresionante es poco
Durante las que seguramente recordaré como las peores vacaciones de mi familia -alta inundación, lluvias perpetuas, enfermedades varias que se prolongaron semanas después del regreso, incluso quedarnos varados con el auto en la ruta, en fin, todo un combo del que ya hablé bastante en otros lugares y no tengo ganas de recordar acá- estuve reflexionando mucho. Cuando tomamos decisiones que a la larga demuestran ser las equivocadas, tenemos opciones: quejarnos y sentir lástima, o bien aprender de ellas. 

Algunos bellos momentos que después
en el recuerdo lo salvan todo.
Destaco de la experiencia bastante (no del todo, menos mal) negativa que nos tocó pasar con Papi Reloaded y los chicos la capacidad que tenemos de conversar, barajar y dar de nuevo, pensando no en lo que nos hubiera gustado que pasara y no pasó, sino en lo que queremos que pase más adelante. Hace ya casi un mes me había propuesto seguir algunas pequeñas resoluciones de año nuevo, pero a veces no hay que mirar el almanaque tanto sino dejar que la voluntad de hacer cambios llegue cuando haga falta. Y así fue que finalmente encontré algunas clavijas que quiero ajustar.

1) Planificar -menos- las vacaciones: Ya es tarde para no perder tiempo y dinero eligiendo un destino y una quincena con buen clima y playas no inundadas por un río desbordado. Pero sin dudas, el año que viene no vamos a volver a reservar alojamiento por toda una quincena. Con mi pareja nos dimos cuenta de que uno puede tener mala suerte y que llueva en dos días lo mismo que el promedio mensual, pero que cuando uno tiene vehículo propio y tantas semanas libres como nosotros, lo que debería hacer es no atarse. Para la próxima ya sabemos: reservar por uno o dos días no más, cosa de poder seguir viaje o (niños enfermos mediante) volver a casa y guardar plata para volver a irse unas semanas después.

2) En familia (ampliada): ¿Por qué disfrutaba tanto en mi infancia de las vacaciones? Fácil: estaba rodeada de gente querida y no tenía tiempo para aburrirme. Si bien en casa éramos solamente mi mamá, mi hermana y yo, en vacaciones estábamos con abuelos, con tíos abuelos, con amigos de mamá y sus hijos... 
A veces ahora siento que somos "nosotros cuatro y el resto del mundo" cuando en realidad tenemos posibilidades para planificar veraneos cerca de otros familiares, cosa de no pasar las 24 horas y los 7 días de la semana "condenados" a estar solos los cuatro, nosotros cansados de cuidar todo el tiempo a los chicos, y ellos, hartos de estar con nosotros. Capaz que hasta alguna noche una abuela se solidariza y se queda unas horas con los nenes para que podamos tomar una cervecita solos...

3) También soy mi cuerpo: No vengo sintiéndome bien conmigo misma desde hace un tiempo, pero me doy cuenta de que quiero cambiar. Y eso no solamente incluye el trabajo interior (reflexiones, terapia, etc.) sino también el cuidado del cuerpo. Las últimas dos resoluciones que tomé no lo hice por algo puntual que pasara en el veraneo, pero sí me llegaron como inspiradas por una visita a una granja, por el espanto ante las tierras anegadas por el agua y el desastre que estamos haciendo con el medio ambiente. 
Por un lado, quiero comer menos carne. Hace tiempo que venía fantaseando con volverme vegetariana, y siempre abandonaba la resolución porque, para ser sincera, disfruto muchísimo de un buen asado o de un sushi con salmón crudo. Pero entonces, ¿por qué no reservar mi consumo de animales solamente para esos momentos especiales de disfrute, en lugar de hacerlo por inercia? ¿Por qué no cambiar las milanesas de pollo por milanesas de berenjena, y las empanadas de carne por las de queso y cebolla? Decidí que finalmente es mejor reducir su consumo que no hacer nada al respecto.
"Liiiisa, no me coooomas"...
Para comer menos carne, lo primero que tengo que hacer no es dejar de comerla, sino comenzar a comer más alimentos sanos. Y esa es la primera parte de mi resolución: incorporar nuevas recetas y alimentos a mi lista de compras cotidiana. 
La segunda parte de la resolución de cuidarme más llegó sola: quiero volver a yoga. Van tres años sin esas entrañables prácticas que me ayudan a mejorar mi postura corporal tanto como mi ansiedad. Y lo hice: ¡hoy tuve mi primera clase!

Y hay una cuarta resolución, pero todavía no me siento tan confiada como para anotarla ☺

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Mi pena


Ésa es tu pena. Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no
vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.
Si observas a trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del
reverso del cielo.
Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de
olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre, no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el final,
hasta la empuñadura.

Olga Orozco
En el revés del cielo (1987) 

Te tuve y no te tuve. Te tengo, y no te tengo. Te quiero como a nadie, y a la vez es poco lo que te conozco. Puedo contar con los dedos de una mano los momentos importantes de mi vida en los que estuviste presente. Me hiciste tanta falta.
La ausencia que siento hoy, adulta, lo sé, es el vacío que dejaste en aquella chiquita. Me faltaste desde muy temprano. Te busqué en todas partes. Al ir creciendo busqué sustituirte. Elegí buscar, consciente o inconscientemente, algunos -pocos- rasgos que me recordaran a los tuyos, como el amor por la música.
Y comprendí que siendo hija aprendí a ser madre antes de tiempo y de manera incompleta y fragmentaria. Tratando de cuidarte, en realidad buscaba que fueras vos quien me cuidara.
¿Cómo sería yo, cómo sería mi vida, si no hubieras estado ausente? ¿Sería yo lo suficientemente fuerte si hubiera contado con tu sostén incondicional? ¿Habría encontrado un compañero en quien apoyarme si a todos los hubiera comparado con un modelo ideal, en lugar del cuadro incompleto que me tocó tener?
Así soy. Así resulté. Y no quiero ni me imagino siendo otra. Aprendí a desconfiar, a temerle a las despedidas y a las transiciones. Aprendí a odiar los aeropuertos (y paradójicamente a amar los viajes). Me descubro aún hoy leyendo un libro pensando si te lo puedo recomendar. Adoro aprender datos sobre ciencias y sentir que me acercan a vos. Me siento orgullosa de mis logros, en especial si sé que te enorgullecen también, así sea a la distancia.

Esta, me dijo una vez una analista, es mi historia de amor. A veces siento que es un amor imposible, no correspondido. Siempre me quisiste, nunca fui lo suficientemente importante como para que permanecieras cerca de mí. Esta es mi pena.

