¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
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miércoles, 17 de octubre de 2018

Edipito

Hay un varón alto, de ojos café y escasa cabellera que me mira con devoción. Que quiere dormirse a mi lado cada noche, y que se aferra a mi abrazo para no soltarlo. Cada vez que me ve, me hace saber que sí, que soy la mujer de su vida, que no hay otra tan hermosa ni tan perfecta como yo, y que me va a amar con toda su alma hasta el fin de los tiempos. Y que nada ni nadie podrá interponerse nunca entre nosotros.

Estoy hablando, claro, de mi hijo de dos años.
Lo único quele gusta más que su mamá
son los autos y otros vehículos.
No se me despega, es normal verlo agarrado de mi falda, se sube a upa mío cuando estamos viendo tele o cuando comemos -y ay de mí si quiero cortar la comida tranquila, ¡la sugerencia de sentarse en una silla a mi lado le resulta casi ofensiva! Por la calle ya no usa cochecito, pero muchas veces es difícil convencerlo de que camine porque quiere que lo lleve en brazos -y yo, yo sola, jamás el padre. Cuando finalmente lo convencemos, me dice "NANO" y me agarra de la mano. Llora desesperadamente cuando se da cuenta de que algunas mañanas no seré yo la encargada de llevarlo al jardín, o algunas noches cuando no me toca llevarlo a dormir (nos turnamos con el papá). Por estos días, Quiqui parece estar en pleno auge del conocido Complejo de Edipo. Está "mamero" y "pegote" en criollo, vamos. 

A Dani y a PapiReloaded a veces los desconcierta. Dani me reclama también "¡Pero si vos te sentaste con él en el desayuno! Ahora te toca conmigo". Y el pobre padre lo tolera con mucha paciencia, pero reconoce sentirse un poco rechazado, y que con Dani no le tocó pasarlo. 
Yo, por un lado, a veces me siento abrumada con el nivel de demanda permanente de este chiquito mío, sobre todo de noche. Ya veníamos durmiendo mejor y de nuevo volvió a despertarse seguido. Y cuando va el padre, le arma tremendo escandalete.
Pero, por otro lado, me encanta sentirme tan especial para él, tan querida y tan necesitada. Sé que es una etapa pasajera, que dentro de unos añitos mamá será esa señora ya medio vieja que lo avergüenza  delante de sus amigos cuando lo pasa a buscar por el cole. En el mejor de los casos, seré esa mamá todavía linda que genera comentarios inadecuados por parte de sus amigos, pero de cualquier manera le voy a dar vergüenza... 
Mejor disfrutarlo ahora que se pone contento como nadie al verme llegar. Mejor juego mucho con él ahora que sí quiere jugar conmigo. Cuando juegue en línea al Fortnight 7.0 dentro de unos años con sus amigos de la Generación Alfa, le voy a parecer de la prehistoria.

jueves, 1 de marzo de 2018

Doble escolaridad: del "yo nunca-nunca" a la mejor opción

Llega marzo, y con el final del calor con un lorca más insoportable que en febrero volvemos todos a las aulas. Hoy empecé como maestra un nuevo ciclo lectivo, lo que siempre me trae alegría y un entusiasmo renovado porque me encanta estar con mis alumnos y compartir el día a día, más allá de que la coyuntura política insista en despreciar y en menospreciar nuestra labor.
Literalmente, ¡me dio la
espalda todo el tiempo!
Pero hoy no quiero hablar de mí, hoy quiero hablar de mi hija mayor que empezó su preescolar. Hoy fue un día feliz, verla sonreír y abrazarse con sus amigos -con los que viene acompañándose desde salita de 2. Escuchar sus intervenciones en voz alta (y qué caudal de voz tiene la peque) durante la formación en el patio. Sonreír pensando en que mal no le vendría media pastillita de Rivotril mezclada con el Nesquick para que baje un cambio. Sacarle fotos en las que no salió mirando a la cámara porque ni para eso me dio bola.

