¿Para qué escribo? Para contar mi historia, una más entre tantas historias de madres, pero no una cualquiera porque es la que me toca. Para contactar madres o padres de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.
Con mis alumnos de 7º grado estamos leyendo fragmentos de Historias de Cronopios y de Famas, entre ellos el famoso manual de instrucciones que propone Cortázar. No es la primera vez que juego a emular a este escritor. Me divertí mucho acompañando a los chicos en clase y escribiendo yo también un texto de este estilo. Con una sonrisa y sin más pretensiones lo comparto con ustedes:
Es sabido por todos que los bebés duermen excelentemente bien en cualquier momento y lugar. Con la obvia salvedad de las horas de la noche y su propia cuna. Entonces, para persuadirlo, usted deberá emplear toda su astucia e inteligencia -que nunca serán mayores a las de ese enano maquiavélico que lo contempla a medianoche con los ojitos abiertos de par en par y una sonrisa aún desdentada.
Para dormir a su bebé, comience por ponerle un pañal limpio -que, indefectiblemente, se mojará y se filtrará despertando al infante en algún momento entre las 2:30 y las 5 de la madrugada, más allá de la bonita publicidad que asegura "noches de sueño de hasta 12 horas". Cuando termine de abrochar el pañal (cosa que requiere mínimo tres intentos) procure introducir al niño en una de esas condenadas prendas de vestir diseñadas para inducir el sueño, vulgarmente conocidas como "piyamita" y que solo consigue producir en el bebé un ataque de cosquillas en el mejor de los casos, y un brote severo de urticaria en el peor.
Con la luz apagada, proceda a alimentar al bebé, bien con su propio pecho -para lo cual usted debería a este punto ser mujer, preferentemente una madre o una nodriza-, bien con ese sustituto materno de material plástico conocido como mamadera, no confundir con un chupete pues es vox populi que este último "entretiene pero no alimenta".
El bebé satisfecho debería estar al menos adormilado. Momento en el cual usted aprovechará para colocarlo suavemente en la cuna, y salir con cuidado de la habitación. Por "cuidado" nos referimos que emule la manera en la que el mejor agente del escuadrón antibombas del FBI desactivaría un paquete sospechoso escrito con caracteres árabes. A este punto usted podría caer en la ingenuidad de creer cumplida la misión de dormir al niño, pero pronto esta tonta creencia será desmentida por un berrido de marrano procedente del otro lado de la puerta del cuarto. Prueba indefectible de que el chico se despertó, o de que nos estuvo tomando el pelo.
No lo deje llorar a no ser que quiera hacerse responsable por un severo trauma emocional en el futuro del niño. Tómelo en brazos, cántele, consuélelo, colóquelo una vez más en la cuna y vuelva a salir. Cuando lo escuche llorar otra vez, repita este procedimiento. Así, hasta que el bebé caiga rendido -o usted, lo que ocurra primero.
Este mediodía, conversando con la
abuela paterna de mis hijos opinábamos sobre detalles de la fiesta de
cumpleaños de Quiqui, que ya se viene. Mi suegra insistía en que tengo que
preparar un souvenir igual al que hice para el primer año de Dani. "Si
ella lo tuvo, él también tiene que tener su recuerdo. A los dos tenés que
darles lo mismo". Tal vez en esto tenga razón, no me cuesta nada preparar
un imán conmemorativo del primer año de Quiqui, como en su momento hice el de
Dani. Ponele que lo haga, siquiera para dejarla contenta a la abuela, que tanto
nos ayuda con la fiestita.
Pero de cualquier manera, me
quedé pensando y llegué a una conclusión, que va más allá de la fiesta de
cumpleaños.
Los dos son mis hijos, pero creo que ellos no tienen
exactamente la misma mamá... (suena la música de Twilight Zone)
Es esta: no es posible darles
lo mismo al primero que al segundo hijo. No podemos ofrecerles la misma vida.
No sé bien qué ocurrirá en el caso de los padres de mellizos, pero cuando hay
un hijo mayor y otro menor, es imposible sortear el factor tiempo.
Por más que lo intentemos, por
más que nos esforcemos por ser justos, por más que los amemos a los dos por
igual (que es otra frase que suena a verdad absoluta hasta que descubrimos que en realidad es una pelotudez ingenuidad, el amor no siempre se siente con la misma intensidad, que puede ser que uno no
tenga un hijo favorito, pero sí momentos favoritos con cada hijo).
Sencillamente, no somos la
misma persona con uno que con el otro. No soy la misma como mamá de Quiqui que
la que fui como mamá de Dani. Esto no necesariamente es algo malo. Pero sí es
ineludiblemente verdadero.
Pasábamos largos ratos jugando
(incluso cuando yo no tenía ganas...)
