¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

domingo, 14 de mayo de 2017

Pequeñas reflexiones sobre el microcosmos familiar

La familia, todos lo sabemos, es la primera instancia de socialización para los niños. El tema es hasta qué punto lo sabemos hasta que nos toca vivirlo de manera directa. Ayer pensaba en esto cuando íbamos en el auto, y se escuchaban las carcajadas de mi hijo de siete meses ante las payasadas de su hermana mayor. Mi marido y yo nos mirábamos como desconcertados, porque como ellos iban atrás y además el gordo de espaldas, no entendíamos qué estaban haciendo para que él se riera. Pero aunque los hubiéramos visto, nos hubiéramos perdido de algo: ellos dos ya tienen sus códigos de hermanos, de los cuales papá y mamá quedamos indefectiblemente afuera. 
Ayer fue un día muy especial en nuestro microcosmos, porque finalmente mudamos la cunita de Quiqui al cuarto de Dani, que está feliz y entusiasmada de por fin compartir el dormitorio con su hermanito. Papi reloaded y yo recuperamos un poco de intimidad, yo aproveché para redecorar un poco nuestro propio dormitorio para reapropiarnos de él. En casa quedaron delimitados físicamente, ahora, el mundo de los grandes, y el mundo de los chicos.
A veces en broma los llamo "los hermanitos Macana"
pero se portan re-bien juntos...
Y siento que con esto hay una razón más para alegrarme de ser mamá por partida doble. Dani está menos sola que antes. No porque vaya a jugar mucho con su hermano, que al llevarse 4 años no sé cuánto tiempo llegarán a compartir juegos. Pero precisamente por esto de no ser más "la tercera en discordia" en una pareja, sino una integrante de un grupo, el grupo de los chicos. Mi marido me decía que le sorprende y le fascina verlos interactuar a los hermanos, que él, al ser hijo único, se perdió de vivir esta pequeña sociedad familiar.
Yo también me la perdí, aunque por otras razones. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía la edad que ahora tiene Dani, 4 años. Y mamá, mi hermana y yo formamos otro tipo de microcosmos. Uno donde mamá era la única adulta a cargo, donde la figura paterna estuvo siempre signada por la ausencia -incluso cuando nos visitaba, sabiendo como sabíamos que se iba a volver a ir tarde o temprano-, donde mi hermana y yo no supimos (no pudimos, más bien) construir un vínculo de cariño y complicidad sin sufrir de tremendos celos y competencia, que yo crecí pensando que eran los normales entre hermanos y ahora me doy cuenta de que podrían haber sido diferentes, más suaves, menos importantes al lado del afecto que nos teníamos -y que hoy, de adultas, afortunadamente y poniendo mucho de parte de cada una, hemos logrado recuperar.
Nos peleábamos muchísimo, pero igual fuimos
 muy compañeras de juego.
Me quedé pensando en algo que siempre me dice mi mamá, que por suerte cada generación hace las cosas un poco mejor que la anterior (siempre y cuando haya trabajado en mejorarse a sí mismo y en reconocer sus propios errores, limitaciones y carencias). Mi mamá hizo lo mejor que pudo para sacarnos adelante. Los papás de mi marido hicieron lo propio. Y nosotros hoy tenemos la fortuna de construir esta pequeña sociedad de cuatro, donde grandes y chicos tenemos nuestro propio lugar. ¿Cometemos errores? Seguro, y muchos. Quiero pensar que, el día de mañana, cuando mis hijos formen sus propias familias, podrán aprender de nosotros y hacer todo un poquito mejor.