Y, a la vez, no deja de ser un día agridulce. Tengo esa sensación de lo rápido que se pasa el tiempo y cómo se escurre su infancia entre mis días. Si ya venía sintiendo esto de que sus horas dejaron de pertenecerme, ahora que va a concurrir doble turno al jardín, menos que menos. Saco la cuenta y veo que, quitando el desayuno y la caminata al cole, vamos a pasar separadas el doble de horas de las que la voy a tener en casa. Y un poquitito se me estruja el corazón. "Qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti...."
Allá por la prehistoria, lo que desde mi punto de vista es cualquier momento previo a convertirme en madre, siempre sostuve que "yo nunca-nunca" mandaría a mis hijos a doble escolaridad. Será porque el único año que yo cursé con esta modalidad -cuando tenía 12 años- fue una verdadera pesadilla. En mi caso, lo terrible no fue la jornada larga en sí, sino ser nueva en el último año de primaria, hallarme entre una jauría de feroces preadolescentes que se maquillaban, besaban en la boca a sus noviecitos e iban a bailar mientras yo venía de un verano de paseos en bicicleta y -glup- todavía jugar a las Barbies... Pero bueno, el hecho de pasar tantas horas en la escuela a merced de estas criaturas impiadosas no ayudó. Como sea, me dije que si un día tenía hijos, iba a ser para pasar mucho tiempo con ellos, y no para "sacármelos de encima" mandándolos tanto tiempo al cole.
Crecí, hice un secundario de jornada prolongada pero no doble, y fue genial. Aún sin asistir a colegio bilingüe, aprendí inglés y computación, lo que reforzó mi convicción de que realmente no es imprescindible el colegio del jumper y el escudito verde para tener futuro en la vida. Crecí, conseguí trabajo en un jardín carísimo bilingüe, vi a chicos de la edad que ahora tiene mi hija sufriendo estrés por tener que dar exámenes de ingreso (!) para conseguir vacante en uno de esos colegios exclusivos de zona norte, y me juré y me repetí una vez más que no, que "nunca-nunca" iba a inscribir a un hijo mío en un doble turno.
Y viene la vida, y vienen tus hijos, y vienen los tiempos que corren, y todo se conjuga para tirar de culo tus convicciones. En mi caso, tanto mi marido como yo nos dimos cuenta de que el doble turno es la mejor alternativa por varios motivos. 
- Por un lado, porque la propia manera de ser de Dani hace que las tardes con nosotros se le estén haciendo chicle: no hay mucho espacio en casa para desplegar la imaginación jugando sola, duerme pocas horas (no hace siesta desde los tres años y medio), ocupa su tiempo con televisión o computadora, se aburre hasta que finalmente Quiqui despierta y los podemos llevar un rato a la plaza. 
- Por otro lado, la infancia de Dani no es la mía: no hay jardín de la abuela ni de casa, no hay veredas donde ir a andar en bicicleta, no hay una hermana de la misma edad con la que jugar sino un hermanito chiquito que necesita silencio a la hora de la siesta. Sí hay un espacio lúdico y de aprendizaje lleno de chicos con los que pasar el día aprendiendo y descubriendo nuevas experiencias. 
- Finalmente, también ayuda haber encontrado el colegio. Yo trabajo ahí desde hace años, me gusta tanto la institución que decidí elegirla también como escuela para mi hija. Ni nombre en inglés, escudito verde ni jumper. Sí hay un buen nivel de inglés (pero no más carga horaria que de castellano), club, pileta de natación, taller de yoga, ajedrez toda la primaria, teatro y un clima de familiaridad, compañerismo y contención. Un grupo de padres con el cual me siento cómoda y en el que ya he encontrado amigas nuevas. Maestras muy distintas entre sí, pero todas amorosas, dedicadas y a las cuales mi hija adora año tras año. 
Solo se dio vuelta para decirme
"chaaaau, mami!!!"