Gracias, querida Lili, por haberme ayudado a hacer catarsis con este texto, que hoy siento vigente como nunca. Besos celestiales.

sábado, 24 de noviembre de 2018

Estar bien para ellos y para mí

No vengo escribiendo últimamente. O como suelo decir, a veces la escritura profesional se fagocita a la escritura creativa. No me puedo quejar, he estado con bastante trabajo. A veces más de lo que puedo manejar, y fue el caso de esta semana: después de habernos dado el lujo de tomarnos tres días de vacaciones familiares en la playa, llegamos y el gordo se enfermó. Tuvo una fiebre altísima, le llegó a más de 40º, cosa que me aterrorizó por más que la pediatra diga que no es grave de por sí. Estuvo 4-5 días mal, y recién hoy está un poco mejor.
Pero esta, para mí fue una semana perdida, al menos laboralmente. No me podía concentrar, además de que dediqué mucho tiempo a ponerle paños fríos, tenerlo a upa y llevarlo a controles médicos. Las noches sin dormir, los pendientes atrasados, y ocuparnos -al menos un poco- de nuestra hija mayor nos dejó agotados a ambos. Las enfermedades, ya lo he dicho, sacan lo peor de mí. Pero cuando tenés hijos a tu cargo, y más cuando es alguno de ellos quien se siente mal, no podés permitirte estar mal vos.
Ha sido un año bastante difícil en algunos aspectos. Hay momentos en los que puedo enfocarme en la gratitud por todas las cosas buenas que tengo en la vida. Y hay veces en las que me dejo llevar por la ansiedad y me siento desesperanzada, agotada, y no está bueno. Y otras veces me desquito con Javi, que se banca todas hasta cierto punto, pero que cree que a mí a veces es mejor no decirme nada. Y el diálogo se enfría, la casa se pone tensa. No está bueno porque la infancia de mis nenes se pasa rápido y quiero disfrutarla a pleno, porque ellos se merecen que yo sea, o al menos trate de ser, la mejor versión de mí que me resulte posible día a día. Y yo también me lo merezco.

Tengo que encontrar maneras de estar bien para ellos y estar bien para mí.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Edipito

Hay un varón alto, de ojos café y escasa cabellera que me mira con devoción. Que quiere dormirse a mi lado cada noche, y que se aferra a mi abrazo para no soltarlo. Cada vez que me ve, me hace saber que sí, que soy la mujer de su vida, que no hay otra tan hermosa ni tan perfecta como yo, y que me va a amar con toda su alma hasta el fin de los tiempos. Y que nada ni nadie podrá interponerse nunca entre nosotros.

Estoy hablando, claro, de mi hijo de dos años.
Lo único quele gusta más que su mamá
son los autos y otros vehículos.
No se me despega, es normal verlo agarrado de mi falda, se sube a upa mío cuando estamos viendo tele o cuando comemos -y ay de mí si quiero cortar la comida tranquila, ¡la sugerencia de sentarse en una silla a mi lado le resulta casi ofensiva! Por la calle ya no usa cochecito, pero muchas veces es difícil convencerlo de que camine porque quiere que lo lleve en brazos -y yo, yo sola, jamás el padre. Cuando finalmente lo convencemos, me dice "NANO" y me agarra de la mano. Llora desesperadamente cuando se da cuenta de que algunas mañanas no seré yo la encargada de llevarlo al jardín, o algunas noches cuando no me toca llevarlo a dormir (nos turnamos con el papá). Por estos días, Quiqui parece estar en pleno auge del conocido Complejo de Edipo. Está "mamero" y "pegote" en criollo, vamos. 

A Dani y a PapiReloaded a veces los desconcierta. Dani me reclama también "¡Pero si vos te sentaste con él en el desayuno! Ahora te toca conmigo". Y el pobre padre lo tolera con mucha paciencia, pero reconoce sentirse un poco rechazado, y que con Dani no le tocó pasarlo. 
Yo, por un lado, a veces me siento abrumada con el nivel de demanda permanente de este chiquito mío, sobre todo de noche. Ya veníamos durmiendo mejor y de nuevo volvió a despertarse seguido. Y cuando va el padre, le arma tremendo escandalete.
Pero, por otro lado, me encanta sentirme tan especial para él, tan querida y tan necesitada. Sé que es una etapa pasajera, que dentro de unos añitos mamá será esa señora ya medio vieja que lo avergüenza  delante de sus amigos cuando lo pasa a buscar por el cole. En el mejor de los casos, seré esa mamá todavía linda que genera comentarios inadecuados por parte de sus amigos, pero de cualquier manera le voy a dar vergüenza... 
Mejor disfrutarlo ahora que se pone contento como nadie al verme llegar. Mejor juego mucho con él ahora que sí quiere jugar conmigo. Cuando juegue en línea al Fortnight 7.0 dentro de unos años con sus amigos de la Generación Alfa, le voy a parecer de la prehistoria.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Prefiero dar las gracias

A Quiquito, gracias por darme esta segunda oportunidad de maternar, por haberme convertido en una mamá mucho más relajada, que logra conectarse, disfrutar más y enojarse menos (aunque a veces igual pierda la paciencia). Gracias por tu sonrisa casi permanente, por tus dotes actorales que te hacen poner cara de loco, de enojado y hacerte el lindo, todo casi al mismo tiempo. Gracias te doy por tus largas siestas de tres horas que me permiten trabajar, descansar y ver BoJack Horseman mientras almuerzo. Gracias por tus "halaaa" cuando hablás por teléfono -de verdad o jugando. Gracias por tus canciones monosilábicas y por tu media lengua. Gracias por tus ojitos gigantes de animé que se abren con entusiasmo ante trenes, ambulancias, camiones ("¡MMamomm!") y demás parque automotor. Gracias por acariciar mi cara cuando estás dormido al lado mío. Y gracias por tu ternura.
A Dani, gracias por ser mi compañerita incondicional. Por haberme enseñado a ser mamá y -pobre- haber sido tantas veces mi conejilla de Indias y haber heredado mi ansiedad. Gracias por tus dibujos al estilo Jackson Pollock y por tus canciones en inglés con una fonética impecable (aunque no se te entienda). Gracias por las tardes en las que te tirás en mi cama con tus libritos y hacemos "fiesta de leer". Gracias por nuestro sueño compartido de viajar a Japón, y dejar a los varones comiendo pizza en calzoncillos. Gracias por tu valentía y tu inmensa sensibilidad. Gracias por tus preguntas interminables y por siempre escuchar las respuestas que intento darles. Gracias por tus abrazos y tu carita de cachorro, o de cobayo nauseoso cuando me querés pedir algo. Y gracias por tu rebeldía y tus enojos, porque también me enseñan.
A Javi, Papi Reloaded, gracias por estar acá en todas. Gracias por haberme elegido, por habernos elegido, hace casi 15 años cuando éramos dos pendejos casi sin responsabilidades y con todo por aprender. Y por seguir eligiéndome ahora. Gracias por tus miradas seductoras y por las caricias en mis manos. Gracias por tu sentido del humor y tu cara de piedra cuando me decís algo que sabés que me va a hacer reír. Gracias por insistirme para que me tome un rato para mí, para ir a la pileta o para salir con una amiga. Gracias por tu música, y también por toda la música que me hacés escuchar. Gracias por aceptarme como soy y por ayudarme a quererme a mí misma. Gracias por escucharme y valorar lo que tengo para ofrecerte. Y gracias, nunca está de más decirlo, gracias por haberme dado a nuestros dos herederos.