Con Dani tuve dedicación
absoluta. Estaba pendiente de sus logros, de sus expresiones faciales, de sus
gestos, de sus necesidades (o de lo que yo interpretaba como necesidades) casi
a cada instante. Me preocupaba por estimularla, porque se desarrollara bien
como solamente podía hacerlo con el sostén de una madre presente y dedicada
(¿autoexigente, yoooo?). Hicimos taller de masaje shantala y asistimos a grupos
de crianza. Con todo, no logré disfrutar demasiado de mi primera maternidad,
aunque creo que, dentro de todo, ella sí disfrutó de su primera infancia. Me sentía
desbordada por la responsabilidad y la sensación de que los días no se pasaban
más.
Con Quiqui desde el primer
momento supe que todo pasa. Incluso ahora, que me pesan las noches mal dormidas
(se acabaron los primeros meses donde descansaba y dejaba descansar). Sé que en
algún momento va a crecer, a madurar y a dormir de corrido. Intento no preocuparme, salvo aquellos días en los que el sueño acumulado se convierte en una vincha de hierro sobre mi cabeza. De cualquier manera, me sorprende lo
rápido que se pasó su primer año, que lo cumple en dos semanas. No me quedó más remedio que mandarlo al jardín maternal desde los 5 meses, y poco a poco fui
sintiendo menos culpa por eso. A veces puedo pasar (al menos, a ojos de madres de hijos únicos) como una descuidada que lo deja gatear en arena mojada, puede estar una
noche sin llamar al pediatra frente a la fiebre, lo observa trepar al sillón
del living sin miedo a que se rompa la cabeza, o con un poquito de miedo,
pero un mucho de resignación.
Dormir la siesta: uno de nuestros (escasos)
momentos de exclusividad.
Dani se acostumbró desde
chiquita a escucharme cantar y a que le leyéramos toda clase de cuentos. Las
pocas veces que intenté leerle al gordo, me di por vencida en cuanto empezó a
chupetear los libros. Quiqui tampoco tiene una mamá que pase horas del día
jugando con él. Pero tampoco padece una madre deprimida y se ha ligado muchos,
muchísimos menos retos y desbordes. Pasó más días enfermo en su primer año que Dani en sus
primeros tres años. Pero duerme parte de las noches en cama de mamá y papá,
cuando con su hermana mayor no nos permitimos el colecho por miedo a que
"se acostumbrara". Quiqui pasa menos tiempo a upa porque siempre
estoy más ocupada. Pero disfrutó del porteo en fular durante sus primeros
meses.
¿Soy mejor madre de Quiqui que
lo que lo fui de Dani cuando ella era bebé? ¿Soy peor? Creería que disfruto también más de mi hija mayor ahora, que ya no tiene mi mirada constante. A veces siento que soy mejor como madre de nena que de bebé. No sé. De lo que estoy segura es que soy
distinta ahora que antes. A Dani y a Quiqui les tocan vivencias diferentes. En todo caso, si bien no me cabe duda de que ambos necesitarán terapia algún día, creo que será por distintos motivos ☺
Puede que Dani crezca con mucha presión por haberle puesto en su momento un exceso de atención, o que sufra por haberla perdido. Y puede que Quiqui no tenga la
atención absoluta de sus padres casi nunca. Que se pegue algún golpe más en la
frente -que parece un mapa. Que llore y proteste airado cuando lo dejamos un
minuto en la cuna para hacer la comida, o ¡para ir al baño! Pero tiene un premio:
una hermana mayor hermosa, que juega con él, lo llena de mimos, lo hace reír y
hasta ayuda a cuidarlo de a ratos. Si eso no suma puntos para que su infancia
también sea feliz, ¿entonces qué?
"¡Qué susto! Menos mal que voy
con mi hermana mayor..."
Es una de las formas más sutiles (pero crueles) de violencia de género. Y de las más cobardes también: la violencia hacia la mujer en su estado más vulnerable, cuando está a punto de parir a su bebé. El maltrato físico y/o verbal, la intimidación, la amenaza, el sometimiento, la presión para que acepte tal o cual procedimiento médico... Pasa tanto en los hospitales públicos como en las clínicas privadas más exclusivas. No debería existir, pero es bien real, y solo hace poco tiempo se comenzó a hablar al respecto.
Bastante difícil la tenés
durante tu trabajo de parto: al dolor intenso
que experimentás durante las contracciones se suman la ansiedad por conocer a
tu bebé y saber que está bien, los miedos propios a convertirte en madre y el
cansancio y la fatiga por el gran esfuerzo físico que estás realizando, que es como correr una maratón o un poco más. Lo que
menos necesitas es que el médico de turno te critique, te añada más temores o te
haga sentir mal con vos misma.