Entonces, estoy segura de que en el caso de Dani, ir a preescolar mañana y tarde va a ser la mejor opción, y no solo en el sentido de lo mejor posible, sino realmente lo que ella más quiere y lo que le va a resultar más enriquecedor. De todas maneras, estamos abiertos a escucharla. Si la notamos muy cansada o pierde el entusiasmo pronto, todavía se puede recalcular. Pero, conociéndola como la conozco, lo dudo mucho. Creo que el ofrecerle ir solo algunas veces por semana, o volver a comer a casa determinados mediodías, responde más a mi necesidad que a la de ella. Sé que la voy a extrañar a mi chiquita grande.
Mientras tanto, el gordo gana algunas horas de exclusividad que le van a venir bárbaras. Hijito menor que le sigue el trote a la hermana grande, está buenísimo que pueda estar algunos ratos solo conmigo, comer a su ritmo, ir a jugar a la plaza a juegos de su tamaño y no a las trampas mortales que explora cuando vamos con la acróbata de cinco años. Y creo que puede ser una buena oportunidad para compartir esos momentos con mi chiquito chico.

¿Qué opinan de la escolaridad doble turno? ¿Responde más a una necesidad de los chicos, o de nosotros los padres? ¿Y hay algún "yo nunca-nunca" que hayan dicho como madres o padres del cual después se hayan arrepentido?