martes, 9 de mayo de 2017

Lo esencial

Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía: “lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible…"
Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: “Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme… ” Y lo sentí más frágil aún. 
(Antoine de Saint Exupéry)
Quiero decir que creo que mis hijos son hermosos. No soy nada original, ¿qué madre no lo piensa? Dani es una belleza de nena con sus cachetes con hoyuelo, sus ojos color avellana y su flequillito rebelde. Quiqui, cuando nació, no me pareció particularmente lindo, pero con el correr de los meses se ha convertido en uno de esos bebés de publicidad de pañales. Me paran por la calle para admirarlo varias veces al día. Y cuando lo ven sonreír, se desviven en elogios.
Pero nada de esto importa cuando una es mamá. 
Lo que más me emociona de mi princesa mayor es su picardía, su curiosidad, sus maneras de demostrarme una y otra vez todo lo que me quiere. Su amor por los animales y por las plantas, su energía inagotable que la lleva a correr, saltar, patinar, caerse y levantarse una y otra vez. Su manito agarrada a la mía cuando hay que cruzar la calle. Sus preguntas sobre la vida, la naturaleza, la muerte, el paso del tiempo, el futuro y el pasado. Su complicidad con el papá, cómo se convierte en su debilidad y logra hacerlo bailar o cantar con ella, cosas que rara vez he logrado yo con él. Su risa fresca y espontánea. Su capacidad para ponerse triste y emocionarse con películas, que me hace acordar tanto a mí... 
Lo que más me emociona de mi principito menor es su alegría casi permanente. Su mirada de asombro ante un juguete con luces, un pajarito que pasa volando o una música determinada. Su necesidad constante de cariño, besos, abrazos, caricias, contacto físico. Cómo se queda dormido a mi lado, acurrucadito. Sus ojitos cerrándose lentamente mientras toma la teta. El gesto de su manito alzándose para tocarme la cara. Las pataditas de entusiasmo que pega al aire cuando ve que su papá o yo lo vamos a alzar en brazos. Sus carcajadas cristalinas. Sus expresiones, tan claras, de enojo cuando algo no le sale bien. Sus ganas de crecer y de hacer todo lo que hace su admirada hermana mayor...
Lo leí en un libro muy bello cuando era chica, un libro que ahora trabajo con mis alumnos año tras año. Y lo descubro día a día junto a mis hijos, me apropio de la frase como si fuera una verdad recién descubierta por mí: y es que lo esencial es, sin dudas, invisible a los ojos.

lunes, 1 de mayo de 2017

Mamá poderosa, mamá impotente

Dicen que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y más allá de que atribuyamos esa frase a Voltaire o al Hombre Araña, es muy cierta cuando de la maternidad se trata. Nada te hace sentir tan poderosa como la capacidad de engendrar, gestar y traer al mundo una vida. Nada te hace sentir tan vulnerable, desamparada e insegura como tener que sostener y criar a un bebé indefenso al que de repente te ponen entre tus brazos.

Ser mamá es sentirte poderosa. Por ejemplo:
- Cuando Dani me dice "reina" y mira todo lo que hago con admiración: "las reinas cocinan muy bien, como vos, mamá", "las reinas saben lavar la ropa y ordenar la casa" (sí, justamente, me la imagino a Máxima doblando las camisas del rey Guillermo...).
- Cuando alguno de mis hijos llora, y basta con un abrazo sanador para tranquilizarlo.
- Cuando Quiqui, pese a que está hecho un torito de ocho kilos y medio que ya come de todo y que aprendió a tomar la mamadera en el jardín, sigue buscando mi pecho para dormirse, y siento en el hueco de mi brazo todo su calor.
- Cuando Dani me da la mano para cruzar la calle y confía plenamente en mí.
- Cuando me dice que cuando sea grande, también quiere ser mamá, y sé que lo dice porque me mira y quiere ser como yo cuando crezca.
- Cuando Quiqui se despierta al lado mío (nos hemos resignado a un colecho parcial para poder dormir los tres hasta la mañana), me mira con esa sonrisa plena y parece que me diera las gracias por un nuevo día de vida...

Y ser mamá también es sentir el peor de los miedos, el de la impotencia, el no poder proteger a tus hijos, el no poder prever lo que vendrá. En estos días, con la humanidad que parece al borde de una tercera guerra mundial, mi peor miedo es que mis hijos crezcan en un mundo devastado por la violencia. O el miedo que me quita el aire: que no tengan oportunidad de crecer. 
O sin ir tan lejos, siento miedo cuando nos enteramos de crímenes atroces contra las mujeres que sacuden a diario mi país, como el de Araceli o el de Micaela, que me hacen temer por el día en que mi hija camine sola por la calle. Que hasta me hacen temer no ser capaz de educar a un varón en un mundo machista sin convertirlo, a su vez, en un machista. 
Y los miedos chiquitos, los problemas de salud cotidianos con los que lidiamos, en los cuales hay que mantenerse firme, segura y tranquila para a su vez, transmitirles eso a los chicos.