Vengo pasando por un período raro, de transición. De cuestionarme qué es lo que quiero para mi carrera, para mi familia, qué es lo que me puedo permitir soñar en un contexto político y económico tan adverso como el que le toca pasar a mi país. 
Estoy con la ansiedad a flor de piel y no son pocas las taquicardias ni las noches de insomnio. 
Y en esos momentos, trato de volver a enfocarme en lo importante, en estas tres personas que tengo cerca. Ellos son los que me hacen la diferencia, que me demuestran que sigue valiendo la pena pelearla día a día. Y por eso hoy quiero quejarme menos. Y prefiero darles las gracias. 

domingo, 17 de junio de 2018

Cómo se me resignificó el Día del Padre

Papá y yo
Desde que tengo memoria, el Día del Padre fue para mí una fecha agridulce. Y es que el vínculo con mi papá siempre estuvo signado por la ausencia. Tenía cuatro años cuando mis padres se separaron, cuando las leyes del divorcio apenas empezaban en Argentina y yo me sentía un "bicho raro" entre mis compañeritos de jardín y más tarde, del colegio. Y si bien mi papá nunca desapareció del todo de mi vida (y por eso hablo de memorias "agridulces" y no directamente "amargas"), siempre me hizo falta su presencia. Todavía me hace falta ahora, aunque tengo 36 años y me da bronca seguir necesitándolo después de tantos años.
Buena parte de mi vida, entre mi viejo y yo hubo un océano de por medio. 10.000 kilómetros redondeando. A veces él estaba para Día del Padre, otras veces me tenía que conformar con saludarlo por teléfono. En aquellas ocasiones en los que sí estaba en casa de mis abuelos, igualmente lo veía refugiándose detrás de una computadora porque a él nunca le gustaron las reuniones familiares (y mucho menos cuando la fecha era "comercial"). Nunca se le ocurrió preguntarnos a sus hijas, a mi hermana o a mí, la Mariana de 7, de 8, de 11 años, qué sentíamos ellas. Me costaba ver publicidades de papás e hijos pasando el tiempo juntos y compartiendo desayunos en la cama. Y tenía el ejemplo de los padres presentes de la familia, mis tíos y abuelos, para recordarme lo que a mí me faltaba. De alguna manera, no me dejé de sentir nunca bicho raro.

Pero desde hace cinco años, el Día del Padre dejó de ser una fecha agridulce. Si bien sigo acordándome de mi papá y deseando que viviera más cerca y que viera más seguido a sus nietos,  a quienes adora, ahora tengo un excelente motivo para estar contenta y festejar. Javier es un padre genial, un gran compañero que hace todo por nosotros tres, con quien nos ponemos la familia y la casa al hombro y la peleamos cada día. ¿Qué mejor ocasión para homenajearlo, por más que se trate de una fecha inventada por los comerciantes para vender regalos?
Mis hijos adoran a su papá, les ilusiona estar con él, lo reciben con un abrazo cada vez que llega a casa. ¿Por qué no hacerle unos lindos regalos y prepararle juntos el desayuno? Me emociona ver que Dani y Quiqui sí pueden crecer con un papá presente, que no solamente los quiere (sé que el mío también nos quiere) sino que está cada vez que lo necesitan, que los acompaña en el día a día, que los ayuda a crecer. Y esto hace que, por más que suene a frase hecha, todos los días sean Día del Padre en casa.

Mi árbol familiar...
Javi, más allá de todo lo que te amo como compañero, gracias por ser el papá que sos. Gracias por la "butigrúa" y por dejar que "el invasor" tenga lugar para dormir cada madrugada. Gracias por tus upas y tus cosquillas, por tus cuentos del Autito Camilo y por tus enseñanzas de guitarra. Gracias por tus Rapiditas y por tus arrocitos con carne y verduras. Gracias por ser el padre que siempre soñé para la familia que formamos. Gracias por haber soñado estos sueños conmigo. Gracias por seguir proyectando juntos.

Y pa, no sé si leerás esto (no sé si sos lector habitual de mi blog y no te voy a "manipular por la culpa" para que lo leas), sabé que te quiero mucho y que te extraño, que te sigo extrañando, y que no voy a dejar de extrañarte, siempre. Que respeto -aunque no comparto- tus decisiones de vida porque ya soy adulta. Así es, ya crecí, y también sé que ya es tarde para recuperar muchos momentos, pero que los que hemos compartido también los llevo puestos y que los valoro. Por ejemplo, aquellas vacaciones en las Canarias. O cuando vimos juntos las películas originales de Star Wars. O cuando me acompañaste por el altar el día que me casé. 

Feliz Día del Padre.

domingo, 29 de abril de 2018

Homenaje a mi animal preferido

Hoy, que en Argentina celebramos el Día del Animal, quiero escribir un poco acerca de Fiona. Esta gata llegó a mi vida cuando yo tenía 24 años, o sea que si me pongo a sacar cuentas, ya he compartido con ella nada menos que ¡un tercio de mi vida! Y qué tercio: la pobre se ha bancado cinco mudanzas, un marido y dos hijos. Cuando mis amigos me preguntan por qué no tengo más gatos, siempre respondo lo mismo "algún día adoptaré dos juntos, pero por ahora quiero que Fiona viva su vejez en paz".

Yo desde chica siempre había soñado con tener un perro. Mi mamá, con su fobia a los animales en general y a los perros en particular, solamente pudo permitirme una tortuga de agua y un canario. Por eso, mi niñez y adolescencia me las pasé añorando el día en que pudiera tener las mascotas que yo quisiera. Cuando me fui a vivir sola, en cuanto terminé de vaciar las cajas con mis cosas, lo primero que hice fue recorrer veterinarias buscando gatitos en adopción. Para ese entonces me había resignado a que el perrito necesita más compañía y atención que un gato, y yo que en aquella época pasaba buena parte del día entre el trabajo y la facultad, no quería dejarlo encerrado llorando.
Y qué bien que hice. Un gato es un ser independiente, que te pide un poco de afecto y que requiere sus cuidados, pero que básicamente está ahí, compartiendo tu espacio, no reclamando tu atención. Ahora la que me pide perro es Dani y yo la que le dice que no. Y es que, para demanda, ya tengo bastante con mis dos nenes, me encanta que Fiona se las arregle tan bien sola. En algo me equivoqué sin embargo: un gato no puede clasificarse como mascota. Es alguien más de la casa, de la familia.
Siempre cuento que no la elegí a Fiona, que nos elegimos mutuamente. Llegó ese sábado en una canasta, con tres meses y pico, junto con otras dos gatitas que trajo una proteccionista. Mientras la primera y la tercera gatita se escondieron debajo de mi cama en cuanto las sacaron, esta gatita de pelo largo y rayas grises se quedó en mis brazos, se puso a jugar con una cadenita que yo tenía en el cuello y enseguida estaba ronroneando. "Sos vos", le dije. No me cabía ninguna duda.

A Dani siempre la miró de lejos.
Pocos años después, cuando con Papi Reloaded nos fuimos a vivir juntos, él ya quería a Fiona y ya se ocupaba de ella tanto -o más- que yo. Ella fue muy feliz esos años con nosotros, en un departamento más grande del que había conocido, con más mimos y compañía que antes. Pero los tiempos de paz no son eternos. Y bueno, después llegó el terremoto, o sea, el bebé: desde que trajimos a Dani, Fiona hizo mutis por el foro y estuvo bastante desaparecida. Se pasaba los días bajo la cama, o lejos de donde quiera que estuviese la bebita (y, por lo tanto, lejos de nosotros también). De todas maneras no me siento culpable: el veterinario de Fiona siempre destacó nuestro mérito en conservarla, porque nos contó que muchas parejas "practican" con sus mascotas pero renuncian a ellas cuando nace un bebé. Para nosotros no fue nunca una opción, como tampoco nos planteamos renunciar a nuestra primera hija cuando nació el chiquito.
"¿Y ahora, otro?"
Dani la vivía torturando a la pobre "Lai", como la bautizó. Le tiraba almohadones, la corría por todos casos, le tiraba de la cola... y cuando la nena creció un poco y empezó a tratarla un poco mejor, llegó Quiqui, que está fascinado por la gata y también hace su despliegue de ternuritas, como meterle el dedo en el ojo o golpearla como si fuese un tambor... y ella se lo sigue fumando y nunca lo arañó, a lo sumo le hace un bufido o un correctivo con la pata pero sin sacar las garras.
Cuando los chicos se duermen, a la noche, Fiona se viene con nosotros y comparte ratos viendo series en Netflix y recibiendo los mimos que, a esa hora sí, son solo para ella.