Como muestra basta un botón. Acá van cinco comentarios que ningún
obstetra debería pronunciar cerca de una parturienta en esos momentos:
“No grites” o la versión extrema "Pero callate la boca que me vas a dejar sorda, ¿querés?"
Parir es un momento que nos
conecta con nuestro lado más instintivo y animal. Algunas mujeres controlan el
dolor por determinadas técnicas de respiración, o con el Ommm de yoga, o cantando "Des-pa-cito", qué sé yo. Pero si lo que te nace de lo más hondo es aullar como una loba a la luna llena, deberías poder hacerlo con
libertad: ni el médico ni nadie debería desconectarte de tus instintos más
primarios.
“Ah, ¿Así que ahora te quejas?” o la versión extrema "Bien que cuando lo hiciste te encantó"
Creo que si llego a escuchar esto tienen que atarme a la camilla solo para que no le parta la cara de una trompada al desubicado/a (sí, porque parece que también lo dicen las mujeres). Estas frases soeces e irónicas que buscan contraponer el parto
con el placer sexual forman parte de la violencia obstétrica machista más recalcitrante. Es cierto que
las relaciones sexuales son gozosas y que parir es doloroso, y una cosa no tiene
nada que ver con la otra. Este tipo de comentarios sexistas implican, por un
lado, que únicamente llegamos a ser madres por “dejarnos llevar” durante el
sexo y, por otro lado, que debemos ser bastante pelotudas tontas si no sabíamos que parir
iba a dolernos.
“Tengo que aplicarte goteo”
O que hacerte una episiotomía. O
una maniobra de Hamilton. O inyectarte la peridural. A no ser que la vida del bebé o la nuestra estén en riesgo, en un parto normal el médico no puede imponer ninguno de
estos procedimientos sin explicarnos en qué consisten, cuáles son sus
posibles riesgos y pedir nuestra autorización. Bueno, en teoría. En la práctica, creo que prácticamente todas somos víctimas de esa violencia. Ni siquiera la vivimos como violencia: yo no recuerdo que me hayan siquiera informado de que en mi primer parto me harían una episiotomía.
“No estás dilatando, te toca cesárea”
Frase típica de los médicos
apurados por terminar su turno e irse a casa. La dilatación es un proceso que
puede llevar muchas horas, y que no puede ser acelerada a voluntad. No hay por qué apurar el parto si tanto el bebé como la madre no corren
riesgos. ¿Y para qué están, a fin de cuentas, los dichosos monitoreos? Para empeorarlo todo, el estrés al que nos someten este tipo de frases hace que,
efectivamente, muchos de estos partos terminen
en cesáreas que no hubieran sido necesarias.
En mi caso sí escuché una frase que otras mamás vinculan con la violencia obstétrica: "Si no sale por la puerta, tiene que salir por la ventana". Tal vez a mí no me afectó porque primero la partera -amorosa- que me tocó con Quiqui se encargó de explicarme los motivos (presencia de meconio en el líquido, y posible sufrimiento fetal). Me dijo que tal vez no hiciera falta si el parto se desencadenaba, pero que no podíamos darnos el lujo de esperarlo indefinidamente. Y por suerte, mi dilatación fue rápida y el expulsivo ni les cuento.
“Hacé lo que te digo o va a sufrirlo el bebé” y su versión extrema "¿Qué querés, terminar como Juanita Viale?" (1)
Pareciera ser que cuando una madre osa defender sus
derechos a recibir un trato humanizado durante el parto,
uno de los recursos de los malos médicos es, lisa y llanamente, la amenaza. Amenazar con que algo malo va a ocurrirle
al bebé si no nos quedamos calladitas y aceptamos sin chistar que nos
apliquen oxitocina, que nos pongan un enema, que nos dejen acostadas con las patas atadas cuando todo lo que queremos es caminar o que nos hagan una cesárea. Este
es uno de los peores maltratos psicológicos que puede sufrir una mujer. Y no deberíamos dejarlo pasar.
En mis partos puedo decir que fui afortunada y que sufrí poca -sino ninguna- violencia de este tipo. Sí me hubiera gustado recibir más información, o tal vez me la dieron, pero estaba tan ida por el dolor que no me acuerdo de nada. En la memoria guardo una sola frase de la médica que llevó mi embarazo que me dolió bastante en su momento: "No va a nacer por ahora, ese cuello [uterino] está horrible". Así, horrible. No "un poco cerrado", no "todavía muy firme", no "sin muestras de dilatación". Horrible. Así me sentí cuando la escuché. ¿Tengo razón? ¿O será que los embarazos nos ponen hipersensibles?