lunes, 29 de enero de 2018

Mis buenas experiencias con el destete

Primero, no creo que haya recetas perfectas para ser mamá. Y si las hubiera, yo no las tengo. En algún momento de mi vida sí creí que había maneras "correctas" y maneras "equivocadas" de vivir el embarazo, el parto o la crianza. Claro, ¡me refiero a antes de tener hijos! Ahora soy más de pensar que hay determinadas cuestiones en las que cada mamá, cada familia, hace lo que puede, lo que le sale, y que lo que es mejor para unos no lo es necesariamente para otros. Ni siquiera lo que te valió para un hijo te vale para el otro.
Segundo, yo, como mamá, no me considero un ejemplo a seguir... por lo menos, no más que otras mamás. Me mando muchas cagadas Cometo algunos errores... pero bueno, de nuevo, como cualquier otra mamá.
Dani con su carita de "vení que te muerdo"... más o
menos en la época de su destete. ¿Casualidad?
Hechas estas dos salvedades, sí creo que podemos aprender unas de otras y que, si en algo me fue bien, compartir mi experiencia puede ser una manera de ayudar a otras mujeres que estén pasando por lo mismo. Si es que deciden que a ellas y a sus hijos podría servirles lo que a mí me sirvió, que también puede que no sea así. En fin, para qué dar más vueltas: amé mis dos experiencias con la lactancia y, en especial, mis dos destetes fueron muy satisfactorios. Escucho y leo que para muchas mamás no es así, que les cuesta muchísimo dejar de darles el pecho a sus hijos, que les trae problemas, dolores (no solo de cabeza), que piden ayuda... Y por eso hoy decido dejar estas recomendaciones -lo que me funcionó a mí, de nuevo, no son máximas universales- por si a alguien le vienen bien. 
  • La lactancia no es lineal: Esta recomendación va para quienes están pensando en destetar a un bebé muy chiquito o directamente ni dar el pecho porque les resulta doloroso o muy incómodo, porque creen que no tienen suficiente leche o porque el bebé les demanda a cada rato y no quieren esclavizarse. Nadie puede obligarte a dar la teta contra tu voluntad ni pienso llenarte de culpas porque decidas dar fórmula, por cierto. Solo me dirijo a las que sí quieren a toda costa dar la teta y se sienten frustradas. Y lo único que puedo decir es que no siempre es como los primeros días. Paciencia. Puede que al principio te duela muchísimo, o que el bebé tome poco. El cuerpo es sabio, se va regulando. El bebé aprende a prenderse y a succionar sin lastimarte. Las tomas no siempre son caóticas como con un recién nacido. Ojo, que también pasa al revés: existen los brotes de crecimiento, etapas en las que tu tranquilo bebito de repente se queda con hambre y demanda más y más... yo no los manejé igual con mis dos hijos. Recién con el segundo aprendí a tener paciencia. De cualquier manera, así como pasa con el sueño del bebé, en la lactancia no es todo prolijito, progresivo o lineal, sino que hay idas, vueltas, crisis, y momentos donde solo hay que hacer la plancha y disfrutar.
  • Dejar de a poco: Ya pensando en destetar, todos acuerdan en que no hay que largar la teta de un día para el otro, porque no es bueno ni para el bebé ni para tu cuerpo. En mi caso, ambos hijos aprendieron a tomar la mamadera mientras aún lactaban (y no, no se confundieron ni eligieron la comodidad de la mamadera al calorcito del pecho materno). Es más, poder darles mamadera me sirvió para continuar más tranquila con la lactancia, sabiendo que era mi decisión y no una necesidad de vida o muerte. Cuando empiezan a comer más comida, van pidiendo menos teta, y si (como me pasaba a mí) sos de las que no quieren dar la teta por muchos años, es la oportunidad para reducir un poco más las tomas.
  • Hacerle caso a lo que sentís: Estamos muy acostumbradas a escuchar críticas y consejos de otras madres, que cuestionan nuestras decisiones. Capaz que algunas de ustedes mientras me leen dicen "pobre bebito de 15 meses, ¿cómo esta desalmada lo destetó ya??? ¿No sabe que la OMS recomienda que la lactancia materna dure por lo menos DOS AÑOS????" A la hora de destetar a mis hijos, me ayudó saltearme olímpicamente las críticas -de uno y otro bando, también está la que opina que un bebé que ya tiene dientes no debería seguir mamando, así tenga solo 6 meses. El destete se produjo, en ambos casos, cuando me sentí cómoda con la idea y cuando sentí que el vínculo con mis hijos era tan fuerte que el afecto no pasaba primordialmente por la teta.
  • Escuchar a tu cuerpo: Esto vale más por mi segundo destete. Llegó un momento en que mis propios pechos me pidieron parar. Me dieron un susto grande y me di cuenta de que era un buen momento para decir "basta". Aún así, desde que tomé la decisión hasta que la concreté pasaron un par de meses, para permitir que el destete fuera gradual y respetuoso con mi hijo. Bueno, yo pude permitirme esa decisión, hay otras mamás que tienen que destetar de un día para el otro por motivos médicos. Y también está bien: si no cuidás vos misma de tu propio cuerpo, nadie lo hará.
  • Elegir bien el momento: En realidad, este consejo es más bien cuándo NO destetar. De nuevo, en la medida de lo posible. A veces las circunstancias nos superan. Pero en mi caso, me sirvió que el destete fuera en vacaciones, estando mucho en casa con mis chiquitos, que ninguno estuviera enfermo, que no hubiera otros grandes cambios a la vista, que no estuvieran dejando el chupete o los pañales, etc.
  • Soltar y dejar crecer: Cuando desteté a mi primera hija, fue casi sin proponérmelo. Ella tomaba solamente a la noche antes de dormir. Una noche se salteó la toma. Al día siguiente tuve terapia, y le comenté a mi psicóloga que si en las siguientes dos o tres noches no aceptaba el pecho, iba a sacárselo. "¿Por qué vas a ofrecérselo esta noche, o las próximas dos o tres noches, si ella ya no lo quiso? ¿No estabas considerando destetarla?", me dijo. Era cierto, ella ya no necesitaba la teta, me necesitaba a mí, a su mamá. Fue toda una revelación. Igual el destete implicó cierto duelo, cierta nostalgia por esos momentos de intimidad y cercanía con tu bebé que ya no volverán. Hay que permitirse este proceso, agradecer haber vivido una linda lactancia. Y aceptar que ya pasó. Miro a mi nene que ya está más grande, que ya va corriendo a la cocina y señala la heladera pidiendo la mamadera que toma como desayuno. A upa la toma, eso sí. Y está bien. Lo acepto. Crecimos los dos.
Aunque voy a extrañar a mi chanchito... :´ )
¿Qué opinan de mis recomendaciones? ¿Pondrían en práctica alguna? ¿Qué les funcionó a ustedes? Después me cuentan.

jueves, 9 de noviembre de 2017

¡Sus horas ya no siempre son las mías!