¡Feliz día, Fioni!!!

lunes, 22 de enero de 2018

Revivir la propia infancia

Las vacaciones con chicos chiquitos pueden ser bastante caóticas, sí, como conté con los preparativos, pero seguro que muy divertidas. Desde hacer una apuesta con Dani de que no podría pasar las 5 horas de viaje a la costa en micro sin preguntar ¡20 veces! cuánto faltaba para llegar (y verla perder, claro), hasta sorprenderlos sacando de mi mochila algunos regalitos sorpresa comprados para esa ocasión -una linterna de bolsillo puede hacer maravillas por un nene inquieto de 15 meses, ya desde los primeros momentos presentí que este veraneo iba a ser especial.

No hace falta mucho para entretenerse.
El lugar que elegimos tenía para mí reminiscencias muy importantes, porque fue el escenario de mis propios veraneos de chiquita y de no tan chica: San Bernardo, ciudad del Partido de la Costa bonaerense que como tantos otros lugares de la localidad, se caracteriza por su infraestructura familiar, su mar frío que cambia de colores con el viento, las playas demasiado angostas y la divertida peatonal nocturna. Ayudó que estuvimos en un departamento hermoso con vista al mar. Pero de todas formas, vista desde mis ojos de adulta cínica de 36 años, la costa argentina está altamente sobrevaluada: el agua es fría, la banderita celeste en la playa parece ser una leyenda urbana, está lleno de vendedores ambulantes, las máquinas de videojuegos son bastante antiguas, los precios están inflados, el traje de Catboy en el Tren de la Alegría parece cosido a mano... Mi hermana me cargaba, "y vos que decías que no volvías más" (puede que lo haya dicho después de volver de las playas colombianas que visitamos con Papi Reloaded en nuestra Luna de Miel).
Dani conoció el mar.
Vista desde los ojos de mi nena de 5 años y de mi nene de 15 meses, la costa argentina es un lugar mágico. El mar es una pileta infinita donde las olas ofrecen la posibilidad de jugar y divertirse por horas. La arena es un parque de juegos más grande que el que nunca hayan conocido. Una vuelta al mundo destartalada en un pequeño parque de diversiones puede ser más emocionante que una de Disney World. En el Tren de la Alegría no hay un adolescente (mal) disfrazado de Catboy, están los PJ Masks de verdad ¡y se sacan fotos con vos! Comemos pizza, helado, facturas y cosas igual de ricas todos los días. Y lo mejor de todo: mamá y papá estamos tranquilos, sin computadoras, casi sin celulares más que para filmar los castillitos de arena, no los retamos tanto, queremos jugar con ellos un montón...
Este verano, mi hijo aprendió a usar el tenedor y mi hija, a jugar a la generala y a la batalla naval.
Este verano, cuando las olitas de la orilla mojaban sus piecitos por primera vez, vi transmutarse las expresiones de miedo de Quiqui por otras de felicidad y entusiasmo. 
Este verano, vi a Dani ensuciarse las manos con arena mojada, recoger "caracolas" en la orilla del mar, y descubrir que las cosas más lindas de las vacaciones son gratis: el mar, el sol, bajar a la playa de noche, ver cómo las almejas se entierran solas cuando las tapa una ola, ver volar una gaviota desafiando la tormenta que se le venía encima.
Nuestra familia dejando su huella...
Y recordé, recordé como si fuera una película, mis propios veranos de la niñez. Mi hermana y yo haciendo castillos de arena, mi papá diciéndome "juguemos a ser olas", mi mamá caminando conmigo por la playa cuando se cansaba de tomar sol, mi querido tío Roberto negándose rotundamente a repartir la cuenta en el restaurante -todo un caballero-, mi tía María del Carmen comiendo la mermelada del frasco a cucharadas "como una compota", la sonrisa de Toia que ahora me sigue sonriendo desde arriba... Llené a mi hija mayor de anécdotas de mi niñez, y me encantaba que ella quisiera saber más, que nos preguntara al papá y a mí de cuando éramos chiquitos, y saber que ahora, ahora mismo, estábamos creando en ella sus propios futuros recuerdos entrañables de los veraneos de la infancia con la familia.
Y es verdad que fue trabajoso perseguir al enano por la playa para que no se perdiera ni se lo llevaran las olas, que nunca pudimos dormir hasta más de las 7 de la mañana, y que la única cerveza que Papi Reloaded y yo compartimos la tomamos en el balcón mientras los peques dormían. No importa. Volver al mar después de varios años me hizo sentir que la ansiedad que llevo siempre en mi cuerpo se disolvía, una sensación hasta física de alivio indescriptible. Este verano me concentré en disfrutar de esta realidad que nos toca ahora, de este momento presente. Después de todo, ¿cuántas vacaciones de palita, rastrillo y balde nos quedan, 6, 7? Mejor disfrutarlas mientras duren.

Este verano, mis dos hijitos me hicieron uno de los regalos más hermosos que jamás me haya tocado recibir: me permitieron volver a vivir momentos maravillosos de mi propia niñez, desde sus ojitos. Y a la vez, me permitieron convertirme en parte de sus futuros recuerdos.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Pequeño homenaje a mi abuela, una madre que me enseñó a ser madre

Hoy se termina el año, y como todos los 31 de diciembre, además de los clásicos replanteos y objetivos para el año próximo, dedicaré buena parte del día a recordar con amor y con nostalgia a mi abuela paterna, María. Los 31 de diciembre eran, además de Fin de Año, su cumpleaños. Y aunque hace nueve años que ya no está en este plano terrenal, sigue tan presente en mis sueños y en mi memoria. Hoy me resulta imposible no rememorar todos los festejos de Año Nuevo de mi infancia junto a ella.
Este año le dediqué estas palabras el día del aniversario de su muerte:

Nueve años de extrañarte cada día. Nueve años de pasar frente a esas plantas de florcitas celestes pegajosas y recordarte con ellas enredadas en el pelo. Nueve años del que fue el día más triste de mi vida.

Te sueño, te recuerdo como si hubiéramos hablado ayer por teléfono por última vez. Le hablo a mi hija de vos y se me estruja el corazón porque no te llegó a conocer. Les hablo a mis alumnos de vos y sonrío, pero todavía siento ganas de llorar porque no estás. Hoy justo celebraron en el cole la fiesta de los inmigrantes, ¡cómo no pensar en vos y en todas esas historias que me contaste alguna vez!
Me hacés muchísima falta, abuela María!!! Me gustaría contarte tantas cosas, pedirte tantos consejos (y recetas de cocina), saber tu punto de vista sobre tantos temas, hacerte tantas preguntas que no te llegué a hacer.