Ser mamá es oscilar entre saberse poderosa y sentir que no tenemos el control sobre nada. A veces cuesta mantener un equilibrio saludable.
Pero es justamente de lo que se trata.

sábado, 8 de abril de 2017

Sur, depresión posparto y después

"Mamá, tengo miedo de quedarme sola", "Soñé que estaba con vos, y que te ibas, y yo me quedaba sola", "Tuve un sueño feo, soñé que estaba sola". Una constante: el peor miedo de mi chiquita de 4 años. Me dirán que es un temor normal en los niños de su edad, que no hay que darle demasiada importancia, que todos los chicos tienen pesadillas (o alegan tenerlas, para que venga algún grande a consolarlos).
Pero en el caso de ese miedo de Dani, el miedo a la soledad (y, puntualmente, a que yo la deje sola) me llena de culpas. Tal vez haya aparecido coincidiendo con el nacimiento de su hermanito, y el consecuente desplazamiento que le tocó vivir. Pero a mí me hace acordar a otra cosa.

Hoy no puedo imaginarme la vida sin ella.
Y no me da nostalgia recordar mi vida
antes de ser mamá.
Cuando Dani nació, no la pasé nada bien. Me costó muchísimo adaptarme a mi nueva realidad como mamá. Todavía hoy me duele perder algunos amigos, con quienes cada vez comparto menos tiempo porque vivimos en realidades tan diferentes. Todavía me cuesta aceptar que mi familia de origen no está tan presente como me gustaría. Todavía extraño acostarme tarde y disfrutar de trasnochar viendo películas o leyendo. Pero cuatro años atrás, fue como chocarme contra una pared: nada de ser mamá era como lo había imaginado.
Las largas, larguísimas noches de privación de sueño, lo que me costó darle el pecho al principio, la pérdida (al principio total) de vida social e intimidad de pareja, todo me hizo tambalear. Sentía que había perdido todo lo que me hacía feliz en la vida. Y ser mamá me pesaba mucho. Con mucha culpa, había momentos en los que me cuestionaba haber tomado la decisión correcta, y eso que sabía que no había vuelta atrás. 

Mirándolo en retrospectiva, creo que tuve depresión posparto, o al menos un principio de depresión. Fue justamente el pediatra de Dani quien, viéndome muy angustiada cuando ella ya tenía seis o siete meses, me aconsejó comentarlo con mi médico. "Pedí ayuda", me dijo, "no dejes que esta sensación se instale porque sino cada vez es peor". Le hice caso. Fui a terapia. Y fui saliendo adelante. 
Con Quiqui, esta segunda vuelta, no me pasó. Este blog lo vivo justamente como una celebración de mi segunda oportunidad de ser mamá, de haber aprendido, de ser mejor como mamá de dos de lo que fui como mamá de una.

Pero siento culpa y tristeza cuando pienso que una de mis fantasías en la peor época era escaparme de todo: armar un bolso, tomarme un micro rumbo a cualquier parte, irme a vivir al sur, qué sé yo, y dejar a Dani, dejarla con el papá y con la abuela paterna quienes -yo sentía- iban a saber cuidarla mejor que yo. Sé ahora que es un pensamiento característico de las mujeres con depresión posparto, así como el sentirse incapaces como mamás. Irme lejos. Huir. Dejarla. 
Y después me arrepentía, claro. ¿Dejarla, como hizo mi papá conmigo? Eso nunca. No quiero que a ella le toque sufrir lo que yo sufrí. Y volvía a sacar fuerzas para seguir con el día a día. Aunque tardé mucho tiempo (más de un año) en verdaderamente abrazar la maternidad, en aceptar que mi vida había cambiado para siempre y que estaba bien que fuera así. En decidir que no hay ningún otro lugar del mundo para mí más que junto a ella, junto a mis hijos.
Hoy, cuatro años después, creo que Dani todavía rememora (desde su subconsciente) esos momentos difíciles. Qué le habré transmitido. Cuánto daño le habré causado sin haberlo podido evitar.

"Quedate tranquila, mi amor, acá estoy".