(1) Quienes leen el blog desde fuera de Argentina tal vez no conozcan este trágico caso de una actriz argentina que en 2011 intentaba tener un parto domiciliario, pero se le complicó y terminó dando a luz por cesárea a un bebito sin vida.
"¿Hasta cuándo va a tomar la teta ese chico?". No, todavía no me lo dice nadie (no a la cara, por lo menos). Mi bebé de nueve meses todavía es plenamente un bebé, nadie cuestiona que parte de su alimentación provenga de mis pechos. Sin embargo, sé que a muchas personas les choca más ver a niñitos de un año y medio, dos, tres o más prendidos a la teta de su mamá. Como si no fuera parte de la naturaleza, ¿no? Yo misma reconozco haber murmurado en más de una oportunidad: "peeero, si ya está grande, mejor comprale un helado...".
Hoy en día llevo muchas lecturas sobre lactancia como para saber que la opción de prolongarla hasta que el propio niñito lo decida es válida y saludable. Hasta la OMS dice que la lactancia materna debería prolongarse por dos o más años. Sin embargo, también sé que esa opción no es para mí. De a poquito, muy de a poquito, mucho más de a poquito que con mi primera bebita, estoy empezando a contemplar la posibilidad del destete. Todavía falta. Pero no tanto.
En el caso de Dani, ella tomó teta exclusiva solo hasta los dos meses. Me ponía muy ansiosa el hecho de que cada algunas semanas variara la producción, que ella pareciera quedarse con hambre. Recién en mi segunda maternidad aprendí de las crisis normales de crecimiento y no me desesperé más. Con mi primera hija, el pediatra me sugirió agregar un complemento para tranquilizarme a mí, no porque a Dani le hiciera falta. Y fue la mejor decisión, por más que me lo puedan criticar algunas fundamentalistas teteras: el hecho de saber que ya no dependía de mí al 100% fue lo que me permitió relajarme, continuar y entonces sí, disfrutar de dar el pecho. Dani pudo seguir tomando incluso cuando volví a trabajar, y así siguió -intercalando con mamadera y, desde los 6 meses, con comida- hasta unos días antes de su primer cumpleaños, cuando ella solita decidió que ya no iba más. Debe haber coincidido con estar cortando algún dientito, pero yo aproveché y dije "listo, ¿no querés? Ya está". Y así tuvimos nuestro destete, mutuo, del cual salimos super unidas y sin ningún tipo de trauma.
Tenía más pelo a las 9 horas que a los 9 meses, ahora que lo veo...
Con Quiqui la lactancia fue desde el principio muy fácil. Bueno, sí, hubo dolores y algún pezón agrietado los primeros días, pero sabiendo que se pasaba rápido no me importaron demasiado. Gracias a la pediatra que tenemos ahora me dejé llevar por la recomendación de dar el pecho a demanda, sin mirar el reloj, y pudimos entablar un ritmo enseguida. Y el gordo no necesitó ni una gota de leche de fórmula hasta los cinco meses, cuando empezó el jardín y no tuve ganas de estar peleándome con el exprimidor de teta sacaleche.
Quiqui ahora come lo que le dan, se sienta a la mesa con nosotros y hace payasadas con su hermanita mayor, disfruta desayunando tostadas con queso crema y comiendo trocitos de fruta con la mano. Prueba desde arándanos hasta panqueques de arveja, y si todavía no comió pescado es porque estoy vaga para cocinarlo. Aún así, la teta es LO MÁS para él. Me doy cuenta por su desesperación cuando vuelvo a encontrarlo después de que pase la mañana en el jardín maternal: es como si se saciara de mamá, de brazos, de amor, aunque no venga con hambre.
También es un excelente recurso para dormirlo... o lo era, hasta hace un tiempito. En las últimas semanas lo vengo notando más alerta, no se relaja con tanta facilidad tomando el pecho. A veces, incluso de madrugada, toma un rato y después listo, no quiere más leche y ¡a jugar! Siento que está agotándose de a poco la magia. Últimamente, los superpoderes para dormir a Quiqui los tiene papá.
Por esto, porque está más grande, porque sueño con volver a dormir una noche de corrido de vez en cuando, porque me encantaría poder dejárselo por unas horas a los abuelos y salir al cine con mi marido, es que vengo pensando en que de acá a un tiempo iré destetándolo. Creo en un destete respetuoso, pero no eterno. Y así como la lactancia es fabulosa para el bebé porque tiene diez quintillones de beneficios, también estoy plenamente convencida de que ninguna mujer tiene que sentirse culpable por criar a su bebé con mamadera, ni mucho menos verse obligada a dar la teta si no quiere hacerlo. Tampoco yo.
Por ahora sigo queriéndolo. Por un tiempo más. A disfrutarlo mientras tanto, entonces.