Te quiero tanto!!!
Recuerdo con mucho cariño miles de momentos de mi niñez y mi adolescencia compartidos con ella: las tardes en la pileta del jardín de su casa junto con mis primas y mi hermana, las meriendas con las que me recibía cuando volvíamos del colegio (que, a pedido de mi hermanita, a veces incluían platos extraños como sopa de fideos cabello de ángel... a las cinco de la tarde!), los juegos que hacíamos en su casa. Pero hoy no extraño mi infancia. Hoy la revivo de a ratos viendo jugar a mis chiquitos. Hoy, como cada día, extraño muchísimo a mi abuela María. 
Y siento que buena parte de lo que soy como mamá lo aprendí viéndola a ella. Y que, si a veces me pesa la soledad y necesito con desesperación recurrir a alguien mayor en busca de consejo y de experiencia, su voz sería precisamente la que necesitaría escuchar. A veces se me cruza su imagen y vuelvo a escucharla contándome tal o cual anécdota de cuando le tocó criar a mi papá y a mis tíos. Y mucho más, me acuerdo de sus cuidados, de su ternura, de la rutina a la hora de dormir cuando nos quedábamos en su casa, de las oraciones con las que rezaba y de su voz cantando en ruso palabras que yo no entendía. Cómo me hubiera gustado que mis hijos también la conocieran. Pero algo de ella les llega, estoy segura, en la mamá que yo soy.

Esta noche brindo por ella, claro, brindo por todos los recuerdos compartidos, brindo por otras mamás que también me enseñan (como mi propia mamá, una abuela que mis hijos disfrutan como yo disfruté de la mía), brindo por mi compañero de todo este viaje y, por supuesto, por mis dos pollitos.

¡Feliz 2018 para ustedes que me están leyendo!

martes, 19 de diciembre de 2017

Cumpleaños y replanteo de resoluciones

En este blog he hablado de los cumpleaños de mi hija mayor, del de mi Quiqui, hasta del de su papá, pero el mío como que pasa desapercibido. Como me ocurre en la vida fuera de la pantalla, desde que soy mamá ya mucho que no le doy bola. ¿Será porque después de los 30 dejó de entusiasmarme soplar las velitas? No, creo que en realidad es porque llego tan cansada a esta época que no tengo ganas de ponerme a organizar grandes planes, en especial cuando hace una semana atrás estábamos festejando el de Dani y dentro de una semana más, estaremos en plena Navidad.
¡Me la paso soplando velitas!
Pero esta fecha no me pasa desapercibida. No me da lo mismo estar cumpliendo los 36. Me gusta mucho que sea mi cumpleaños aún cuando no tenga demasiadas ganas de planificar un gran festejo. Me entusiasma que vengan mis amigos y mi familia a visitarme. Y me pega bastante descubrir que ya pasó otro año, que ya tengo que añadir el "todavía" a la frase "soy joven". Dani lo soltó la otra vez en un almuerzo: "Mami, papi, ¿están empezando a hacerse viejitos?"

Esta vez se me ocurrió revisar aquella lista de resoluciones que armé hace casi un año y me doy cuenta de que el tiempo no pasó en vano: algunas las cumplí al pie de la letra, otras no tanto, otras para nada, pero me sirvieron para aprender y para tratar de mejorar la puntería cuando haga falta. Por ejemplo...

FAMILIA: Juego bastante con mis hijos (aunque no me pongo el reloj con eso de los 30 minutos diarios). Descubrí que un buen momento es cuando el papá da sus clases particulares de los viernes. Me encierro con los nenes en su cuarto y no tengo nada más que hacer que verlos jugar y compartir sus juegos. No hicimos tantos paseos especiales como me hubiera gustado, pero ahí el que nos falló este año fue nuestro viejo autito... y aún así, pudimos hacer algunos lindos. Lo que todavía no consigo es leerle un libro entero al gordo: ¡lo manotea antes! 
PAREJA: Salimos solos una vez al mes  por semestre. Y no, no es fácil todavía encontrar ratos para nosotros. Este año funcionamos más que nunca como team mom&dad. Estamos los dos agotados por la falta de sueño y la falta de plata. Creo que la buena noticia es que seguimos casados. Si no nos divorciamos hasta ahora, creo que somos irrompibles, ja.
TRABAJO: Excelente. Creo que fue el mejor año de mi vida en lo laboral. Cumplí con todos y cada uno de mis objetivos. Solo necesitaría ganar más plata.
AMIGOS: Igual que los ratos de juego con mis hijos, no cumplí con la frecuencia aunque creo que sí con la calidad. 
SALUD Y BELLEZA: Otro objetivo logrado fue el de sostener la natación durante todo el año. ¡Estoy orgullosa de haberme propuesto mantener el ejercicio y no haberlo dejado! Me encanta ir a nadar, es un rato para mí. Además, recuperé mi peso de antes de quedar embarazada... y comiendo chocotortas, debo decir. Así como puedo sostener la actividad física, para las dietas no tengo ninguna voluntad. Prefiero entrenar más y seguir comiendo lo que me gusta. Y ya no me siento una mamá zaparrastrosa.
VOCACIÓN: De nuevo, la escritura profesional se come a la escritura por placer. No hubo taller literario este año... aunque sí pude seguir escribiendo en este espacio, y eso también vale.

Todavía no me tracé objetivos muy claros para 2018. Pero estoy más que contenta con los objetivos que sí pude cumplir antes de mis 36. 

Y ahora sí, ¡feliz cumple para esta Mami Reloaded! ;)

domingo, 30 de julio de 2017

Mis no-vacaciones como mamá

Hasta hace unos años, para mí las vacaciones significaban, ante todo, no tener que cumplir horarios: poder dormir hasta la hora que quería, salir hasta tarde o quedarme leyendo hasta que me vencía el sueño, hacer una maratón de series con mi pareja, salir a comer afuera, ir al cine, ni pensar en las responsabilidades... si había que hacer algo en la casa (pongamos, un arreglo de plomería) decíamos "no, esta semana no, que estamos de vacaciones, mejor la semana que viene...". A veces, hasta me aburría de estar sin hacer nada y adelantaba trabajo (!) para mi regreso. En fin, las vacaciones eran el momento de no tener que afrontar responsabilidades.

Y, claro, me convertí en mamá.
Y, claro, aprendí que las mamás no tenemos vacaciones. No, por lo menos, de ser madres.

Ellos sí descansaron (a veces).
Este año, por primera vez con dos hijitos en casa las 24 horas, me di cuenta de que hasta trabajé más que yendo al colegio. Las vacaciones no se sintieron como mías, sino de mis hijos. Los paseos que armamos los pensamos en función a ellos, a sus edades e intereses. Y, bueno, no faltó la enfermedad de turno (Quiqui repitió la bronquiolitis). ¿Dormir? Solo de a ratos, entre nebulizaciones, baños para bajar la fiebre y toses. Y todo se complicó porque nos quedamos sin el auto, que nos dejó a pata por primera vez en estos años. ¿Conclusión? No me alcanzaban las horas del día -ni de la noche- para maternar. 