Fue una revelación repentina que tuve este mediodía, cuando me di cuenta de que, en 48 horas, mi hija tenía programa para almorzar en lo de una amiguita un día, con una de sus abuelas al día siguiente, quedarse a dormir esa misma noche con la otra abuela, y además un cumpleaños el sábado a la tarde. De repente las horas sin ella se me hicieron largas y la extrañé. No es la primera vez que Dani pasa una noche fuera de casa o hace una reunión de juegos, pero sí es la primera vez en que todos esos planes le vienen orquestados por otros, o los orquesta ella, y no soy yo la que hace malabares para conseguir que alguien "me la cuide" un rato, para conseguir algunas horitas libres. Tiene casi cinco años y cada vez tiene más vida social, más vida propia.
Esta misma semana, Dani fue con su sala de jardín a visitar el edificio de preescolar y de primaria, donde yo trabajo y donde ella asistirá el año que viene: "voy a visitar el cole de mamá", decía, hasta que yo le expliqué que ya no era solo el cole mío, que pronto iba a ser su cole. Por mi parte, procuré ni cruzármela por los pasillos, quiero que se apropie de ese espacio sin que yo interfiera. 
Con los amigos de su edad ya forman un mundo aparte.
El año que viene, en preescolar, va a haber varios mediodías como el de hoy, en el que ella no almuerce conmigo en casa sino que se quede en la escuela, con sus amigos. Y ya en primaria, cuando el doble turno sea cosa de todos los días, va a pasar cada vez menos horas en casa. Va a tener cada vez más planes de ella. Va a depender cada vez menos de mí y de su papá para divertirse, para pasar el tiempo, para aprender cosas nuevas...
Y acá estoy yo... De pronto se me vienen imágenes vertiginosas de un futuro no muy lejano, de Dani saliendo sola de la escuela, yendo a estudiar a casa de sus compañeros, haciendo sus propios planes para el fin de semana, pasando menos tiempo en casa y quizá viajando sola cuando vaya al secundario... ya sé que faltan años, pero no demasiados. Este lustro de maternidad que ya viví ahora me parece que se hubiera pasado volando.

Quiero que quede claro: me parece bien que esto pase. Está buenísimo que crezca. Y no tengo problemas en permitirle conquistar estos tiempos y estos espacios.
Pero también ¡me parece raro!
Y lo que me resulta raro es que me pasé buena parte de los primeros años con mi hija ansiando mis espacios, mis tiempos, buscando recuperar algunas horas libres para dedicarme a lo que me gustaba hacer a mí antes de ser mamá. Sentía que todas mis horas eran de ella y para ella. Y ahora, cuando de pronto tengo algunos ratos, ¡no sé muy bien qué hacer con ellos!
Es cierto, tengo al más chiquito, que por ahora me mantiene ocupada maternando, pero él también va a crecer. Me doy cuenta con asombro de que en cuatro o cinco años más, todas mis tardes serán como la de hoy. Ocupada escribiendo, corrigiendo trabajos de mis alumnos, viendo algo de televisión y descansando un rato, mientras espero que mis hijos vuelvan a casa para estar un rato con ellos. 
No es ninguna novedad, nos lo dicen todos, que hay que aprovechar cada ratito de la infancia de nuestros chicos, porque esta etapa se va para no volver. Hoy me doy cuenta con un poquito de nostalgia que Dani está cerrando la que fue su primera infancia. Que ya es una nena más grande y lo sabe. Y me hace saber que lo sabe: "mami, me parece más importante estar con mis amigos que con papá y con vos"... AUCH.
Nada, eso. Tengo que dejarla crecer y saber que su independencia es señal de que en estos cinco años supimos transmitirle confianza en sí misma y seguridad. Y para los momentos en los que me pica el bichito de la melancolía, como consuelo me queda escucharla decir, cuando planificamos sus salidas: "igual más tarde ustedes me vienen a buscar, ¿no?"

domingo, 9 de julio de 2017

Tus segundos 9 meses

Cuando mi bebé cumplió su primer mes, me alegré de que ya no calificara como "recién nacido", de que si le hubiera subido fiebre por cualquier cosa ya no se hubiera ligado una internación. Cuando cumplió los 6 meses, me puso contenta que ya pudiera comer y que tuviera medio año (a Dani hasta le hicimos una pequeña fiestita, pero con Quiqui no se dio, es el segundo, bueh). 
Y mañana, mi chiquito cumple 9 meses. Me parece un número importante: significa que ya vivió tanto tiempo fuera de mi panza como dentro de ella. 
Acá tenía solo 4 días
y sonreía dormido.
Laura Gutman, una autora con la que me peleo bastante, dice que puede considerarse este tiempo como una "gestación extrauterina": "Recién a los nueve meses de edad [el bebé] tiene un desarrollo similar al de otros mamíferos a pocos días de haber nacido"(1). Hasta ese momento, dice, lo que hay entre el bebé y su mamá es una fusión. El bebé debería estar a upa de su mamá prácticamente todo el día: dormir con ella, ser alimentado a demanda, que se le hable, se lo mire exclusivamente...
Reconozco que con Quiqui no pude estar tanto o tan exclusivamente como yo hubiera querido. Tuvo que comenzar el jardín maternal a los 5 meses y desde que nació, comparte mi atención con su hermanita mayor, que por estos días está más celosa que cuando el gordo nació. Pero sí soy una mamá bastante apegada, y creo que en cierto sentido Quiqui viene siendo un privilegiado: esta segunda vez, con él, no me cuestioné dar la teta a demanda, colechar en algunas -varias- oportunidades o portear. 
Siento que todo lo que NO pude conectarme con mi bebé durante el embarazo (que viví con bastante estrés, principalmente porque hubo dos mudanzas en esos meses) sí logré vincularme en estos segundos 9 meses. Lo entiendo mucho más de lo que conseguía entender a su hermanita. Estoy más tranquila cuando llora o cuando se enferma. Me afecta el sueño perdido (claro que sí) pero bastante menos que en mi primera maternidad. Quiqui es afortunado porque su hermana mayor en muchas cosas allanó el camino para que su primera infancia sea más fácil.
Y recién está empezando
a vivir sus primera aventuras...
En estos 9 meses disfruté muchísimo de verlo crecer, de convertirse en un recién nacido panchito y dormilón que sonreía en sueños a ser un gordo morfable que escala los muebles, quiere caminar ya mismo y contempla embelesado a Dani y todas sus payasadas. Gatea por toda la casa y nos sigue a todas partes como un perrito. Se ríe a carcajadas y juega a esconderse y a derribar torres de cubos gritando como un pajarito. Siente con intensidad todas las emociones: la alegría, sobre todo, pero también el enojo y la frustración... por estos días, está en pleno desarrollo de la angustia de separación, y me lo demuestra cuando nos reencontramos después de haber pasado cada uno en su colegio toda la mañana.
Me llena de orgullo verlo convertido en un bebote que come sus comidas, que puede dormirse con el papá además de conmigo y pasar buena parte de la noche en su cunita, en el dormitorio que comparte con su hermana mayor. Y me derrito ante sus intentos por hablar (que, calculo, en menos de lo que me imagine darán sus frutos).
Agradezco que en estos segundos 9 meses pude vincularme con este hijo y amarlo como se merece, disfrutar de este período de "fusión mamá-bebé" y darle la suficiente confianza como para que, de a poco, vayamos comenzando un despegue. Él quiere explorar el mundo. Yo tengo que hacer ahora el esfuerzo para poder soltarlo y dejarlo crecer. ¡Aún sabiendo que no va a ser un bebé por mucho tiempo más!