Pero, a diferencia de lo que hubiera pensado si alguien me lo contaba antes de tener hijos, no fue algo malo. Es una etapa diferente. Se la puede disfrutar siempre y cuando uno no espere que sea algo que no es. Si mis expectativas hubieran estado puestas en largas noches durmiendo, en salidas a solas con mi pareja, en paseos en auto sin horario determinado (¡o fecha!) de regreso... bueno, lo cierto es que estas "no vacaciones" hubieran sido sumamente frustrantes.
Por cierto, los días de lluvia y de frío que me los pasé encerrada en casa cuidando al enano, sabiendo que medio aguinaldo se nos iba en arreglar al auto que tanta falta nos hubiera hecho justo ahora, sin salir más que para hacer las compras... bueno, digamos que extrañé el "descanso" de ir a trabajar y, al menos, cruzar cuatro palabras con otros adultos. Nos quedamos con las ganas de hacer una breve escapada y de disfrutar de más días al aire libre. Lo bueno es que Quiqui se repuso bastante rápido.
En cambio, estas son algunas de las cosas que nos propusimos hacer y que sí pudimos cumplir:

Descubriendo dinosaurios con sus primos.
- Hacer lindos paseos con los chicos: un museo de ciencias naturales, la Feria del Libro, ir a comer afuera los cuatro, cine, mucha plaza y calesita cuando el tiempo y los virus nos lo permitieron... Dani también tuvo un cumpleaños y una invitación a jugar para no extrañar tanto a los amiguitos del jardín.
¡Nada tan divertido
como cocinar juntas!
- Pasar tiempo en casa: Tanto el papá como yo acordamos en que no queríamos que 14 días de vacaciones se transformaran en 14 planes. No hay plata ni cuerpo que aguante. Creemos que estar en casa, jugar, cocinar juntos y hasta aburrirse un poco forman parte de las necesidades de los chicos de 4 años, como Dani. Y cumplimos. En ese sentido, la enfermedad de Quiqui no nos dejó mucha alternativa -aunque por suerte fueron solo algunos días. ¿Y saben qué? A Dani casi no la vi aburrirse: sí la vi dibujar, hacer collages, inventar juegos, ver películas, cocinar galletitas, disfrazarse y bailar.
Una tarde con la abuela
se convierte en un paseo más.
- La importancia de la familia extendida: Algunos días el plan simplemente consistió en visitar a alguno de todos sus abuelos. Dani se quedó a dormir una noche con mi mamá y no sé cuál de las dos lo pasó mejor. También vinieron a visitarnos su tía y su madrina. ¡Solamente el ver una cara querida diferente a la de mamá o papá a ella ya le hace una tarde!
Ver a mis amigos: Pude disfrutar de algunos ratos compartidos con amigos, y también Javi. Por ahí todavía no logramos disfrutar de los encuentros en grupo, pero cada uno tuvo sus espacios y momentos gracias a la ayuda del otro.
- Arreglar la casa: En este momento, cambiar el sillón del living por uno nuevo, o reorganizar el cuarto de los chicos para que tengan más lugar para jugar, no es algo que sea vivido como una tarea u obligación, sino como una inversión en vivir un poquito más cómodos. Así que esto fue un proyecto que nos pusimos para las vacaciones, y que también pudimos cumplir. Las vacaciones se van, la casa arregladita se queda.

Hermosos.
Pero, por sobre todas las cosas, procuré empaparme de estos momentos con nuestros hijos chiquitos. Si ya de a ratos Dani quería estar con sus amigos, no puedo dejar de pensar que de acá a unos años va a haber que sobornarlos para que acepten pasar algunos ratos con nosotros. Por ahora, Papi Reloaded y esta que escribe somos sus ídolos incondicionales, dependen de nosotros para todo y aunque de a ratos esto sea agobiante, también es halagador.

Mañana vuelvo al trabajo. También mi marido. Mañana, Dani y Quiqui vuelven a sus respectivos jardines de infantes. Las no-vacaciones se terminan. ¿Descansé? No sé si es la palabra correcta. ¿Disfruté? Creo que sí. Bastante. Todo lo que pude. Pienso que ver disfrutar a mis hijos, compartir con ellos estos momentos y pasar ratos de a cuatro en casa tal vez sea todo lo que necesitaba para recargar las pilas y empezar bien esta segunda mitad del año.

viernes, 16 de junio de 2017

Tener hijitos ¡es muy divertido!

Una foto hermosa que subió a Instagram una mamá conocida, y una frase que escribió ("nadie habla de lo divertido que es tener hijitx") me sirvieron como disparadores para reflexionar. Leo varios blogs de maternidad, y si bien es cierto que a veces publicamos anécdotas graciosas de nuestros retoños, también es verdad que la función predominante del género blog de maternidad suele ser el desahogo, la queja, la cantinela... y reconozco que no soy la excepción.

Por eso hoy sí quiero hablar de lo divertido que es maternar.
Porque ser mamá puede ser desafiante, cansador y todo lo que quieran, pero las recompensas ¡son incomparables!

"¿Quién necesita un manual de estimulación
cuando hay una hermana mayor en casa?"
Una de las cosas que más me divierte es escuchar hablar a los chicos. Hasta hace algún tiempo, llevaba un cuadernito con las frases que Dani iba diciendo, desde sus primeras palabras hasta las reflexiones cuando nació su hermanito. Confieso que en la actualidad ya no anoto nada, ¡y eso que se la pasa hablando! Pero es porque suelta una tras otra joyita, ¡y no me da tiempo a anotarlas! Por ejemplo, se dio cuenta de que tanto al papá como a mí nos encanta responder sus preguntas. Entonces empieza diciendo: "Mami, tengo una MUY BUENA, PERO MUY BUENA pregunta" y suelta cosas que dan para discutir y charlar largo rato, como "¿Por qué tenemos que bañarnos?" "¿Por qué nos gusta pintar?" "¿Quién inventó las casas?". Siguen largas ¡y divertidas! conversaciones.
¡Amo la hora de la comida!
Otra cosa cada vez más divertida es ver y escuchar interactuar a los hermanitos. Las caras de asombro y maravilla que pone Quiqui ante las payasadas de su hermana, por ejemplo. Hace un par de sábados, me despertaron las vocecitas de mis hijos desde su cuarto: el gordo en la cuna hacía sonidos y Dani dialogaba con él, "¿Te despertaste, gordo? Mamá y papá están durmiendo, ¡pero estás con tu hermana mayor! Mirá, tengo un libro que se llama "Mayor y menor", son dos hermanos, ¿ves?..." (ruido de hojas). Estuvieron largo rato jugando solitos mientras mi marido y yo hacíamos fiaca y sonreíamos escuchándolos.
Me divierte jugar juegos de mesa con Dani. Me divierte cocinar (¡siempre me gustó!) y ahora más porque tengo que pensar menúes aptos para un bebé de 8 meses, y trato de hacerlos lo más variados y ricos posible. Dani a veces cocina conmigo... ¡aunque después no quiera probar lo que preparamos! Me divierte mucho poder ir a la plaza si el día está lindo -reconozco que soy mejor mamá "de exteriores" que "de interiores". Me divierte verlos fascinados con mi gata (aunque a ella no le divierte NADAAAA el acoso de mis niños). Me divierte quedar empapada cuando lo baño a Quiqui porque a él le encanta chapotear y salpicar lo más lejos posible.
Lo más lindo de ser mamá es cuando estamos los cuatro juntos, bailamos escuchando cualquier música, agarramos el auto y nos vamos a algún lindo lugar al aire libre, o pensamos planes que nos puedan gustar a todos. No se me hubiera ocurrido ver un show de química en un museo, sacar entradas para una obra de teatro para bebés, subirme a la calesita, sacarme una foto con Mafalda en pleno San Telmo, disfrazarme de Batman o de vaquera, diseñar collares o volver a coleccionar figuritas si no fuera por Dani y por Quiqui.
Sin palabras :)

Es cierto que cuando te convertís en mamá no siempre te queda tiempo para las cosas que antes solían divertirte. Pero la verdad es que casi no extraño esas cosas. Tengo suficiente diversión en casa con mis chiquis. 