Te amo tanto, hijo... ¡Gracias por cada día que nos toca compartir!

(1) Gutman, L. La maternidad y el encuentro con la propia sombra. Editorial Del Nuevo Extremo: Buenos Aires, 2012. Página 109.

domingo, 14 de mayo de 2017

Pequeñas reflexiones sobre el microcosmos familiar

La familia, todos lo sabemos, es la primera instancia de socialización para los niños. El tema es hasta qué punto lo sabemos hasta que nos toca vivirlo de manera directa. Ayer pensaba en esto cuando íbamos en el auto, y se escuchaban las carcajadas de mi hijo de siete meses ante las payasadas de su hermana mayor. Mi marido y yo nos mirábamos como desconcertados, porque como ellos iban atrás y además el gordo de espaldas, no entendíamos qué estaban haciendo para que él se riera. Pero aunque los hubiéramos visto, nos hubiéramos perdido de algo: ellos dos ya tienen sus códigos de hermanos, de los cuales papá y mamá quedamos indefectiblemente afuera. 
Ayer fue un día muy especial en nuestro microcosmos, porque finalmente mudamos la cunita de Quiqui al cuarto de Dani, que está feliz y entusiasmada de por fin compartir el dormitorio con su hermanito. Papi reloaded y yo recuperamos un poco de intimidad, yo aproveché para redecorar un poco nuestro propio dormitorio para reapropiarnos de él. En casa quedaron delimitados físicamente, ahora, el mundo de los grandes, y el mundo de los chicos.
A veces en broma los llamo "los hermanitos Macana"
pero se portan re-bien juntos...
Y siento que con esto hay una razón más para alegrarme de ser mamá por partida doble. Dani está menos sola que antes. No porque vaya a jugar mucho con su hermano, que al llevarse 4 años no sé cuánto tiempo llegarán a compartir juegos. Pero precisamente por esto de no ser más "la tercera en discordia" en una pareja, sino una integrante de un grupo, el grupo de los chicos. Mi marido me decía que le sorprende y le fascina verlos interactuar a los hermanos, que él, al ser hijo único, se perdió de vivir esta pequeña sociedad familiar.
Yo también me la perdí, aunque por otras razones. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía la edad que ahora tiene Dani, 4 años. Y mamá, mi hermana y yo formamos otro tipo de microcosmos. Uno donde mamá era la única adulta a cargo, donde la figura paterna estuvo siempre signada por la ausencia -incluso cuando nos visitaba, sabiendo como sabíamos que se iba a volver a ir tarde o temprano-, donde mi hermana y yo no supimos (no pudimos, más bien) construir un vínculo de cariño y complicidad sin sufrir de tremendos celos y competencia, que yo crecí pensando que eran los normales entre hermanos y ahora me doy cuenta de que podrían haber sido diferentes, más suaves, menos importantes al lado del afecto que nos teníamos -y que hoy, de adultas, afortunadamente y poniendo mucho de parte de cada una, hemos logrado recuperar.
Nos peleábamos muchísimo, pero igual fuimos
 muy compañeras de juego.
Me quedé pensando en algo que siempre me dice mi mamá, que por suerte cada generación hace las cosas un poco mejor que la anterior (siempre y cuando haya trabajado en mejorarse a sí mismo y en reconocer sus propios errores, limitaciones y carencias). Mi mamá hizo lo mejor que pudo para sacarnos adelante. Los papás de mi marido hicieron lo propio. Y nosotros hoy tenemos la fortuna de construir esta pequeña sociedad de cuatro, donde grandes y chicos tenemos nuestro propio lugar. ¿Cometemos errores? Seguro, y muchos. Quiero pensar que, el día de mañana, cuando mis hijos formen sus propias familias, podrán aprender de nosotros y hacer todo un poquito mejor.

martes, 24 de enero de 2017

De un día para el otro

Es un lugar común (al que nos tienen acostumbradas los abuelos, las tías y la gente mayor en general) el decir "pero, ¡qué rápido crece este chico!", "qué grande que está", "cambian de la noche a la mañana", etc. Y bueno, hoy vengo a dar testimonio fehaciente de ese lugar común. Cuando los hijos son bebés, el hecho de verlos a diario a veces hace que perdamos perspectiva de lo rápido que crecen. Hasta que notamos que la ropita les va más chica, o que aprendieron a hacer algo nuevo.

Y esos cambios sí que se dan de un día para el otro. Literalmente.

En el caso de Dani, tengo patente el recuerdo de un día en que el cambio se dio de un mediodía a una tarde, siesta de por medio. Dani tendría cerca de 8 meses. Esa misma semana, uno o dos días antes de lo que voy a contar, había aprendido a gatear, bah, en realidad lo suyo era más bien reptar, se apoyaba con los codos y se arrastraba haciendo "cuerpo a tierra", era muy cómica. Pues bien, hasta ese momento, todo su repertorio de sonidos lo constituían las vocales "aaahhh", "ooooh" en diferentes entonaciones. Es más, yo, madre primeriza ansiosa, me preguntaba por qué todavía no balbuceaba, si -de acuerdo con los fatídicos libritos- el silabeo es algo que comienza alrededor de los 3 meses. Bueno, lo que pasó fue que esa tarde (era miércoles, no me olvido), cuando Dani se despertó de la siesta, se despachó de golpe con "tatatá", "dada", "nananana", ¡todo de una! Me dejó helada. A mí y al papá, que esa noche llegó tarde y la vio al día siguiente, y me mandó un mensaje de texto a mi celu con las silabitas. :)

A ver, entiendo que los chicos crezcan, lo que me sorprende es lo repentino de los cambios. Como si su cerebro de repente hubiera conectado las neuronas exactas para permitirle esa nueva adquisición. Los cambios no siempre se dan tan drásticos, me parece. Por ejemplo, no recuerdo bien cuándo fue que dijo "mamá" por primera vez, porque en ese momento la pronunciación no era lo suficientemente clara. A medida que pasaban los días, el sonido se fue definiendo y, por contexto, nos dimos cuenta de que sí, de que yo era definitivamente su primera palabra. Y ahí sí, un babero (para la madre).
Antes de largarse sola, tuvo
mucho tiempo de práctica.

Sí recuerdo la fecha exacta (5 de marzo de 2014) en que mi beba mayor comenzó a caminar. Venía caminando agarrada de las manos, o sosteniéndose del cochecito. Y ese mediodía dio esos primeros pasitos sola, en casa de su abuela paterna, delante del papá y de mí, y nos miró como diciendo "¿Vieron? Al final me animé". Y ya no la paró nadie. 
Lagrimeé ese día. Las primeras veces de los hijos son así. Emocionan porque uno los ve crecer. Y diría que hasta dan un poquitito de nostalgia porque uno comienza a despedirse del bebé chiquito que fueron y que ya no son, ni van a volver a ser.

Hoy la "sinapsis" le tocó a Quiqui. Después de haber estado un poco molesto los últimos días -despertándose más seguido por las noches, protestando a los gritos sin razón aparente, quejándose después de estar un rato en determinada posición- esta tarde logró darse vuelta y ponerse panza abajo por sus propios medios. Todavía le cuesta sacar el brazo que le queda bajo el cuerpo, pero hay que ver su expresión de felicidad frente al descubrimiento de su nueva capacidad, y su cara cuando observa el mundo que lo rodea desde un nuevo ángulo. Y, por si esto fuera poco, esta misma noche, del mismo día, se rió a carcajadas por primera vez.

Cada vez que podemos, lo dejamos en
el piso para que practique moverse solo.
Miro las fotos de hace poco más de tres semanas en Colonia y pienso que los abuelos, que siguen de vacaciones, no van a poder reconocerlo cuando lo vuelvan a ver la semana que viene. ¡Es otro bebé! Apenas podemos creerlo nosotros cómo cambió. 

Así, de un día para el otro.