¿Y a ustedes? ¿Qué parte de ser mamás o papás les resulta más divertida?

domingo, 14 de mayo de 2017

Pequeñas reflexiones sobre el microcosmos familiar

La familia, todos lo sabemos, es la primera instancia de socialización para los niños. El tema es hasta qué punto lo sabemos hasta que nos toca vivirlo de manera directa. Ayer pensaba en esto cuando íbamos en el auto, y se escuchaban las carcajadas de mi hijo de siete meses ante las payasadas de su hermana mayor. Mi marido y yo nos mirábamos como desconcertados, porque como ellos iban atrás y además el gordo de espaldas, no entendíamos qué estaban haciendo para que él se riera. Pero aunque los hubiéramos visto, nos hubiéramos perdido de algo: ellos dos ya tienen sus códigos de hermanos, de los cuales papá y mamá quedamos indefectiblemente afuera. 
Ayer fue un día muy especial en nuestro microcosmos, porque finalmente mudamos la cunita de Quiqui al cuarto de Dani, que está feliz y entusiasmada de por fin compartir el dormitorio con su hermanito. Papi reloaded y yo recuperamos un poco de intimidad, yo aproveché para redecorar un poco nuestro propio dormitorio para reapropiarnos de él. En casa quedaron delimitados físicamente, ahora, el mundo de los grandes, y el mundo de los chicos.
A veces en broma los llamo "los hermanitos Macana"
pero se portan re-bien juntos...
Y siento que con esto hay una razón más para alegrarme de ser mamá por partida doble. Dani está menos sola que antes. No porque vaya a jugar mucho con su hermano, que al llevarse 4 años no sé cuánto tiempo llegarán a compartir juegos. Pero precisamente por esto de no ser más "la tercera en discordia" en una pareja, sino una integrante de un grupo, el grupo de los chicos. Mi marido me decía que le sorprende y le fascina verlos interactuar a los hermanos, que él, al ser hijo único, se perdió de vivir esta pequeña sociedad familiar.
Yo también me la perdí, aunque por otras razones. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía la edad que ahora tiene Dani, 4 años. Y mamá, mi hermana y yo formamos otro tipo de microcosmos. Uno donde mamá era la única adulta a cargo, donde la figura paterna estuvo siempre signada por la ausencia -incluso cuando nos visitaba, sabiendo como sabíamos que se iba a volver a ir tarde o temprano-, donde mi hermana y yo no supimos (no pudimos, más bien) construir un vínculo de cariño y complicidad sin sufrir de tremendos celos y competencia, que yo crecí pensando que eran los normales entre hermanos y ahora me doy cuenta de que podrían haber sido diferentes, más suaves, menos importantes al lado del afecto que nos teníamos -y que hoy, de adultas, afortunadamente y poniendo mucho de parte de cada una, hemos logrado recuperar.
Nos peleábamos muchísimo, pero igual fuimos
 muy compañeras de juego.
Me quedé pensando en algo que siempre me dice mi mamá, que por suerte cada generación hace las cosas un poco mejor que la anterior (siempre y cuando haya trabajado en mejorarse a sí mismo y en reconocer sus propios errores, limitaciones y carencias). Mi mamá hizo lo mejor que pudo para sacarnos adelante. Los papás de mi marido hicieron lo propio. Y nosotros hoy tenemos la fortuna de construir esta pequeña sociedad de cuatro, donde grandes y chicos tenemos nuestro propio lugar. ¿Cometemos errores? Seguro, y muchos. Quiero pensar que, el día de mañana, cuando mis hijos formen sus propias familias, podrán aprender de nosotros y hacer todo un poquito mejor.

martes, 14 de febrero de 2017

Redefiniendo el amor (a propósito de San Valentín)

Para mí, el amor es un viaje.

Ya he pasado casi 13 años viajando junto al amor de mi vida. Nos conocimos siendo dos jóvenes de 22 y recorrimos la veintena y media treintena codo a codo. Hemos compartido aprendizajes, como el irnos a vivir solos, fuera de la casa paterna (materna, en mi caso) y después, la convivencia. Lo que a muchas parejas les cuesta el romance, en nosotros funcionó intensificando aún más el amor, las ganas de crecer juntos, el deseo. Claro que no pueden faltar las preocupaciones -como el dinero, obvio-, las discusiones o las diferencias que se acentúan. Pero nada de eso nos detuvo.
Compañeros en el viaje más importante de todos.
Durante cuatro años compartimos salidas, cine, recomendaciones de libros y de música, helados, comer afuera, recitales, fiestas, amistades, fuimos "novios" en el sentido habitual de la palabra. Después encontramos que viajar juntos nos apasionaba, recorrimos el país, soñamos con pasar más tiempo uno al lado del otro y decidimos convivir. Unos años después, justamente en un viaje por el norte argentino, él me propuso casamiento, y formalizamos la relación frente al mundo (no que nos hiciera falta, pero fue lindo hacerlo y sentirnos aún más parte de la familia del otro).
Pudimos tomarnos más de un avión, conocer hermosos lugares a la par que seguíamos conociéndonos.

Y poco tiempo después, la llegada de Dani nos transformó la vida para siempre.

Convertirnos en padres, definitivamente, fue una revolución y sí que puso a prueba el amor de pareja, mucho más que la convivencia o que los papeles. El nacimiento de un hijo es lo que te marca un antes y un después. Por momentos, dejás de sentir que formás parte de una pareja, y ambos parecen integrar un equipo abocado a la eterna tarea de criar al bebé. Se pierde la intimidad, se desdibujan los momentos románticos en esa niebla de noches mal dormidas, vómitos, pañales, vacunas y teta a cualquier hora. No por nada son muchas las parejas que se separan después de ser padres. Es una prueba de fuego, que si bien en nuestro caso sirvió, a la larga, para fortalecernos, no fue nada sencillo.

De a poco, se vuelve. Se vuelve a compartir momentitos (robados al sueño) de acurrucarse a ver series en el sillón primero, de abrazarse con pasión después. Se vuelve a salir, con ayuda de las abuelas en lo posible. Se vuelve al cafecito a solas primero, a cenar afuera después, al cine eventualmente. A la escapada en pareja... supongo que se vuelve, todavía no se nos dio. Pero fíjense cómo es que las cosas se acomodan que unos años después, nos convertimos en reincidentes.

Hoy, 14 de febrero, hace justo un año que nos enteramos de que Quiqui formaría parte de nuestra vida. El gordo ya tiene cuatro meses. Y si bien aún no duerme toda la noche ni lo dejamos con nadie, esta noche de los enamorados nos podemos permitir una cena romántica cuando los chicos se duerman.

Visitando el Jardín Japonés
y soñando con el futuro viaje.
Pero lo más importante de este día de San Valentín es que por fin caigo en la cuenta de que el amor, lo que entiendo por amor profundo, verdadero y eterno, se ha redefinido para mí. Ya no tengo un solo amor de mi vida: tengo tres. Mi compañero, mi pareja, mi marido, por supuesto, no me imagino un día en el futuro en el cual él no esté conmigo. 
Pero también mi enana mayor, Dani, contestadora, rebelde, cariñosa, curiosa, divertida, con quien tenemos pensado viajar juntas a Japón alguna vez, ella también es mi amor. 
Otro viaje que recién empieza.
Y mi chiquito Quiqui, descubriendo el mundo, viajando por ahora más entre mis brazos que fuera de ellos, el hecho de que lo ame hace menos tiempo no significa que ese amor sea menos intenso.

De ellos tres me siento profundamente enamorada. Son mis compañeros de viaje, de ese viaje único que hacemos todos nosotros a bordo del planeta Tierra, y que nos sorprende incluso cuando no tenemos la oportunidad de alejarnos demasiado de casa. 
Así que hoy tengo tres motivos para sentirme agradecida, amada y para celebrar el amor, el viaje más importante de todos, más allá de la fecha comercial. 

¡Feliz día para mis tres amores! Brindo por nosotros.

domingo, 1 de enero de 2017

2017: mi listita de resoluciones

Dicen por ahí que las resoluciones de Año Nuevo no suelen sobrevivir más allá de febrero. Para tratar de que se cumplan, una de las estrategias es hacerlas públicas y revisarlas periódicamente. Además, hay que evitar las vaguedades (del estilo "quiero ser feliz", que yo a continuación reservo para mis síntesis) y ponerse bien concreta y descriptiva en los pasos que vas a dar encaminándote a hacerlas realidad. Bueno, he aquí mi listita:

FAMILIA: Dedicar al menos 30 minutos por día a jugar con mis hijos. Leerles cuentos a diario (sí, también a Quiqui, 3 meses no son demasiado pronto para ir creándole el hábito de la lectura). Contar hasta 5 antes de perder la paciencia con Dani. Hacer un paseo especial los cuatro (con papá) una vez al mes. Paseos especiales posibles: salir de la ciudad (al Tigre, a Luján, etc.), ir al cine (esto es menos probable con el gordo, pero podemos probar), ir al Jardín Japonés, hacer un picnic, etc. En síntesis: ¡dedicarles tiempo de calidad!
PAREJA: Salir solos con mi marido una vez al mes (para eso, necesitamos contar con una niñera aparte de la ayuda familiar disponible). Al menos una vez por semana, cuando los chicos se duerman, no mirar series sino conversar con la tele apagada. Festejar nuestro aniversario como corresponde (no alcanza con pedir sushi ese día). En síntesis: fortalecernos como pareja más allá de ser mamá y papá. 
TRABAJO: Sostener un ingreso mensual con mi trabajo freelance que sea al menos un 25% de lo que gano con mi trabajo estable. Renovar en el colegio mi plan lector al menos con un título nuevo por grado (se aceptan sugerencias de los chicos). En síntesis: no mucho nuevo, este año me interesa sostener, no crecer. Mi prioridad por esta vez no está en la carrera.
AMIGOS: Encontrarme con alguno de mis amigos personalmente al menos una vez por semana (cuesta encontrar los momentos, pero tengo varios amigos, así que con verme con cada uno una vez al mes podría cumplirlo). Reincorporarme a mi mesa de rol. Hacerme amiga al menos de una mamá más. Participar activamente en grupos de crianza en tribu y de apoyo a la lactancia. Una vez al mes, organizar citas de juego con amiguitos de Dani para tener un rato socializando con las mamás del jardín. En síntesis: no soy yo sin mis amigos, no soy yo sin ser mamá, y aunque es difícil combinar ambas facetas, ese es mi objetivo.
SALUD Y BELLEZA: Acá sí quiero ponerme las pilas. Retomar yoga, al menos una vez por semana. Retomar y sostener natación, al menos dos veces por semana. Arreglarme linda cada vez que salga. Cortarme el pelo corto y sexy. Respetar mis controles de dentista (no me gusta pero es necesario). Decirle que NO a las tortas de cumpleaños en el trabajo al menos la mitad de las veces (en el colegio hay cumpleaños día por medio más o menos, y siempre convidan a todas las maestras...). En síntesis: el puerperio terminó, no tengo por qué ser la mamá zaparrastrosa 24x7.
VOCACIÓN: Siempre digo lo mismo, pero... quién sabe, capaz este año logre cumplirlas. Retomar la escritura de ficción. Sostener todo el año este blog. Hacer al menos un taller literario (preferentemente con Liliana Bodoc). En síntesis: ¿Cómo puedo aspirar a ser escritora si no escribo?

¡Que tengan todos un hermoso 2017! ¿Cuáles son sus resoluciones? ¿Cuáles de las mías les parecen más factibles y cuáles más descabelladas?

sábado, 19 de noviembre de 2016

Papi Reloaded

Hoy está cumpliendo 35 años la persona más importante para mí (sí, bueno, junto a Dani y Quiqui, pero sin él no existirían mis hijos para el caso). Mi compañero de aventuras, de viajes, de lecturas y de maratones seriéfilas. Alguien a quien cada día elijo desde hace doce años y medio y sin el cual me resulta imposible imaginar cómo sería mi vida. Con él compartimos un sentido del humor muy parecido, nos entendemos con miradas cómplices y también discutimos sanamente de vez en cuando. Y nuestra relación no ha hecho más que crecer desde que, hace casi cuatro años, emprendimos juntos el camino (a veces accidentado) por la paternidad y la maternidad.

Como papá, lo veo disfrutar enormemente de la compañía de nuestros hijos. Se le iluminan los ojos cuando ve las primeras sonrisas de Quiqui, y se le escapan carcajadas ante los retruques de Dani (incluso cuando estamos de acuerdo en que no le podemos dejar pasar una porque esta pibita todo nos lo negocia). Le divierte jugar "bruto" arrojándola por el aire y tirándose juntos al piso. Toca la guitarra para ellos y canta aunque no le guste cantar. Inventa cuentos del autito Camilo a la hora de dormir. Los baña, los cambia y hasta está aprendiendo a peinar a Dani aunque él mismo no necesita ningún peine desde hace años.

También es nuestro guardián, siempre atento a que estemos seguros, a que lleguemos bien a casa y pendiente de nosotros cuando él no está. Porque Papi Reloaded hace de todo: trabaja, estudia, toca música, entrena... y además es un gran amo de casa atento a buscar buenos precios y a encargarse de que la cena esté lista a la hora de comer (aunque a veces se le haga tarde). Y de él tengo tanto que aprender... marca claramente los límites y a la vez, me ayuda a mí cuando no sé manejar alguna situación o cuando me siento desbordada. Juega en el cuarto de Dani los fines de semana para que yo pueda dormir otro ratito y siempre me deja una taza de café lista a la mañana antes de irse a trabajar. Y aunque a veces necesita pasar ratos encerrado en su mundo y en silencio, siento que lo conozco mejor que a nadie y que cada día que pasa me siento más afortunada por tenerlo de compañero en esta increíble aventura que emprendemos a diario.

Y la increíble buena suerte que tienen Dani y Quiqui por tener a este papá.

¡Te amo! ¡Feliz cumpleaños, mi amor!